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6 min
Cucarachas
Drama |
30.01.17
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Sinopsis

...

El cenicero rebalsaba. Había fumado mucho, muchísimo. Cada vez que tragaba, sentía una horrorosa puntada, como si me estuvieran clavando un cuchillo en la garganta. Ya no escupía sangre, como años anteriores, pero el cigarrillo me estaba matando, me daba cuenta.

Ojalá ése hubiese sido mi mayor problema, pero no, no lo era. Fumar era una pequeñez en comparación al dramático momento que atravesaba en aquellos tiempos: las cucarachas, todas las noches, me agobiaban.

Cuando me acostaba a dormir, aparecían. Salían de todos lados: de adentro de los cajones, de abajo de la cama, del baño, da la cocina. En cada rincón de la casa estaban esos nauseabundos bichos. Durante el día no las veía, seguramente descansaban, pero cuando bajaba el sol, venían a atormentarme.

La primera vez que las detecté, tenía 25 años. Había vuelto de una noche agitada, muy tarde. Eran pocas, veinte o treinta nada más, sin embargo, entré en pánico. Recuerdo que, ni bien me acosté, un par se subieron a la cama. Grité fuerte, sólo y desesperado. Al otro día, pasado el mediodía, le pregunté a mamá si me había oído. Me dijo que no y me angustié aún más. Yo casi había desgarrado mis cuerdas vocales ¿Cómo podía ser posible que no me escuchara? Tampoco había visto a los bichos, me contó.

En aquella época, las cucarachas sólo se mostraban los fines de semana, cada vez que yo volvía de algún bar.

A las pocas personas que se lo comenté, me decían que, seguramente, eran producto de mi imaginación. Algunos hasta le echaban la culpa a mi manera descontrolada de beber. Pero no les hice caso. Ellos no me entendían. Era yo quién las veía. Y me caminaban encima.

A medida que fue pasando el tiempo, se acostumbraron a exhibirse entre semana. Siempre de madrugada. Cuando cumplí treinta años, un miércoles de abril, inundaron mi habitación abruptamente. Fue una noche donde el alcohol hizo estragos entre los invitados. El último en marcharse había sido el gordo Juan, mi mejor amigo. Se fue antes de las cuatro de la mañana, luego de bebernos una enorme damajuana de vino. Fui a mi pieza, borracho, y ahí estaban: en el suelo, en la cama, en las paredes. Nunca habían sido tantas. Miles, millones. Esa vez no dormí, no pude. Yo ya había aceptado que los fines de semana iban a aparecer ¿Pero un miércoles? Era demasiado.

Miércoles, viernes y sábado. Esos habían pasado a ser sus días preferidos. Aunque, a veces, también venían los domingos y los jueves. Dependía de la hora en que yo volviera de la calle.

Probé con fumigadores y con todo lo que se puedan imaginar, pero no había caso. Eran invencibles.     

A mis 35, me acostumbré a verlas de lunes a lunes. Ya no sólo en mi habitación, sino en toda la casa. De la única manera que lo soportaba, era fumando y bebiendo.

Todos los días, cerca de las seis de la tarde, una serie de espantosos temblores se apoderaban de mi cuerpo. Sabía que en un rato iba a tener su compañía, y eso me desesperaba. Como dije anteriormente, ya me había acostumbrado, pero no me agradaba en lo más mínimo.

Psicólogos y psiquiatras ya no sabían qué hacer conmigo. Pero yo insistía, conmigo no había nada que hacer. Yo no era el problema, el problema eran ellas. Las cucarachas.

Un día me internaron. Nunca entendí por qué. En el hospital no me dejaban beber, pero sí fumar. Fumé tanto que me lastimé la garganta. Los escupitajos de sangre comenzaron allí. Las cucarachas, por un tiempo, no aparecieron. Probablemente el nido lo tenían en casa, y el hospital les quedaba lejos. Aunque esa idea la deseché enseguida. Por esos días, recordé que también las había visto en la parada de colectivos, en el bar del barrio y, una vez, en Mar del Plata, cuando me fui de vacaciones, años atrás. No entendía por qué, si habían llegado a seguirme 500 kilómetros, al hospital no se arrimaban. Según los médicos, era porque yo no bebía. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Pensé, pero no les dije nada.    

Estuve internado dos meses, hasta que me dieron de alta. Me dijeron que ya estaba bien, que las cucarachas eran un invento de mi cabeza y muchas otras cosas que ya no recuerdo. Les di la mano a los directivos, les agradecí y me fui. Contento. Hacía sesenta días que no tenía contacto visual con ellas.

Cuando volví a casa, la segunda noche, después de unos tragos de whisky, volvieron. Sentí que el mundo se me derrumbaba. Hasta pensé que, quizás, en el Hospital tenían razón. El exceso de alcohol podía llegar a atraerlas. ¿Tenía que dejar de beber para que se fueran del todo? Eso no tenía lógica. Yo las veía con los ojos abiertos. Estaban allí. También las sentía caminar en mi cuerpo.   

Soporté, como pude, la compañía de ellas un tiempo más. Me enloquecían. Deseaba, desde lo más profundo de mis entrañas, suicidarme, pero ¿Si la muerte llega a ser un eterno sueño y tengo pesadillas con ellas? Reflexioné. Eso sí que sería tortuoso. Prefería disfrutar del día, cuando no estaban. Y por las noches, beber y fumar. Por ahí, alguna vez, nos hacíamos amigos.

Nunca lo logré. Jamás fueron mis amigas.

Hace unos meses me volvieron a internar. Esta vez, en un lugar diferente: con paredes acolchadas, blancas. A la mañana me dejan salir al patio, doy unas vueltas con mis compañeros y hasta jugamos a la pelota. A la tarde, vuelvo a mi lugar. Sólo. Y me colocan un chaleco que me inmoviliza.

No bebo desde que llegué. Y las cucarachas, hasta ahora, no me visitaron.   

Decidí escribir estas líneas para contar mi experiencia. Hoy, cuando desperté, recordé aquella mañana, en la que fumé a más no poder, desesperado, con el cenicero rebalsado. Ese día, me había convencido de que las cucarachas me iban a acompañar de por vida, pero estaba equivocado.

Espero que éste relato caiga en manos de alguien que esté atravesando una pesadilla similar. Y al leerlo, tenga fe. Hoy, gracias al chaleco, las paredes acolchadas, las pastillas y la intravenosa, me atrevo a decir, por primera vez en mis 45 años, que vale la pena vivir.

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Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

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