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25 min
Crónicas de un diario de provincias
Drama |
08.05.15
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Sinopsis

"El primer amanecer" es un diario de provincias que ameniza a sus lectores con historias sencillas. Hasta que llega Miguel

“El primer amanecer” había nacido en los bajos de una casa del centro de la ciudad con vocación de ser un buen diario local: unas cuantas hojas en las que sus lectores podían encontrar chismes sobre sus vecinos, recetas de cocina para preparar platos sencillos con los productos de la región o noticias acerca de las fiestas de Nuestra Señora del Verde Valle, la patrona de la ciudad: historias que los lugareños podían leer en zapatillas mientras tomaban el primer café del día. Durante muchos años, el periódico fue fiel a la misión que le fue encomendada al nacer. Su tirada no hubiera llamado la atención de ningún competidor si lo hubiese tenido, pero se mantuvo constante mes tras mes. En aquella ciudad no eran muchos los que lo compraban en el kiosco pero no eran pocos los que leían sus sustanciosas noticias o intentaban terminar sus crucigramas. Pasaba de mano en mano y se hojeaba sin importar la fecha que presidía su cabecera. La vida del periódico como la de sus lectores transcurría en medio de la monotonía, solo rota al final de año cuando los alumnos del instituto representaban para sus vecinos una obra de teatro en los locales de la Casa Consistorial y el diario enviaba a sus reporteros para cubrir el acontecimiento. Y durmiendo en esa monotonía se mantuvo durante décadas. Las caras de los redactores eran las mismas con el paso del tiempo. Los padres dejaban sus puestos a sus hijos y éstos a los suyos sin que nadie pareciese darse cuenta de ello. Todo permaneció inalterable hasta la llegada a su redacción de Miguel Ortega.

Era Miguel un periodista recién salido de la universidad que, pese a su excelente expediente académico, consiguió ser contratado en la sección de cultura mediante la recomendación de su padre, que por entonces era médico y amigo personal del director de aquel pequeño diario. El joven periodista siempre sintió como un escarnio el empujón que le dio su progenitor para entrar en la profesión. ¿Acaso no tenía méritos suficientes para conseguir el empleo por sí mismo? Y siempre le quedó en el fondo de su corazón la duda sobre su supuesto talento. 

Tal vez para hacerse perdonar la recomendación, tal vez para hacerse merecedor del empleo, se exigía en su trabajo lo que no le exigía su jefe de sección. Era el primero que se sentaba en la mesa de trabajo y el último en levantarse de la misma; sus dedos recorrían frenéticos las teclas de la máquina de escribir cada vez que le pedían la reseña de un libro, la noticia sobre la publicación de un disco, como si estuviera anunciando alguna nueva transcendental para la supervivencia del planeta. En cuanto tenía un día libre, hacía una escapada a la capital para asistir al último estreno de teatro, a la premier de una película, al concierto del más reputado director para luego escribir la pequeña reseña que, en la esquina de una de las últimas páginas del periódico, aparecía, cuando lo hacía, los domingos. Aquellos viajes eran tan gravosos para él, que en más de una ocasión tuvo que pedir prestado dinero a su madre para costeárselos, pero no le importaba: tenía que demostrar a todo trance su valía para el oficio de la pluma. Gastaba lo que no tenía en comprar las últimas novedades literarias, que leía por las noches hasta que sus ojos se cerraban de agotamiento. Escribía largas cartas a célebres pintores, escultores o cantantes intentando convencerlos de que le concediesen la entrevista que nunca consiguió. Pero sus esfuerzos no eran recompensados sino con la mirada aburrida de su superior y la perplejidad de sus compañeros, que no comprendían por qué había de complicarse tanto si el trabajo en aquel periódico era tan sencillo para todos ellos: bastaba escribir sobre los asuntos de siempre.

La oportunidad que esperaba llegó para Miguel cinco años después de su llegada, con el retiro de un viejo periodista que llevaba toda su vida escribiendo una columna diaria sobre las costumbres de los pueblos de los alrededores. El redactor jefe le ofreció que se hiciese cargo de ella no como quien ofrece un ascenso sino como quien necesita rellenar el hueco en su rotativo y le es indiferente la persona a la que encomienda la tarea. Pero a Miguel le pareció que aquello era lo mejor que le podía ocurrir. Compró un coche de segunda mano con más años que él mismo para recorrer pueblos y aldeas. El automóvil necesitaba algo más que gasolina para animarse a andar por los caminos polvorientos por donde le llevaba su trabajo. Miguel, con la ayuda de un primo suyo, casi hubo de desmontar el motor por entero y cambiar todas sus piezas. Cuando lo tuvo listo, lo pintó de un color más amarillo que sol para quitarle el aíre añejo. Desde entonces, sus crónicas, pues en crónicas se convirtió la tediosa columna del antiguo periodista, se llenaron de anécdotas curiosas que pronto encandilaron al público: un pastor que improvisaba romanzas para desconocidas Dulcineas, una anciana que con sus manos sarmentosas confeccionaba muñecas de fieltro que luego regalaba a quien se las pidiese con una palabra afectuosa... Miguel convertía sencillas historias en apasionantes relatos; en sus manos, vasijas de barro tornábanse en objetos de fina porcelana. Su estilo elegante, llamó la atención del público. En pocos meses su nombre anduvo en boca de todos los que se preciaban de ser lectores de “El primer amanecer” y de los que no lo eran también. Debido a su éxito, aumentaron las ventas del periódico, que en menos de un año, duplicó su tirada. A Miguel le llovían las felicitaciones no solo de sus superiores, sino de los otros periodistas del diario que, sin llegar a sentir celos, asistían con asombro al fulgurante ascenso al Olimpo del joven recién llegado.

El toque por el dedo de la diosa Fama llenó de orgullo a Miguel, pero no logró curarle la inseguridad que desde muy niño le había torturado, sino que aumentó su temor a cometer algún error que le precipitase al abismo. Permanecía hasta altas horas de la noche escribiendo y reescribiendo sus crónicas como si de sonetos se tratasen. Cual un orfebre que con exquisita delicadeza va trenzando los hilos de oro y plata hasta formar encaje de filigrana, Miguel unía las palabras que componían sus crónicas. Elegía los sustantivos de mayor belleza, los verbos más sugerentes, los adjetivos más sutiles. Antes de entregar sus escritos al redactor, se los daba a leer a su hermana, primero, a su esposa, después, buscando más la aprobación que una crítica constructiva. Nadie que contemplase su imparable carrera hacia la fama hubiera podido sospechar las dudas que le atormentaba.

Aún no había cumplido los cuarenta años y su nombre ya llegaba a los cuatro puntos cardinales del país. No precisaba abrir una carta para saber que contenía una oferta de trabajo en un periódico más prestigioso que el suyo. Todos los rotativos nacionales y algún que otro internacional se lo disputaban, mas él siempre rechazaba tan tentadoras proposiciones. En “El primer amanecer” estaban fascinados por tan férrea lealtad. Mas era solo el miedo al fracaso lo que le impedía dejar el periódico. ¿Quién podía asegurarle que en un gran diario no sería más que una hormiga expuesta a ser pisada por un elefante?

Con los años, se fue ganando el aprecio de sus compañeros. Aunque no llegó a tener ningún amigo íntimo en la redacción, con frecuencia invitaba a alguno de ellos a tomar un café a media mañana o el aperitivo antes de comer. Su conversación era amena. Podía hablar de cualquier tema que le propusieran, pues si no lo conocía en profundidad, sabía llenar los agujeros de su ignorancia con las anécdotas que contaba. Su memoria prodigiosa le permitía recordar en el momento oportuno detalles de la vida de su interlocutor. El que estaba con él se sentía halagado cuando le preguntaba por los partidos de baloncesto de su hijo Guillermo o por las calificaciones de su hija Angelita. Su prestigio llegó hasta tal altura en aquella pequeña ciudad, que todo el mundo presumía de su aprecio, pese a no haber nadie que pudiese alardear de su amistad. 

Cuando se construyó el edificio más elegante de la ciudad, los dueños de “El primer amanecer” consideraron que había llegado el momento de trasladar su sede a un lugar acorde con el prestigio que había adquirido. Por aquel entonces, Miguel se había convertido en una celebridad nacional que llevaba con la misma elegancia la ropa deportiva que el esmoquin que lucía en las fiestas a las que asistía con su esposa. Le dieron uno de los despachos más grandes de la tercera planta: una amplia sala con una cristalera de lado a lado de la pared desde la que se divisaban las elevadas cumbres de la sierra. Los visitantes que acudían a verle miraban con auténtico asombro la elegante decoración del lugar de trabajo de Miguel, muy distinta del estilo tradicional de la ciudad. Todo en madera de caoba, con una gran librería repleta de libros lujosamente encuadernados. Cada objeto, cada papel, parecía tener su sitio solo para ser contemplado. Y en medio de aquel orden algo artificial, recibía el exitoso periodista las visitas con una sonrisa en los labios a tono con el despacho.

Por entonces, la columna en la que escribía era ya una página entera y las crónicas sobre las costumbres de los pueblos de los alrededores habían dado paso a artículos de actualidad. Lo mismo hablaba de literatura que de política. Era tal su influencia que nadie se atrevía a opinar de nada sin antes leer las palabras de Miguel Ortega. Si nombraba una novela, la gente se apresuraba a comprarla. Si calificaba de mala una película, los cines que la proyectaban se vaciaban. Sus elogios encumbraba a dramaturgos desconocidos; sus críticas abatían a la más reconocida actriz, al más popular locutor de la radio. Los mismos que antaño se negaban a concederle entrevistas, le llamaban entonces, casi suplicándole, para hacerse una fotografía con él. Y Miguel contemplaba mientras tanto su brillante ascenso con la incredulidad de quien teme despertar de un fantástico sueño.

Jorge Acosta frisaba los treinta años cuando entró en “El primer amanecer”. Había terminado sus estudios a duras penas dos años antes y, desde entonces, había rodado por múltiples trabajos, en ninguno de los cuales había permanecido más de siete meses. Afrontó su nuevo empleo con escepticismo, sin esperar mucho ni de las tareas que le encomendaron ni de sí mismo. Llegaba cada mañana más allá de las nueve en su bicicleta, ataviado con unos pantalones de pana desgastados, una camiseta de color indefinido y unas zapatillas de lona blancas a las que le faltaban los cordones. Pasaba la mañana hojeando viejos números de “El primer amanecer”, esperando que le encargaran cubrir alguna noticia local, sin preocuparse cuando se olvidaban de su presencia. Siempre estaba dispuesto a emprender cualquier tarea  y nunca se cuestionaba si era o no de su competencia. Lo mismo escribía al dictado unas cartas al jefe de redacción que acudía al incendio de una casa deshabitada o a la exhibición de perros guías en la escuela de niñas ciegas. Cuando regresaba a la redacción tras perseguir una historia, no comentaba nada de la noticia que había cubierto. Se sentaba ante la máquina de escribir y, sin detenerse a pensar en las palabras que formaban su narración, en cinco minutos redactaba su crónica que entregaba al jefe de sección sin tan siquiera pararse unos minutos para leerla. Sus superiores se desesperaban a menudo cuando veían sus escritos salpicados de faltas de ortografía y errores gramaticales, haciéndole revisar una y otra vez sus artículos antes de dárselo por bueno. Pero acababan publicándolo por su estilo ameno y desenfadado.

Es difícil comprender cómo, siendo tan calamitoso su trabajo, conseguía permanecer en su empleo mes tras mes, año tras año. Tampoco es fácil entender cómo se convirtió en poco tiempo en el más querido de la redacción, si él apenas recordaba los nombres de sus compañeros. No era una persona que hablase mucho ni que le interesase las habladurías que, sobre unos y otros, corrían por la oficina. Había que explicarle los chistes dos o tres veces para que entendiera su sentido. Pero a las pocas semanas de entrar en la redacción, no había día en el que alguno de los periodistas más veteranos no se sentase a tomar un café con él o se ofreciese a ayudarle con alguno de sus artículos. Sus palabras eran oídas como si las pronunciase un oráculo, pese a que la mayoría de las veces las decía sin apenas pensar. Cuando se le rompió la cadena de la bicicleta, la redacción acudió en tropel a ayudarle a recomponerla; en Navidad, hicieron una rifa entre los reporteros pues todos querían tenerlo a su mesa para que no añorase a su familia, que vivía a miles de quilómetros... Como digo, a todos conquistó, sin haber hecho ningún esfuerzo para ello. A todos, menos a Miguel.

Desde que Jorge entró en la redacción, Miguel desconfío de él. No es que pensara que tuviera ningún plan siniestro contra el periódico o contra su reputación, pero intuía que constituía una amenaza para su prestigio. No podía explicar la razón de su desconfianza, pero estaba allí, en lo más profundo de su ser: una sensación casi física que le oprimía la garganta y le aceleraba los latidos de su corazón. Al principio se limitaba a observarlo de soslayo cuando estaba en su mesa, como si esperase sorprenderlo en una acción vergonzosa. Tenía el convencimiento de que, si alguien podía hacerle tambalear en su posición, ése era Jorge Acosta.

El éxito de Jorge empezó con una pequeña noticia que conmocionó a los lectores de “El primer amanecer”. Un anciano había aparecido muerto en su casa una fría mañana de finales de febrero. Los vecinos, extrañados de no verle durante varios días, habían llamado a la policía para que entrase en el hogar del viejo señor y viesen si le había sucedido alguna desgracia. Según contaron después estos vecinos, el anciano no tenía familia ni disfrutaba de más compañía que la de un perro de raza desconocida que había recogido en un callejón cuando solo era un cachorrillo de pocas semanas. La policía lo encontró muerto en un sillón de la sala donde pasaba la mayor parte del día, con su fiel amigo a sus pies esperando que volviese del sueño del que no habría de despertar. Cuando lo enterraron, su fiel amigo lo acompañó hasta el cementerio y no se separó del sepulcro hasta que un agente se compadeció del animal y lo llevó a su casa.

Durante casi un mes, Jorge dio cuenta de la historia de Don José y de Pip, su perro. En la pequeña ciudad no se hablaba de otra cosa que del que fue durante más de cuarenta años maestro de las primeras letras de la escuela que había en la carretera que llevaba a la capital. A la puerta de la redacción acudían antiguos alumnos, gente del barrio que lo había visto pasear con Pip, el dueño del kiosco donde compraba el periódico... Personas deseosas de hablar con el todavía aprendiz de reportero para contarle su historia, que luego Jorge convertía en un relato fascinante de menos de quinientas palabras. Encima de su mesa, empezaron a amontonarse miles y miles de cartas llegadas de los los lugares más insospechados de dentro y fuera del país interesándose por el bueno de Pip. Ante las grandes expectativas que aparecían en el horizonte, el director de “El nuevo amanecer”, como si se tratase del Abel Magwitch de Dickens, puso a disposición de Jorge todos los medios que le podía ofrecer para alentar la carrera del joven periodista. Le dio una columna diaria en la sección de sociedad para que escribiese sobre historias “de interés humano” y le dejó callejear a su aíre en busca de personajes para sus crónicas. Los artículos de Jorge se llenaron de hombres, mujeres y niños que acababan alojándose en el corazón de los lectores. Una nueva estrella apareció en el firmamento del provinciano rotativo. Cada día llovían nuevos lectores entusiasmados con los relatos que les ofrecía Jorge y la tirada de “El nuevo amanecer” crecía y crecía hasta alcanzar cifras nunca soñadas por la familia dueña del diario.

Mientras tanto, la carrera de Miguel parecía estar empezando su camino de descenso. No es que tuviese menos lectores ni había perdido un ápice de su influencia, pero ya no era el único soberano en el reino de la comunicación. En otros diarios aparecieron nuevas estrellas que también encandilaban al público: periodistas que, como prestidigitadores, creaban con sus palabras un mundo de ilusión. Mas en ninguno de ellos ponía su atención Miguel, que solo temía el ascenso de Jorge: el único, pensaba, capaz de eclipsar su estrella. Leía una y otra vez las crónicas del joven reportero envidiando su estilo fresco y desenfadado; la facilidad con la que encadenaba una idea con otra. Mientras que a él le costaba encontrar las palabras más elocuentes para expresar su pensamiento y se le pasaban las horas buceando en el diccionario de sinónimos, a Jorge parecía como si las frases fueran a buscarle, como si se sentasen junto a él para dictarle las historias que escribía en una vieja máquina de escribir. Muchos lectores de “El primer amanecer” empezaron a alejarse de Miguel cuando abandonó su elegante escritura para imitar el estilo descuidado de quien debía ser su pupilo. 

El pánico se había apoderado de Miguel. El temor al fracaso, tanto tiempo dormido, despertó en su interior con más fiereza que nunca. Si Jorge ascendía hasta la cumbre en la que reinaba desde hacía tantos años, él se precipitaría hacia el abismo. Horribles pesadillas le visitaban por las noches; en medio de la oscuridad, despertaba sobresaltado en tanto un grito escapaba de su garganta. Pese a que el éxito de Jorge no era sino una brizna de hierba comparado con el vigoroso árbol que era el suyo, un sentimiento envidioso anidó en su corazón. 

Nadie recuerda dónde ni cómo empezó a correr el rumor de que Jorge estaba invadiendo el campo de otros reporteros, que cada vez abarcaba más y más temas que siempre habían tenido cabida en otras secciones. ¿No debía aparecer en la sección de deportes la vida en la capital del futbolista local que había logrado ser fichado por un equipo de segunda división?, ¿quién era él para contar los gustos gastronómicos de la esposa del alcalde? La tranquila redacción del rotativo se dividió entre los que pensaban que las historias que contaba Jorge no tenían que ver con las de su sección y las de aquellos que afirmaban con contundencia que poco a poco se estaba apoderando del trabajo de los demás. La tercera planta de aquel edificio se llenó de voces acaloradas que defendían su postura. Periodistas con más de treinta años de amistad se dejaron de hablar por militar en distinto bando. Miguel asistía entre temeroso y complacido a las pugnas que se desataban en las oficinas del diario antes de que llegase el joven reportero. Temeroso de descubrirse a sí mismo; complacido al contemplar como una palabra suya dicha como al azar era capaz de encender una mecha que luego nadie sabía apagar. Sí, porque las historias insidiosas que corrían sobre Jorge nacían en el elegante despacho de Miguel. Era él el que, con el pretexto de salir en su defensa, sembraba la sospecha entre los más suspicaces de la redacción. Frases como “yo no me creo que Jorge le dijera al director que él podía sacar adelante la sección de política nacional con más criterio que Pérez” llenaban de inseguridad a aquellos que veían cómo cambiaban los tiempos en aquel pequeño diario. Ya no bastaba con relatar los acontecimientos cotidianos de la ciudad, había que impresionar a un público sin rostro y traspasar los lindes de la región, como hacía Miguel, como empezaba a hacer Jorge.

El joven reportero intentaba, sin lograrlo, comprender la razón de la hostilidad que había nacido en torno a él: ¿Por qué las mismas personas que meses antes buscaban su afecto le dirigían miradas llenas de aversión? Nadie supo decirle de qué le acusaban, pues nada concreto había contra él; pero, de pronto, empezaron a rehuirlo los mismos que lo habían considerado digno de su amistad. Aquella corriente de enemistad fue arrollando a más y más periodistas de la redacción, hasta que llegó un día en el que eran pocos los que se atrevían en salir en su defensa. Y una mañana de diciembre le vieron salir de las oficinas con las escasas pertenencias que tenía sobre la mesa. 

El despido de Jorge, porque despido fue, colmó de alivio a Miguel. Ya no había nadie que amenazase su posición en “El primer amanecer”, nadie le arrojaría al abismo del olvido. Durante un tiempo, recuperó el sosiego que le había robado el joven reportero. Intentó convencerse de que él no había tenido nada que ver en lo ocurrido a Jorge; que aquello no había sido sino fruto de una desmedida ambición. Borró de su memoria el rostro de su rival mientras miraba con tímido optimismo hacia el futuro.

... Hasta que, pasados muchos años, empezó a visitarle en sus sueños.

Cuando ya no necesitaba la aprobación de nadie; cuando hacía tiempo que había caído en el olvido de los lectores; cuando “El primer amanecer” no era sino el recuerdo de unos cuantos ancianos, Miguel conoció una tortura mayor que la  inseguridad que durante toda su vida lo había atormentado. La conciencia, tanto tiempo acallada, le señalaba con el dedo y un sentimiento de angustia impedía conciliar el sueño en las largas noches de su vejez. Su alma se revistió de culpa y nada tuvo sentido en su vida sino encontrar a Jorge y obtener su perdón. Acudió a las pocas personas influyentes que aún conocía, a detectives privados y descubrió los misterios de Internet; mas Jorge parecía haber desaparecido de la tierra. Pasaba la mayor parte del día y de la noche rastreando unas huellas invisibles. Mientras tanto, la vida seguía su curso en torno a él sin que se percatase de ello. Sus hijos crecían, se casaban, tenían dos o tres vástagos, se divorciaban y regresaban al hogar paterno.

Después del fallecimiento de su esposa, perdió el último vínculo que le mantenía unido con el presente. Ya no era más que un anciano torturado por la culpa y el anhelo de absolución. Cuando su cuerpo se quedó sin fuerzas para llevar a cabo las tareas más sencillas de la vida diaria, sus hijos le ingresaron en una residencia. Deseoso aún de hallar un poco de paz en los años que le quedaban por vivir, no llevó a su nuevo hogar más que unos cuantos libros y su máquina de escribir.  Apenas se relacionaba con los demás residentes. Pasaba los días releyendo las novelas que le causaron impresión en su juventud: en el jardín, si el tiempo era propicio, en su habitación, si el tiempo era inclemente. Solo los domingos, cuando recibía la visita de alguno de sus hijos, se animaba su rostro y pasaba la tarde hablando de viejas historias.

No llevaba un mes en aquel lugar apartado de los hombres, cuando un residente llamó su atención. Estaba sentado solo en un banco del jardín con la vista perdida en algún punto lejano, más allá de los árboles que separaban el recinto de la carretera. Su mirada expresaba esa paz y esa dicha que solo se vive de muy niño.  No parecía estar haciendo nada ni esperar a nadie, pero tampoco transmitía el hastío de quien ve pasar las horas. Intrigado, Miguel se sentó a su lado, pero el desconocido no pareció darse cuenta de ello. Se sobresaltó al contemplar el rostro del desconocido, que, pese a estar surcado de arrugas parecía más joven que el suyo. Miguel permaneció en silencio casi media hora, escuchando el murmullo del viento entre los árboles. Su corazón buscaba sin encontrarlas las palabras que mejor explicasen los sentimientos que durante tantos años había albergado.  El hombre sentado a su lado le dirigió una mirada vacía; aún así Miguel empezó a hablar. Le contó cómo, de niño, su padre nunca estaba satisfecho con él. Se recordaba esforzándose por obtener las mejores calificaciones en sus estudios, los mejores resultados en los deportes que, por entonces, practicaba. Pero a su padre nunca le parecía suficiente. Siempre había otro que lo había superado, una cumbre más elevada a la que había de aspirar. Y siempre el mismo reproche: "Podías haberlo hecho mejor".

En aquellos años de su infancia y primera juventud, no le abandonaba la sensación de que, hiciese lo que hiciese, acabaría decepcionando a su padre. No ayudó a aplacar el sentimiento de inseguridad el que su progenitor le consiguiese el empleo en “El primer amanecer”. Aquello fue para él la prueba irrefutable de que el hombre que le dio la vida no confiaba en su valía. Empezó entonces una terrible carrera contra sí mismo para demostrar que podía llegar a ser el mejor. Cuanto más alto ascendía en el camino hacia la cumbre, mayor era el temor a dar un traspiés que lo precipitase al infierno de la nada. Ni siquiera tras la muerte de su padre se permitió un momento de descanso. Y, cuando parecía estar muy cerca de la cima, apareció él, Jorge Acosta, quien sin pretenderlo, hizo tambalear la posición por la que tanto había luchado. Al principio el pánico le paralizó. Pero, un día que oyó a un periodista de sucesos quejarse porque el joven reportero estaba cubriendo una noticia que debía ser suya. Empezó a hacer correr la voz de que, en su ambición, Jorge podía llevarse por delante la carrera de los demás. Después de tantos años, todavía no se explicaba cómo toda la redacción se dejó llevar por unas cuantas palabras dichas aquí y allá hasta el punto de desencadenar el pánico de toda la redacción y precipitar su despido. Después de aquello y durante un tiempo, Miguel pareció encontrar el sosiego de su espíritu, hasta que una mañana se encontró preguntándose si había merecido la pena obtener el reconocimiento de personas desconocidas a costa del dolor de un inocente. Y desde esa mañana, no había vivido sino hasta aquel momento en el que le pedía clemencia.

Cuando terminó de hablar, sentía la boca seca. El atardecer estaba llenando de sombras el jardín y los cuidadores se acercaban a los pocos residentes que permanecían al relente animándolos para que se dirigieran al comedor a cenar. Miguel volvió el rostro hacia Jorge, que le dirigió la misma mirada extraviada con que le había estado observando toda la tarde. Por un momento, se sintió desarmado por la inutilidad de su confesión. Se levantó para entrar a la residencia. Entonces sintió que Jorge le tomaba la mano entre las suyas y se la apretaba mientras le dedicaba una sonrisa.

 

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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