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15 min
Cuarto Vacío
Reflexiones |
04.01.15
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Sinopsis

La vida del escritor. La vida del profundo. La sensación de intemperancia que produce ver una página vacía; muda e incómodamente virginal. La llegada de la locura, camuflada por el romanticismo y la elocuencia. Y al final, el amor, como siempre, o como nunca. El olvido de todas las cosas, la espera del reencuentro y la paz.

Y es una tortura, verdaderamente punzante, como si alguien me empujara a punta de lanza, hacia el precipicio; si acaso es lo que hacemos todos los escritores, arrojarnos hacia aquellas piedras espumosas y picudas, que son las letras, las ideas y los puntos y las comas. Ya no recuerdo desde cuando (debe ser desde siempre) una hoja en blanco significa un hueco, una falta, me duele verla así, en blanco, nada, muda. Siento que al terminar un cuento o poema u obra de teatro, doy vuelta la hoja de mi libretilla, y ahí esta, virginal y quizá, deseando que derramen sobre su piel, gotas y rayones de tinta, o algún dibujo con carboncillos, algo, para dejar la quietud, la nada. Debido a esto, y a un par de cuestiones más que no valen aclarar, he escrito (vastamente pero no demasiado) cada vez que he evitado que aquella lanza alcance mi vientre o estómago, arrojándome gustoso quizá, a esas piedras sin adjetivos obvios. Ya el jueves pasado llené todos mis cuadernos y mis libretas, mis cartas y mis sobres; y antes de comenzar con esto, rellené con un poema a mi juicio intelectual, una ya satisfecha servilleta de papel; digo satisfecha porque ahora es una servilleta con un poema, y puedo estar tranquilo; tal vez la olvide o la tire o la queme, pero ya la escribí, y no tendré que levantarme a las tres de la mañana, por el pesar de no haber escrito aquel poema en esa dichosa servilleta, que me figuraría, en el instante en el cual mis ojos apagan la luz del velador, ahí, reposando sobre el servilletero, vacía y blanca, y con motivos florales en azul índigo.

Isabela hace minutos en el teléfono; me indicó que descanse bien, que coma muchas almendras, y que me despeje en la arena, que tengo al poner un pie afuera de casa. Que me conseguirá una libreta nueva, más grande, y muchas hojas de su oficina, que normalmente tiran. Pero sobre todo; que le brinde algo de ocio a mi mente. Y fue decirle, gracias hijita, gracias. ¿Qué puede saber ella, hermosa, la tortura que me endulza todos los días, desde la comisura de la boca, hasta las lagrimas de mi buscada soledad? Porque así debe ser, cuando publico un libro de cuentos o poemas o vaya a saber de que carajos. Vino y Chopin y trasnochada con Isabela y Oscar, sus parejas y mis nietos, y recordar a María, y Benito dormirse en cuatro sillas a modo de cuna, después ver a Oscar llevándolo en brazos hasta el auto, seguido de la familia que se va, porque es tarde, e Isabela haciéndose un café, porque ayer tomó una copa de vino. Luego de verlos irse en caravana, con los bostezos y las ojeras, es voltear y ver el alba, sobre la arena, sobre mi cabaña, celeste y vacía. Es sacar mi sillón a la playa, y abandonarme en él, sintiendo la brisa del mar, helada e inmensa, verde y azul, golpeándome como un suspiro en las sienes, en los labios. Y después de eso, la soledad. Llorar de felicidad, porque estoy triste; y es que soy escritor.

 

Trémula soledad, abarca ya mi sentir...

y si el alba me tiñe de celeste...

no quiero que me vengan a buscar...

porque no los busco ni los buscaré...

ya que la noche me exilió...

de los días y las horas, del ayer...”

 

Acabo de terminar otra pared, ya son tres, y completas. En la primera, escribí un cuento infantil; nada extraordinario, vaqueros, caballos, y un cactus que sin querer, les da a un par de vaqueros al pie del duelo, una moraleja sobre la insensatez de dichos enfrentamientos. No fue fácil escribir en el revoque fino, con un lápiz HB sin punta, mojado de vez en vez en tinta china, pero la escribí toda (si quisiera demolerla o si cayera por un por demás improbable tornado o huracán) Como había terminado ya el cuento, y aún no completaba esa bendita pared, lo desgracié con frases estúpidas y resabidas, pero al fin, ahora la olvidaré; y podré descansar sin ese pesar, podré olvidarme desde el olor de la montura del caballo del vaquero Spencer, hasta el verde insulso del cactus parlante. Es como una tarea cumplida. Como algo que se tenía que hacer, acaso digamos, destino.

La segunda pared, tiene dos ventanales grandes, y una puerta vieja. Allí escribí un par de poemas, con un tema en común: el mar. Un poco de mis sueños, al dormirme al alba en la playa, después de Oscar y los bostezos, de Chopin y Benito en brazos. Un poco de María, de los bellísimos ojos de María, que aún recuerdo y amo, como el primer día que me desperté sintiendo que la amaba. Fue tener un millón de razones para decirle; te amo. La última pared que escribí, aún tiene la tinta fresca sobre su piel, color beige blancuzco. Pretendiendo ser un cuento, solo parece ser algo así como una anotación para mi mismo. Como si me hubiera escrito a mi mismo, en toda esa pared, que aún espera que se seque la tinta, jovial. Las letras son enormes, por cansancio o quizá, por querer plasmar aquellas palabras para mi, de forma espontánea, dejando al puño moverse a voluntad propia, manejada detrás por el destino. Como si se tratara de un mensaje urgente, de mi subconsciente o vaya uno a saber de que o quien.

Ya parece haberse secado, y reza así:

 

Y que. Que vivirá después; ahora que se supo mortal...

Sostendrá quizás, todo esto con sus manos...

Quizás, quizás, quizás...

Pero si de noche no duerme, de realidad se bañará...

Y la vida será más pesada, goteando realidad...

Conocer el amor, ser el amor, dejar de amar...

Porque a todos les pasa todo, quizás...

Porque ella también amó, quizás...

Porque la soledad no mata, quizás...

Quizás todo es mentira, y nadie es culpable...

Pero también quizás, nunca nadie lo amó...

Y quizás él nunca habló, nunca suspiró, nunca vivió...

Es verdad, es mentira, es un quizás...

Y es como una respiración pesada...

Quizás sea porque se esta muriendo...

O porque esta amando, quizás, quizás...

Quizás.”

 

Fuera esta la tormenta, por suerte no es estival, y es tierna por su debilidad. Isabela vendrá hoy, al mediodía; me telefoneo. Desde anoche estoy despierto, ya escribí cinco o seis paredes completas, cuentos, poemas y ahora que lo pienso; debería haber escrito una novela en esas cinco o seis paredes, pero mejor la escribo en las paredes del exterior de la cabaña, que son ocho, contando el extenso portón del garaje.

El café amargo no es tan sabroso, cuando uno esta sin dormir y escribiendo paredes durante toda la noche e inclusive al alba. Son las nueve y veintitrés, y las gotas ya son rocío, que acaricia los ventanales. Estaba pensando en la lluvia... Y una lagrima se me escapó, perfecta en su geometría y también, porque no, en su sabor, fue como si el tiempo se dilatara y todo fuera más lento y fácil de sentir y comprender; ralentizada se perdió en una arruga cerca de mi boca, y su esencia, salada, fresca y amable, llegó a mis labios, a mi lengua, a mi paladar, que la esperaban en común unión, estoy seguro.

Isabela vino al fin, pero se fue tan rápido, por que mi pareja esto y aquello, por que Sofía llega tarde al colegio; y solo me quedó la imagen del pañuelo que tenía en el cuello, verde decorado con figuras bordo, un indicio de perfume importado dulzón, y nada más. Y entonces, ahí esta la libreta que me trajo, que de verdad es grande, y una caja llena de hojas para impresora, irritantemente en blanco, vacías; y algunas mal impresas, con letras cortadas, borroneadas. Estas últimas me revientan las sienes; debo leer (o intentarlo) todas las palabras que tengan mal impresas, o todo signo que parezca una palabra, y de allí, de allí mismo, dar sentido, formar algo con eje y dirección. Una historia, un cuento o poema o ensayo, a partir de esas malogradas palabras inconclusas, que solo son usadas por los oficinistas. Esa es, por alguna razón del destino, la única forma de escribir en ellas, carajo.

Ya es jueves otra vez; y no queda nada de aquella llovizna sutil. Solo quedan las paredes escritas, para siempre. La novela que tenía en mente ya la escribí, pero como las paredes exteriores de mi cabaña estaban húmedas de rocío, decidí escribirla en cada espacio vacío de letras que quedara dentro de casa; muebles y ventiladores de techo, cortinas y (difícilmente) griferias. En todo; en cada arista y en cada curva, en cada espacio en blanco dentro de mi cabaña, menos en las paredes, esta ahora escrita mi segunda novela, Después de Pandora, de modo que es casi imposible leerla, o inferir acaso de que se trata realmente. Es la historia de un muchacho, adolescente aún, que debido a una colisión sentimental contra B se da cuenta de que A no es lo que él veía, sino más bien es a, y además también cae en la cuenta de que B tampoco es B, sino b. Pero ahora él, que era un idólatra, toma el lugar de ídolo, de Dios, tanto que se cree α y ϕ, sin lugar ya para a, b,c o cualquier letra de cualquier abecedario de cualquier idioma. Todo desarrollado quizá, en una turbada ciudad inglesa, como un Londres ficticio, con calles y gentes y días grises, coronados con rocíos interminables. El día viernes esta próximo...

 

Quiero que me culmines, alba...

Que me sofoques de la buena forma...

Ahora que me olvido de todo...

Quizá para que todo se olvide de mí...”

 

He encendido una gran fogata a unos metros de mi cabaña, y la verdad, verla bajo la luz celeste de la luna, y la luz naranja y amarilla del fuego, es una de las cosas mas bellas que he visto, sin dudas. Ambas luces se cruzan, se tocan y juegan a poseer mi cabaña, que se deja transformar cada segundo, a voluntad de la luna, y del fuego, que consume poco a poco, los troncos y las ramas secas que encendí con unos fósforos y una servilleta que mostraba orgullosa un poema. El alba esta lejos en horas aún, tengo tiempo para rellenar todas las paredes exteriores de mi cabaña, que ahora se mueve, de izquierda a derecha y un poco hacia atrás y arriba. ¿Pero qué escribir ahora? ¿A donde me llevó esta fantástica carrera por olvidar las cosas? ¿Donde escribiré, cuando ya no queden paredes? (…)

De pronto recuerdo los escritos de María, tan románticos y dulces, como un te amo suspirado a los labios... Al entrar nuevamente a nuestro dormitorio, después de siete años, noté con escalofríos y extrema quietud, que permanecía en blanco, pero inexplicablemente el vacío no me molesto, ni me pareció un error; fue sentirme en paz, fue tener silencio, plenitud. Sobre nuestra cama, en la pared, un retrato suyo, que le hice pintar décadas atrás, por un pintor callejero en París durante unas vacaciones durante un espléndido setiembre, como regalo de aniversario por nuestra boda de oro. Fue caminar lentamente, como pisando placenteramente una alfombra de recuerdos. Ver la mesita de luz, sus anillos, sus collares de cadenas finas de oro, su foto en un portarretratos de Francia, una pequeña torre Eiffel de alpaca, que sostenía unos aros con piedras preciosas. En el guarda ropa, sus incontables vestidos, azules, verdes lima, rojos, dorados y negros perfectos en elegancia. Sus moños y su pijama beige, tan delicado como sus labios o tal vez; su mirada. El olor a jazmín inundando el cuarto, no se debe a las flores de plástico que hay en la cama, perfectamente tendida, tal olor viene desde...

En el piso del guarda ropa, estaba su caja de según, decía ella, cosas que emanan amor. Allí guardaba sus escritos, que son poemas y un par de cuentos infantiles. La tomé y la traje aquí afuera, la puse en una silla, junto a una copa de vino. Lentamente fui sacando de su cuaderno los poemas, uno mas dulzón y tierno que el otro, sus cuentos, siempre con una enseñanza sobre la moral. Y así, uno por uno, los comencé a escribir hasta completar las ocho paredes exteriores de la cabaña, que ahora se mueve menos, porque el viento ha cesado, y el fuego permanece estoico. El alba trajo hasta esto (poemas, amor, dolor de muñecas, de espalda, arena, madera, tinta china, fuego, brasas) a un par de turistas; aparentemente yankes adinerados. Y difícilmente comenzó nuestra charla:

 

-Hola amigo (pronunciado como pronuncia tales palabras un turista de Estados Unidos)

 

-Hola, ¿como están?

 

-Bien, bien gracias, ¿Y tú? (contestó la mujer de igual forma)

 

-Bien, gracias. ¿Qué los trae por aquí?

 

En ese momento noté en sus caras, que no me habían comprendido; no del todo.

 

-Disculpa, tu casa es muy hermosa, queríamos felicitar...(contestó el hombre, articulando las palabras como el yanke que era)

 

No paraban de sonreír, y de a ratos, miraban por sobre mí, a mi cabaña, a mis letras. Una de las veces voltee la cabeza y la vi, de verdad estaba hermosa, acogedora y totalmente escrita. Parecía una visión, o quizá mejor (mucho más descriptivo), un cuadro de Dalí; con esos inconfundibles toques, fantástico y sobre lo real.

 

-¿Cuantos años le ha tomado, señor? (me preguntó la señora con aire desalentado, pero sin parar de sonreír)

 

-Muchos... (le contesté mirando junto a ellos la cabaña)

 

Permanecimos algunos minutos mirándola, anonadados; era como que en cualquier momento la cabaña fuera a desaparecer, o a transmutar en una flor, o en un manantial, para dejar de ser madera escrita. Luego el yanke me preguntó si venía mucha gente, no le dije, que cada vez menos. Se sorprendió, y me dijo que eso era raro, porque era muy hermosa, era muy poderosa. Yo solo sonreí, porque noté que se molestaba por no poder hacer uso pleno del español para expresar lo que la cabaña le hacía sentir. Esta bien, le dije, lo entiendo; pareció relajado, como su acompañante, que educadamente me preguntó si le podía sacar una foto. Después les tomé una foto a ambos, fue por favor, one photo, when i kiss her, okay, le dije y se pusieron frente a la cabaña, se colocaron uno frente al otro, se tomaron de las manos, y se besaron tiernamente. Entonces fue verlos alejarse tomados de la mano, hablando fuerte en inglés de California. Y así pensé, que quizá tengan razón, quizá mi cabaña se vuelva famosa, turística. Por que realmente es hermosa y sobre todo, poderosa, como dijo el muchacho; poderosa. Quizá mucha gente de muchos países venga hasta aquí, se tomen fotos, se inspiren para escribir lo que sea que escriban o intenten leer Después de Pandora. No lo sé, quizá. Lo único que sé con seguridad, es que venga quien venga, encontrará a un viejito de espesa barba blanca, viviendo en una inusual y extraordinaria cabaña, de madera con letras por doquier, y con un cuarto vacío, en blanco. Observará al viejito dormir en dicho cuarto, temprano, en paz, para luego al alba, levantarse e ir descalzo hasta la playa, a la arena, y allí, lo verá escribir con una rama, pensando en su María; poemas que luego borrará el mar, con su brisa, con su espuma, como todas las noches.

 

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  • Gracias por comentar Fernanda. Saludos.
    Puedo asegurarte que no volveré a ver una servilleta, una hoja en blanco o una pared de la misma forma que lo hacía antes de leer tus palabras. Saludos
  • ...y por el camino de plata, por la luna llorado, (...)

    Me hicieron elegir un nombre de mujer, un nombre de un libro cualquiera, y la primer palabra que se me viniera a la mente; luego tuve que escribir un relato o cuento, con esas tres azarosas palabras: Leena, La Historia del Escudo Encantado y Dios.

    (Oblivion, es una pieza de tango de Astor Piazzolla; llave de mil lágrimas, de mil suspiros, de este poema)

    (Si, otra lluvia devenida en poema)

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