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14 min
Cuando la Suerte ya no tiene Cabida
Drama |
14.08.15
  • 5
  • 6
  • 801
Sinopsis

Alguna vez tenía que escribirlo.

La persiana estaba levantada a la altura donde debía estar. Tanta práctica lo había ayudado a desarrollar una especie de instinto para dejar la persiana justo en la misma altura en cada día.

Se levantó de la cama, provocando ésta más ruido que él. Intentó arreglar la cama, pero desistió. Le costaba mucho bordearla. Se fijó en los cuadros de tonos apagados sobre el cabezal y se preguntó cuáles eran los nombres de esos barcos. El artista no había tenido la consideración.

Salió de la habitación al pasillo, el cual, que parecía alargado a conciencia, devolvía reflejos entre la suciedad del suelo y en el espejo estirado que abarcaba el pilar que formaba parte de la pared amarillenta. Caminó como hipnotizado hacia el lienzo natural que la ventana abierta del baño justo al fondo mostraba. En el centro del luminoso recuadro había una casa con tejado marrón y marcos de ventanas verdes. Conocía esa casa aunque le fuese ajena. No sabía quién vivía allí, al fondo de ese todo en el paisaje, pero conocía la casa.

Escuchó el eco como un ladrido.

Se metió en el comedor y buscó por hacerse el desayuno. Para su sorpresa ya estaba preparado, lo más seguro que lo hubiera hecho la criada. Rebuscó por los cajones por la cuchara, guardando la que ya había junto al tazón. Le gustaba mezclar fruta con leche, y hacía tiempo que no veía una manzana tan roja y saludable como aquella. Le costó masticarla, por lo que la cortó sin merced, deleitándose en cada bocado. Una hora después había terminado, y se decidió por lo que tenía pensado nada más despertar… se decidió antes por una ducha.

El eco continuó ladrando.

Otra hora y terminaba. Le había parecido escuchar golpes justo en la pared. Serían obreros escondidos o atrapados por algún rincón. El agua le había resultado terrible, aunque él había pasado por mucho, y un poco de agua no suponía nada.

Regresó a la mente la manía, la necesidad de esa acción. Pero decidió postergarla un poco más.

Puso el televisor y enseguida se cansó. Apenas entendía los tiempos modernos donde vivía y que lo iban a despedir tarde o temprano. Tenía ideas de cómo arreglar el mundo, pero nadie escucha a alguien como él.

Se animó a ello. El ladrido insistió. Era idéntico en cada golpe, con misma intensidad y resonancia.

Se sentó en el sillón y cogió el teléfono para ponerlo en su regazo. Frunció el ceño al descolgar y colocar el audífono en su oreja. Destensó la cara y la arrugó de otro modo conforme marcaba. Al terminar se mantuvo mirando en la lejanía de la pared, como si allí estuviese el recuadro del baño, contenedor de colores y de la casa; pura viveza…

Se activó el contestador:

─Ho… ¿Hola? ¿Pedro? ─dijo y esperó unos segundos─. Mira ─tartamudeó─, que soy tu padre. ¿Cómo estás? Me preguntaba si querías que fuera a verte o, claro, claro, ven tú ─cambió el tono a uno de broma, aunque le costó─, que eres más joven.

Rió como cuando niño. No supo durante cuánto tiempo lo hizo.

─En, en fin, que me apetece verte que hace mucho. ¿Qué me dices? Que me tienes abandonado, hombre… que me enfado ─intentó gritar, pero no se atrevió─. Por aquí está todo como siempre, se han roto los relojes ─sonrió, pero no se percató─. La casa se cae a pedazos, por eso necesito que vengas a rescatarme.

La sonrisa se mantuvo. Su mirada entre arrugas, bajo unas cejas blancas como la nieve virgen, seguían observando escenas que ni él mismo comprendía.

─La verdad que estoy un poco enfadado. Me ignoras, y luego te disculpas como si eso lo arreglase. Un viejo necesita atención, y más si es tu padre. ¿Recuerdas lo que decía que cuando se llega a viejo se vuelve al principio? Volvemos a ser bebés, meros niños que no entienden nada salvo de miedo por cosas que siempre han estado ahí. Aunque se nos explique, ya lo sabemos, pero mira, somos de manías las personas, ¿qué te voy a contar a ti? Y más si son niños o ancianos…

Enmudeció. Se sintió como si el eco lo hubiese interrumpido.

─Aunque no vengas, nada más escuchar esto me llamas. Así me tranquilizo un poco. Pero sólo un poco, ¿eh? ─dijo y volvió a reír sin tiempo─. Venga, Pedro. Sí, venga.

Colgó. Su rostro en la distancia se transformó por un segundo en algo surcado de líneas profundas, como si algo hubiese succionado su cara desde dentro. Con calma dejó el teléfono en su sitio y se levantó a pensar en ir a comprar. Descubrió que la criada había comprado, así que se dispuso a hacerse la comida.

 

Por la tarde se escuchó cómo se abría la puerta de casa. Lo pilló sentado en el sillón, junto al teléfono. Se mantuvo centinela y por la puerta del comedor vio entrar a su hijo:

─Hola, papá, ¿cómo estás?

No dijo nada, se mantuvo atento a ese hombre que había criado y del que ahora los papeles se invertían. Le daba rabia.

─Hola.

─¿Todo bien por aquí?

El silencio regresó por un momento, sin crear tensión alguna.

─Mírame, ¿por qué iba a estar mal?

Fue entonces su hijo el que no dijo nada. Se movió para salir del comedor, escuchándose cómo se metía por alguna puerta y rebuscaba por bolsas y alguna caja.

El ruido le molestaba por culpa del eco. Qué gemelo era en cada vez.

─Papá ─se escuchó a la vez que el hijo regresaba al comedor─. ¿Te has tomado tu medicina?

─¿Por qué?

─Porque sí.

Su hijo se acercó al mueble acristalado donde la televisión y abrió para buscar por un cajón alargado de debajo. Sacó la caja y comprobó las pastillas. Pareció contarlas a conciencia.

─Anda, trae, Luis ─dijo el padre un poco resentido─, que ya me las tomo.

─No, no ─dijo con calma. Giró la cara para mirarle─. No hace falta.

─Pues vale, mejor.

─¿Y por qué, papá?

Pero no hubo respuesta.

Su hijo Luis se incorporó tras guardar las pastillas y cerrar el cajón con cuidado. Se acercó a su padre para hablarle:

─¿Qué tal el día?

─Como siempre.

─Ya.

Un nuevo silencio se produjo, de un aire cotidiano. Él se animó a hablar:

─He llamado a tu hermano, a ver si tiene ya la cara de presentarse por aquí.

El silencio se convirtió, similar a cuando entra una corriente repentina de aire frío. Se fijó en el rostro de su hijo. De normal siempre tenía la frente alargada y las cejas caídas. Su sonrisa era irónica, pero se había convertido en otra cuando le comentó lo de la llamada.

─No creo que venga, papá.

─¿Qué está enfadado? Siempre está igual…

─No, que va. Es que si no vas tú a verle él no creo que lo haga.

─Eso es, es un descarado…

─¿Vamos a verlo? Me apetece ir verlo, la verdad.

Al decirlo su sonrisa se transformó en una tercera expresión que no supo reconocer.

─No sé si quiero ir, porque le pienso gritar todo lo que le debo.

─Vamos, que creo que te hace falta.

─Pues sí ─dijo y comenzó a incorporarse. Su hijo se acercó para ayudarlo─, porque me tiene aquí amargado.

Eso causó una impresión invisible. El eco acompañó a la emoción.

 

Costó su tiempo para subirlo en el asiento del copiloto. No aportaba, y las quejas eran peso añadido. Una vez convencido de que se calmara, su hijo subió donde el volante y arrancó.

La travesía fue tranquila. De normal su hijo Luis iba pisando a fondo, pero con él se comedía como cuando se sacó el carné. Más que por respeto paternal, sentía una deuda por todo lo que aprendió de su padre, incluido conducir.

Fueron atravesando la ciudad hasta llegar a la periferia. Eso lo extrañó:

─¿Qué haces, tonto? Por aquí no vive Pedro.

─¿No recuerdas que se mudó?

Le mentía, su hijo le estaba mintiendo a la cara. ¿Qué pretendía? Sin embargo se contuvo por si acaso era una sorpresa por parte de su hijo Pedro. Eran de bromas y fiestas improvisadas, y no le sorprendería que fueran a una casa alquilada para el reencuentro. Eso no justificaría que lo perdonase, pero como todo buen padre acabaría haciéndolo…

Vio la puerta del cementerio. Pudo apreciar bien el enrejado oxidado entre bajos muros blancos debido a que su hijo comenzó a disminuir, como si tuviese la intención de…

─¿Qué haces aparcando?

No obtuvo respuesta, y eso le hizo gritar en vano. Su hijo lo ignoró, bajando del coche una vez terminó, sin inmutarse en ningún momento ni cuando su padre le alzó la mano. Éste lo vio desde dentro cómo se encendía un cigarro y se quedaba mirando al cielo. Luego lo miró como si lo estuviese esperando. Con cierta rabia salió del vehículo y dio un portazo. Eso no impresionó, salvo a unos pájaros que saltaron de un árbol en proceso de crecimiento.

Su hijo siguió como si nada. Terminó el cigarro, lo tiró y se fue moviendo arrimado al muro, golpeteándolo con los nudillos, hasta la entrada del cementerio. No tuvo otra que seguirlo:

─¿Dónde vas? ¿Qué es esto?

─Solemos venir aquí.

─A tu madre no quiero verla ni en pintura.

─Lo haré yo, no te preocupes.

─Entonces me espero fuera –dijo y se detuvo.

─No, no lo harás. Siempre acabas entrando.

Dijo su hijo y desapareció por la entrada.

El sol ya se notaba cansado, expulsando el anaranjado de su fatiga. Jamás le molestaba ver el cielo durante largos ratos. Mira si había días en la vida y el cielo nunca es igual. De normal pensamos que tiene dos colores, día y noche, pero en verdad tiene muchos, y era algo que jamás le importaba comprobar…

El eco comenzó a tener voz propia. No reconocía las palabras, seguían siendo ladradas.

Miró a lo largo de la pared hacia la puerta. Estaba entornada porque pronto cerrarían el cementerio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí su hijo. Estaba impaciente desde el principio de ir allí, pero iba rozando el colmo.

Se dejó derrotar y se acercó para buscar a su hijo. Nada había cambiado desde que sus hijos eran unos críos, cuando se escapaban en busca de alguna aventura que sólo estaba en su imaginación. El mundo real resultaba peligroso, y era un milagro que a ninguno le hubiese sucedido algo… fue cruzar el umbral de entrada que sintió algo. El eco seguía ladrando, pero estaba mucho más lejos.

Su hijo tenía razón, había estado allí no hace mucho.

¿Por qué?

Caminó entre las hileras de paredes decoradas por fotografías y flores. Había de todos los colores, tantas como el cielo, pero las fotos le resultaron apagadas, como si allí el color en una fotografía no estuviese permitido. Era como en aquella época que todo era en blanco y negro… lo encontró de pie, al fondo de uno de los pasillos entre bloques de tumbas como gruesas paredes.

Caminó hacia él y entonces comenzó a notarse pesado. Sus huesos recordaron que estaban desgastados, y los dientes dolieron de repente. Se le nubló un poco la visión y notó un sabor raro en la boca. Chasqueó y se sintió molesto, mucho más si era posible. Apretó con fuerza los párpados al pestañear. Se percató que lo hacía así todo el tiempo.

Miró a la cara de su hijo y le preguntó, pero no recordó el qué. Le siguió hablando pero no sabía qué le decía, se le olvidaba al segundo. Su hijo no reaccionaba, se limitaba a mirar a una de las tumbas con los ojos un tanto abiertos, mesmerizado como si aún estuviese fumando, hacia un epitafio en mitad de tantos que anunciaría la gracia que tenía esa persona… giró y se encontró con su hijo Pedro. Era su foto, una que él mismo había tomado.

El eco se convirtió en recuerdo. Un accidente. Se sintió culpable. Conducía él. La culpabilidad tenía voz propia desde hacía mucho.

Conducía él por pura y simple responsabilidad de padre. Un padre siempre hace lo correcto.

Arrugó la cara y quedó irreconocible. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. Su expresión era entre dolor y miedo, como si estuviese a punto de ser ejecutado frente a un fusil. Sus piernas se debilitaron y sin darse cuenta estaba arrodillado. Continuó temblando, y el tiempo volvió a dejar de existir, expulsado en forma de lágrimas por sus mejillas.

 

Recordó qué es lo que siempre les decía a sus hijos cuando estos excusaban con que alguien, sobre todo él, había tenido suerte. Él recriminaba y ellos enseguida respondían lo que solía repetir, “que suerte es destino”. Entonces sonreían con complicidad. Las palabras son más fuertes que los recuerdos, y más si son palabras hechas recuerdo…

 

 

La persiana estaba levantada a la altura donde debía estar. Tanta práctica lo había ayudado a desarrollar una especie de instinto para dejar la persiana justo en la misma altura en cada día.

Se levantó de la cama, provocando ésta más ruido que él. Intentó arreglar la cama, pero desistió. Le costaba mucho bordearla. Se fijó en los cuadros de tonos apagados sobre el cabezal y se preguntó cuáles eran los nombres de esos barcos. El artista no había tenido la consideración.

Salió de la habitación al pasillo, el cual, que parecía alargado a conciencia, devolvía reflejos entre la suciedad del suelo y en el espejo estirado que abarcaba el pilar que formaba parte de la pared amarillenta. Caminó como hipnotizado hacia el lienzo natural que la ventana abierta del baño justo al fondo mostraba. En el centro del luminoso recuadro había una casa con tejado marrón y marcos de ventanas verdes. Conocía esa casa aunque le fuese ajena. No sabía quién vivía allí, al fondo de ese todo en el paisaje, pero conocía la casa.

Escuchó el eco como un ladrido.

Se metió en el comedor y buscó por hacerse el desayuno. Para su sorpresa ya estaba preparado, lo más seguro que lo hubiera hecho la criada. Rebuscó por los cajones por la cuchara, guardando la que ya había junto al tazón. Le gustaba mezclar fruta con leche, y hacía tiempo que no veía una manzana tan roja y saludable como aquella. Le costó masticarla, por lo que la cortó sin merced, deleitándose en cada bocado. Una hora después había terminado, y se decidió por lo que tenía pensado nada más despertar… se decidió antes por una ducha.

El eco continuó ladrando.

Otra hora y terminaba. Le había parecido escuchar golpes justo en la pared. Serían obreros escondidos o atrapados por algún rincón. El agua le había resultado terrible, aunque él había pasado por mucho, y un poco de agua no suponía nada.

Regresó a la mente la manía, la necesidad de esa acción. Pero decidió postergarla un poco más.

Puso el televisor y enseguida se cansó. Apenas entendía los tiempos modernos donde vivía y que lo iban a despedir tarde o temprano. Tenía ideas de cómo arreglar el mundo, pero nadie escucha a alguien como él.

Se animó a ello. El ladrido insistió. Era idéntico en cada golpe, con misma intensidad y resonancia.

Se sentó en el sillón y cogió el teléfono para ponerlo en su regazo. Frunció el ceño al descolgar y colocar el audífono en su oreja. Destensó la cara y la arrugó de otro modo conforme marcaba. Al terminar se mantuvo mirando en la lejanía de la pared, como si allí estuviese el recuadro del baño, contenedor de colores y de la casa; pura viveza…

Se activó el contestador:

─Ho… ¿Hola? ¿Pedro? ─dijo y esperó unos segundos─. Mira ─tartamudeó─, que soy tu padre.

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  • Un relato estremecedor para mi gusto. Además de los comentarios anteriores, lo que más me impresiona es la situación de esa persona que vive de espaldas a la realidad, que habla con un hijo que está muerto y que no ha superado el sentimiento de culpabilidad de ese accidente, motivo de todo el conflicto. Los días son pura repetición. Tremendo dibujo de vidas sin retorno.- Enhorabuena.- Saludos
    Muchas gracias a todos por los comentarios :D La rutina es algo que nos mata a todos como un veneno y sin darnos cuenta. Es una de mis obsesiones, y supongo que está vinculada al tiempo, mi archienemigo no declarado... Alejandro, te agradezco mucho las observaciones. Me faltó un repaso más, porque reconozco las repeticiones. Hay vicios que cuestan de matar jeje. Que me hayas hecho esta reseña tan positiva me llena de fuerzas. Prometo superarme en el próximo relato largo ;)
    Ahí voy: Tratas muy bien la rutina de este hombre al que el eco reconcome y no sabe muy bien por qué. Lo dibujas en sus tareas, cansado y enfadado y sigue sin saber. Obsesionado con el hijo que no le hace caso. Creo que cuentas muy bien el sentimiento de culpabilidad tras la enfermedad. El final resulta muy ocurrente (te quedó un poco larga la repetición), y refleja claramente como todos los días son el mismo para este hombre. Si me permites el atrevimiento, como el texto merece mucho la pena, te recomendaría que le dieras un repaso, pues de vez en cuando repites la misma palabra en una frase o en un párrafo. Creo que con un sinónimo quedaría más "limpio". Definitivamente, un gran trabajo
    Me emocionaste, macho. Cuando salga del curro te comento más a fondo.
    No hay nada que mate mas que la rutina del dia a dia
    Me ha hecho recordar que soy un animal de costumbres, de rutinas, al más puro estilo Rain Man (jajaja), si me sacan de mi rutina estoy perdido. Quizá escribir es lo que me hace salir de la rutina para vivir cierto caos peligroso....jeje
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    Para mi stalker favorita.

    Cuando el mundo se transforma de un instante a otro.

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Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

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