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15 min
Novela colectiva. El cetro de esmeraldas.Capítulo IV
Fantasía |
09.03.13
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Sinopsis

Aquí tenéis mi aportación a la historia. Espero que os guste. Ahora es el turno de LJ Salamanca.¡Animo! Un saludo a todos.

Capítulo IV

 

Arkabaz se recostó en su flamígera chaise longue con la intención de relajarse un poco, pues  sentía como desde hacía varios días se iba apoderando de él una incómoda sensación de inquietud que comenzaba a afectarle más de lo deseado.

Haber sido Siervo del Caballero Oscuro desde el principio de los tiempos le daba cierta confianza en sus propias fuerzas. No albergaba dudas de que, por muchas dificultades que pudiera encontrar en su camino, al final conseguiría arrebatar el Cetro de Esmeraldas a quien quiera que lo tuviese en su poder.Pero tenía esta vez la desagradable sensación de que algo se estaba escapando de su control y realmente no andaba muy mal encaminado.

Efectivamente, no llevaba más que unos segundos enfrascado en aquellos lúgubres pensamientos cuando de manera inesperada irrumpió en la estancia Pandelio, su lacayo más fiel, un regalo que el Caballero Oscuro le había hecho el día en que fue investido como Mago de la Orden Negra para toda la eternidad.

 

—¿Qué ocurre Pandelio? Espero que lo que tengas que decirme sea lo suficientemente importante como para osar interrumpir mi descanso de un modo tan abrupto—Arkabaz se incorporó de mala gana y un destello de maldad brilló en sus ojos oscuros como el Averno.

 

Pandelio dudó por un instante. Le aterraba despertar la ira de su amo ya que recordaba con pavor la última vez que había sufrido en sus carnes las consecuencias de tamaña imprudencia. En aquella ocasión había sido a su parecer injustamente castigado y obligado a picar cebollas durante tres días y tres noches. Y como todo el mundo sabe, no hay nada a lo que un lacayo infernal pueda tener más aversión que a la cebolla en todas sus variantes.

Había llorado tanto que sus lagrimas a punto estuvieron de apagar las llamas de los fuegos que caldeaban el palacio, y que por contrato Pandelio estaba obligado a mantener siempre  vivas. Era una de las principales exigencias del caballero Oscuro y su incumplimiento estaba penado con la muerte.

 

—Se trata del Mara, Señor—replicó Pandelio nervioso. Tan nervioso que las piernas le temblaban ondeando como juncos al viento.

 

—¿Quieres hacer el favor de dejar de hacer eso con las piernas? Estás levantando aire y vas a conseguir que me resfríe—Arkabaz era hombre de garganta delicada. Tantos años emitiendo sonidos horripilantes desde lo más profundo de sus entrañas habían mermado su capacidad vocal y ya con cualquier cosa corría el riesgo de quedarse afónico, algo que un mago negro no puede permitirse jamás.

 

—Disculpe, Amo, no es mi intención dejarle mudo pero  no puedo controlarme, ha ocurrido algo terrible…

La cara de Pandelio cambiaba de color a cada palabra que decía como es característico en los lacayos infernales cuando están severamente preocupados. De dieciséis colores distintos se había puesto al pronunciar la última frase.

Se disponía a decir la siguiente palabra y ya estaba mutando su rostro de rosa palo a magenta cuando Arkabaz le cortó de sopetón.

 

—¡Al grano Pandelio! ¡No tenemos todo el día! El Caballero quiere reunirse hoy conmigo  para planear la estrategia de los próximos ataques a los reinos del Sur y ya sabes que no tolera la impuntualidad.

 

—Sí, mi Amo, intentaré ser breve—replicó Pandelio hecho un flan.—Verá, he sido informado por nuestras tropas oscuras de que un Mara fue enviado días atrás en misión de emergencia al Bosque de Ormuikahn después de que se recibiese el soplo que el Cetro podía encontrarse en sus inmediaciones con toda probabilidad. Como sabe, Amo, esos demonios detectan el oro a leguas de distancia y son capaces de cualquier cosa por conseguirlo.

 

—Algo he oído, sí… — disimuló Arkabaz evocando por un instante su primera y última experiencia con un Mara. Este había adoptado la forma de Belindina, su amor de juventud, con la intención de seducirle y arrebatarle en pleno éxtasis su preciado anillo de oro y zafiros. Jamás relató a nadie una experiencia tan vergonzante, pues su gran secreto era que en medio de la cópula el Mara había recobrado su demoníaco aspecto de cabra y aún así él había seguido hasta el final haciéndose el despistado, tal era el placer que aquel engendro le estaba proporcionando. Pero eso era otra historia.— Continúa, Pandelio.

 

—Gracias Amo. Como usted sabe también, cuando un demonio de cualquier clase muere asesinado se produce una reverberación en el mundo subterráneo que  provoca a su vez el tintineo de una  campanilla de cobre como las que nuestros Soldados Oscuros llevan colgadas del cuello cuando se disponen a luchar. Es un homenaje que las Tinieblas rinden a quien entrega su vida por el Mal.

Y tengo el desagradable deber de comunicarle que la campanilla del soldado Rufus ha sonado esta misma tarde.

 

Arkabaz no entendía una sola palabra de lo que Pandelio le estaba contando pero aún así le permitió seguir con su rocambolesco discurso. Nunca  lo había confesado pero cada vez se sentía más cansado de todos aquellos conjuros, hechizos, leyendas y demás pamplinas, y maldecía el día que había aceptado su cargo de carácter no sólo vitalicio sino eterno, lo que lo hacía a ratos insufrible.

 

— A ver, Pandelio…— su tono sonaba un tanto impaciente— ¿Estás queriendo decirme que por el hecho de que una campanilla haya hecho tilín en el cuello de un soldado sabemos a ciencia cierta que el Mara enviado a Ormuikahn ha sido asesinado y que eso significa que nos enfrentamos en nuestra lucha por recuperar el Cetro a una fuerza mucho más poderosa de lo que pensábamos?

 

No esperó respuesta. Simplemente profirió un alarido de los que únicamente él sabía proferir. Tan potente y escalofriante que Pandelio cayó desmayado en el acto con la sola visualización de las cebollas que intuía le esperaban tiernas, blancas y amenazantes en los próximos días.  Y fue sólo después del alarido cuando el palacio entero retumbo con su llamada enloquecida:

 

—¡Que vengan inmediatamente los mellizos!

 

Decenas de seres cuya presencia había pasado inadvertida hasta ese momento, surgieron de todos los rincones de palacio revolucionados de inmediato ante la petición de Arkabaz. Todos le temían. Desde el más insignificante cuidador de ratas hasta el más  respetado  guardián de la amoralidad. En menos de lo que tardó en rasgarse las vestiduras y romper unas cuantas figuritas de diablillos de cristal de su vitrina, ya tenía a los mellizos ante sí.

 

Güildo y Guoldo eran el resultado de uno de tantos  caprichos del Caballero Oscuro. Años atrás, en uno de sus frecuentes arrebatos había manifestado a la Comunidad Oscura su deseo de gozar de las atenciones de un par de sirvientes siameses.

Y no podrían ser unos siameses cualesquiera, no. Expresó además su antojo de que estuvieran unidos por la planta del pie izquierdo.

Nadie se atrevió a preguntar el porqué de tan peregrina petición, acostumbrados como estaban en palacio a sus extravagancias, pero todos se apresuraron a intentar satisfacerle cuanto antes.

Fracasaron en el intento. Los siameses escaseaban en aquellas tierras y por más que los abnegados sirvientes persistieron en su empeño de hallar lo que el Caballero había requerido, todo lo que pudieron conseguir fue a dos mellizos procedentes de la Comarca de las Tierras nebulosas, quienes  a cambio de unos cuantos doblones y la promesa de techo y comida de por vida, se comprometieron a pasar el resto de su existencia con sus pies izquierdos unidos por una correa de cuero bien prieta.

El Caballero había montado en cólera en un principio pues no aceptaba de buen grado los fallos de su corte, y mucho menos que le tomasen por imbécil intentando darle mellizo por siamés. Pero con el tiempo acabó por desarrollar un sentimiento que si bien distaba mucho de parecerse al cariño, le hacía al menos respetar a aquellos dos hombrecillos que no siendo lo que él esperaba, compensaban sus carencias con sus bellas  inclinaciones artísticas: Güildo tocaba la flauta con la habilidad de un fauno y Guoldo bailaba al son de la música agitando sus rizos rubios con toda la gracia que le permitía estar atado de un pie a su hermano.

 

Se postraron ambos de hinojos ante Arkabaz y esperaron hasta que este , algo recuperado de su crisis  furibunda, se decidió a hablar:

 

—Güildo. Guoldo—los miró alternativamente a los ojos— Probablemente os estaréis preguntando cuál es el motivo de mi llamada.

 

Sin mediar palabra Güildo sacó su flauta del hatillo que siempre llevaba consigo y entonó las primeras notas una alegre melodía típica de las Tierras Nebulosas. A Guoldo ya se le empezaba a mover sin remisión el pie que tenía libre y a un tris de iniciar su grotesca danza estaba cuando Arzabak levantó su mano y le detuvo.

 

—No, Guoldo, no bailes. No es vuestro folklore lo que necesito hoy. Os he hecho venir para que me ayudéis a solventar el grave problema que acucia a nuestra Orden. Sentémonos junto al fuego y os pondré al corriente de los últimos acontecimientos.

 

Los mellizos se miraron confundidos pues había unos doscientos fuegos encendidos en aquella sala y no tenían ni la más remota idea de a cuál de ellos se refería Arzabak. Optaron por la prudencia y esperaron a que fuera él quien eligiese las llamas adecuadas para alumbrar la trascendental charla que se avecinaba.

 

Una vez aposentados y  entrados en materia, Arzabak  se entretuvo en ponerles al corriente de la situación. Les habló del Señor de las Tinieblas, del Cetro de Esmeraldas, de la lucha encarnizada en la que estaban inmersas las tropas oscuras para recuperarlo, del Mara muerto y hasta de las campanillas de cobre colgantes.  Les comunicó que ellos eran los elegidos para infiltrarse entre el enemigo, ganarse su confianza y conseguir que el preciado Cetro volviera a las manos del Caballero, de dónde nunca debía haber salido.

Los mellizos le escuchaban estupefactos. No eran muy inteligentes pero ponían mucha voluntad en todo en todo lo que hacían y  eran fieles a los principios de palacio. Arzabak sabía que podía confiar en ellos ciegamente.

 

—Díganos qué debemos hacer y acataremos sus ordenes—Güildo estaba encantado ante la posibilidad de ocupar sus días en algo más emocionante que tocar la flauta y se mostraba algo impaciente por emprender cuanto antes su misión.

Arzabak se levantó de pronto de su asiento, con un rápido ademán solicitó a un sirviente que le ayudase a ponerse su capa y se encaminó hacia la puerta.

—Seguidme—ordenó con voz firme.

 

Los mellizos en su afán de obedecerle se apresuraron a ir tras él no sin dificultad, pues no era empresa sencilla  caminar con sus pies izquierdos unidos y mucho menos si les metían prisa. Prueba de ello es que apenas  habían abandonado la estancia y ya se habían estampado cuatro veces contra el suelo.

Pandelio, que recuperado de su desvanecimiento espiaba la escena agazapado tras las cortinas, se planteó muy seriamente si no habría sido un error elegir a aquellos dos pazguatos para una misión de tanta enjundia y deseó equivocarse.

Les siguió a una distancia prudencial y observó que se dirigían al ala oeste del Palacio, más concretamente a la zona donde se encontraban las aulas en las que Arkabaz impartía sus clases magistrales de Magia Negra a los nuevos aspirantes. Desde el sirviente de menor rango hasta el más cualificado, todos debían tener unos conocimientos básicos de los hechizos más elementales.  Otra cosa es que la gran mayoría no consiguieran jamás ponerlos en práctica.

Pero ella sí. Trindilia. Su alumna favorita, su discípula más aventajada, la más bella. Y la de nalgas más prietas, para qué engañarse.

La hizo llamar.

Trindilia no era una simple aprendiza de maga. Tenía algo de lo que los demás carecían y que Arkabaz había sabido apreciar desde el primer momento en que la vio. Era poseedora de  un espectacular don de  videncia que practicaba desde muy niña. Para ello se ayudaba de un espejito minúsculo del tamaño de una moneda que ella misma se había fabricado juntando trocitos microscópicos de otros espejos que se habían hecho añicos por una u otra razón.

—Trindilia, necesitamos tu ayuda—suplicó Arkabaz a su protegida cuando la tuvo ante sí.Era impresionante contemplar como el temible mago se convertía en un corderillo en presencia de la joven— Es menester que identifiquemos cuanto antes al villano que ha asesinado a uno de nuestros Maras más competentes.¿Crees que podrás hacerlo?

—Necesito algún objeto que pueda estar relacionado con el muerto—respondió con la tranquilidad que le daba saberse imprescindible.

En ese instante Pandelio salió de debajo de una mesa y extendió su mano derecha mostrando la campanilla de cobre.

—Esto no era de él pero nos avisó de su muerte. Quizás sirva.

Arkabaz le fulminó con la mirada preguntándose qué demonios pintaba allí y por qué no estaba ya en las cocinas picando cebollas. Pero en ese momento estaba más concentrado en Trindilia y sus requerimientos y dejó sus iras para mejor ocasión.

—Me sirve—replicó la aprendiza con aire misterioso.

Sacó de uno de sus zapatos el espejito y colocó cuidadosamente sobre él la campanilla. Deshizo con un solo gesto la trenza que anudaba sus cabellos y se tapo la cara con ellos mientras se arrodillaba en el suelo.

Así permaneció un buen rato hasta que de pronto se levantó y declaró impasible: Lo tengo.Todos se acercaron al espejito. Era tan pequeño que se daban codazos unos a otros en su afán de vislumbrar algo.

Sobre aquella insignificante superficie se podía apreciar con toda nitidez una escena de lo más pintoresca.

Se trataba de un grupo de personas sentadas a la mesa de lo que parecía una taberna inmunda.

Un hombre musculoso de unos dos metros de estatura amenazaba furioso con un mazo a otro delgado y ojeroso gritándole que había enfriado su sopa mientras una jovencita entrada en carnes se reía escandalosa y pegaba patadas a una masa de carne que rodaba divertida por el suelo al tiempo que la pareja formada por una bella pelirroja y un apuesto guerrero comía en silencio sin mirarse a la cara.

—¡Conozco esa taberna!—gritó Guoldo—¡Es la taberna del puerto de Mohariiki!

—¿Estás completamente seguro de lo que dices?—Arkabaz no quería arriesgarse lanzándose de lleno a una misión basada en una información equivocada.

—Completamente—prosiguió Guoldo orgulloso de sentirse por una vez el centro de atención sin necesidad de bailar.— Conocí ese tugurio hace mucho tiempo, cuando todavía no había entregado mi vida al Caballero Oscuro. Por aquel entonces era mellizo pero no siamés con correa en el pie y podía hacer planes sin mi hermano. Fueron buenos tiempos aquellos…—hizo una pausa evocadora y continuó—Está en los acantilados, justo donde se encuentra la salida por mar hacia el vecino Reino de Brulonia y la regenta un enano Menah-Hoonnie llamado Klaus especialista en sopa de pez espada. Deliciosa por cierto.

—Bien, debéis partir cuanto antes —determinó Arkabaz.— No hay mucho tiempo y es necesario que lleguéis allí antes de que hayan convencido a algún Mena-Honnie para que les deje embarcar en sus galeras. Son duros de pelar y suelen tardar al menos dos lunas en tomar una decisión así que lo más probable es que aún estén entretenidos con las negociaciones. Una vez os hayáis ganado su confianza arrebatadles el cetro. Las tropas oscuras harán el resto.

Los mellizos dispusieron sus enseres para el viaje, se despidieron y emprendieron su camino subidos ambos en el mismo caballo pues no podían viajar de otro modo unidos como estaban por el pie izquierdo.

No habían recorrido ni siquiera una milla cuando Guoldo, asegurándose de que ya estaban fuera del campo de visión de los habitantes del Palacio se soltó la correa del pie y asestó con ella tal zurriagazo a su hermano en la cabeza que lo dejó sin sentido, haciéndolo caer del caballo y rodar por el camino hasta quedar oculto tras unos matorrales hecho un ovillo.

Sin vida.

—Ahí te quedas flautista. Esta aventura es cosa mía.

Espoleó al caballo sin el menor remordimiento y despareció veloz en el horizonte rumbo a Mohariiki.

 

 

 

 

 

 

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  • Conozco la versiôn de ender y esta tuya, bien narrada con fluidez y muy simpatica. Felicidades.
    Quisiera aplaudir en primer lugar la iniciativa y felicitar a todos los escritores. El nivel es excelente y la historia es atractiva e interesante. Pero utilizo esta atalaya para reclamar desde ya a los siguientes narradores un mayor protagonismo para Trindilla y sus espejitos. Un personaje magnífico. Uno más de los que Miranda sabe dibujar con su maestría habitual.
    Muy bueno el viaje al lado oscuro
    Miranda, es increíble ver que no ha habido eslabones débiles en la cadena de este proyecto. Cada escritor ha mostrado su talento de una manera fantástica y eso mismo has hecho tú, pero no te has conformado con seguir la misma línea de los otros, sino que, en un arranque de creatividad, nos has metido en el palacio de los malos y has dibujado unos personajes estupendos. Ya me estoy empezando a preocupar con esto. Cuando me toque a mí, ¿podré estar a la altura? ¿se me olvidarán los nombres de los personajes? ¿será mi pobre capítulo el eslabón débil? Dejo de rebanarme los sesos y mejor sigo disfrutando de la lectura.
    que buena introducción al lado oscuro!!! no quiero ser repetitiva pero es que el nivel que están teniendo todos es muy bueno. Chapó
    Miranda! me ha encantado como has seguido con la historia.Especialmente que hayas introducido la parte del lado oscuro. Me he reído con el Mara que se acostó con Arkabaz! Y con lo de la campanilla que suena cuando muere un demonio. Buenas ideas! Me voy corriendo a leer a LJ!! Quiero ver si los acontalidados de Mohariiki que yo tenía en mente se parecen en algo a los que él ha creado! jajaja Saludos!
    Tal y como he leído por ahí, también a mí me gusta el cariz que está tomando esta historia. Y por supuesto sigo la indicación de Ender y me lo "echo al saco". Buen capítulo Miranda. A por el siguiente...
    La historia continúa con un excelente nivel, ahora desde el bando de los malos, con un estilo de humor y desenfado realmente muy logrado.
    Los estilos se acoplan y la historia ya tiene las tres "E", emocionante, exigente y excelente, la presentación única del lado oscuro y oh traición! la de uno de los hermanos, digno de un guión peliculesco, a por el siguiente capítulo!
    Cada vez me sorprendo más con la imaginación de cada uno de nosotros, aparte de escribir es como un juego adivinando por donde saldrá cada autor... bien... tu nos has traído al lacayo de Arkabaz ( jaja, terminará la novela y me costará aprenderme este nombre) y su historia de las campanillas de cobre cuando mueren los demonios... buena historia...lo de la cabra, jajaja ya no tiene nombre...que graciosa la escena. Pero ay la pena que me ha dado la traición de uno de los hermanos. La historia promete y desde luego Miranda te tengo que dar la enhorabuena por llevarnos hacia Moharik...a ver ahora nuestro compi por donde sale... porque ahora el yuyu ya me está entrando a mí. Yo digo lo que Ender hace falta una segunda ronda... esto es divertido. Besitos y felicidades.
  • ...

    Al fin está aquí mi capítulo. Pido disculpas una vez más a todos por el retraso. Como sabéis he tenido unos días complicados y no ha sido fácil encontrar momentos para escribir pero lo he conseguido. Aleluya y Alalé :) Es un capítulo reposado, sin demasiada acción. Un pequeño alto en el camino antes de internarnos en el Valle de los Encendidos,- siguiente etapa de nuestro peregrinaje hacia la Boca del Orco-, mientras en el Valle del Ahorcado los dos bandos enemigos la están liando buena.Si veis algún gazapo no dudéis en darme una colleja. O dos, por pesada.

    Aquí tenéis mi aportación a la historia. Espero que os guste. Ahora es el turno de LJ Salamanca.¡Animo! Un saludo a todos.

    Relato breve y ligero como su propio nombre indica.

    A veces es mejor quedarse uno como está...

    ...

    Cosas que pasan.

    ...

    Este lo publiqué hace tiempo, me lo llevé y ahora vuelve por aquí.

    La rutina...el mejor estimulante para la imaginación.

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