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4 min
Cuento de invierno permanente.
Amor |
22.11.14
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Sinopsis

El invierno se presenta inclemente e ilimitado. Tenemos que buscar un refugio, pero nunca antes hubo tanta demanda.

Las luces anegaban mis cansados ojos vencidos de tantas horas resecándose con el frío aire invernal. Veía grandes manchas que se acercaban, se alejaban, inundaban el espacio. A cada pisada mis pies sufrían una fría sacudida del pavimento y se encogían un poco más. Hundí mi barbilla en la bufanda pensando en lo pronto que había llegado el invierno este año, aunque para mí llevase siéndolo demasiado tiempo. Metí las manos en los bolsillos del abrigo y saqué el móvil, esperando ver  alguna llamada o mensaje  de alguien inesperado. Pero no había nada, como era normal. No sé por qué acabé abriendo nuestra última conversación, aunque llamarla como tal era un poco pretencioso. La mayoría de lo que decías eran evasivas y, yo, nada más que intentos inútiles de establecer una tregua, una explicación a lo que nos  había pasado, o más bien, de lo que me había pasado a mí. Porque en todo este tiempo parece que yo era invisible en tu vida, que nunca pasé o no fui lo suficientemente digna como para recordar. Yo era la única que había salido mal parada y no era justo, nunca lo fue, que yo acabase los días contigo en mi pensamiento, haciéndote y rehaciéndote, inventado una maravillosa idea que tenía tu nombre, tu aspecto, pero, como te aseguraste de dejar bien claro más tarde, no eras tú.

Cada vez que te veo desde el otro lado del pasillo, cada gesto de tu cuerpo, cada sonrisa a tus amigos, cada tic se clava en mi cuerpo como una racha de aire frío al torcer una esquina de la calle un día de invierno. La realidad me aplasta como una lluvia helada de la que no me puedo resguardar, y que nunca ha parado. Mientras esperaba en el semáforo rodeada de gente y voces, mis ojos empezaron a enfocar una imagen al otro lado de la calle. Tu cara emitía una luz que llegaba hasta mí y derretía el aura de frío que se estaba formando a mi alrededor. Inconscientemente, como un acto reflejo, mis comisuras se elevaron ligeramente y mi cara se relajó ante tu sola visión. De repente mis oídos se embotaron y entré en un universo paralelo en el que tuviéramos sentido. Todos los que nos rodeaban estaban excluidos y una fuerza fuera de nuestro conocimiento nos atraía a la vez que cruzábamos la calle, yo intentando conseguir una sola mirada y tú retrasándola. Pero cuando la conseguí deseé que no me hubieras mirado. Si la indiferencia y el rechazo se pudiesen transmitir con los ojos, tú me lo estabas gritando.  Empecé a andar más deprisa y no quise mirar atrás. Mi vergüenza y arrepentimiento contrastaban con la pasividad que estabas experimentando ahora.  El frío volvió más fuerte que nunca, y ante mí no veía refugio que acabase con este sentimiento. Una lágrima recorría mi nariz y era la única fuente de calor restante, la soledad era lo único que me abrigaba. Al llegar a casa y encontrarme tirada en la cama sin poder explicarlo, sin tener a nadie que me escuchase, me miré al espejo, tranquilizándome y limpiando mi maquillaje. En este momento no sé a quién odio más, si a mí por haberme enamorado de una idea equivocada, o a ti por no ser como yo pensaba que eras.

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    El invierno se presenta inclemente e ilimitado. Tenemos que buscar un refugio, pero nunca antes hubo tanta demanda.

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