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7 min
Crystal Lake VI
Terror |
04.08.15
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Sinopsis

Aquel ser dejó descansar el cuerpo sobre una rodilla y miró el rostro de la muchacha. Tocó su rostro y sintió que una voz le hablaba en su interior.

“Jason…” le dijo aquella voz. “Pobre muchacha…tienes que ayudarla Jason” reconoció aquella voz sin apartar la mirada de la muchacha “Ella me recuerda a ti”.

La fuerza de la lluvia aumentó, Jason cogió a la muchacha en brazos y le llevó de vuelta a casa atravesando el bosque y el lodo bajo el frío de la noche. La piel de Hanna se volvía cada vez más pálida y sus labios se habían tornado a un color morado, Jason dejó el cuerpo de Hanna en el viejo colchón y observó como la sangre corría por el costado derecho de la muchacha. Levantó ligeramente la camiseta oscura de la muchacha para dejar ver el agujero que había hecho la bala, tocó la herida con los dedos. No había rastro de la bala. Notó la piel helada de Hanna, la lluvia zarandeaba con fuerza el cristal de la ventana, incorporó su pesado cuerpo para dirigirse al piso superior.

Hanna consiguió abrir ligeramente los ojos, consiguió adivinar el lugar en el que se encontraba. Jason se encontraba en el piso superior cuando escuchó gemidos, agarró un paño con brusquedad y regresó al túnel. Hanna agonizaba sin poder moverse y cerró los ojos con fuerza. Aquel ser se acercó a la muchacha y lanzó el paño a la muchacha. Hanna abrió los ojos con brusquedad.

La muchacha levantó su camiseta y agarró el vendaje para ponerlo alrededor de su cintura con cuidado. Hanna gimió con fuerza al sentir una punzada en el costado. Sintió un horrible ardor en el costado, miró al ser que observaba la faena. Jason miró el rostro pálido de la muchacha y agachó la mirada mientras se incorporaba de nuevo.

–Espera —dijo la muchacha.

Aquel ser se detuvo y volvió a dirigirle una mirada tras la máscara.

–No te vayas…—logró decir con esfuerzo.

Jason se quedó unos instantes observando el cuerpo de la muchacha y acto seguido se giró bruscamente negando con la cabeza. Hanna observó débil como la figura de aquel ser desaparecía en la oscuridad. La lluvia seguía golpeando el cristal de la habitación, miró sus manos manchadas con su propia sangre y se las llevó al rostro. Rompió a llorar.

Jason escuchó a la muchacha desde la otra habitación, su gran cuerpo descansaba en el suelo con el machete entre las manos, con la mirada perdida. Finalmente se levantó y regresó a la sala donde se encontraba la muchacha. Hanna se secó las lágrimas con las manos al sentir su presencia. Jason se acercó a la muchacha y se quedó observándola hasta que su llanto cesó. Hanna le observó dirigirse justo enfrente del colchón, Jason volvió a tomar la misma postura, vigiló a la muchacha. Hanna sonrió y soltó una última lágrima que se secó rápidamente. Cerró los ojos.

 

La mañana siguiente Hanna abrió ligeramente los ojos, rojizos tras el llanto de la noche anterior, no pudo dormir en toda la noche a consecuencia del frío y del horrible dolor que sentía. Se incorporó ligeramente ahogando un grito de dolor.

Se llevó la mano a la frente y seguidamente estornudó. Hanna miró a su alrededor acobijándose lo que pudo entre sus brazos. No había rastro de Jason.

–Necesito como sea algo de abrigo.

Su cuerpo débil se movió por aquel extraño refugio hasta lograr salir al exterior, apoyando su cuerpo en la vieja madera de la cabaña con cada paso que daba. Una fría brisa recorrió cada poro de su piel y le hizo estornudar de nuevo.

–Tengo que buscar comida…—la muchacha avanzó por el bosque en dirección hacia el viejo campamento.

Su vista cansada le dificultaba aún más el camino, cuando algo le hizo caer al suelo, sintió algo viscoso con la llema de los dedos, Hanna parpadeó un par de veces para poder ver aquella sustancia, sangre.

Giró la cabeza para encontrarse con los ojos sin vida de una muchacha de cabello claro. Por sus labios aún brotaba la sangre. Hanna se acercó a la muchacha y observó una chaqueta deportiva azul oscuro y gris, sin pensarlo dos veces agarró la chaqueta y cerró la cremallera hasta cubrir casi su barbilla, metió sus manos en los bolsillos y sonrió. Sentir el calor de la chaqueta le hizo casi olvidarse por un rato del dolor.

Alzó la vista para encontrarse con aquel letrero mugriento. Siguió caminando hasta llegar a aquel lugar, tenía que darse prisa. Corrió hasta la cabaña más próxima, la abrió lentamente, no había nadie allí, no había nada. Frunció el ceño y corrió hacia otra cabaña con la esperanza de encontrar algo comestible; maldijo su suerte al encontrarla completamente vacía.

–¿Qué narices está pasando? Debería quedar comida.

Miró en cada una de las cabañas sin encontrar nada que pudiera comer, se llevó ambas manos en el estómago y volvió a sentirse débil.

Caminó por el bosque, quién sabe cuanto, hasta llegar a una casa rodeada de los frondosos árboles del bosque. La muchacha observó de lejos indecisa; tenía dos opciones: podía marcharse de allí y volver al refugio y alimentarse de latas de conservas que no iban a tardar mucho en acabar con su estómago, o podía acercarse a aquella casa y confiar en que nadie fuese familiar de los jóvenes del campamento asesinados con sus propias manos y pedir algo de comida para sobrevivir, Hanna finalmente optó por la segunda opción pese a la mala suerte que había tenido. Limpió sus manos manchadas de sangre con el volante de la falda y tocó la puerta con los nudillos.

Pasaron unos minutos, Hanna iba a golpear la puerta de una patada volviendo a maldecir su suerte cuando un perro empezó a ladrar con fuerza mientras arañaba la madera carcomida de la puerta. La muchacha retrocedió dos pasos cuando escuchó una voz tras la puerta.

–No tengas miedo muchacha, el pobre pensaba que eras de los otros.

El perro dejó de ladrar.

–¿De los otros? —preguntó Hanna confusa.

–Si, no nos gustan los muchachos que vienen al campamento —la anciana carraspeó— suelen venir a molestar con sus amigos, son unos sinvergüenzas.

–Tiene razón, son unos sinvergüenzas.

Hanna lanzó una sonrisa a la anciana.

–Vamos, pasa —la mujer hizo un gesto con la mano y abrió la puerta para dejar paso a la joven.

El pasillo estaba repleto de retratos y el papel de la pared apenas tenía ya color, pero era una casa agradable. El perro siguió a la muchacha con curiosidad.

–¿A qué venía una muchacha como tú a esta casa tan perdida de la mano de Dios? —preguntó la anciana guiándola por la casa hasta llegar a una pequeña sala con una mesa y una vieja televisión.

–Quería preguntarle si tiene algo de comida para mí —dijo mientras observaba con curiosidad la casa.

La anciana sonrió.

–Por supuesto, toma asiento —dijo señalando una de las sillas— ahora mismo traigo algo para ti.

Hanna esperó a la señora acariciando el lomo del perro de raza Rottweiler. Un golpe se escuchó desde la cocina, el perro se levantó y huyó temeroso hacia la salida. La muchacha se puso en pié.

–¿Está bien señora? —preguntó dando pasos hacia el lugar de donde provenia el ruido.

Hanna entró en la cocina y arqueó las cejas. El cuerpo de la anciana descansaba en el suelo en un charco de sangre, un pronunciado tajo decoraba su huesuda garganta y sostenía una escopeta en la mano derecha. "Quería matarme...maldita chiflada" se dijo para sí misma. Alzó la vista con sorpresa y frunció el ceño inclinando ligeramente la cabeza.

–¿Me has seguido…hasta aquí? —preguntó al ver aquel enorme ser con el machete aún goteando en la mano.

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  • Un grito le sacó de sus pensamientos. Llevó la mirada a aquel ser desde la distancia, apenas escuchaba los gritos de súplica de la pobre muchacha, algo se había roto dentro de ella.

    La joven observaba aquel ser desde la otra sala, con una sonrisa leve en los labios.

    Sus zapatillas se hundían en el barro a cada paso que daba, cobijándose entre sus brazos y con la mirada perdida siguió el camino de vuelta a la vieja cabaña sintiendo la mirada del viejo sheriff.

    La noche era fría y la lluvia no había parado por entonces, casi impedía ver más allá. La muchacha observó al agente con dificultad, cerró los ojos y se desplomó en el barro.

    Caminó por la frondosidad del bosque bajo la lluvia, ya no le importaba el frío, pensó en el saco lleno de comida que había dejado olvidado junto a su chaqueta, tampoco le importó.

    La muchacha observó al ser en silencio, perpleja.

    Aquel ser dejó descansar el cuerpo sobre una rodilla y miró el rostro de la muchacha. Tocó su rostro y sintió que una voz le hablaba en su interior.

    La muchacha permaneció inmóvil y sintió como ese ser avanzaba hacia ella. Miró sus manos salpicadas, se incorporó sin dejar de apartar la mirada de sus manos.

    El aire era puro y solo podía escucharse el sonido del bosque, esa mañana hacía algo más de frío, el verano llegaba a su fin.

    Apoyó las manos clavando la mirada hacia la vieja madera del muelle, sintió que el agua que había tragado le trepaba por la garganta, vomitó lo poco que había comido. Se incorporó con el machete entre las manos.

Aunque no soy tan buena como ustedes me gusta escribir, sobretodo género de terror o misterio. "Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también te mira a ti"

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