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12 min
Crimen y Testigo
Suspense |
23.11.14
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Sinopsis

De un viejo y polvoriento manuscrito encontrado en algún viejo cajón...un relato olvidado basado en un extraño sueño...

Era muy tarde ya. Las calles aparecían solitarias y silenciosas mientras los enormes postes de luz artificial se erguían a ambos lados de la extensa avenida como mudos testigos o guardianes de ese silencio que solo se rompía al paso fugaz de algún que otro auto a lo largo de la amplia autopista. A pesar de lo avanzado de la hora, que ya pasaba largamente la medianoche, había decidido regresar a pie hasta mi casa esperando que el frescor nocturno oxigenara mi cabeza, turbulenta de ideas y alcohol.

El camino que recorría era bien conocido por mí, aunque no con agrado. Miles de veces cuando niño había recorrido ese mismo rumbo para llegar a mi vieja escuela secundaria, la que se hallaba ingresando por una calle que cortaba la avenida por que ahora iba y a cuyos cruces me acercaba lentamente. Hacía mucho que no andaba por esas veredas, sin embargo, la avenida lucía casi exactamente como en mis recuerdos a la luz de la potente iluminación artificial que, combinada al silencio y a su enorme extensión, que perdía de vista el camino en la incertidumbre nocturna, daban por resultado un espectáculo extraño y de siniestro encanto.

Me sentía bien, pese a todo. En realidad el aire nocturno era una bendición para mis sentidos que lentamente dejaban atrás el embotamiento que los perseguía desde que salí de esa casa en donde había pasado varias horas. Mi intención era alcanzar una avenida que cruzaba algo más lejos, unas ocho o nueve cuadras todavía, desde donde podría conseguir algún transporte rumbo a mi madriguera.

Desde luego, al abandonar el lugar donde estaba, era yo muy consciente que el caminar por esos rumbos a semejantes horas no era algo ausente de peligro. Más aun, estando solo y afectado por el alcohol; pero era quizás precisamente por esto último, porque el camino me era conocido y, sobre todo, por el determinante hecho de casi estar sin dinero, que me había decidido a hacerlo a pesar de ciertos consejos que oí, perdidos entres risas y choque de vasos; pero, poco a poco, al ir recobrando la lucidez, el temor empezó a ganarme. Al principio levemente, después empezó a parecerme ver sombras en los hondos umbrales de algunas casas. Faltando poco ya para llegar a la esquina aquella que tanto me desagradaba, estaba en un punto de nerviosismo tal que el menor ruido me provocaba sobresaltos.

Me parecía oír conversaciones murmuradas, inquietos susurros en las zonas más lóbregas, miradas acechantes desde la oscuridad. Incluso una vez mi propia sombra estuvo a puntos de infartarme. Eran solo mis nervios ¿De que me preocupaba? Levantaba la vista y no veía nada alrededor, solo la avenida desierta, la potente luz de los postes iluminando toda su vasta soledad. Caminaba ligeramente encorvado, mirando a izquierda y derecha a cada momento, apretando el paso todo lo que podía. La avenida era mucho más extensa que en mis recuerdos y de lo que parecía en un principio. En eso, lentamente se delinearon un juego de sombras deformes sobre la blanca pared a mi derecha ¿Que era eso? Había vuelto la mirada hacía unos instantes y no había visto a nadie detrás mío. ¿Era seguido? El ruido de pasos no solo confirmó que esto era cierto sino también que eran varios. Temí. Pensé para calmarme que debía tratarse de unos fulanos que caminaban por alguna callejuela de las que había dejado atrás y que simplemente ahora habían entrado a la avenida principal. Sin embargo, no podía quitar de mi mente la obsesión de que se trataba de una gavilla de delincuentes que, ocultos en la oscuridad, me habían visto pasar, eligiéndome como su víctima. Algo que era, por lo demás, perfectamente razonable.

Quise girar la cabeza para observarles bien. En mi angustia solo acertaba a ir lo más rápido posible llegando incluso a considerar la posibilidad de echar a correr sin mayores miramientos. No obstante, juzgué que la distancia que aun me separaba de ellos me permitiría echar una ojeada antes de decidir que hacer. Tomé aire, me envalentoné y volví la mirada. Una sola vez. De golpe. Fue apenas un segundo. Y lo que vi me heló la sangre.

Eran tres. Caminaban uno al lado del otro ocupando todo el ancho de la vereda. Uno de ellos, el del centro, era bastante alto. Era asido fuertemente de los brazos por los otros dos que lo flanqueaban muy de cerca, con el propósito evidente de no permitirle alejarse o huir mientras lo conducían a quien sabe dónde. El tipo tenía la cabeza baja y sollozaba quedamente. Esto era lo más perturbador.

Una teoría tranquilizadora acudió a mi mente: Dos heroicos policías habían capturado a algún delincuente. ¿Quién sabe? Incluso salvándome de convertirme en una nueva estadística en los índices de inseguridad ciudadana. Pero esta hipótesis se desbarató al ver sus rostros: Los jóvenes cancerberos eran prácticamente unos adolecentes, imposible pensar en ellos como policías. El prisionero se veía algo mayor, quizás rondando los veintiocho: tez blanca, cabello ensortijado castaño. No tenía en absoluto la imagen de un delincuente. Su llanto cada vez se distinguía con mayor claridad al mismo tiempo que la distancia entre el extraño trío y yo se acortaba, pues avanzaban a velocidad considerable. Estaban a punto de alcanzarme pese a mis esfuerzos por dejarlos atrás. Ni un solo auto pasaba ya por la pista. En mi desesperación busqué a mi alrededor con la vista un lugar donde poder refugiarme o alguien a quien pedir ayuda. Fue inútil. La ciudad entera parecía ausente. Se diría que nosotros cuatro éramos los únicos seres vivos esa noche. Lleno de angustia sentí la proximidad de esos hombres, esos demonios, fugitivos, ladrones, lo que fuera. Era casi como si respiraran sobre mi nuca. La cercanía era inexorable. Faltaba una cuadra para la calle de mi vieja escuela y el desgraciado aquél prácticamente lloraba ya detrás mío. No pude resistirlo más. Si iba a hacer algo, era ahora. El delito era inminente. No sabía cual, pero mi mente obcecada por el temor estaba convencida de que una vez a mi lado, esos hombres me apresarían a mí también y me conducirían como a ese pobre desdichado hacia algún lugar que era mejor no conocer. Esos hombres, quienes fueran, no estaban ahí por casualidad, eso era seguro. Tomé la determinación de eludirlos a como diera lugar. Espere que llegaran prácticamente a mi altura. Tratando de no dejar notar mi evidente temor, me fui haciendo a un lado fingiendo darles campo para que pudieran pasarme. Como ocupaban todo el ancho de la calzada, aproveché para, en mi falsa cortesía, separarme de ellos abandonando la vereda y con rapidez, llegar hasta la berma central de la autopista desierta. Espere aún para ver su reacción, mirándoles de soslayo, para actuar en consecuencia. Estábamos ya en el cruce exacto de la avenida de mis recuerdos…

Pero he aquí que, para mí más absoluto asombro, la siniestra comitiva pasó frente a mí sin mirarme siquiera.  Avanzaron una cuadra más. Una enorme sensación de paz invadió mi ser al ver que no era yo objeto del interés de esas extrañas lechuzas, pero fue apenas un instante. Deje que se alejaran un trecho, aunque sin perderlos de vista y reemprendí mi camino manteniéndome a buena distancia. Mas, pese a mis precauciones, la curiosidad me había encadenada al extraño trío y ya no podía quitarles la mirada y preguntarme que diablos iría a pasar con el hombre aquel. Todos mis sentidos se hallaban en completa atención. En vez de alejarme, yo me había convertido ahora en su perseguidor y, de hecho casi esperaba no llegar a mi destino antes de que se presentara el desenlace de estos eventos, pues de otra forma se me estropearía el insólito show. Ingenuo yo, no sabía que esto era apenas su preludio.

Unos metros más adelante, un auto había sido estacionado irrumpiendo en sentido transversal sobre la berma central de la autopista, trayéndose abajo uno de los pequeños arboles que la adornaban. Era fácil suponer quienes eran los autores del desastre. Los cancerberos dejaron la vereda, cruzaron la pista desierta y se dirigieron directamente hacia el auto. Aproveché para regresar a la vereda, que había quedado toda para mí. Supuse que encerrarían a su prisionero en el auto, se marcharían a arreglar sus asuntos en otra parte y eso sería todo. Si iban a cometer un crimen, era lógico que no quisieran testigos. Yo no pensaba involucrarme. Por último, no era mi problema.

Los hombres llevaron a su víctima hasta el auto. Noté que una de las puertas delanteras estaba abierta. Al llegar, uno de ellos se desprendió de su presa y sumergió la mitad del cuerpo dentro del vehículo buscando algo. Mientras, el otro tomaba al prisionero por ambos brazos a la espalda. El infeliz seguía llorando, ahora con más fuerza, mientras seguía repitiendo palabras que yo no podía entender.

A estas alturas yo tenía un remolino  de preguntas en mi cabeza ¿Qué se supone que estaba viendo?, ¿Un secuestro?, ¿Un asalto?, ¿Una vendetta? Difícil saberlo. Si era un secuestro ¿Por qué los “secuestradores” en ningún momento se habían inquietado por mi presencia? No llevaban ningún tipo de mascara o disfraz, aunque debo reconocer que no había podido reparar demasiado en sus facciones, salvo en el detalle de su notoria juventud. Si esto era un asalto o algo similar ¿Porque el hombre no gritaba pidiendo ayuda? No me la pidió a mí, no intento gritar en ningún momento pese a que atravesábamos una zona rodeada de casas y lo más extraño, sus captores no lo conminaban con ningún arma. La única explicación posible era que él sabía lo que se le había cruzado en el camino por quién sabe cuáles razones. Era algo tan ineludible, tan inevitable, que no tenía sentido intentar luchar contra ello.

El tipo del auto había encontrado ya lo que buscaba. Era una especie de bolsa de tela negra con una correa cuya hebilla de acero destelló en la noche. Sólo en ese momento, sin dejar de sollozar, el prisionero dijo algo que pude comprender con total claridad:

…¡Por favor!...¡Por favor!

Sin el mínimo aspaviento, el primer hombre le encasquetó la bolsa negra en la cabeza ajustándosela con la  correa de cuero al cuello. El otro lo hizo arrodillarse de una patada, mientras el anterior, que se revelaba ya como el líder, enarboló en su diestra el otro utensilio recogido del auto: una especie de macana enorme con la cual apuntó al pecho de su víctima, ahora frente a él:

-¡Tú! – Gritó con una voz tan potente como deforme - ¡Yo te condeno!

Prosiguió un huracán de palabras que, pese al volumen con que fueron lanzadas, llegaban a mis oídos completamente inentendibles, de lo horrorosamente retorcidas que eran vomitadas por aquel hombre. Apenas podía captar algunas: “Castigo”,”Falta”,”Culpa”,”Condena”…La más repetida era sin duda “Castigo”.

No había terminado cuando, súbitamente y ante mi más grande horror, empezó a encajar furiosos golpes con la macana sobre la cabeza enmascarada con un salvajismo superior al de su demencial discurso. No pude resistirlo. Salí disparado de la escena, solo deteniéndome varias cuadras más allá, cuando mis pulmones, de tanta tensión, de tanto caminar y correr, amenazaron con explotar en mi pecho. Me apoyé como pude contra una pared. Vomité. Sudaba e inhalaba tratando de robarle todo el aire a la noche. Volví la vista. A lo lejos todavía se perpetraba el monstruoso castigo al cual ya se había sumado el segundo tipo, que pateaba furiosamente el cuerpo rígido y caído sin que su compañero dejara de asestar furiosos macanazos.

En eso, me sentí observado, volteé sobresaltado (Sólo el cielo sabe todo lo que se me paso por la mente en ese segundo) y vi el rostro enorme e impasible de una anciana que me miraba con ojillos curiosos y escudriñadores. Estallé:

-¿Vio eso? – Le grité con todo lo que me quedaba de pulmones - ¡Santo Dios! ¿Vió eso?

La mujer me miró como se mira a un pobre diablo

-¿Ver qué?- preguntó

Atónito, solo atine a levantar mi brazo hacia el lugar desde donde aún llegaban con nitidez las imágenes del ajusticiamiento.

-¡Ah, eso!- dijo la mujer, como si hubiera esperado algo mas importante- Tanto por eso; apenas unos muchachos que se están peleando…

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