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6 min
Crónica de un asesinato
Suspense |
21.11.15
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Sinopsis

Relato corto narrado en primera persona sobre el primer crimen cometido por un asesino.

Aún recuerdo a mi primera víctima. Fue hace algo más de dos años. Se trataba un hombre de unos cincuenta años. Era una de esas personas que pasan desapercibidas a los ojos de los demás, incluso para mí, que no le presté atención hasta que me pisó mientras subíamos al autobús.

- Perdóneme.

- No pasa nada.- le dije.

Me sonrió y dejé que pasara primero.

Al día siguiente, cogí de nuevo el autobús para ir al trabajo. Por aquel entonces trabajaba como abogado en el bufete de mi padre tras haberme licenciado, pero eso es otra historia que no viene al caso.

Eran las ocho de la mañana y el transporte iba con tal exceso de pasajeros que, a muchos de los que allí íbamos, nos tocó viajar de pie.

Nunca me ha gustado viajar en transportes colectivos, pero recuerdo que por esas fechas mi hermano había sufrido un accidente con mi coche y estaba en el taller, por lo que no me quedaba más remedio que viajar en autobús, porque yo no cojo nunca taxis. Pero eso también es otra historia.

Allí, con tanta gente de pie, resultaba prácticamente imposible moverse. Alguien me pisó. Al girarme, puede ver que había sido el cincuentón del día anterior.

- Lo siento. - me dijo.

- Con tanta gente no me extraña. No se preocupe.- Le respondí amablemente.

Poco después alguien volvió a pisarme.

- Discúlpeme de nuevo.

Le miré y asentí.

Minutos después el hombre me pisó una vez más mientras intentaba abrirse paso entre la multitud para poder bajar del autobús. Esta vez ni siquiera se molestó en excusarse. Sin pensármelo dos veces, me animé a seguirle y ver hacia dónde se dirigía.

Manteniéndome a una distancia prudencial para que no sospechara, vi cómo se adentraba en un callejón y accedía a un local por lo parecía ser la puerta trasera del mismo.

Miré a mi alrededor y no se veía a nadie por la calle, por lo que decidí adentrarme en el callejón. No había dado un par de pasos cuando sonó un claxon detrás de mí. Me aparté disimuladamente y volví a la calle principal.

El furgón que había pitado, se paró delante de la puerta en la que había entrado el hombre del autobús. El conductor, un hombre de baja estatura y entrado en carnes, bajó de un salto y llamó a un timbre que había. La puerta se abrió y el cincuentón salió a descargar la camioneta junto al otro hombre.

Entré de nuevo al callejón y me escondí tras unos contenedores que había para no ser descubierto. Desde mi escondite pude ver que estaban descargando barras y tortas, por lo que deduje que se trataba de una panadería.

Diez minutos después, el hombre de baja estatura subió de nuevo al furgón y desapareció por la calle principal.

Me cercioré de que no hubiera nadie observando y me dirigí hacia la parte trasera de la panadería. Abrí la puerta con sumo cuidado para evitar un posible chirrido y no fuera así delatada mi posición. Entré despacio y evitando hacer ruido.

El hombre del autobús estaba frente a mí, cara a cara. Ni siquiera me había percatado de su presencia.

- Disculpe pero esta es trastienda de la panadería. - dijo mientras me sonreía - Sólo atendemos pedidos en la parte posterior.

Le miré desconcertado.

- Verá, yo no soy ningún cliente.

- ¿Es usted el inspector de sanidad? Perdóneme, - contestó- no le esperaba tan pronto.

Me quedé unos segundos observándole.

- ¿No me reconoce?

El hombre me miró de arriba abajo y contestó.

- Lo siento, pero no sé quién es.

- ¿De verdad que no sabe quién soy?- le dije ofendido.

- No. Me temo que no.

Indignado, le respondí.

- Verá, ayer usted me pisó cuando me disponía a subir al autobús. Esta mañana, ha vuelto a pisarme, no una: Exactamente tres veces y la última ni siquiera se disculpó.

- Es verdad, el joven del autobús. Verá, esta mañana tenía algo de prisa y quizás por eso no me disculpé.

- A mí me parece que usted se hizo el despistado más que otra cosa.- le contesté irritado. Estaba empezando a sacarme de mis casillas.- Y si estoy aquí es para recibir las disculpas pertinentes.

- ¿Cómo dice?

- Sí, he venido para que se excuse.

- De acuerdo. Lo siento.

- No, no me parece que lo sienta realmente.

A medida que le hablaba, el tono de mi voz iba subiendo.

- No veo que sus disculpas sean de verdad, más bien parecen obligadas.

- Allá usted y ahora si me permite...

Me giré rápidamente y cerré la puerta bruscamente.

Aquel tipo cincuentón me miró atónito.

- ¡Le he dicho que se disculpe! - le grité- ¡Quiero que sus palabras sean sinceras!

El hombre parecía asustado pero no quiso perder la compostura y me pidió amablemente que me fuera de allí.

- Si no lo hace, me veré en la obligación de llamar a la policía.

- ¿Me está retando?

- Hablo en serio.

Actúo intentando provocarle.

Me quité la gabardina y la colgué sobre otro abrigo en uno de los ganchos que había en la pared.

Le miré directamente a los ojos.

- ¿A qué espera?

Tras vacilar apenas unos segundos, el hombre me dio la espalda y se dirigió hacia la tienda en busca de un teléfono.

Antes de que hubiera salido de la trastienda, le agarré del brazo y le empujé contra la pared. Empecé a retorcerle aquel brazo huesudo.

- Sólo quería que se disculpara.- le susurré al oído.- Ahora ya es tarde para eso.

Le retorcí aún más el brazo hasta que oí cómo se le partían los huesos. El hombre gritó del dolor y cayó de rodillas al suelo.

- Lo siento. Lo siento.- sollozaba una y otra vez mientras se sujetaba el brazo.

- ¡Cállese!

- De verdad, siento mucho haberle pisado en el autobús. Pero no me haga daño, por favor.

Paseaba por la habitación de un lado a otro nerviosamente. Me acerqué a él y le propiné una patada en la cara.

Tirado en el suelo, el hombre no paraba de gimotear.

-¡He dicho que te calles!-le grité.

Pero el hombre seguía tirado en el suelo retorciéndose de dolor.

Miré a mi alrededor y vi un pequeño cuchillo encima junto a las cajas de pan que él y aquel tipo bajito habían descargado. Supuse que era para partir las barras y las tortas.

Sin dudarlo, le cogí y me acerqué al hombre. Le agarré del pelo para levantarle la cabeza del suelo y me coloqué detrás de él.

-Si te hubieras disculpado debidamente, ahora no tendría que rajarte el cuello.

Y sin pensármelo dos veces, le seccioné la garganta.

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