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5 min
Crystal Lake VIII
Terror |
01.09.15
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Sinopsis

La noche era fría y la lluvia no había parado por entonces, casi impedía ver más allá. La muchacha observó al agente con dificultad, cerró los ojos y se desplomó en el barro.

Despertó en una sala bastante amplia, aparentemente vacía. Tocó su frente, aún empapada y frunció el ceño, confusa. Se incorporó ligeramente y observó la silueta de dos personas.

–¿Dónde estoy?

Intentó abrir los ojos, pero la claridad de la sala se lo impedía.

–Tranquila, aquí estas a salvo de él —dijo una voz.

El agente se acercó a la joven con una mirada seria mientras colocaba su sombrero. Aparentaba más de cuarenta.

–¿De quién? —preguntó aún confusa, frotó sus ojos con ambas manos, poco a poco se fue acostumbrando a la claridad de aquella sala de hospital.

El agente lanzó una leve mirada a su compañero, más joven que él.

–Sabes de quien te estamos hablando muchacha —hizo un gesto con la cabeza y colocó ambas manos a la altura del cinturón.

Hanna desvió la mirada inquietante de aquel hombre y permaneció en silencio.

–Tu eres la única que sobrevivió —caminó al otro lado de la cama con pasos pesados para encontrarse de nuevo con la mirada de la joven— todos fueron asesinados, mutilados.

El agente habló con una voz intimidante, haciendo hincapié en la palabra “mutilados”. La muchacha hacía movimientos nerviosos con las manos.

–Fue aquel ser, ¿Verdad?

Hanna quedó en silencio.

–Mira chica —el agente agarró una silla y se sentó con parsimonia, hizo un movimiento circular con el cuello y siguió con aquella mirada penetrante— ese asesino te tuvo prisionera y nosotros llevamos años intentando atraparlo —hizo una pausa— ¿Qué tal si ayudas a este viejo sheriff?

La joven bajó la mirada y recordó con angustia la mano de aquella criatura agarrando su cuello con fuerza. Su mirada se oscureció y se llenó de lágrimas nuevamente. Asintió con un nudo en la garganta.

–Le ayudaré agente.

El viejo se levantó del asiento con una sonrisa mostrando su dentadura.

–Así se habla —el sheriff miró a su compañero— volveremos cuando tengas mejor aspecto.

Ambos miraron a la muchacha desde la puerta y desaparecieron acto seguido, dejando un aroma a tabaco en la sala.

Hanna observó su ropa en una silla próxima a la única ventana de la habitación. Estaba limpia. Levantó la cabeza al ver a una muchacha aproximarse a ella con una bandeja.

–¿Cómo te encuentras? —preguntó con una sonrisa.

La joven sonrió ligeramente.

–Mejor, gracias.

–Supongo que tendrás hambre —la enfermera dejó la bandeja en la cama.

Hanna abrió los ojos y parpadeó dos veces. La enfermera observó a la joven con una sonrisa.

–Gracias.

La figura de la joven enfermera de esfumó de la habitación pero Hanna ni lo notó, siguió devorando todo lo que había en la bandeja hasta llenar su vacío en el estómago. Apartó la bandeja y se recostó en la cama sintiendo como su herida iba sanando poco a poco. Giró la cabeza, era de día y las nubes no dejaban pasar los rayos de sol. Cerró los ojos lentamente y se quedó dormida.

 

Cuando despertó todo estaba en silencio, ni un insignificante sonido. Sin expresión en el rostro se incorporó, tocó el suelo con sus pies descalzos y se levantó de la cama ayudándose de una barra de hierro. Se aproximó a la ventana y miró su reflejo en el cristal, la lluvia parecía que no iba a cesar nunca. Sus verdes y vacíos ojos se posaron en el gris paisaje, todo parecía triste fuera. Tocó el cristal helado con la mano y dejó su huella, acto seguido escribió su nombre con el dedo, sonrió amargamente y volvió a la cama con pasos lentos. Observó su nombre junto con las gotas de lluvia en la distancia. Un hombre entró en la habitación.

–Vístete —clavó una mirada a la joven.

Hanna frunció el ceño confundida.

–Tienes mejor aspecto —el sheriff dio una calada al cigarrillo y sonrió mostrando sus dientes amarillentos.

–Pero agente, yo…

–No querrás hacer enfadar a un policía, ¿Verdad muchacha? —el sheriff dejó descansar las manos en el cinturón.

Hanna llevó la mirada al arma que el sheriff tanteaba con el pulgar.

–No, señor.

El viejo agente mostró su sonrisa más sarcástica y salió de la sala dejando tras de sí ese aroma a tabaco que Hanna odiaba. Volvió a salir de la cama y se vistió con la mayor velocidad que pudo. Hanna caminó hacia la salida custodiada por los dos agentes hasta llegar al exterior. La lluvia golpeaba con fuerza el capó del coche del sheriff.

–Adentro —el viejo agarró a Hanna de la nuca y la metió en el coche, con una sonrisa triunfante y el cigarro entre los labios miró a su compañero y entraron en el coche— Ponte cómoda.

Hanna observó ambos agentes desde el asiento trasero, giró la cabeza y se quedó hipnotizada por la lluvia el resto del camino. Escuchaba la voz del sheriff en un segundo plano, lejana. Fue un bache el que le hizo salir de sus pensamientos.

–Vamos, ahora te toca a ti —el sheriff bajó del coche y puso sus viejas botas en el barro.

La joven hizo lo mismo, se refugió entre sus brazos al volver a sentir aquel frío infernal. Clavó sus ojos vacíos en los del sheriff.

—No está lejos.

Agachó la cabeza y les llevó a través del bosque, aunque no era consciente.

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  • Un grito le sacó de sus pensamientos. Llevó la mirada a aquel ser desde la distancia, apenas escuchaba los gritos de súplica de la pobre muchacha, algo se había roto dentro de ella.

    La joven observaba aquel ser desde la otra sala, con una sonrisa leve en los labios.

    Sus zapatillas se hundían en el barro a cada paso que daba, cobijándose entre sus brazos y con la mirada perdida siguió el camino de vuelta a la vieja cabaña sintiendo la mirada del viejo sheriff.

    La noche era fría y la lluvia no había parado por entonces, casi impedía ver más allá. La muchacha observó al agente con dificultad, cerró los ojos y se desplomó en el barro.

    Caminó por la frondosidad del bosque bajo la lluvia, ya no le importaba el frío, pensó en el saco lleno de comida que había dejado olvidado junto a su chaqueta, tampoco le importó.

    La muchacha observó al ser en silencio, perpleja.

    Aquel ser dejó descansar el cuerpo sobre una rodilla y miró el rostro de la muchacha. Tocó su rostro y sintió que una voz le hablaba en su interior.

    La muchacha permaneció inmóvil y sintió como ese ser avanzaba hacia ella. Miró sus manos salpicadas, se incorporó sin dejar de apartar la mirada de sus manos.

    El aire era puro y solo podía escucharse el sonido del bosque, esa mañana hacía algo más de frío, el verano llegaba a su fin.

    Apoyó las manos clavando la mirada hacia la vieja madera del muelle, sintió que el agua que había tragado le trepaba por la garganta, vomitó lo poco que había comido. Se incorporó con el machete entre las manos.

Aunque no soy tan buena como ustedes me gusta escribir, sobretodo género de terror o misterio. "Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también te mira a ti"

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