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48 min
Crónicas de un Colegio. ( Escuela Hogar de Castropol: 1971-1978 )
Reales |
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Sinopsis

Recuerdos y vivencias de mi etapa escolar como interno en el Palacio del Valledor de Castropol durante la gloriosa década de los años 70. Porque el poder de la palabra escrita es capaz de resucitar el pasado y hacerlo inmortal. Y porque la memoria es frágil y nunca se sabe cuando nos puede traicionar. Y, también y sobre todo, porque somos lo que vivimos, especialmente durante los años más o menos felices, pero siempre inolvidables, de nuestra lejana infancia. Sirva como símbolo y homenaje para todos los que cursaron la EGB en aquella azarosa década. Va por vosotros.

~~        CAPÍTULO  I  :  DIBUJANTES  Y  LADRIDOS
Invariablemente, todos los fines de semana y también los días laborables a partir de abril y mayo, las maestras nos llevaban a pasear por los alrededores de Castropol. Una de las rutas habituales era una pista de tierra que arrancaba en el Peñamar, ascendía retorciéndose hasta la cima de la planicie y, una vez allí, se estiraba, surcando recta los campos de maíz y de patatas. A izquierda y derecha se abrían perpendiculares sendas alternativas.
Caminábamos en fila por parejas. A veces se rompía la formación y copábamos la angosta vía. Afortunadamente el volumen de tráfico en aquel entonces se aproximaba bastante al existente en una travesía por la Luna.
Antes de alcanzar la cima de la colina, la pista transitaba cerca de un pequeño chalet. Delante del mismo crecían una veintena de floridos manzanos. Recuerdo que en una ocasión la Srta. Matilde nos propuso una sesión de dibujo al aire libre. Así que, bien pertrechados con el bloc de dibujo y los lápices Alpino, invadimos la finca de manzanos dispuestos a inmortalizar la Escuela Hogar, aprovechando la magnífica perspectiva que disfrutábamos desde nuestra posición a la vera del chalet.
En éstas estábamos, concentrados en la ardua tarea de trasladar al grueso papel los geométricos contornos del vetusto palacio, cuando hace su aparición el iracundo dueño de la parcela profanada y nos invita a largarnos cagando leches, argumentando que le recordábamos muchísimo a un rebaño de cabras y que, mira por Dios, cómo le estábamos dejando su inmaculada finca.
Doña Matilde, bastante mosqueada con el apabullante discurso del hombre, se apresuró a replicarle haciendo gala de su cortante tono autoritario. Mas, en seguida constató, para su sorpresa y pasmo, que el dueño de los manzanos no se acongojaba como nosotros ante sus solemnes diatribas, y, ni corto ni perezoso, replicábale con igual o superior donaire, indicándole muy sutilmente que dejara de proferir ladridos y sacara de allí a aquella panda de salvajes asalta fincas.
Nuestra directora, genio y figura, pequeña, pero gigante de carácter, no se dejó amilanar y le contestó que según su leal saber y entender los que ladraban eran los perros y ella no pertenecía a tal especie animal; añadiendo, de paso, ante su congestionado contrincante y aprovechando su repentina mudez, que albergaba dudas más que razonables sobre la taxonomía zoológica del simpático dueño del chalet. Luego, nos mandó levantar el campamento, y muy dignos y parsimoniosos nos marchamos con nuestros bártulos, pista arriba, a la búsqueda de una nueva y más tranquila atalaya.

            CAPÍTULO  II  :  LA  QUINTA  ESTACIÓN
De camino a la estación del tren, destino final de nuestra excursión pedestre, atravesábamos el pintoresco pueblo de San Juan, con su enjambre de casas grises custodiando la iglesia-minarete, al lado de la cual se yergue una gigantesca palmera.
A nuestra espalda dejábamos la ría abriéndose hacia el mar infinito. Por la izquierda, la flanqueaban Castropol y Ribadeo que se fundían en un solo pueblo por acción y gracia de un singular hermanamiento óptico. A la derecha, sobre un promontorio alargado, se asentaba Figueras, me consta que aún sigue allí, con su torre de Donlebún, sus “casas baratas” y casi siempre algún barco gigantesco amarrado a su vera.
Al frente, hacia el Sur, divisábamos la azulada sierra de la Bobia y el puerto de la Garganta, la puerta de los Oscos y de nuestra tierra, lejana y añorada. A nuestra izquierda, hacia el Este, sucesivas lomas pobladas de pinos y eucaliptos se van alzando mansamente buscando el horizonte, como un fantástico oleaje esmeralda. En la cresta, a más de 600 metros de altitud, descuella el pico-faro del Pousadoiro. Y más lejos, a nuestra derecha, ya en tierras gallegas, se divisa la ermita de Santa Cruz, poco más que una mancha blanca entre el verde del monte y el azul del cielo. Recuerdo que, al menos en una ocasión, ascendimos hasta su vera después de cruzar la ría en lancha.
La bulliciosa comitiva colegial rebasó las últimas casas de San Juan, donde, al día de hoy, la misma pátina cenicienta de entonces sigue ensombreciendo sus muros como una piel oscura que custodiara los secretos del pasado, y desembocó en la pista que conduce hasta la vía del tren.
Previamente habíamos entrado en el bar del “Zumbón”,                     situado cerca de la bifurcación de caminos donde se alzaba un santuario gris albergando la imagen de una diminuta Virgen blanca.
Enfilamos, pues, la larga recta ascendente hacia El Valín, bien aprovisionados de refrescantes Mirindas y Fantas, con chapa cromo, y rugientes Tigretones. Raudos, recorrimos el camino polvoriento entre pastos y sembrados, y alcanzamos al fin la Estación, objetivo final de nuestro festivo Vía Crucis.
En realidad, se trata de un modesto apeadero ferroviario con pálidas paredes encaladas y el nombre de CASTROPOL en la fachada  en letras negras sobre nueve grandes azulejos. A un lado, un monte de helechos y pinos piñoneros; al otro, gigantescos y aromáticos eucaliptos; y, en medio, los raíles brillantes y las robustas traviesas guiando la travesía recta y uniforme, monótona e interminable.
En el descampado que se abría hacia la parte de los eucaliptos, los niños emulábamos a Quini, Gárate y Amancio, soñando tardes de gloria sobre un terreno de juego húmedo e irregular. El esférico se perdía entre las altas hierbas y se frenaba en los baches de barro, seco o blando según la época. Una de las porterías estaba delimitada por una pila de herrumbrosas traviesas y una piedra caliza de respetables dimensiones. Los postes de la de enfrente eran dos tocones de eucalipto talados a la distancia justa. Proliferaban así, los goles fantasma y las discusiones sobre la exacta ubicación de la prolongación virtual de los postes y el imaginario larguero.
Las niñas, por su parte, con tenaz y monótona persistencia, practicaban el juego de la goma, ascendiendo por los sucesivos niveles de dificultad, todo un anticipo de los juegos de la Play, mientras invocaban el chicle más chicle americano y las elásticas tripas del sufrido Jorge.
Después, como lobos hambrientos, devorábamos en un santiamén los bocadillos de pan y chocolate “La Cibeles” regados con la fanta y la mirinda. De postre, naranjas y también polos de sabores con su palo plano de madera, adquiridos por dos duros en el pequeño chigre, situado a un centenar de metros, al que se accedía por una senda empinada y tortuosa. Recuerdo un perro blanco, amarrado a un castaño, ladrando furioso en su cautiverio. Al verlo, me acordaba del dueño del chalet y los manzanos.
En ocasiones, caminábamos por la vía y pegábamos la oreja al raíl igual que los indios en las películas del oeste. Como aquella del legendario Gerónimo, por lo visto todo un acontecimiento televisivo para la época. Tanto fue así, que nos dejaron salir antes del colegio, aún eran las escuelas viejas, para verla, abajo en la sala que debíamos cruzar desde el patio para acceder a la huerta.
No recuerdo que ninguna vibración extraña sacudiera jamás nuestros sensibles tímpanos infantiles. Nunca oímos ningún tren y tampoco vimos ninguno, jamás, en las incontables visitas realizadas al pintoresco apeadero. Los raíles estaban pulidos y brillantes, y una tabla de horarios de trenes colgaba, solitaria, en la pared sucia y desnuda al lado de una ventanilla siempre cerrada; por lo demás, aquella parecía una vía muerta.
No, nunca contemplamos el paso de ningún tren. Desde entonces, pillamos algunos y perdimos unos cuantos.

    

 

 

 

 

             CAPÍTULO  III  :  LA  ISLA  DEL TESORO
A la playa de Salinas arribábamos en fila india a través de un angosto sendero que partía de la carretera general, serpenteaba abruptamente a través de un bosquecillo de castaños y laureles, y desembocaba en el prado que hacía las veces de merendero y campo de juegos.
Después del confinado, casi claustrofóbico descenso, se ofrecía ante nuestros ojos un inmenso espacio abierto donde las posibilidades de diversión se multiplicaban hasta el infinito y más allá. Donde terminaba el prado, breve acantilado terroso, lamido por la marea y mordido por las olas, comenzaba la playa de arena blanca, después de superar una estrecha franja saturada de guijarros multiformes y conchas de sorprendentes colores. Los restos pétreos de una construcción antigua nos servían de improvisado parapeto en incruentas guerras de piratas, como hito de referencia para contar y salvarse en el juego del escondite, como “madre” en el juego del “pío campo” y también como improvisado vestuario.
A la derecha, hacia El Espín, sobresalían media docena de islotes de cuerpo rocoso, cabeza de tierra y cabellera herbácea. Siempre me parecieron una versión a escala de las Islas Canarias o cualquier archipiélago por el estilo. Años más tarde, al regresar al lugar, comprobé con cierto y nostálgico pesar como la infatigable embestida del mar había terminado por decapitarlas.
Al frente, se alzaba, imponente y majestuoso, el islote de El Turullón, que talmente parecía haber inspirado a Stevenson para crear su clásico inmortal, la novela de aventuras por excelencia.  Las olas arremetían contra sus flancos escarpados buscando con sus dedos de espuma y salitre la decena de pequeños eucaliptos y los espinos silvestres que medraban en lo alto. Vano empeño. Cuando el mar se retiraba a una distancia prudencial, asaltábamos la rocosa fortaleza. Jugándonos el físico, desdeñando absolutamente el riesgo, importunábamos a los mejillones y cangrejos manteniendo precario equilibrio sobre el accidentado relieve. Intrépidos aventureros, ora trepábamos a la cima del montículo sintiéndonos exploradores y centinelas, arrostrando el peligro de ser atacados por indígenas salvajes, oteando negras banderas en el horizonte lejano y azul; ora nos adentrábamos, temerarios, en las dos cuevas paralelas que horadaban el subsuelo a la busca de tesoros escondidos y olvidados.
Disfrutábamos de lo lindo toreando las olas, dejando que lamieran nuestros pies hundidos en la arena, y adentrándonos con insólita temeridad hasta que el agua abrazaba nuestro cuello.
Desde luego, visto en lontananza, hay que reconocer que nuestro ángel de la guarda hizo horas extras durante esos años.


 CAPÍTULO  IV  :  PINO TERRESTRE Y PINO MARINO        
La playa de Fontelas era, en realidad, una pequeña y resguardada cala plagada de enormes guijarros. A la misma se llegaba por un empinado camino de carro que arrancaba en el cruce del cementerio, y también desde el campo de San Roque por un estrecho y tortuoso sendero, generalmente embarrado.
En una ocasión, en compañía de los hermanos González Iglesias, Basilio y Dionisio, y también Juan José Arenas, cual osados exploradores, realizamos una incursión bordeando la orilla escarpada a lo largo de más de un km. hasta ir a parar enfrente a la villa de Vegadeo. De trecho en trecho, nos internábamos tierra adentro entre los eucaliptos y los tojos.
Para dejar testimonio de nuestra singladura a las futuras expediciones que hollasen tales parajes, arrancamos un pequeño pino piñonero y lo plantamos en el lecho marino. Exultantes y entusiasmados por tal singular proeza, proclamamos a los cuatro vientos que habíamos convertido un pino terrestre en un pino marino.
Ya lo veis. En aquel entonces nos hacía falta poco para pasarlo bien. Con nuestra fe inquebrantable, nuestra imaginación sin límite y nuestras ilusiones intactas, vivíamos a tope el presente sin acordarnos del mañana.

    CAPÍTULO  V  :  EL BAR DE SAN ROQUE
Al lado de la ermita del mismo nombre, se halla el campo de San Roque, enclavado en una encrucijada de caminos. Allí nos llevaban a menudo a quemar nuestras inagotables energías jugando al fútbol entre las acacias y bancos de piedra, deslizándonos por el tobogán hacia el duro y erosionado suelo, volando en los columpios hacia el cielo y trepando por el laberinto de hierros oxidados.
A la vera del parque se yergue el bar del mismo nombre, hoy en estado ruinoso. Aparte de los típicos productos de taberna parapetados tras el mostrador de formica, recuerdo el sempiterno futbolín instalado a la entrada. Allí entablamos arduas y estruendosas partidas machacando sin piedad la bola con los férreos e imperturbables muñequitos ensartados. Obligados a utilizar un esquema fijo de juego y a practicar el marcaje zonal con las posiciones claramente definidas sobre el exiguo terreno, la fantasía creativa y la habilidosa inventiva quedaban restringidas a las típicas jugadas del molinete y, sobre todo, a las míticas maniobras de arrastre. La pericia demostrada con éstas últimas marcaba diferencias y decantaba la suerte del enfrentamiento.
Allí, sobre el angosto rectángulo verde, el Madrid y el Atlético libraban singular, encarnizada y eterna batalla, como un remedo liliputiense de los derbis clásicos por excelencia.
Hoy en día, 40 años después, el futbolín languidece olvidado, medio sepultado por el polvo, las telarañas y los cascotes desprendidos del derruido techo. Ahí siguen Pirri, Velázquez, Zoco, Reina, Luis, Adelardo y compañía, aguardando firmes e impertérritos a que el árbitro reanude el partido o lo suspenda, definitivamente, de una puñetera vez. Afuera, atornillado al lado de la puerta de entrada, el cartel de Finley gime lastimosamente, ora azotado por el implacable Nordeste, ora zarandeado por el violento y cálido Suroeste. También él conoció tiempos mejores.

   

          CAPÍTULO  VI  :  EL CAMPO DE LA PALOMA
El campo de fútbol “La Paloma” tenía dos porterías reglamentarias, la hierba casi siempre alta y una muralla de centenarios cipreses alrededor. El densísimo ramaje de los enhiestos ejemplares arbóreos formaba un muro impenetrable aislando el recinto y ocultándolo a las miradas externas.
El Castropol C. F. vestía camiseta blanquiverde y pantalón blanco o verde. Creo haberles visto jugar en un par de ocasiones, no más. Se trataba de partidos amistosos. En una ocasión en el campo de Barres fueron derrotados 5 a 3 por un equipo de Oviedo. Comenzó marcando Castropol. Los ovetenses remontaron a lo grande colocando el 4 a 1 en el marcador manual. Luego, nuevo arreón de los castropolenses aprovechando la momentánea relajación de sus rivales que aprieta el marcador hasta el 4 a 3. Nuevo gol de los azules en las postrimerías y el partido que finaliza en un gran clima de fair play y buen rollo. Los niños y niñas de la Escuela Hogar animamos con entusiasmo desde la banda copando las inexistentes gradas. Los enfervorizados hinchas colegiales nos habíamos desplazado hasta el campo tras recorrer la serpenteante carretera de El Espín, otra de las habituales rutas de paseo en aquellos años.
En una ocasión, en el campo de La Paloma, se disputó un trascendental choque que enfrentó a los niños de la Escuela Hogar contra los de Castropol. El festivo evento resultó un auténtico acontecimiento en la localidad. En las horas previas al partido, se mascaba la tensión, grandes dosis de emoción y nervios imperaban por doquier y, en general, se respiraba el ambiente que suele acompañar a los clásicos y legendarios derbis.
Luego, a la hora de la verdad, el esperado match no respondió a las expectativas ni justificó el revuelo causado. El partido no tuvo apenas color. Castropol, para nuestra desgracia, dominó de principio a fin. Los escolares hogareños sufrimos una humillante derrota. El contundente resultado final de 9 a 2 nos quitó hasta las ganas de pedir la revancha. Recuerdo que en un arranque de sinceridad, ya con el partido claramente decantado, le confesé a un rival que me encontraba al límite de mi resistencia. El tío fanfarrón, lejos de compadecerse, proclamó en voz alta mi ruina física al tiempo que arengaba a sus huestes para rematarnos definitivamente. Aquello fue la puntilla para nuestra maltrecha moral y acabó con las menguadas fuerzas que me quedaban.
Afortunadamente, a esas edades olvidábamos enseguida los malos tragos, y la espléndida merienda que nos zampamos, vencedores y vencidos, en armoniosa compañía, juntamente con los profesores, las maestras y algunos padres, suavizó en buena medida la frustración por la abultada derrota sufrida. Esa gloriosa jornada reafirmamos la validez de ese célebre refrán que afirma que “las penas con pan son menos”.
Hoy han desaparecido los cipreses, arrancados en parte por el vendaval y luego rematados por las motosierras y las palas excavadoras. También han desaparecido las porterías y hasta la hierba se ha esfumado. El viejo campo de La Paloma es ahora un solar triste y yermo, en parte aparcamiento, a la espera de que el hormigón y el ladrillo lo amortajen en su totalidad y sepulten su historia para siempre. A veces, la fuerza de la naturaleza y la mano insensible del hombre se confabulan eficazmente para destruir los símbolos del pasado.

    

 

 

 

 

                 CAPÍTULO  VII  :  LOS GUATEQUES
Los mayores de séptimo y octavo celebrábamos los cumpleaños en la sala de la TV. Y también en la salita despacho de la Srta. Matilde. Comíamos pastas artesanas Reglero y bebíamos sidra El Gaitero, compradas por unas 40 pesetas en el SPAR de la calle Vior y también en Salas y Casa Julia.
Los festivos guateques que tenían lugar después de cenar cuando los pequeños ya estaban acostados, constituían uno de los acontecimientos más especiales y esperados a lo largo del Curso. Representaban una ocasión memorable que rompía con la monótona rutina cotidiana y nos permitía transgredir en parte las aburridas normas de hábitos de comportamiento que debíamos acatar a diario.
Rebasar con creces la hora de irnos a la cama, saborear una bebida con cierto grado de alcohol y relacionarnos con las maestras con más confianza y desenfado nos brindaba unos momentos inolvidables, al tiempo que nos permitía atisbar, aunque fuera vagamente, el complejo y problemático mundo de los adultos que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Un horizonte, aún lejano, por el que comenzaban a asomar los privilegios y las responsabilidades, los poderes y los peligros.

   

                     

 

 

 

       CAPÍTULO  VIII  :  EL ZAPATERO REMENDÓN
Muy cerca del SPAR estaba la zapatería de Juan. El reducido recinto, poco mayor que un kiosko de prensa, se encontraba atestado de innumerables piezas de calzado, la mayoría separadas de su pareja,  en sucesivas fases de restauración.
Allí acudíamos con relativa frecuencia a remendar nuestros castigados zapatos y nuestras maltratadas botas buscando prolongar hasta el límite su corto ciclo vital. Comprar unos nuevos suponía un gasto extra que muchos padres no podían permitirse.
Generalmente, permanecíamos en el umbral, parapetados tras la puerta verde de doble hoja, porque dentro no había espacio material para revolverse. La pequeña zapatería se me antojaba una especie de cueva, artificial y doméstica, y el zapatero remendón un duende burlón de afiladas facciones, manos curtidas,  y un raído mandilón del color del carbón. El aire denso, casi sólido, olía a grasa, a cuero y a betún. El aroma dulzón, picante y pegajoso, estremecía agradablemente nuestras sensibles pituitarias y creaba en la ennegrecida estancia un ambiente confortable, casi familiar y hogareño.
Entre la zapatería y la Escuela Hogar discurría un camino de tierra encajado entre dos altas tapias coronadas por los habituales picos de vidrio, eficaces disuasores de gamberros y amigos de lo ajeno. A través del confinado sendero transitaba todas las mañanas el zapatero-duende portando una pequeña lechera blanca, rumbo a una granja de las afueras. A la ida o a la vuelta, a veces en ambas ocasiones, al pasar delante de la puerta del palacio del Valledor nos saludaba con un socarrón “huevos días” y se paraba a charlar con nosotros.

    

 


CAPÍTULO  IX  :  LA RELIGIÓN
Las prácticas religiosas tenían un peso importante en la vida diaria de la Escuela Hogar. No en vano, la Fundación Valledor pertenece a la Iglesia. La Escuela Hogar fue creada por las monjas Hermanas de la Caridad que permanecieron en el Centro hasta 1973. Y, además, Matilde Álvarez Vega, directora entre 1973-1983, era, y es, una seglar estrechamente ligada a la orden de las Teresianas, con profundas convicciones cristianas y que concedía primordial relevancia a las distintas prácticas religiosas.
En tiempos de las monjas, existía la bonita tradición de rezar el rosario antes de desayunar. La larga fila del casi centenar de internos serpenteaba a lo largo del pasillo, antes de entrar en la capilla. Las primeras luces de la mañana que penetraban a través de los amplios ventanales descubrían un amplio surtido de caras largas con ojos soñolientos, bostezos mal reprimidos y un desafinado coro de tripas rugientes.
Hoy han retirado los crucifijos de las escuelas. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
El mes de mayo, mes de María, acudíamos algún día por semana a oír misa. Solíamos ir al caer la tarde; justo, justo, cuando la alondra regresa al hogar. El señor cura don Manuel López era un sacerdote chapado a la antigua. De hecho, ya entonces me parecía viejo, y aún vivió para celebrar las bodas de oro. Alto, calvo y fornido, a veces ascendía hasta el púlpito para rezar el rosario o para predicar en ocasiones señaladas. Recuerdo que hablaba rápido y vocalizaba poco por lo que normalmente no se le entendía muy bien. Su voz, aguda y monótona, convertía sus celebraciones en un ritual cansino, mecánico y plomizo, que no contribuía en absoluto a mantener nuestro interés ni a fomentar nuestra participación, siendo, como éramos, de natural poco entusiastas hacia las cosas litúrgicas.
Encima, las maestras tenían la ocurrencia de sentarnos en las primeras filas para que no perdiéramos detalle de la película. Raro era así el día en que de resultas de nuestro mal comportamiento no estuviéramos castigados sin tele o nos pasáramos el día confinados en el salón de estudio. Y es que entre pitos y flautas la misa duraba sus buenos tres cuartos de hora que a nosotros nos parecían varias enteras, y teníamos la mala costumbre de hablar al mismo tiempo que don Manuel. Yo creo que el hombre ni cuenta se daba, de concentrado que estaba en su tarea, sino supongo que terminaría con la moral tocada por la deplorable conducta de su auditorio.
Los domingos, antes de misa, nos distribuíamos por las esquinas de la iglesia, generalmente al pie de una columna, y algunos mayores nos impartían catequesis repartidos en grupos de siete u ocho, juntamente con los niños del pueblo. Con el mismo entusiasmo que el cura, recitábamos como loritos las respuestas del Catecismo. Recuerdo que había unos con formato de libro y las tapas azul y naranja, además de otros más pequeños. Aprenderse ambos al pie de la letra era requisito imprescindible para hacer la Primera Comunión. Lógicamente, al igual que los papagayos, no teníamos mucha idea de lo que decíamos. Nadie se molestaba en explicarlo y nuestro interés sobre las cuestiones teológicas no alcanzaba el punto de reflexionar y pedir explicaciones sobre las respuestas que debíamos memorizar.
De la pintoresca y espectacular iglesia de Castropol, símbolo emblemático del pueblo, siempre me impresionó vivamente la mole magnífica de su altísima torre que parece alancear el cielo.
Una vez traspasada la gigantesca puerta de barrotes, accedíamos al doble cabildo, a derecha e izquierda, con bancos de piedra adosados a las paredes y acristalados tablones de anuncios. Ahí también recibíamos catequesis a partir del mes de mayo, cuando las temperaturas se suavizaban.
Luego, en el interior, todo me parecía inmenso, grandioso, casi apabullante. El interminable pasillo de losas grises y blancas,  flanqueado por incontables filas de bancos; las descomunales pilastras, elevándose como mastodónticos haces de nervios y curvándose al encuentro de las pesadas arañas de cristal y bronce suspendidas del techo lejano, surgiendo del abismo de las sombras; los portentosos retablos, especialmente el del altar mayor con su fantástico sagrario dorado refulgiendo entre las oscuras columnas barrocas; la explosión cromática de las vidrieras como eternos y singulares fuegos artificiales; y, en fin, el aroma enclaustrado y persistente a cera derretida, madera vieja y humo de incienso.
Sí, entrar en la iglesia de Castropol, adentrarse en su fresca penumbra, recorrer aquel espacio acotado y definido por pétreas y ciclópeas estructuras, era como viajar en el tiempo hasta la época de las grandes catedrales.
                      
     CAPÍTULO  X   :  LOS  TRES  PECADOS
Ahora, visto desde la distancia de los años, no puedo sino deplorar nuestro, en ocasiones, impío comportamiento en el interior del sagrado recinto. Almas pecadoras, como éramos, desdeñábamos su deslumbrante magnificencia para charlar sobre temas vulgares, materialistas y mundanos. Bien merecido teníamos, pues, el castigo impuesto por nuestra reprobable conducta.
Por ello, de cuando en cuando, era necesario que limpiáramos nuestras conciencias trasgresoras y purificáramos nuestros espíritus libertinos revelándole a don Manuel nuestras faltas para que por su mediación nos fuera otorgado el perdón.
No sé yo si por llevar una vida respetuosa con los Mandamientos, o tal vez porque el incremento en la periodicidad de las confesiones no te dejaba tiempo material a pecar entre una y otra, o quizás fuera por mi mala memoria o nula imaginación creativa; lo cierto es que en una memorable ocasión después del reglamentario “Ave María Purísima, sin pecado concebida”, sólo fui capaz de confesar tres miserables pecados. Y si aún fueran graves los susodichos, amortizado  que hubiera el sacramento, pero qué va; encima le solté al señor cura una lamentable triada de penosas tonterías cotidianas, que, por otra parte, solían representar el grueso de nuestras infantiles contriciones.
Si fuera la ITV no alcanzarían ni la categoría de infracción leve por lo que mi alma limpia y pura podría seguir circulando sin problemas hasta la próxima revisión. Tan sorprendido y, pienso yo, que mosqueado, por el asunto de la minimalista confesión, quedó el bueno de don Manuel, que no resistió la tentación de contar el singular caso en el sermón del domingo siguiente.
Oyéndolo desde mi asiento en la primera fila me sentí a un tiempo orgulloso e importante por ser objeto de pública exposición, privilegiado y poderoso por conocer un secreto vedado al resto de fieles que abarrotaban el templo, y también ridículo y temeroso de que don Manuel me mirara y me señalara con el dedo acusador delatándome delante de todo el mundo, para mofa y escarnio de mi persona, mi familia y todos mis descendientes hasta la cuarta o quinta generación.
Afortunadamente, el señor cura no hizo nada de eso, limitándose a comentar el curioso incidente asegurando que nunca jamás, en sus muchos años de sacerdocio, se viera en semejante trance. Abundando en el tema, afirmó que el sacramento de la confesión era muy necesario y era propio de buenos cristianos confesarse con cierta regularidad; pero hombre, que para venir a contarle tres pecadillos de mierda ( no lo dijo así, claro, pero estoy seguro de que lo pensó ), que mira, mejor te esperas a engrosar la lista de los delitos hasta que el volumen y la calidad de los mismos justifiquen el nutrido y exhaustivo protocolo espiritual que requiere todo acto de confesión realizado como Dios manda. Porque vaya, no estaban los tiempos para derrochar nada y por un trío de insustanciales pecaditos no vas a poner en funcionamiento la compleja maquinaria protocolaria que requiere examinar tu conciencia, dolerte de los pecados, hacer propósito de enmienda, contarle los pecados al confesor y cumplir la penitencia.
Claro que entonces no sabía yo lo del “secreto de confesión” y el deber irrenunciable del sacerdote de no quebrantarlo en ningún caso. De haber conocido ese dato, a lo mejor no me hubiera puesto tan nervioso durante el sermón de don Manuel.

 

 

           CAPÍTULO  XI  :  LA CAMPAÑA DEL LOBO
Había una vez un negrito, un chinito y un pequeño indio que se alimentaban de monedas. Los tres ingerían el metálico sustento a través de una ranura abierta en sus cráneos.
El domingo del DOMUND era uno de nuestros días favoritos, una jornada entrañable y especial. Se podría afirmar, sin errar mucho el análisis, que disfrutábamos como chinos, trabajábamos como negros y solíamos hacer el indio de cuando en cuando.
Doña Matilde nos repartía las raciales huchas y allá que nos íbamos, orgullosos y entusiasmados, a recaudar dinero para las misiones. Previamente, don Luis Legaspi, delegado de los misioneros, nos había aleccionado convenientemente encauzando nuestras ansias infantiles hacia la noble y desinteresada tarea de luchar contra la pobreza y el hambre del mundo. Nada nos hacía más ilusión y nos producía mayor satisfacción que el que la gente atendiera nuestras peticiones y cebara generosamente nuestros hambrientos bustos multiétnicos.
Entre nosotros latía un sentimiento de rivalidad, más o menos deportiva, y competíamos duramente por ser los primeros en saciar el voraz apetito de las exóticas figuras, a la sazón representantes de los tres continentes tercermundistas.
Solíamos salir a pedir por parejas, no sólo en el pueblo sino también por los caseríos y aldeas de los alrededores.  En una ocasión, ya muy entrada la tarde, cuando el sol ya se había largado hacía un buen rato, nos encontrábamos tres o cuatro realizando la altruista colecta por la zona de las Campas en medio de un denso bosque de pinos y eucaliptos. En éstas que llamamos a una puerta y nos abrió un señor ya mayor que nos miró con sorpresa y desconfianza. Ante la ritual pregunta de “¿Nos da algo para el DOMUND?”, el hombre, que debía de ser algo duro de oído, abrió mucho los ojos, se nos quedó mirando largo rato sin decir nada y luego nos soltó un “¿Para quién?, ¿Para el LOBO?”.
Al final no nos dio nada, ni para los cánidos salvajes ni para los salvajes africanos.
Las sombras de la noche se cernían sobre nosotros y apenas distinguíamos la senda serpenteando entre los árboles, cuando cual singulares Caperucitas retornábamos al hogar de la abuelita con nuestra negra cestita rebosante de duros y pesetas, con algo de miedo en el cuerpo, muertos de cansancio pero felices por la misión cumplida.

 CAPÍTULO  XII  :  LA  PRIMERA  COMUNIÓN
El día de mi Primera Comunión me vistieron de almirante. El resto de mis compañeros de sacramento lucían el típico y vulgar traje de marinero. La distinción de grado no sé si fue porque vieron en mí dotes de mando y capacidad para gobernar el barco y asegurar una venturosa singladura, o porque yo era el único al que le servía el traje. Lo cierto y verdad es que allá que me fui con mi flamante uniforme de blanco y oro a surcar intrépido el mar alfombrado de las calles de Castropol.
Ufano y orgulloso me dispuse a guiar el sagrado bergantín a través de las aguas psicodélicas, geométricas y multicromáticas de aquella Venecia singular, engalanada y efímera.
Accidentada e incómoda resultó mi primera travesía por el río de pétalos y espadañas. La notoria diferencia de estatura respecto a mi compañero portador de las andas hizo que el bajel se inclinara peligrosamente a babor a lo largo de toda la azarosa y populista singladura.
Pero, al fin, conseguimos arribar al puerto del que habíamos zarpado y lo hicimos, como a nuestra partida, en loor de multitudes, sanos y salvos, la nave con su valiosa carga y toda la tripulación, es decir, un almirante y tres marineros.
Yo respiré aliviado porque es bien sabido que en caso de naufragio el capitán ha de ser el último en abandonar el barco. Sí señor, así son las leyes del mar: inmutables y sacrosantas, como la consagrada oblea que ese día recibimos por primera vez.

  CAPÍTULO  XIII  :  LOS  PARTIDOS  EN LA HUERTA
Las mañanas de los sábados disputábamos maratonianos partidos de fútbol en el campo conocido como “La Huerta” en memoria de los tomates, repollos y lechugas que allí se cultivaban años atrás.
Sobre una superficie irregular de tierra endurecida a fuerza de ser pisoteada sin piedad por las correosas suelas de los zapatos, botas y playeros de cientos de niños y niñas a lo largo de muchos lustros, jugábamos sin interrupción durante unas dos horas, dejándonos la piel, literalmente, sudando la camiseta, más literalmente aún, sin regatear ni un ápice de esfuerzo en la noble tarea de humillar al adversario y hacerle morder el polvo, así tal como suena.
Una esquina herbácea en el cuadrante superior derecho, mirando desde la entrada, era el único césped existente sobre el inhóspito terreno de juego, en la zona correspondiente a las posiciones teóricas del lateral izquierdo de un equipo y del extremo diestro del otro. Aunque, todo hay que decirlo, nuestro esquema de juego era bastante anárquico y no se ajustaba a ningún sistema de juego conocido o por conocer. En general, solíamos practicar el fútbol total, consistente en agarrar el balón en nuestra portería e ir sorteando contrarios hasta hallarnos en disposición de fusilar al guardameta enemigo. Abundaban así las jugadas personales en franco detrimento del juego colectivo, algunos no rascaban bola en todo el partido, sin que las imprecaciones repetidas de “chupón” y “pasámela, que estoy solo”, hicieran mella en nuestro acendrado individualismo.
Los goles subían al marcador por decenas y más que de balompié los resultados parecían propios de balonmano y aun de baloncesto. Entraba dentro de lo normal que un solo jugador marcara en un único encuentro más goles que los pichichis de aquellos años en Primera División a lo largo de toda la temporada.
El lúdico recinto se encontraba cercado como un patio carcelario por tres de sus cuatro puntos cardinales. Hacia el Sur limitaba con la fachada del Colegio donde se abría la puerta por la que se accedía desde el patio después de atravesar la antigua sala de TV y mesa de ping pong. Un alto muro de piedra rematado por puntas de vidrio y raquíticos helechos lo rodeaba  a lo largo de todo el flanco Oeste y parte del Norte. Hacia la mitad de este último se levantaba una pared de menor altura que hacía las veces de rudimentaria grada y a la que nos encaramábamos para recolectar los piñones del pino piñonero que crecía en la huerta colindante, la misma en la que discurrimos arrojar los famosos bocadillos de foie gras.
Finalmente, hacia el Este, la pista se abría y respiraba, liberada de barreras materiales, a través de un pronunciado terraplén y un prado empinado, hacia la calle Vior, antes cuesta de Guerra, el pueblo y la ría. Allá a lo lejos, en el límite óptico entre las aguas azules y las colinas verdes se alza, poderoso, el islote de Stevenson, con su erizada cabellera de espinos y eucaliptos.
Por esta vertiente despejada y de accidentado relieve solía írsenos el esférico en los chuts fallidos y los despejes impetuosos. Más de una vez tuvimos que ir a buscarlo a la puerta de la casa de Serra y aun al paseo del muelle, donde iba a parar, finalmente, tras sobresaltar a la media docena de ovejas y borregos que acostumbraban a pastar pacíficamente en la finca de acusado desnivel.
En el córner derecho, según se entra al campo, se ubicaban los columpios. Hacia el medio, casi en el borde del terraplén, se alzaba un robusto y frondoso nogal, cuyo tronco oficiaba de poderoso respaldo del banco de piedra situado al pie del mismo. El pétreo pedestal nos servía como trampolín para trepar al árbol y además, juntamente con aquél, representaba una inestimable ayuda a la hora de regatear al adversario en una suerte de estrategia de juego que podría denominarse fútbol-obstáculo-escondite.
Y si legendarios eran los abultados marcadores, no menos espectaculares resultaban las sudadas que pillábamos tras dos horas de frenético ejercicio casi sin descanso. Finalizado el encuentro, ya para la hora de comer, desfilábamos bajo los soportales del patio y nos abalanzábamos sobre la pequeña fuente con grifo de hierro con la finura y delicadeza de un camello ante la charca del oasis.
Un infausto día, el ansia desbordada por reponer líquidos y aplacar la sed, me jugó una mala pasada. El agua fría maltrató mi garganta febril y me dejó mudo durante una semana.
En los primeros años con las monjas, los domingos por la tarde, al regreso del habitual paseo a la Estación, disputábamos un partido de fútbol entre todos, niños y niñas, con un balón blanco, tremendamente duro y muy pesado.
Jugábamos unos 30 por equipo sobre el rectángulo de 40 por 15. No quedaba resquicio libre alguno sobre el terreno de juego. Una bulliciosa masa infantil convergía sobre el esférico, moviéndose al unísono como una bandada de estorninos o un enjambre de abejas alrededor de su reina.
Éramos, sin saberlo, una versión antigua del chiste de los chinos, la cabina de teléfonos y el portero que, tras encajar un gol, lamenta su indefensión y les recrimina a sus compañeros de equipo la lamentable soledad en que lo han dejado.

   CAPÍTULO  XIV  :  EN EL BAR  “EL PEÑÓN”
Los lunes, a primera hora de la mañana antes de ir al colegio, salíamos tres o cuatro de estampida en dirección al bar “El Peñón” para leer la crónica deportiva del domingo en la mítica “Hoja del Lunes”, hoy desaparecida.
Soy del Sporting desde que tengo uso de razón futbolística. La brillante campaña del equipo en la temporada 1970-71, que culminó con el ascenso a Primera, coincidió con mi ingreso en la Escuela Hogar en setiembre del 71 y me hizo un devoto entusiasta de las peripecias balompédicas protagonizadas por Quini, Ciriaco, Castro, Fanjul, Valdés, Churruca y compañía. Disfruté con las heroicas victorias que les valieron el apodo de “matagigantes” y sufrí con las más numerosas derrotas que, temporada tras temporada, les colocaban en el filo del descenso.
Así que, invariablemente, la pandilla de los futboleros – J.J. Arenas, Antonio Lombán y un servidor – solíamos comenzar la semana recorriendo al galope la calle Acevedo, raudos cruzábamos la plaza al lado del Banco Herrero, el Estanco y el bar Antón – muy cerca de la barbería-peluquería donde, cuando íbamos a cortar el pelo,  entreteníamos la espera leyendo el AS Color -  y, finalmente, ascendíamos, como cohetes, la cuesta de la Mirandilla hasta el pequeño chigre que se levantaba al borde del verde y florido precipicio.
Allí, en el bar El Peñón, desaparecido hace ya bastantes años, echábamos un frenético vistazo a las páginas que ofrecían amplios reportajes sobre los partidos del Sporting y el Real Oviedo, así como a la tabla de resultados y clasificaciones. Luego, a la misma velocidad que habíamos llegado, emprendíamos el camino de regreso con el tiempo justo para recoger las carteras y encaminarnos rumbo al colegio. El edificio académico se construyó en el año 75 y se llamaba “La Paloma” como el campo; y, así, nosotros, cual mensajeras con un correo urgente, llegábamos volando a clase los lunes por la mañana.

        CAPÍTULO  XV  :  LAS   VISITAS  FAMILIARES
Alrededor de la misma mesa en la que hojeábamos con prisa la “Hoja del Lunes”, nos reuníamos las familias Lombardero Martínez, Vior Pérez y López Castelao para dar buena cuenta de un amplio surtido de embutidos y dulces caseros en las contadas ocasiones en que nuestros padres acudían a visitarnos.
Aquellos espaciados encuentros con nuestros progenitores nos dejaban una sensación agridulce. Éramos de los pocos que quedábamos todos los fines de semana y sólo íbamos a casa en vacaciones. Incluso cuando murió Franco permanecimos en la Escuela Hogar una semana entera sin clase. Un día fuimos de pesca al espigón al que se accede desde la casa del párroco tras un prolongado y vertiginoso descenso por una estrecha escalera de piedra. Capturé un pez pequeño, pálido y aplanado,  y me dediqué a arrojarlo y recogerlo sucesivamente del agua hasta que terminé por perderlo. Fue mi primera y última experiencia como pescador.
Es por ello que la enorme alegría del reencuentro dejaba paso, invariablemente, pocas horas más tarde, a la amarga tristeza de la inevitable despedida, reavivando, dolorosamente, la herida de la añoranza; aquella que siempre se abría al regreso de vacaciones y que, al menos en mi caso, tardaba varios días en cicatrizar del todo.

 CAPÍTULO  XVI  :  LA  BIBLIA  PROFANADA
En alguna ocasión señalada, el sacerdote don Manuel acudía a la Escuela Hogar a decir misa, especialmente durante el mes de mayo.
La pequeña y pintoresca capilla, con su retablo Rococó del siglo XVIII, se encontraba atestada rebosando de menudos y forzosos feligreses. La directora, doña Matilde, nos entregaba una Biblia a los encargados de hacer las lecturas para que fuéramos practicándolas. Aconteció que una venturosa jornada tal menester me fue adjudicado en colaboración con Norberto Vior.
La Biblia en cuestión era un Nuevo Testamento en edición de lujo con aterciopeladas tapas rojas, rotuladas con filigranas en pan de oro, y las hojas más finas que el papel de fumar. Abandonar esa maravilla de la imprenta en nuestras inseguras manos infantiles suponía una más que evidente temeridad. Y así, haciendo el tonto, como teníamos por costumbre de vez en cuando, rasgamos un par de hojas del libro sagrado.
Podíamos haber ocultado el incidente y aquí paz y después gloria, pero yo, imbécil de mí, creí que si confesábamos el delito suavizaríamos la segura reprimenda y evitaríamos el castigo haciéndonos acreedores a un indulto como premio a nuestra honestidad y buena fe, y en reconocimiento de nuestro sincero y espontáneo arrepentimiento.
Nada más lejos de la realidad. Doña Matilde montó en cólera y presa de iracunda furia nos echó una bronca de las que hacen época. Por un momento, la mujer de cuerpo menudo pareció crecer ante nuestros acongojados semblantes y cernirse sobre nosotros como el ángel exterminador del Apocalipsis empuñando su terrible espada flamígera.
Ni que decir tiene que después de aquel penoso incidente, tanto mi colega Norberto como yo quedamos dispensados ad aeternum y cesados per saecula saeculorum del arriesgado oficio de lectores evangélicos.

     CAPÍTULO  XVII  :  HÍGADO  DE  PATO
En el aspecto gastronómico cabe destacar el acusado contraste entre los deliciosos desayunos, a base de crujiente pan de barra y Tulipán, y las insufribles meriendas a base de incomibles bocadillos de foie–gras.
Acostumbraban a repartirlos, amontonados, en grandes cestos trenzados de madera. Aquellos bollos enormes, casi descomunales ante nuestros ojos, con una textura coriácea y rellenos de un paté amargo y grasiento constituían, sin duda, uno de los alimentos (por decir algo) menos apetitosos del mundo. Que sí, hombre, que sí, que ya sabíamos que había mucha hambre en el mundo y todo eso. El bueno de don Luis Legaspi nos lo recordaba todos los años al llegar el DOMUND. Pero a esas tempranas edades, y con la extraordinaria excepción de la jornada de las misiones,  nuestra capacidad de empatía estaba bajo mínimos, el único hambre que nos interesaba satisfacer era el nuestro y, aun así, la verdad sea dicha, casi preferíamos apuntarnos al Ramadán antes que tragar los dichosos bocatas. Qué desperdicio de pobres ocas sacrificadas para la elaboración de aquella pasta repugnante, repelente e indigesta.
En este estado de cosas en que a la sazón nos debatíamos, ignoro quién tuvo la brillante ocurrencia de arrojar el dichoso bocadillo de marras por encima de la tapia a la huerta de al lado. Lo cierto y verdad es que la ingeniosa iniciativa resultó un gran éxito y pronto fue secundada masivamente. También desconozco si alguien se chivó o fue fruto del desgraciado azar, pero lo cierto es que las maestras no tardaron en descubrir la jugada.
A una de ellas no se le ocurrió nada mejor, vaya por Dios, que asomarse a la tapia y, aunque no poseía grandes conocimientos de horticultura, la joven Srta. encontró altamente extraño que el huerto del vecino produjera, amén de los familiares repollos y tomates, montones de bollos de pan rellenos con hígado de pato, en diversos estados de degradación. Fijaos como sería de delicioso el susodicho manjar que ni los perros del vecindario habían osado hincarle el diente.
Desde aquel infausto día, debíamos comer el bocadillo formando a pie firme en el patio. Nuestra autonomía de movimientos se veía limitada a los brazos y las mandíbulas, y no podíamos romper filas bajo ningún pretexto, imagino que alguno se mearía encima o incluso algo peor, hasta haber deglutido la última miga de pan y la última partícula del inenarrable engrudo.
La hora de la merienda se convirtió, así, en uno de los momentos más temidos del día. Durante esas duras jornadas vespertinas los escolares del palacio del Valledor descubrimos que más largo, mucho más, donde va a parar, que un día sin pan resulta una tarde comiendo pan y foie gras.

        CAPÍTULO XVIII  :  ALTAMIRA  DOMÉSTICO
Doña Matilde solía aprovechar el momento de la comida, ya fuera al mediodía o a la cena, para largarnos algunos de sus más temibles y contundentes discursos, aquellos que dejaron en nuestro moldeable espíritu una impronta más profunda y duradera, logrando permanecer hasta el día de hoy vívidos, frescos e indelebles en nuestra selectiva memoria.
Normalmente, consistían en severas amonestaciones al hilo de alguna que otra fechoría cometida por persona o personas anónimas, es decir, por algún niño o niña presentes en la sala, que venían repitiéndose con fastidiosa regularidad de un tiempo a esta parte sin que hasta el presente se hubiera conseguido identificar al culpable o los culpables.
Se me ocurre ahora que a los autores materiales del hecho punitivo les iría cambiando el color de la cara y se irían encogiendo en sus asientos, parapetados tras las jarras de metal y los platos Duralex, a medida que la voz inflamada de nuestra cabreada Directora iba subiendo de tono y sus implacables diatribas los acosaban como una auténtica tormenta de saetas medievales. Lo cual, dicho sea de paso, hace aún más inexplicable el hecho de que costara tanto desenmascarar a los responsables.
Estratégicamente apostada en el umbral de la puerta donde confluían ambos comedores, la Srta. Matilde, así solíamos llamarla, iba desgranando su demoledora charla cual fiscal acusador antes de trasmutar en jueza y dictar la inapelable sentencia que los malhechores sufrirían cuando fueran, al fin, descubiertos.
Uno de sus temas favoritos y recurrentes en estos interminables preludios antes de la comida o cena, hacía referencia a las inenarrables obras plásticas que algún consumado artista acostumbraba a perpetrar en el suelo de baldosa y las paredes de azulejo pertenecientes al WC casualmente situado en el pasillo a escasos metros de donde nos encontrábamos.
Las originales pinturas rupestres que recreaban, al parecer, símbolos indescifrables, habían sido ejecutadas con trazo firme y pinceladas rotundas usando una técnica fresca y vigorosa, no atribuible, en principio, a ninguna escuela pictórica conocida. La original gama cromática abarcaba, invariablemente, distintas tonalidades de marrón, que iban desde el pastel clarito, un evocador y entrañable sepia, hasta los ocres más furiosamente oscuros y rabiosos.
A juzgar por la familiar textura y el inconfundible aroma que emanaba de aquellas rudimentarias perfomances, quedó fehacientemente demostrado que habían sido ejecutadas usando materia orgánica en un sublime momento de arrebatada fiebre creadora por parte de los inspirados pintores impresionistas.
Y lo de “impresionistas” lo digo más que nada por la honda impresión, casi conmoción, causada por la descripción que, con todo lujo de detalles, nos ofrecía Doña Matilde de las obras pictóricas realizadas en el suelo y las paredes del cercano WC del pasillo al centenar aproximado de impacientes y angustiados comensales.
Creo recordar que por aquel entonces echaban por la TV el programa de difusión cultural “Mirar un cuadro”. Los doctos comentarios de nuestra directora, haciendo de Joaquín Soler Serrano, diseccionaban minuciosamente aquellos singulares y espontáneos testimonios de lo que décadas más tarde se conocería como “arte efímero”, provocando una auténtica orgía sensorial como método infalible para abrirnos el apetito, aun a los más desganados, estimulando nuestras sensibles papilas gustativas hasta el punto de convertir nuestras mandíbulas inferiores en auténticas cataratas babeantes, y poniendo a mil revoluciones nuestros expectantes jugos digestivos.
Y a todo esto, el glorioso paté de la tarde que aún seguía dando muestras de su solera y poderío, ora colmando de música nuestras tripas, ora retornando, evocador y entrañable, en forma de deliciosos reflujos esofágicos.

   CAPÍTULO  XIX  :  LAS  AVENTURAS  DE  JOHNNY
Recuerdo otro discurso memorable de la Srta. Matilde que tuvo lugar en la sala de estudios. Parapetada tras la mesa, enfrente del balcón que mira a la huerta, habló largo y tendido al rendido auditorio de niños y niñas que copábamos las cuatro filas de mesas revestidas de formica verde pálido.
No me preguntéis por el tema de la charla porque lo ignoro. No lo sabía entonces como para conocerlo ahora, 40 años más tarde.
Sin duda, debió de tratarse de un asunto importante al juzgar por la solemne reunión convocada a tal efecto, el lleno hasta la bandera y la notable duración del mitin.
Yo calculo que seríamos entre 70 u 80 los internos que atestábamos el salón de estudio. Ignoro si doña Matilde leyó en mi rostro que yo había desconectado hacía rato y no le estaba prestando la menor atención, pero lo cierto y verdad es que, de repente, hizo un alto en la charla, se quedó un rato mirándome y a continuación me interpeló:
-¿No es verdad, Paco?-
Y un servidor, azorado como el ladrón al que pillan robando, más astuto que el hambre y dando sobradas muestras de velocísimos reflejos, repliqué:
-¿El qué?-
Sólo dos palabras, dos miserables monosílabos, fueron más que suficientes para desencadenar una tormenta de proporciones apocalípticas que relegó el episodio de la Biblia desgarrada a una mera llovizna pasajera. De repente, se abrieron los cielos y la furia divina se abatió sobre mi cabeza. Doña Matilde se transformó en un Zeus enfurecido arrojando sin piedad rayos y truenos cargados de furiosas imprecaciones.
Si le hubiera picado una araña radiactiva, a buen seguro que hubiera mutado en un superhéroe ultramusculado y de intenso color verde.
Y después de enumerar los cargos contra mi persona, grosso modo, pensar en las musarañas mientras ella hablaba, llegó la inapelable y dura sentencia: inventar un cuento con una extensión de un cuaderno pequeño. Ahí es nada, las 40 hojas del célebre Guerrero escritas por las dos caras.
Ese mismo día me puse a ello y, aún no sé cómo, pocas semanas después logré terminarlo.
De mi primera y forzosa aventura literaria no ha quedado legado alguno para la posteridad, lo cual lamento profundamente. Solamente recuerdo que el protagonista se llamaba Johnny, que vivía mil y una aventuras, y que en un determinado momento pronunciaba la siguiente frase, imagino que dirigiéndose a uno de sus adversarios:
 -Te encontraré aunque te escondas en el centro de la Tierra.

                    CAPÍTULO  XX  :  CARACOLES
De tarde en tarde, solía aparecer algún que otro gitano  a la busca y captura de caracoles por el campo bravío y el huerto cultivado situados delante de la Escuela Hogar bajo la fachada que miraba hacia el Peñamar.
Para terminar con estas incursiones, principalmente, y también para erradicar la plaga de molestos moluscos que arrasaban con las berzas y los geranios, un buen día, por la tarde, nos pusieron a recolectar los simpáticos animalitos.
Durante un par de horas trabajamos a conciencia y llevamos a cabo una auténtica labor de exterminio. Al finalizar la jornada laboral teníamos varios cubos llenos a rebosar de una masa informe, burbujeante y espumosa. Calculo que no menos de 20 kilos de infortunados caracoles fueron apresados y confinados a lo largo de aquella memorable tarde.
Supongo que en aquella época no debía resultar un manjar muy apetecido y que su cotización se hallaría muy devaluada en el mercado alimenticio. Sólo así se explica que en lugar de intentar vendérselos al restaurante Peñamar, los arrojáramos a las aguas de la ría, allí dónde arranca el paseo del muelle, a unos 50 m. del renombrado establecimiento gastronómico.
Ahora mismo, mientras escribo, me parece estar contemplando la surrealista escena. Nítida permanece en mi recuerdo la visión de los enjambres de conchas y cuernos babeantes, volcados por encima del muro cubierto de verdín y algas, como una singular manada de lémmings suicidas precipitándose en las frías aguas del Cantábrico entre rumores estridentes de pegajoso cascabeleo.
Imagino que al día siguiente, con la bajamar, las bandadas de gaviotas, siempre al acecho, se darían un auténtico festín, una vez repuestas del asombro causado por la súbita aparición del insólito y delicioso manjar.
Si esa noche apenas logré dormir, no fue por temor a que hordas de monstruosos caracoles mutantes regresaran de entre las frías aguas, ascendieran por la huerta y se colaran por las ventanas para asfixiarnos con su abrazo viscoso, y tampoco porque me remordiera la conciencia por mi participación en el salvaje gasteropodicidio; no, si casi no pegué ojo hasta que el alba comenzó a clarear tras las contras de madera, fue debido al penoso tormento, la espantosa tortura que sufrí por culpa de la terrible irritación de mis manos y antebrazos, provocada por las malditas matas de ortigas tras las cuales se cobijaban los dichosos moluscos de los demonios.
Y reflexionando sobre el asunto llego a la siguiente e irrefutable conclusión: al final, los caracoles se vengaron de alguna manera y tanto ellos como yo pasamos una de las  peores noches de nuestras cortas vidas.

ESTO ES TODO.....ESTO ES TODO....ESTO ES TODO, AMIGOS...

 

 

 

 

 

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