cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
Cuatro doblones de oro, tres ratas de puerto, dos flancos y una victoria
Históricos |
26.08.17
  • 3
  • 1
  • 1977
Sinopsis

“El amigo ha de ser como la sangre, que acude luego a la herida sin esperar a que le llamen”. Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos

Éramos ratas, pero ratas al servicio de España. No del rey, de la corte ni de la Puta madre De Dios, sino fieles defensores de la supervivencia de los nuestros.
Con esto no pretendo que nuestra imagen quede honrosa, ni mucho menos que se nos considere caballeros, pues robamos, asesinamos y estafamos tanto como pudimos hasta que no había más opción que ganar canas en un tercio.

Mi nombre es Facundo Del Valle, y lo Del Valle lo saque yo de una escaramuza en la que no me quedo más que practicar nuestra más antigua tradición, la guerrilla y la picaresca contra los flamencos.
Me crié junto a cincuenta hermanos en el orfanato de la chanca de Almería, donde todos los bastardos íbamos a parar nueve meses después de que cargueros, contrabandistas y marinos al servicio de nuestra majestad, atracaran en nuestro puerto.

Sobreviví gracias a mis hermanos mayores, aunque no haya parentesco de sangre alguna, Don Manuel Expósito y Guillermo Salmerón, apodado El Barbero. 
Y de nuevo, como el día que me sacaron de mi primera paliza, estamos los tres con el barro manchándonos los bigotes y la sangre inundando nuestra boca.

No tengo recuerdo cierto de cuando nos unimos, pero sé que se nos podría diferenciar entre la plebe almeriense como las sucias sabandijas embusteras que somos. Manuel era un muchacho alto y grueso solía presumir de ser el bastardo de un gran señor, pues cuando había que hablar el era el más dado a las letras y a los modales. Probablemente fuese el hijo de un morisco que comerciaba con telas con la familia Hernández del peñasco, con su puntiaguda nariz y su piel oscura, una barba peinada y cuidada en las orillas de las playas del zapillo. 
Cuando apenas tenía dieciséis años nos sacó a Guillermo y a mí del orfanato, porque había conseguido trabajo como apuntador del padre Indalecio, y los cuatro doblones que le daba bastaban para comprar algo de pan y vino caliente y resguardarnos en las estancias de los monaguillos de la virgen del mar.

Guillermo en cambio a sus tempranos diez años ya ejercía de ladronzuelo y chivato para las más bajas escorias que merodeaban los altos barrios de la rambla y el paseo. Más delgaducho aunque alto se alimentaba casi únicamente de leche y huevos hasta  que ingresamos como soldados al tercio de la costa de levante. Vestía habitualmente de negro con detalles rojos, con una barba descuidada y el pelo a medio cortar dejando un flequillo rizado que le tapaba los ojos. 
Todo lo contrario que Manuel, que hacía incapié en ropas llamativas de colores claros, el cabello aseado y corto hacia atrás.
El apellido de Guillermo vino de nuestro primer golpe juntos en el puerto.
El hambre nos rugía cuál león en nuestras panzas y buscando cualquier cosa que echarnos a la boca vimos a unos contrabandistas sirios que bajaban especias y opio. 
Guillermo se escondió bajo el muelle colgado de las piernas sujetando su navaja barbera con la que cortaba los laterales de su cabeza cada semana, esperando a que se ajustasen las cuentas entre los contrabandistas para robar una caja de opio que vender a alguno de sus rastreros señores.
En lo que pactaron precios escalamos los tablones y entre los tres cargamos con una pequeña caja de unos cinco kg.
Nos sorprendieron en nuestra huida y mientras Manuel insistía en que éramos mozos del puerto Guillermo cortó el cuello de dos de nuestros interventores para emprender la huida.

Cobró una paliza en la que le rompieron la nariz y cuatro costillas pero comimos esa noche.
Yo sin embargo me colaba en escuelas y parroquias a aprender, para después enseñar a mis hermanos. Mientras que "el barbero" aprendía rápido, Manuel era más cabezota, pues fue el primero que leía y escribía y cuestionaba hasta los libros que conseguía robar de las carteras de los niños de alta cuna.

Era el más bajo de los tres puesto que de niño apenas conseguía comer y tuve problemas digestivos. Cuando estos se pasaron engordé tanto que dejé de ser rápido y ágil hasta el punto de creerme un lastre. Un día observé a un marinero que levantaba su propio cuerpo en una barra. Era griego y me regaló un anillo con un sello de cruz, que debería devolverle cuando visitase de nuevo nuestro puerto. Así a los quince años me construí mi propia fuerza nadando en la playa y levantándome en aquella barra como mi extranjero amigo, hasta tal nivel que cuando algún problema acaecía yo era el que repartía golpes en vez de mis hermanos pese a ser mucho más altos que yo.

A mis diecisiete inviernos continuaba visitando escuelas, parroquias e incluso observando en hospitales y barberos ambulantes hasta que una primavera salve a la hija de un terrateniente de morir ahogada y me entrego a un barbero que me enseñase de verdad el arte de la cura. 
Guillermo ya sumaba los diecinueve años y hacia de trilero, juglar y ladrón a partes iguales.
Manuel en cambio fue presentado a sus veinte como secretario del gobernador y consiguió que los tres nos trasladásemos a una pequeña casa en la cuesta hacia aguas dulces.

Pese a todo aquello seguíamos siendo truhanes que dedicaban las noches a atracar y embaucar por cinco monedas que nos hiciesen perder el sentido en las proximidades de la alcazaba. 

Apenas un par de años de tranquilidad la guardia del gobernador nos apresó por robar un cargamento de tabaco de las Américas y nos llevaron a sevilla para ser juzgados.

La sentencia no fue otra que servir como soldados en el primer tercio que nos aceptase como mínimo hasta que la guerra con los protestantes acabase o la muerte nos llevase.

Yo era diestro con la espada ropera, Guillermo con el mosquete y el cuchillo y Manuel era más dado a las largas distancias con arcabuces y picas.

Tres años pasamos sirviendo arriba y abajo hasta encontrarnos en las trincheras bajo la acometida de franceses y flamencos.

Guillermo fumaba en una pipa, robada a un capitán inglés, bajo el pequeño techo que hacía un Madero de la trinchera. 
Manuel visualizaba la niebla que los cañones dejaban tras sus acometidas y yo temblaba por la lluvia calada en mi sombrero y mi capa.

    ⁃    ¿Ve algo su señoría?- dijo Guillermo a nuestro compañero. 
    ⁃    Creo distinguir una multitud tras los estallidos, pero no creo que sospechen que aquí resistimos. Están acometiendo en flanco izquierdo. 
    ⁃    Facun, ¿Por qué no te acercas al puesto de mando e intentas birlar algo de vino y de pan? quizás hasta un poco de miel.
    ⁃    ¿Tú has visto la lluvia que cae? Me oirán caminar por el barro y las gotas me delatarán.
    ⁃    Ve a decir que el flanco derecho está bastante desierto, apenas estamos diez entre los valencianos y nosotros, y de paso consigues algo con lo que llenar el buche.- Replicó el barbero.
Me levanté dejando atrás una plasta de barro que caía de mi capa. Mis agujereadas botas parecían fuentes y apenas sentía los dedos de mis pies, rodeados de vendas para no perderlos. 
Caminé hasta las ruinas que era el puesto de mando para encontrar un buen fuego y una mesa abarrotada de comida.

    ⁃    señor- dije al primer oficial que vi.- soy el contramaestre Del Valle, encargado de la defensa del flanco derecho. Me manda el capitán expósito y el teniente Salmerón para informarles que hemos aguantado la abatida de esos bastardos pero que nuestra tropa a diezmado tanto que apenas quedamos una decena de nosotros. 
    ⁃    Hijo parece que no os dais cuenta de que no es vuestro flanco el que recibe fuego. No tengo hombres que apostar ni tiempo para atenderte. 
    ⁃    Perdone que insista mi señor, pero con un par de cuernos de pólvora y cinco hombres nos veríamos satisfechos.- remarqué.
Entonces entró a la habitación del general para informar en lo que yo apremié para robar cuatro huevos, una hogaza de pan, medio queso, algo de fiambre y un par de manzanas junto a una bota de vino. 
La calle te enseña mucho, y aunque iba cargado todo estaba escondido con sumo cuidado. 
El oficial salió.
    ⁃    Recibiréis otros siete hombres y nueve cuernos de pólvora. Ahora os daré un zurrón como recompensa a la contención de los franceses. Racionadlo bien porque escaseamos de víveres.
Tenía gracia, tenían carne asada y frutas tropicales en su mesa pero los víveres escaseaban.
    ⁃    Dios se lo pague señor.
Y de allí salí con un bolsón con otro pan, algo de agua y otros dos huevos, en el que deposité mi carga.
 
Llegué has nuestro puesto y nos pusimos a comer sin prestar ninguna atención a los estallidos de nuestras espaldas y los gritos en la lejanía. 
Cogíamos los huevos y con algo de vino y trozos de pan y queso hacíamos lo más parecido de todo el campo de batalla a un puchero.

    ⁃    ¿Frutas tropicales dices?- Preguntó Guillermo.
    ⁃    En fuentes de plata. Copas a rebosar de vino y carnes a montones. Intenté coger unos chorizos pero escuché la madera crujir y no me arriesgué. 
    ⁃    No te preocupes no hemos comido así en meses.- me respondió. 
Solo se escuchaban nuestras mandíbulas chocar y el tragar de nuestras gargantas para cuando Manuel dijo: 
    ⁃    Aunque hubiese estado mejor con unos buenos chorizos.
Reímos los tres como niños y las bocas llenas cuando un silbido desembocó en golpe y formó una nube de polvo y astillas. 
Me encontré tirado en el barro junto al cuenco de nuestra "sopa" y a Guillermo al otro lado.

-¡Nos atacan!- dijo una voz en la lejanía, sería alguno de los valencianos. 
-Guille, Guillermo. ¿Estás bien?-  Y quitándonos una manta de barro nos reincorporamos. 
    ⁃    ¿Dónde está Manuel?- dijo aturdido.
Nuestro hermano yacía en el otro lado del impacto cubierto de trozos de madera y con una enorme astilla en el costado izquierdo.

    ⁃    ¡Mierda!- corrí a socorrerlo mientras "El barbero" colocaba los mosquetes para ir disparando uno a uno.
    ⁃    Diviso ocho jinetes y una multitud tras ellos ¿Manuel puede luchar?
Mi hermano tenía la cara magullada y sucia por el barro. Nunca lo había visto tan pringado. Su mirada se mantenía en el horizonte, oscilante y medio abierta, mientras la estaca se teñía en rojo atravesando su coraza.

    ⁃    Joder.- Maldije de nuevo. 
Cogí el vino, el agua y una mecha encendida. 
Vertí agua en la grieta mientras intentaba separar la armadura y Manuel respiraba con pesar entre toses sanguinolentas. 
Arranqué un trozo de la camisa de Guillermo y disparé el primer mosquete que vi. 
No sé si acertó pero había que contribuir a salvar el pellejo. 

Entonces los hombres prometidos por comandancia y los valencianos se unieron a Guillermo y entre maldiciones me dispuse a intentar sanar a mi hermano.
Le quité la coraza y rompí su camisa, empapada en sangre. 
El trozo de madera entraba desde la séptima costilla y seguramente perforó en diafragma, pulmón y estomago. 

Saqué la astilla y presioné con la tela mientras echaba agua a borbotones. Metí la tela hasta el origen del sangrado en medio de ambas costillas, que parecían rotas, pero no notaba el estomago. 
    ⁃    Vino- reclamó Manuel. Y obediente le rocié la boca. 
Seguía limpiando la herida y reclamé a cualquiera aguja e hilo. 
Entre ríos de agua, sangre y vino me dieron un cordel con aguja y me puse a coser. 
Rocié vino en la herida y encendí con la mecha.

    ⁃    Manuel, aprieta con la camisa, fuerte en la herida. Vendré a vendarte. Saldremos de esta hermano. 
Desenvainando la espada empujé a uno de los valencianos para arrebatarle un mosquete y derribar a un hombre a diez pasos de nuestra posición. 

Se abalanzaron hacia nosotros como las olas en la orilla. 
Guillermo consiguió clavar una pica en el vientre de un caballo y apuñalar al jinete. 
Un soldado cayó bajo mi acero intentando bajar la trinchera. 
Y entre lluvia, fuego y sangre batallamos hasta que no acudieron más. 
Habían caído los siete hombres aportados por el alto mando. Y los valencianos tenían a un herido. 
Me giré todavía extenuado por las estocadas esquivadas, una puñalada en el muslo y cuatro puñetazos en mi mejilla izquierda.

Manuel reposaba pálido, con la mano en el costado y un reguero de sangre de la boca hasta el pecho. 

Me derrumbé en lágrimas en su cuerpo mientras escuchaba gritar a Guillermo. 

Nuestro hermano mayor estaba muerto.

Cuando no podíamos más nos tiramos en el barro de aquel infierno con fuertes alaridos y un silencio solemne. 

    ⁃    Vamos a comandancia- Dijo Guillermo- ambos estamos heridos y tenemos bajas. Es hora de volver a casa.

Cargando a nuestro difunto amigo llegamos a la plácida reunión de políticos y altos cargos donde con una amplia sonrisa nos comunicaron que podíamos marcharnos, los franceses se habían rendido. 
    ⁃    Por el servicio- nos dijeron extendiendo la mano con cuatro doblones de mierda. 
Los cogimos y no hablamos más. 
En el puerto de aquella ciudad extraña nos emborrachamos. 
"El barbero" murió acuchillado esa noche por un vasco. Yo me hundí en el mar. 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Me ha encantado! Retratas muy bien a nuestra España miserable, y la situacion en la trinchera...genial, ha sido como estar ahi. Un saludo.
  • Poema sobre razones

    Metafora, a libre interpretación del lector, un gladiador, antaño el gran campeón, cientos de batallas libradas, amaba el tacto de la espada,el olor de la arena le despertaba, el sabor de la sangre era su droga y su éxtasis el rugir del público, se ve vacío, pierde esta emoción al espectáculo ya que ansía una verdadera batalla.

    Una nueva víctima, una muesca en la culata y otra mentira de un oscuro protagonista mujeriego, una visión oscura de Juan Tenorio a la vez que reflexiva.

  • 83
  • 4.55
  • 117

Soy un gilipollas, pero un gilipollas encantador.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta