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12 min
CRÍMENES EN EL PALACIO
Drama |
23.12.14
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Sinopsis

El Palacio era una hacienda con una extensión considerable en la cual en 1.950 se llevaron a cabo unos horrendos crímenes que aún hoy permanecen en la memoria de los habitantes del pueblo. Doña Etelvina, la señora y Enriqueta, la criada, fueron halladas muertas en la primera planta de la casa. Cruelmente golpeadas y apuñaladas.

Ayer por la mañana, al alba, he acudido al cementerio. Se trata de una visita semanal que vengo realizando desde hace cinco años y que, normalmente, acostumbra a coincidir con el día en el que nuestro párroco, Don Severino, oficia una misa en recuerdo de los difuntos relacionados con aquel macabro y horrendo suceso.

El camposanto se ubica en las afueras del pueblo, a varios cientos de metros de la iglesia parroquial, comunicándose ambos por medio de un sinuoso y empedrado camino. Éste, discurre - durante una pequeña parte de su trayecto - por un lateral de El Palacio, actualmente desocupado. Los lugareños le llamamos así a una gran hacienda, compuesta por una amplia y abrupta extensión de terreno, en la cual, además de tierras de cultivo, se emplazan varias construcciones, hallándose algunas de ellas parcialmente derruidas. Toda la finca, se encuentra amurallada por anchas y pedregosas paredes de unos cuatro metros de altura, convirtiéndola, de este modo, en una auténtica fortificación. La última propietaria de El Palacio - hasta su trágica muerte - fue Doña Etelvina, que Dios la tenga en su Gloria.

En las proximidades de la entrada al recinto se sitúa la edificación principal y más importante que, a decir de algunos de los más viejos del lugar, fueron testigos de su restauración siendo unos niños. Se trata de una grandiosa y señorial casa, estilo indianos, de tres plantas, convenientemente dividida en amplias y lujosas dependencias, decoradas todas ellas con exquisita distinción. Fue el único inmueble de la finca que ha sido habitado durante muchos años y cuyo estado de conservación permaneció impecable gracias a su frecuente y cuidado mantenimiento.

Delante de la casa, existe un amplio patio, en uno de cuyos extremos se levanta un cobertizo cerrado, utilizado para guardar un carruaje de época, – al parecer, de principios del siglo XIX -, junto con pasto que sirve de alimento para los caballos, cuyas cuadras se sitúan a pocos metros, entre el pajar y unos alargados y cubiertos bebederos de piedra.

En la entrada principal de El Palacio, un enorme portón de madera da acceso al mismo, situándose en su parte más alta, en el centro, un imponente y llamativo escudo de armas tallado en piedra, fuertemente sujetado por gruesos y corroídos tornillos, dando, con ello, testimonio del paso del tiempo.

Al parecer, y gracias a unos documentos hallados por Don Severino bajo la sacristía, en la pequeña cripta del templo, - lugar de enterramiento de grandes benefactores y personajes ilustres -, se pudo saber que la construcción de El Palacio databa de principios del siglo XVII.

En el momento de producirse los crímenes, en agosto de aquel desdichado verano de hace un lustro, cinco eran los habitantes de El Palacio:

Doña Etelvina, la dueña y señora, no solo de El Palacio, sino también de una gran parte de las tierras del pueblo, – heredadas de sus antepasados -, por las cuales, los agricultores estaban obligados, mediante contrato, a pagarle anualmente un canon a modo de arrendamiento. Era una buena y honesta mujer, con un gran corazón. Alta, apuesta y culta, muy culta. Había sido educada desde muy niña en la capital, en un colegio exclusivamente para señoritas, las cuales pertenecían a familias acomodadas y de la alta burguesía. Aficionada a montar a caballo y a tocar el piano, a pesar de su estatus, Doña Etelvina, siempre se mostraba interesada por el estado de cada uno de sus vecinos y solía conocerlos a todos ellos personalmente y por su nombre.

Enriqueta, la cocinera. Una joven viuda, sin hijos, y cuyo marido había caído en el frente de Somosierra, al inicio de la guerra civil. Su cometido consistía en preparar la comida para todos los de la casa y, de forma excepcional, para algún invitado. Así mismo, se ocupaba del mantenimiento de las dependencias de la misma, ayudada una vez a la semana por Justa, una vecina, cuyo domicilio estaba próximo a El Palacio. Ambas mujeres, realizaban, el día que tocaba, – cada jueves -, una limpieza general a todo el inmueble.

María, la gran alegría de El Palacio. Nacida, fruto de la relación de Matilde, - criada al servicio de la casa desde su adolescencia -, con un sargento de la Guardia Civil, casado y con tres hijos. Tras el alumbramiento de la pequeña, su padre se desentendió totalmente de las dos. La señora, se ofreció a ser su madrina para el bautizo, acogiéndola como a su propia hija, a la que siempre quiso con locura. Al poco tiempo, la madre enfermó de tuberculosis y, a pesar de trasladarse en varias ocasiones al hospital para tuberculosos de Oviedo, situado en el Monte Naranco, falleció cuando su hija contaba tan solo dos añitos. Por su séptimo cumpleaños, Doña Etelvina, le regaló una muñeca de trapo a la que María decidió poner por nombre Telva, convirtiéndose esta, desde ese momento, en su mejor amiga y con la que era muy frecuente verla jugar.

Josín, el de “Pachuca” – apodo este, proveniente de su familia materna -, un desdichado muchacho, nacido, para desgracia de todos, subnormal, al cual dio refugio Doña Etelvina. Esta, le había prometido a su progenitora, mientras se encontraba en su lecho de muerte, que no se preocupase, que tuviese la total seguridad de que a su hijo nunca le iba a faltar de nada. Que viviría con ella, donde sería bien atendido y alimentado para el resto de su vida. Josín, era conocido por todos como un buenazo, muy inocente, una especie de “niño grande”. El y María congeniaban estupendamente, habiéndose creado entre ambos una gran complicidad, siendo uno de sus juegos favoritos el escondite. Para jugar a el, María utilizaba a menudo, un antiguo arcón de madera, colocado en su habitación, y que se encontraba decorado con bonitos y llamativos motivos, donde su amigo, raramente lograba localizarla.

Arcadio, el criado de la casa. Un hombre corpulento, sin cultura – pocas veces había acudido a la escuela, por lo que solamente sabía rubricar su propia firma, no sin cierta dificultad -, soltero y de carácter fuerte, a veces endiablado, que desde siempre se había ocupado de cultivar las tierras que se encontraban en El Palacio, así como de la limpieza y del cuidado de los animales. Igualmente, entre sus tareas, figuraba la de mantener en buenas condiciones para su uso el carruaje de caballos, utilizado en ocasiones especiales, para trasladar a Doña Etelvina y a algún que otro invitado de ésta. Arcadio, durante la guerra civil había sido llamado a filas, por lo que hubo de incorporarse y durante unos meses fue destinado al frente de Aragón, combatiendo y defendiendo enérgicamente Zaragoza, objetivo de gran importancia estratégica para el bando republicano. Tras la finalización de la contienda, regresó al pueblo, pero pocos meses más tarde se comenzaron a apreciar en él extrañas e incomprensibles conductas que con el tiempo se irían acrecentando. Todo se inició con la aparición de pequeñas manías y obsesiones, llegando a manifestársele más tarde ciertos comportamientos agresivos, incluso extremadamente violentos, especialmente hacia aquellas personas que no le daban la razón en determinados asuntos o, simplemente, no eran de su agrado. Don Antonio, el médico del pueblo, le recomendó a Doña Etelvina su traslado al Manicomio de la Cadellada, en Oviedo, para recibir allí varias sesiones de corrientes, - una especie de descargas eléctricas -, con objeto de tranquilizarlo y tratar así su dolencia. Pero ella, la señora, en desacuerdo con este tipo de prácticas – especialmente dolorosas para los pacientes -, se negó de un modo rotundo, esperanzada en que, a base de estar distraído, inmerso en las labores que tenía encomendadas en El Palacio, además de ser muy bien tratado y alimentado, su mal fuese remitiendo.

Aquel 24 de Agosto de 1.950, festividad de San Bartolomé y patrono de nuestra parroquia, pasara a la historia como un día trágico para el pueblo.

Amaneció con una agradable y cálida temperatura, muy propia de la estación en la que nos encontrábamos. Un pequeño manto de bruma se extendía sobre las verdes praderas y pronto harían su aparición los primeros rayos de sol que, durante la jornada, prometía brillar en todo su esplendor sobre la comarca. Como sonido claramente perceptible, sin lugar a dudas, el fuerte oleaje del Cantábrico, al impactar sobre los acantilados costeros situados no muy lejos, pudiendo apreciarse en el ambiente un ligero y agradable olor a mar y salitre. Todo parecía presagiar el inicio de una alegre y divertida jornada festiva.

Justa, como cada semana, accedió a El Palacio a primera hora de la mañana con objeto de comenzar sus tareas. Le resultó extraño no ver a los caballos en los bebederos, ni a Arcadio – siempre tan madrugador -, realizando su trabajo en las cuadras. Cuando se disponía a entrar en la casa, algo llamo poderosamente su atención. A pocos metros de la entrada y arrimada a la fachada, había una vieja pala, la que más tarde se comprobaría que era la utilizada por el criado para recoger en el patio el estiércol dejado por los caballos. De ella pendía una gastada y mugrienta chaqueta. Al acercarse y verla más de cerca, comprobó con espanto como la herramienta se encontraba manchada de sangre, al igual que la prenda que de ella colgaba.

Temerosa de que alguna desgracia hubiese ocurrido durante la noche en El Palacio, se acerco con gran cautela a la puerta, llamando en voz alta a Enriqueta, – en dos ocasiones -, sin obtener respuesta. En vista de ello, gritó, con más insistencia si cabe, reclamando la atención de la señora, Doña Etelvina. Pero, nada. Lo único que durante unos eternos instantes pudo percibir fue un silencio sepulcral.

Asustada, abandono precipitadamente el lugar para contarle a su marido lo que había visto. Este, junto con varios vecinos, decidió ir y acceder al interior de la casa.

Pronto, muy pronto, salieron de ella horrorizados, afirmando haber hallado dos cadáveres, el de la criada y el de la señora. Ambas mujeres, yacían muertas en la primera planta del inmueble en medio de sendos charcos de sangre. Por sus heridas, las dos habían sido duramente golpeadas y apuñaladas. Enriqueta, se encontraba en la sala, junto al piano, muy cerca de la escalera, tal vez, porque había pretendido huir de su agresor. Doña Etelvina, en su habitación, aun sin vestir, tendida sobre la cama y boca arriba.

Pasado un rato y con la Guardia Civil inspeccionando la casa y sus alrededores, hallaron a la pequeña María en el interior de su arcón. Estaba en buen estado físico, aunque atemorizada, puesto que llevaba allí varias horas, desde el momento - según acertó a decir - que habían comenzado unos fuertes gritos, acompañados de ruidos horribles. Todo el tiempo, había permanecido echada, sin atreverse a levantar la tapadera de su escondrijo y abrazada a Telva.

JosÍn, por su parte, apareció en el pajar, oculto entre aperos de labranza y el pasto que allí se almacenaba. Estaba fuera de sí, en un estado de continua agitación. Se negaba rotundamente a abandonar su escondite. Solo cuando vio a María, accedió a salir. Nunca fue posible averiguar si verdaderamente había sido testigo de lo ocurrido.

Desde un primer momento, todas las sospechas recayeron sobre Arcadio, por lo cual un gran número de guardias civiles a caballo comenzaron una exhaustiva batida por el bosque, lugar donde un vecino afirmaba haberle visto adentrarse apresuradamente y con sus ropas manchadas de sangre. Dos días más tarde, sin posibilidades reales de escapar, se dirigió a la costa, hacia los acantilados. Perseguido muy de cerca por los agentes y viéndose totalmente acorralado, al llegar a una zona llamada La Mortera, se despeñó, cayendo sobre las rocas y pereciendo en el acto.

Don Severino, se llevo a Josín a vivir con él a la rectoral pasando este a prestarle ayuda como monaguillo en la iglesia. El de Pachuca, desde el mismo momento en que ocurrieron aquellos desgraciados acontecimientos, se negó rotundamente a hablar. Solo se comunicaba gestualmente.

María fué recogida por una tía suya y trasladada a vivir a otra localidad. Años más tarde, durante una visita que hizo al pueblo y tras un emotivo reencuentro con Josín, este recupero de nuevo su habla.

Paco Fernández

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