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12 min
Crowd Creation III - El cetro de esmeraldas
Fantasía |
07.03.13
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Sinopsis

Os dejo el tercer capítulo del Crowd Creation. Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho al escribirlo. Miranda, te toca!!

Los caballos caminaban a paso lento y en fila india, siguiendo la corriente del río que atravesaba el bosque de Ormuikahn. Una vez que llegaran a los acantilados de  Mohariiki, tendrían que convencer a los Menah-Hoonnies, los enanos que custodiaban la entrada y salida de un reino a otro a través del mar, para que los dejaran embarcar en una de sus galeras. El sol estaba veteado de oro y rosa y descendía sin pausa hacía la línea dorada del horizonte. Era como si el cielo, que en ese momento tenía un azul eléctrico, fuera agua, y la luz simplemente se estuviera hundiendo en su interior.

 

–Pararemos aquí –dijo Wells, que se apeó del caballo con decisión–. Está anocheciendo y necesitamos buscar leña para encender un fuego antes de que oscurezca por completo.

–Estupendo. Se me estaban quedando las posaderas dormidas y no tengo ningún hechizo para eso –respondió Longoria. Ató su caballo a la rama de un árbol, junto al de Gélido, que en ese momento estornudó sacudiendo sus crines violentamente. Todo el día cabalgando con el hombre de hielo en su lomo había conseguido resfriarle.

–También habrá que ir a cazar. Amorfo y Lucius han acabado con todos los víveres– se quejó Ámbar.

El Dios Amorfo miró a Lucius y este se encogió de hombros, sus enormes deltoides parecían montañas.

–¿Ah, sí? Pues Gélido ha congelado toda el agua –se defendió Amorfo. Quería desviar la mirada de enfado de Wells hacia otra parte. Con la ayuda de las ventosas que tenía en los extremos de los tentáculos agarró los cuernos huecos que estaban atados a la montura del caballo resfriado y los volcó, una vez abiertos, para que todo el mundo comprobará que, aunque estaban llenos, el agua no caía.

–Vale, vale, ¡callaos de una vez! –gritó Wells. Apretó los dedos índices contra el puente de su nariz y se quedó en silencio unos segundos. Llevaban apenas día y medio de viaje, pero ya estaba empezando a sentirse cansado del comportamiento tan infantil de todos ellos–. Ámbar y Longoria, id a por agua fresca. Amorfo y Lucius, vosotros buscad madera para encender una hoguera y tú, Gélido, siéntate en esa piedra de allí y no toques nada. Yo iré a cazar algo.

 

Wells cogió su arco y la aljaba de cuero con las flechas, los colocó a su espalda junto al cetro de esmeraldas, que aún no se lo había quitado de encima, y dio media vuelta, alejándose del río. Antes de adentrarse en el bosque, no pudo evitar echar un vistazo a la orilla para asegurarse de que todos estaban realizando las tareas encomendadas. Amorfo recogía con sus tentáculos largos y rosados todas las ramas secas que iba encontrando a su paso y se las cargaba en la espalda a Lucius. Gélido estaba sentado, tal y como le había ordenado; cogía las piedrecillas erosionadas del suelo que había junto a sus pies, las congelaba entre las manos por diversión y luego las lanzaba al río, lo más lejos que podía. Luego miró a Longoria, que estaba apoyada sobre sus rodillas, intentando descongelar con un hechizo el agua que había dentro de los cuernos. Ámbar estaba de pie junto a ella, con el agua hasta los muslos, mirando a Wells fijamente. Se había quitado la capa y la poca tela marrón que cubría sus curvas parecía una segunda piel cosida a su cuerpo. Era una de las mujeres más bellas y con más carácter que había conocido en su vida y eso que ya había viajado a tres de los cuatro reinos de todo el mundo y había conocido a decenas de muchachas. Una pena que no le gustaran los hombres, pensó él. La escrutó con la mirada una vez más y después avanzó entre la maleza.

 

Al cabo de una hora, Wells ya tenía colgado de su cincha un par de liebres, tres ratas y un faisán. En el saquito que llevaba anudado en la aljaba, metió algunas castañas y bellotas que había ido encontrando por el suelo mientras cazaba. Decidió que era suficiente y retomó el camino de vuelta al campamento que habían improvisado junto a la orilla. Había intentando no alejarse mucho, porque, aunque sabía que Seleis, la guardiana del bosque, cuidaba de ellos, prefería no separarse demasiado del grupo. No se fiaba de dejarlos solos mucho tiempo. Eran peor que niños.

 

Wells escuchó un chasquido a su derecha. Provenía de detrás de unos matorrales. Hojas y ramas secas crujían a escasos metros de él. Con suerte sería un jabalí o un ciervo, pero cabía la posibilidad de que otros merodeadores hubieran dado con ellos. Muy despacio, cogió de su aljaba una flecha con la punta de piedra aún manchada de sangre y la colocó en el arco. Tensó la cuerda ágilmente y apuntó hacia el lugar de donde provenía el ruido. Los matorrales se abrieron y apareció Ámbar con la capa puesta, la capucha le cubría la cabeza. Wells aflojó el arco nada más verla y ella se llevó el dedo índice a la boca, recorriendo los pocos pasos que los separaban. Tenía las puntas del cabello mojado, lo que le daban un aspecto más cobrizo que de costumbre. Parecían una cascada de hojas secas cayéndole por los hombros. Sus ojos grises bailaban literalmente con la escasa luz del crepúsculo. Resplandecían como si estuvieran en llamas. Como si esas mismas llamas saltaran de sus ojos a los de Wells y le prendieran fuego a todo su cuerpo. Ámbar le apoyó los dedos en la barbilla, la barba de varios días se le metió entre las uñas, y suavemente los deslizó por la línea de su mandíbula sin dejar de mirarlo. Le agarró por la nuca, lo atrajo hacia ella con fuerza y le besó, tal y como él había fantaseado tantas noches. Su lengua húmeda recorrió primero su cuello y luego sus labios. Wells dejó caer el arco, el cetro y la aljaba de flechas y la cogió de las caderas para alzarla y ponerla a la altura de su cintura, apoyada contra un árbol. Le apartó de un tirón la tela que cubría su pecho, liberando uno de sus senos. Era precioso. Turgente. Tenía el pezón hinchado y rosado, como sus labios. Quería lamerlo, chuparlo, morderlo. Curvó la espalda, inclinándose hacia delante para meterse la teta en la boca, pero Ámbar le dio un cabezazo en la nariz que lo hizo caer al suelo dolorido. Le dio una patada en las costillas y otra más en la espalda para asegurarse de que no se levantaría. Cogió el cilindro de cuero en el que estaba guardado el cetro y echó a correr. Sin embargo, apenas dio tres pasos cuando el mazo de madera de Lucius salió disparado de entre unos juncos y la golpeó en la cabeza, tirándola al suelo de boca.  

 

–Te estábamos buscando. ¿Qué ha pasado? ¿Quién es? –preguntó el Dios Amorfo, que ayudó a Wells a incorporarse.

–Es Ámbar. Es una traidora. Ha intentado robar el cetro –respondió Wells, restregándose con la tela de su manga la sangre que le brotaba de la nariz.

–¿Traidora, yo? –preguntó Ámbar enojada. Levantó el puño en el aire–. Más te vale retirar lo que has dicho si no quieres que te parta la nariz.

Ámbar y Longoria estaban de pie, a unos metros de los juncos, tras las pisadas de Lucius.

–No puede ser. Eras tú… –añadió Wells.

 

Lucius recogió el cetro del suelo y se lo lanzó a Wells, que se lo colgó de nuevo a la espalda. El mazo estaba al lado de la cabeza encapuchada. Se agachó para recuperarlo y en ese preciso momento el cuerpo que Wells pensaba era de Ámbar se puso de pie de un salto. El movimiento brusco provocó que la capucha se deslizara hacia los hombros, dejando ver el rostro de su propietario. Su piel y sus ojos eran de un color amarillento. Tenía la cabeza muy grande, en comparación con el cuerpo, que era menudo, y en forma octogonal. Unos cuernos estrechos y achatados le surgían a ambos lados de la frente, y justo debajo le sobresalían unas orejas largas y puntiagudas. No tenía pecho ni sexo. Y las piernas parecían patas de cabra.

 

–¡Es un Mara! –dijo Longoria. La bruja adoptó la postura de la ojiva con las manos y entrecerró los ojos. Le estaba haciendo un conjuro de paralización.

–Yo salí hace tiempo con una tal Mara del Condado Diwata y te aseguro que no era así de fea –repuso Lucius. Sujetaba el mazo en el aire, dispuesto a golpearle si veía un solo movimiento en falso.

El Mara abrió la boca para gruñir. Tenía los dientes afilados y de entre los colmillos salió una lengua bífida de color anaranjada.

–Es un ilusionista –explicó Longoria–. Un demonio inofensivo que adora el oro. Son capaces de transformarse en aquello que sus víctimas desean ver, para así ganarse su confianza y poder robarles. Seguro que quería vender el cetro al mejor postor.

–Está claro que lo del cetro ya no es ningún secreto –dijo Wells.

–¿Y Wells deseaba verme a mí? –preguntó sorprendida Ámbar. Él apartó la mirada de sus ojos grises, que esta vez parecían más reales.

–No me importaría tener la nariz rota ahora mismo con tal de haber experimentado lo vivido por Wells hace unos minutos –dijo el Dios Amorfo frotándose los extremos de sus tentáculos y mirando las nalgas redondeadas de Ámbar.

–Tú no tienes nariz… –repuso Lucius.

–Bah, detalles sin importancia –le respondió él.

–Bueno, ¿qué hacemos con él? Habrá que matarlo –preguntó Lucius.

–Yo voto por llevarlo con nosotros. Puedo hacerle un hechizo de esclavitud y convertirlo en nuestro siervo. Sus ilusionismos podrían servirnos con los Menah-Hoonnies, en caso de que no quisieran prestarnos una de sus galeras.

–Me parece buena idea. Hazlo. –dijo Wells.

Longoria respiró hondo y al exhalar, empezó a realizar con las manos varios Mudras ancestrales: gestos esotéricos de brujería que había aprendido tiempo atrás siendo discípula de la bruja Rala. Los pies se movían al son de una música inexistente y su columna y brazos se retorcían como si fueran el cuerpo segmentado de una serpiente.

–No puedo creer que pensaras de verdad que ese bicho era yo –dijo molesta Ámbar.

–Descuida. No lo pensé ni por un momento –repuso Wells.

–Ah, ¿no? Y cómo es que has acabado con la nariz rota, si se puede saber.

–Por favor, necesito silencio –les interrumpió Longoria. Todos la miraron. Estaba abierta de piernas con la cabeza apoyada en la corva de la pierna de atrás y los brazos levantados hacia el cielo. Al Mara se le volvieron los ojos y empezó a levitar a casi medio metro del suelo.

–Me pilló desprevenido –susurró Wells.

–Ya, seguro. ¿Qué estábamos haciendo? Aunque, claro, no era yo.

–¿La agarraste de las posaderas? Dime que llegaste a verle los pechos –intervino Amorfo. Su boca salivaba más que de costumbre.

–¿Te quieres callar? –le gritó Ámbar a Amorfo.– Y, tú, respóndele. ¿Me viste los pechos?

–Sssshhhh –siseó Longoria, que ahora estaba en la posición del puente boca arriba. El Mara seguía con los ojos en blanco, suspendido en el aire.

–¡Estás loca! ¿Qué más te da? No eran tus pechos. A ti no te he visto nada.

–Ajá, así que yo tenía razón. Me deseas, por eso el Mara te ha mostrado lo que querías ver: ¡a mí!

–¡Por la diosa Vesna y sus crines blancas, así no hay quien se concentre! –Longoria, que estaba en la postura del cuervo, se cayó de rodillas. Los pies del Mara se posaron de nuevo en la tierra y sus ojos, amarillos otra vez, volvieron a cobrar vida. El demonio gruñó y sacudió la cabeza para espabilarse, aún mareado por el trance.

Lucius blandió su mazo con todas sus fuerzas sobre la cabeza del Mara. Un sonido sordo, como de coco partido, retumbó en los oídos de todos.

–¿Por qué has hecho eso? –le gritó Longoria.

–Se ha movido.

–Claro, mequetrefe, ya había terminado con el hechizo. Ahora era uno de los nuestros.

El Mara cayó de boca, embarrando la tierra con los efluvios áureos que le salían de la coronilla.

–Bien hecho, grandullón –se rió irónico Amorfo.

Lucius arqueó las cejas y se encogió de hombros. Era lo mejor que sabía hacer para disculparse.

–Dejadlo ya. Nos vamos. Aquí no estamos seguros –añadió Wells–. Lo del cetro es ya un secreto a voces. Solo es cuestión de tiempo que el Caballero Oscuro o Arkabaz dé con nosotros.

 

Regresaron a la orilla a por Gélido y los caballos. Ámbar seguía enfadada y Wells evitaba su mirada a toda costa. Apagaron la hoguera y prosiguieron su camino iluminados por la luz plateada de la luna llena. Tenían que llegar cuanto antes a los acantilados de Mohariiki.

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  • ¡¡brillante!!
    ¡Muy Bueno Mayka!Agil, entretenido y divertido. Me ha encantado. En breve tendréis mi continuación. A ver si no desmerece los capítulos anteriores. ;)Saludos!
    Mayka me has hecho imaginar esa escena de Ámbar uyuyuy, no cabe duda que le agregaste lo que le faltaba a esta historia, el toque picante del erotismo que nada mejor que de tu mano podía quedar, me ha encantado el toque de pervertido que has dado al Dios amorfo y me encanta como evoluciona la historia, Miranda te esperamos!!!!
    Como dicen, diferente pero igual de bueno, que gran historia está quedando, enorme despliegue de imaginación por parte de los tres primeros. El yuyu se acerca tanto como el caballero oscuro.
    Genial Mayka, me ha encantado. Empieza a entrarme "yuyu". ¿Estaré a la altura cuando me toque? ¿Quéson estos sudores? uy uy uy...
    Al igual que a Ender me gusta como evoluciona esta historia, o mejor dicho, como la estamos haciendo evolucionar, porque es obvio que la historia sólo puede evolucionar si es puesta en manos de autores talentosos y con grandes capacidades narrativas (como es tu caso). En definitiva, tu relato no tiene el mismo estilo del de Ender o el de Ángel Nava, se nota que es un relato con el estilo de Mayka Ponce pero perfectamente colocado como una continuación excelente. Bravo. Ahora esperamos a Miranda!!!
    Excelente continuación, Mayka, he disfrutado con el capítulo. creo que lo engarzaste muy bien con los dos anteriores y lo hiciste ameno y divertido. Me está gustando mucho como evoluciona la historia, coherente con la trama y salpicada de humor y fantasía.
    Creo que has captado bien la personalidad y el espíritu de los personajes creados por Ender, lo cual unido a una narración ágil y fluida hace que la historia se mantenga viva e interesante.
    La historia sigue muy interesante!!! me encantó el enganche y a pesar de los estilos diferentes de escritura siguen todos el mismo hilo. Muy bueno
    Muy bien querida Mayka, has enlazado todos los personajes de los dos capítulos anteriores y has añadido a un demonio muy feooo... que ha sabido engañar a Wells. La imaginación no tiene limites y he aquí lo que ocurre cuando nos juntamos unos pocos... adelante la próxima... Miranda... a por ello...
  • Este capítulo puede ser el primero o puede ser el último, aunque es totalmente indiferente para la historia que os quiero contar.

    Huir de casa y del maltrato de tu marido para darte cuenta una vez que paras de correr, que todo lo que te rodea, incluso el agua de la lluvia, te recuerda irremediablemente a él.

    Pillar una infidelidad siempre es un golpe duro, aunque en el fondo lo sospecharas, pero hacerlo de esta guisa... Para esto, nunca se está preparada.

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    Porque el amor no deja de ser un juego de estrategia..

    Chicos, perdonad el retraso de mi capítulo. Cuando lo colgué el viernes, se ve que no le di a publicar. Lo peor es que no es la primera vez que me ha pasado. Ya antes creí colgar relatos que días después me di cuenta no estaban en la web. Mea culpa! Bueno, con respecto al capítulo, como había varios frentes abiertos intenté continuarlos todos para que al siguiente autor no tenga que echar marcha atrás para saber por dónde continuar la historia. Espero que la espera haya merecido la pena. Un saludo a todos! Alalé!!

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