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6 min
Crisálida
Varios |
21.07.19
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Sinopsis

La crisálida de un Uróboros.

     Despierto como un hombre nuevo cada día, pero no necesariamente uno mejor. Apenas sé de donde saco las fuerzas para levantarme y desayunar; de la cena de ayer. Pongo un pie en el suelo y el frío escala hasta mi cerebro, totalmente cristalizado. En él todo es claro y transparente, pero tan inmóvil como un cadáver. Y así el resto del tiempo. No es sino hasta que como, me río o escucho algo de música, que mi cerebro descongela un poco.

       Un solo pensamiento me rige entonces, la costumbre de un lunes de siempre es la rutina de hoy. Podría decirse que no viví los primeros momentos del día, pues el cerebro elimina la información innecesaria. Naturalmente, no recuerda todas las veces que me cepillé en la mañana y me preparé para ir a la universidad, la escuela o el liceo. Prácticamente muerto, congelado, todo ese tiempo consumido, perdido en los archivos de la inexistencia.

       De la universidad solo optengo poca información. Pero bastante útil, al fin y al cabo, para lograr lo que casi todos los padres quieren de sus hijos. El resto son amigos hablándome de la chica que vieron ayer, la fiesta que se perdieron, la botella de ron que compraron para celebrar el cumpleaños de no sé quién carajos, un divertido meme, etcétera. Los que en verdad dicen algo interesante, no paran de ser pretenciosos y algo arrogantes. La humildad se considera un valor importante también, pero creemos que eso significa hacer alarde de que no tienes nada pero al menos no eres tal y tal cosa. Siempre comparándonos con otros y con otras cosas. Eso está bien si eres un animal, es natural, pero si crees que tu cerebro realmente te distingue de los animales, entonces no seas uno. La sabiduría no debería ser usada como ventaja sobre otro, en el sentido de usarla como valor propio ante los demás, como para pisarlos. Eso es una costumbre animal, la de siempre competir por ser el mejor para no morir de frío fuera de la cueva y de la tribu. 

       Si no disfrutas de lo que sabes, y lo que sabes lo usas para alardear ante los demás, actúas como un animal. Si en verdad te crees algo más, un humano distinto, disfrutarás de saber y de crear.

       Ser un animal o un humano no es ni malo ni bueno, simplemente es. Pero siempre existe algo que se llama orden antes que el caos, y es preferible lo primero, desde el punto de vista humano.

       Yo sigo pensando que he sido un animal, uno muy caótico e ignorante, de colores y tonalidades diversas y corrientes, muy poco voluntarioso y estúpido, como un gusano con letargo. Pero sigo en la búsqueda de una metamorfosis. El tiempo dentro de la crisálida me entumece el cuerpo, los sentidos, las palabras que antes dirjía por inercia hacia los demás, los besos, los abrazos, los ojos, los pies, la vida... No sé cuanto tiempo dure aquí, pero he perdido mucho antes, cuando comía de las hojas equivocadas. Hoy como de hojas nuevas y mejores, dulces inclusive, pero aún más escasas que las de antes.

         Luego de pensar todas esas cosas, gracias a la observación de todos esos gusanos que vi en la universidad, volví a mi casa, envuelto en mi crisálida. Allí seguí comiendo lo mismo. Algún buen tema de Rock, para eliminar las energías que me causa el maldito calor del mediodía. Luego viene el sabor a vida apagada del Blues, jazz, r&b o lo que sea que suene a que te estás muriendo o tienes una flojera tan gorda como la tierra. Algún consejo de mi madre para que no ande descalzo, un comentario respecto a mis ojeras y unas cuantas quejas por mi descuido al dejar algunas cosas tiradas por ahí. Luego a dormir sobre una almohada muy incómoda en donde, a veces, sueño cosas bastante irreales, pero que se sienten muy lúcidas la verdad. Magnífico manjar, dosis de realidad fingida. Después a cenar, mientras pienso en la mejor manera que existe para no acabar de comer tan rápido. Con el estómago lleno, seguro tendré energías para despertar el siguiente día. Siempre me planteo leer todas las tardes, pero hace tiempo que perdí la costumbre y sólo leo unas pocas veces a la semana, por más bueno que esté el libro, mi voluntad tiene zapatos de brea. Un buen libro es un plato bastante rico en vitaminas a, b, c, d, f, g, h... Y pare de contar. Pero al final, termino por comerme a mí mismo, pues en soledad sólo escucho a mis fatídicos pensamientos. Mancos, esta vez, para escribirse aquí.

       Llega la noche y justo allí pienso que apenas me estoy despertando de la noche pasada, pues es cuando más cosas me dan ganas de hacer. Despierto e insomne, sueño cómo hubiera sido mi vida en una famila de músicos, o en una familia de ingenieros, o en una donde les gustara al menos algo de lo que ahora me gusta. Sueño con haber nacido en otra tierra, en otro tiempo, con otras leyes u otros reyes, otra lengua. Sueño con los que fueron antes de mí, lo que hicieron, lo que construyeron, los que no tenían nada y lo ganaron todo y los que tuvieron todo y nunca ganaron nada. Sueño, además, con ser algo más de lo que soy ahora, dejar de dormir dentro de esta gélida crisálida. Sueño con saber el color de mis alas, la envergadura de ellas. Me asusta, a su vez, la inmensidad del mundo que unas alas tan pequeñas tendrán que recorrer, sin poder, al final, recorrerlo por completo.

       En un instante imperceptible, vuelvo a congelarme, comprimirme en la crisálida, y segundos después despierto nuevamente mirando al techo, con frío y la nariz tapada. Despierto como un hombre nuevo cada día, pero no necesariamente uno mejor. Apenas sé de donde saco las fuerzas para levantarme y desayunar; de la cena de ayer. Pongo un pie en el suelo y el frío escala hasta mi cerebro, totalmente cristalizado. En él todo es claro y transparente, pero tan inmóvil como un cadáver...

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