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6 min
Cuando el coronavirus nos alcanzó
Reales |
23.04.20
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Sinopsis

La reseña de una ciudadana mexicana que, como millones de personas en el mundo, fue tomada por sorpresa por una nueva e imparable enfermedad.

No me esperaba que esto llegara a tanto. Creo que pocos lo esperaban ¿Quién iba a imaginar que la mayor amenaza a la salud mundial y a la economía mundial fuera a salir de un mercadillo en China? En todo caso, para entonces, finales de 2019 y principios de 2020, lo que se consideró como el gran peligro para la estabilidad global fue el conflicto entre los Estados Unidos e Irán y su respectivo intercambio de misiles. Muchos ya veían venir aquello, después de todo, la tensión diplomática entre ambas naciones se remontaba a varios años, y era lógico suponer que este año la cosa acabaría por explotar y derivar en una formal conflagración bélica. Fue por eso que más bien todos pusimos los ojos en el Medio Oriente y no en su otro extremo, de donde vendría aquello que ahora nos aflige. Preocupados por el armamento de gran calibre y poder, olvidamos que un diminuto organismo, tan pequeño que ni siquiera puede ser visto por los ojos o incluso por cualquier microscopio, podía generar la misma conmoción y destrucción que la devastadora guerra que muchos pensaban se desataría.

Mientras el patógeno comenzaba a producir estragos en Wuhan, millones de personas en el mundo, ajenas a ello, elaboraban planes para el futuro; y entre ellos estaba yo, mujer adulta próxima a los treinta. En el aspecto personal y laboral, me parecía que el 2020 no sería distinto a los demás, lo que me reconfortaba y decepcionaba a la vez. Anhelaba poder asistir, en mayo, a una convención de comics regional, a la que había ido el año previo y que me había significado una grata experiencia que deseaba repetir. También tenía proyectado hacer pequeños viajes a destinos cercanos y visitar a familiares cuya residencia dista de la mía. Pero, en particular, mi sueño era poder ingresar a la universidad para estudiar una nueva carrera. Transcurrieron los días del nuevo año, y así también el peligroso avance del nuevo virus a través del territorio chino y otros países cercanos, lo cuál fuimos atestiguando gracias a los puntales informes de las agencias noticiosas tradicionales. Para entonces, y al hacerse evidente que esa enfermedad no habría de ser un asunto menor, comenzó a surgirme cierto temor e incertidumbre, los cuáles paliaba con un pensamiento: México se encuentra muy lejos de China, y mientras no se expanda mucho más allá de esa zona, nada malo habrá de ocurrir aquí. Empero, la epidemia, lejos de quedar contenida en Asia y Oceanía, no demoró en llegar a Europa y, mucho peor, a los Estados Unidos; lo que sólo supuso una angustiante realidad: que aquella amenaza, bautizada oficialmente como COVID-19, estaba rondando a la nación y su gente, aguardando sólo una oportunidad para hacerse presente.

Y, en efecto, no tardó en presentarse. A finales de febrero, se confirmó el primer caso en México. Ya por esas fechas el coronavirus se había instalado en otros países de Latinoamérica, siendo Brasil el más afectado. Cuando se hizo pública tal información, las alarmas de todos los mexicanos se activaron, en particular luego de que ya habíamos presenciado los estragos que la ahora llamada pandemia había causado en lugares como Italia, Inglaterra y España. Pero, en un inicio, la vida cotidiana no sufrió grandes cambios. Después de todo, había pocos y bien localizados casos, y mientras se mantuviera cierto control sanitario, los contagios seguirían siendo pocos. Yo aún mantenía la esperanza de que, a pesar de todo, ese maldito patógeno podría ser relativamente “misericordioso” con nosotros, y que, a pesar de todo, ni mis planes ni ninguna actividad de trascendencia para México se verían afectados. El tiempo me demostró lo ingenua que era: los casos se multiplicaron, se entró en la fase II de la epidemia y el libre tránsito quedó restringido. La Semana Santa y sus tan esperadas vacaciones quedaron canceladas, dejando a las playas y demás destinos turísticos tristemente desiertos. Los niños han dejado de asistir a la escuela y muchos adultos, que no tiene la opción de laborar desde sus casas, no poseen más opción que quedarse en sus hogares a esperar que todo termine pronto. Otros, en cambio, tiene que romper la ley de quedarse confinados pues, de hacerlo, se quedarían sin ninguna clase de sustento, aún sabiendo que son vulnerables a le enfermedad. Eso sin contar que, aunque este mal trago pase “pronto”, la economía nacional ya quedó considerablemente dañada. Lo peor es que, según reporta la misma OMS, lo peor a nivel global todavía está por venir.

Gracias a esta enfermedad, no pude realizar todos los viajes que deseaba. Prácticamente doy por cancelada esa mentada convención de comics, y ya ni siquiera puedo darme el pequeño gusto de salir a caminar por el centro de mi ciudad y sentarme a tomar una bebida, pues las bancas están acordonadas y el acceso está restringido. Lo que más me preocupa es la posibilidad de no poder inscribirme a la universidad; pues debido a la emergencia, los procesos de nuevo ingreso se han descontinuado, lo que supondría una posible cancelación a futuro y la probabilidad de que, por un año más, me quede sin estudiar. No obstante, trato de darme ánimos diciéndome a mí misma que, dentro de todo, soy de las afortunadas, pues todavía no me he contagiado de ese padecimiento… suerte que muchos no han corrido. Además, mis frívolos y simples planes no son nada comparados con otros tantos y mucho más trascendentes proyectos científicos y culturales que fueron pospuestos o cancelados en su totalidad por la inoportuna aparición de este coronavirus. Visto de ese modo, mis problemas y mortificaciones lucen pequeños, y suponen un verdadero consuelo.

Hoy se ha decretado la fase III de la contingencia, lo que supone una mayor limitación de tránsito y un casi total aislamiento social. Mientras las cosas parecen complicarse a mi alrededor, lo único que parece permanecer, en mi corazón y en el de millones de personas alrededor del mundo, es la esperanza; aquella que nos mantiene de pie y nos hace pensar en que estos días aciagos, por más oscuros que se vean, habrán de desvanecerse y entonces, sólo entonces, podremos realizar todo aquello que en estos momentos no podemos llevar a cabo…y volveremos a ser felices en compañía de aquellos a los que amamos.

 

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Apasionada de la literatura desde temprana edad, he comenzado a escribir desde los catorce años, primero por diversión simple, y ahora por una gran pasión y dedicación. Siempre espero innovar y transmitir mis sentimientos a través de las letras.

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