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7 min
CUANDO LA MUERTE ACECHA
Suspense |
07.12.14
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Sinopsis

Matías, tras haber retornado al pueblo, había sido visto en actitud sospechosa, por lo que los lugareños, estaban preocupados. Siempre había sido un ser conflictivo, de muy mal carácter, siempre metido en líos, por lo que todos sus vecinos, intentaban mantenerse alejados de él. Tras un desafortunado incidente, huyó a las montañas a refugiarse donde no fuese encontrado. Estaba en un error. El padre de Cristina, experto cazador, lograría encontrarlo y darle muerte.

Todo sucedió a finales del mes de octubre, durante una fría noche, en la cual, la luna, se hacía sutilmente visible a través de las escasas nubes que cubrían el cielo, emitiendo tan solo, una exigua, apenas perceptible luminosidad.

Como si de un felino rastreando a su presa se tratara, y aprovechando que la oscuridad me permitía desplazarme con rapidez sin ser descubierto, de madrugada, me adentre en una extensa y abrupta zona de pinar y matorrales. Un viento huracanado y gélido soplaba intensamente, agitando con inusitada virulencia las copas de los arboles. A pesar de ello, y dejándome llevar por mi instinto y por mi larga experiencia como cazador, logre penetrar en lo que era considerado un bosque siniestro y misterioso, en cuyas entrañas, se habían llevado a cabo, años atrás, unos desgraciados acontecimientos nunca del todo esclarecidos, pero aun presentes en la mente de los más viejos del lugar. Ataviado con prendas de caza, y sin más compañía que mi mochila y mi rifle, además de abundante munición, el único y firme objetivo que perseguía era avistar a Matías y darle muerte.

Tras varios meses ausente, este, había retornado al pueblo. Antes de su marcha, con frecuencia se le solía ver deambulando por las calles, revolviendo entre los contenedores de basura, en busca de algo que llevarse a la boca. Debido a su agresividad y a su mal carácter, sufría el rechazo y la desconfianza de todos. Preferíamos mantenernos alejados de él, al considerarle un ser conflictivo, de muy difícil convivencia.

Ahora, tras su vuelta, la gente estaba preocupada. Su extraña actitud, su comportamiento, nos hacia ser precavidos y mantenernos alerta. Desconocíamos sus intenciones. Había sido visto merodeando por determinadas zonas del pueblo, incluidos los alrededores de mi domicilio, ubicado en las afueras y, en cuyo jardín, solían estar jugando mis hijas durante sus ratos de ocio.

Al atardecer de aquel día, mientras mi esposa Laura y yo preparábamos la mesa para disponernos a cenar, Cristina, nuestra hija menor, se encontraba sola, correteando bajo los árboles frutales que se distribuyen por toda la finca. En ese momento, nos pareció oír unos suplicantes gritos de auxilio, que ambos, de inmediato, identificamos como de nuestra hija. Si, ...tras unos instantes de desconcierto, sin lugar a dudas, era su voz y parecía encontrarse en apuros. Salí de casa a toda prisa. Una vez en el exterior, al no verla, corrí en dirección a la parte trasera de la vivienda. Allí estaba, encima de ella. Pude verlo con absoluta claridad. Era Matías y jamás olvidare aquella espeluznante escena ni la expresión en el rostro de Cristina. Parecía muy asustada, totalmente aterrada. Su agresor, al percatarse de mi presencia, debido a los reiterados y sonoros gritos que emitía con objeto de ahuyentarle, por unos segundos, clavo en mí su perversa y malévola mirada. Al verse descubierto, sin posibilidades reales de culminar sus pretensiones, emprendió una rápida y precipitada huida en dirección a las montanas.

Me apresure a abrazar a mi pequeña que lloraba desconsoladamente. Su débil y frágil cuerpecillo de niña estaba frió y tiritando. La entregué en brazos a su madre y, al examinarla, pudimos comprobar que tenía la falda rasgada, además de algunos rasguños y pequeños hematomas en ambas piernas.

Una vez que puse este hecho en conocimiento de las autoridades locales, varios agentes de policía, acompañados de un médico, se desplazaron a casa para reconocer a Cristina y curar sus heridas. Ya bien entrada la noche, se llevo a cabo una asamblea en las escuelas, a la cual asistieron la mayor parte de los vecinos. En esta, se acordó formar una brigada y salir a primera hora de la mañana, con objeto de realizar una gran batida por los montes cercanos con la intención de capturar a Matías. Mi propósito, sin embargo, era otro muy distinto. Sin pérdida de tiempo, tomé mi equipamiento de caza y me puse en camino. Sospechaba donde podría encontrar su escondrijo. Durante el transcurso de una de las últimas cacerías, me había llamado la atención una vieja cabaña, en pleno bosque, utilizada anos atrás por los pastores para resguardarse del frío y la nieve durante los crudos inviernos que solían azotar la comarca. Se trataba de una pequeña construcción de piedra, sin ventanas, con una única puerta de entrada, cuyo tejado estaba hecho a base de ramas de árboles y, en la que aprecié ciertos indicios de encontrarse habitada.

Cuando conseguí llegar a dicha cabaña, me aposté a unos treinta metros de distancia, en un lugar que me permitía tener una buena vista de la entrada, a la vez que la densa maleza del lugar me mantenía oculto.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a irradiar en todo su esplendor sobre la comarca, camuflado entre la espesura, adopte la posición de tiro. Tendido sobre el terreno, utilice mi hombro derecho y la mochila - convenientemente colocada -, como puntos de apoyo, con objeto de tener una mayor estabilidad y firmeza a la hora de apuntar y efectuar el disparo. Sabia, estaba convencido de que no podría fallar; solo dispondría de una única oportunidad. En caso de errar el blanco, no tendría tiempo para volver cargar mi arma y tirar de nuevo.

Como había supuesto, tras una paciente y no muy prolongada espera, Matías, se dejo ver. Salió de aquel escondrijo desperezándose. En ese momento, comencé a seguir cada uno de sus movimientos a través de la mira telescópica. No se mantenía quieto ni un solo instante, lo cual dificultaba mi trabajo. De todos modos, no deseaba arriesgarme. Debía esperar hasta estar seguro de tenerlo a tiro. Mientras, trataba de mantenerme relajado, evitando crear tensiones innecesarias, lo que podría provocar que no disparase ocasionando un impacto certero. Confiaba en mi destreza de experimentado y buen cazador a la hora de apuntar y dar muerte a mi presa.

De pronto, se detuvo a beber agua en un bebedero de piedra que se encontraba situado a poca distancia de la cabaña. Fue mi oportunidad. En ese preciso instante, debido a que se quedo prácticamente inmóvil, logre apuntarle de tal modo que su cabeza se situaba - perfectamente centrada -, en la mira. Sin ningún tipo de duda, le tenía a tiro. No existían posibilidades reales de fallo. Por alguna extraña razón, quizás debido a su instinto o a su olfato, volvió su mirada hacia mi posición, como si percibiese mi presencia. Ya era demasiado tarde. Aprovechando la oportunidad, muy suavemente pero con energía, presione mi dedo índice contra el gatillo, ocasionándose una estrepitosa detonación. Como consecuencia del disparo, un duro y violento retroceso golpeo con fuerza mi hombro, a la vez que el canon se elevaba unos centímetros.

Rápidamente, sin desprenderme de mi rifle, me incorpore y corrí. Corrí apresuradamente, como no recordaba haberlo hecho antes. Le encontré moribundo, tendido sobre un pequeño montículo de tierra y barro, con su hocico medio destrozado como consecuencia del balazo recibido y las patas moviéndose ligeramente, debido a los pequeños espasmos que su lenta agonía le estaba provocando. Ese fue su final, el de Matías, un perro establecido en el pueblo, que siempre había ocasionado gran número de problemas y altercados, del cual, nunca se conoció su lugar de procedencia. Está claro que, no sólo para las personas, se puede aplicar aquel viejo dicho, "quien mal anda, mal acaba". Si el destino existe, el suyo era morir de manera violenta.

Paco Fernández

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    Matías, tras haber retornado al pueblo, había sido visto en actitud sospechosa, por lo que los lugareños, estaban preocupados. Siempre había sido un ser conflictivo, de muy mal carácter, siempre metido en líos, por lo que todos sus vecinos, intentaban mantenerse alejados de él. Tras un desafortunado incidente, huyó a las montañas a refugiarse donde no fuese encontrado. Estaba en un error. El padre de Cristina, experto cazador, lograría encontrarlo y darle muerte.

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