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6 min
UH 2: Corona de fuego
Fantasía |
16.02.18
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Sinopsis

¿Tienes hambre? El dragón se los comió a todos, bañados en oro. Aun recuerdo como chillaban mientras sus cuerpos se hundían en las calderas de humeante metal fundido. No se conformó con que los bañasen en oro, ordenó que les arrancaran los ojos y los reemplazasen por diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas. Y se los comió, se los comió a todos.

La corona del dragón era de fuego, creada con el aliento ardiente de sus propias entrañas. Una corona de llamas, ¡que glorioso espectáculo!

Se llamó a sí mismo, el Rey Sol. Fuego en el cielo.

Ziamat era uno de los tres únicos dragones del mundo. Nadie podría decir de  dónde vino, simplemente llegó una mañana cualquiera y lo hizó para quedarse y se quedó.

El oro resplandeciente y las riquezas que medraban sin límite y sin pudor alguno dentro de la fronteras del Imperio Astronómico resultaron ser un bocado demasiado apetecible e imposible de rechazar para un ser cuya esencia misma es codicia.

Un dragón puede oler el oro a kilómetros y Ziamat aspiró hasta lo más profundo de sus pulmones el delicioso aroma metálico de la riqueza. Amasar grandes cantidades de oro es la aspiración máxima de cualquier dragón.

El poderoso movimiento de sus grandes alas hizo estremecerse al mar de hierba. En la gran llanura tan sólo había una montaña. La más alta, la más formidable, la mejor y es bien sabido que los castillos de los dragones son las montañas.

En aquella isla de tierra dentro de un mar de tierra, ocupó su fortaleza y desde aquel momento la sombra de la montaña se torno más negra y más fría que nunca y los que se cobijaban bajo esa sombra sentían como si un millar de serpientes negras del infierno penetrasen por su piel hasta lo más profundo de su corazón.

Envalentonado por la codicia y la crueldad y muy seguro de sí mismo, se enfrentó a los insensatos que osaron desafiarle. Él les permitió elegir entre arrodillarse ante el miedo y vivir. O plantarle cara a la muerte y morir.

Los que se rindieron viven, de los que lucharon sólo quedan las cenizas, esparcidas por los cuatro puntos cardinales por cortesía del viento de oriente.

La batalla fue tan ridícula, tan miserable, tan patética. No entraré en detalles pues me sonrojaría al hacerlo. Muñecos de juguete que portaban estandartes de trapo enfrentándose a un dios celestial. Derretidos por el calor de la victoria. Reducidos a cenizas. No sois nada, tal vez nunca lo habéis sido y no lo sabíais.

Ziamat se divirtió, incluso los sordos fueron capaces de escuchar las grotescas carcajadas del animal. Su voz era profunda y cruel, esa misma voz con la que se había proclamado rey.

Por supuesto el Rey Sol obtuvo la victoria y al  banquete que decidió realizar para celebrar su coronación asistió el mismísimo emperador. Como plato principal.

El emperador y su familia fueron rebozados en oro fundido y servidos como comida para disfrute de la bestia. Un bocado crujiente por fuera gracias al metal y crujiente por dentro gracias a los huesos.

Los cocineros del palacio trabajaron afanosamente día y noche y noche y día para saciar el hambre del Rey Sol.

Mientras comía, Ziamat obsequiaba de vez en cuando a los presentes con generosos eructos que parecían truenos surgidos de las entrañas de un volcán.

La mayoría se esforzaba por no orinarse encima, a causa del miedo, porque a los dragones no les gusta nada que les pueda recordar al agua. Alguno no pudo contenerse, la consecuencia fue una calurosa despedida.

Oro y huesos se quebraron como cristales y se derritieron después dentro de las poderosas fauces del dragón, mezclados dentro de una masa de carne blanda y muerta. La bestia masticaba y tragaba, a veces ni siquiera masticaba.

Éste fue el destino del emperador y de toda su familia excepto la hija menor. Una niña pequeña e inocente que se salvo por tener el cabello dorado como el oro, la piel blanca como el marfil y los ojos azules como los diamantes.

Por supuesto el dragón no sintió amor o compasión. Fue la codicia una vez más. El deseo de poseerla como si fuera un objeto. Fue eso lo que libro a la inocente muchachita de las garras de la muerte para hacerla caer en las garras de la desgracia. La codicia, el único sentimiento verdadero de los dragones.

El dragón decidió casarse con la niña, y no conforme con quitarle a su familia, también le robó su nombre. El nombre que sus padres le habían puesto en un bautizo con agua, fue reemplazado por otro nombre en un bautizo con fuego. Aúrea. Así te llamarás. Para siempre.

La niña lloró amargamente con la esperanza de que sus lágrimas apagasen el fuego del usurpador. Soñaba que aquellas lágrimas se convertirían en un gran mar, un verdadero mar de agua, que ahogaría para siempre a la alimaña, pero las lágrimas acababan desparramadas como gotitas minúsculas en el suelo, después de deslizarse erráticamente sobre sus suaves mejillas y no tardaban en evaporarse cuando la bestia se acercaba pues su cuerpo irradiaba un calor sobrenatural.

El dragón le había dicho que se casarían y que ella sería su reina. El rey más viejo de la tierra y la reina más joven del mundo. Una niña y un viejo. Repugnante.

El Imperio Astronómico aceptó prontamente ser gobernando por un dragón y en mundo ya nunca volvería a ser el mismo. Una vez en el poder, Ziamat no tardó en poner sus ojos de reptil sobre las fértiles tierras de Auronpla.

La nueva bandera del Imperio Astronómico sería una enorme antorcha de fuego, no un miserable trapo. Nunca más un miserable trapo. Nunca.

Las nueve ciudades de Aszua entregaron a sus mejores hombres dando a luz al mayor ejército jamás visto o jamás imaginado. Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Las nueve ciudades, sin ninguna excepción, porque esos eran sus nombres.

Los rumores de la guerra llegaron pronto a las puertas de Auronpla y cuando la guerra llama a las puertas de Auronpla, éstas no se cierran, se abren.

Tal vez porque los hoplitanos consideraron que había sequía y era tiempo de regar con sangre las cosechas y de abonar con muertos la tierra. O tal vez porque esa era su estrategia para ganar. O tal vez por ambos motivos.

Un imperio gobernado por un dragón al que obedece un ejército de hombres esclavos. Lucharan bien porque si fracasan saben lo que el Rey Sol hará a sus familias.

Suficiente información para dibujar una sonrisa contundente como un cuchillo en el pétreo rostro de un hoplitano. ¡Qué bonito regalo para un guerrero! ¡Guerra!

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  • Los maestros constructores colocaron bloque sobre bloque. Era una torre tan alta y tan esbelta que acariciaba con sus tejas el cielo azul. ¡Oh prestigiosa señoría! ¡Os ruego que leáis mis palabras pues vos sóis mi único vinculo con esta realidad!

    Grandiosos marineros son los hombres naranjas. Ni el mar más cruel pudo con ellos. Os aplaudo por vuestro éxito. Os lloró por vuestro fracaso.

    ¿Tienes hambre? El dragón se los comió a todos, bañados en oro. Aun recuerdo como chillaban mientras sus cuerpos se hundían en las calderas de humeante metal fundido. No se conformó con que los bañasen en oro, ordenó que les arrancaran los ojos y los reemplazasen por diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas. Y se los comió, se los comió a todos.

    Has navegado sin descanso por los mares , has respirado un aire viejo que mora en este mundo desde el primer aliento de dios. Ahora es tu momento. Sé valiente y descubre la verdad. Sólo entonces sabrás si estas preparado para conocerla.

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