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8 min
Cuento de Navidad
Humor |
02.01.15
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Sinopsis

Una historia ambientada en los 90's que narra desde la perspectiva de una niña el esfuerzo de sus padres por enfrentarse a la tecnología.

Era diciembre de 1999, y aunque en ese tiempo los niños todavía jugábamos con cosas tangibles, el súper nintendo ya nos iba mostrando un mundo más bonito y más justo que ése en el que asesinaban a gente respetable como Colosio, Paco Stanley y Selena. En la tele, Los caballeros del zodiaco nos enseñaban de mitología, Los Simpson de política y Hey Arnold de la ética circunscrita en ser niño; en la radio sonaba Shakira, Gloria Trevi y Fey, personajes que, por cierto, quince años después siguen sonando a base de cursilería, repetición y bótox. 

En el anochecer de los noventa mis padres se resistían a que su economía se hundiera junto con el peso mexicano y hacían optimistas esfuerzos por enfrentarse al entonces insólito mundo de la computación y el Internet   El temor a que la tecnología avanzara de forma más acelerada que su capacidad para asimilarla, los motivó a comprar una computadora, a asistir a clases de computación y a instalar uno de esos módems que sonaban como si le estuviesen haciendo un exorcismo al teléfono. Ese año gastaron tanto en modernizarse, que  ya no les quedaron recursos para un árbol de navidad, detalle que no amedrentó el afán de mi mamá por mantener el espíritu de las fiestas.  Para que la casa no desentonora con la orgía de escarcha y santa closes que cada diciembre se apoderaba del barrio, adornó con esferas y luces una palmera artificial que había en la cochera; esta extravagancia, combinada con el amarillo piña del cancel le daba a la casa un toque que más que navideño tenía pinta de luau.  

Aún faltaban un par de semanas para que iniciaran las vacaciones de invierno, y ante el fastidio mutuo de alumnos y maestros, el grueso de las horas clase se iban en los ensayos de los descoordinados bailables del festival de invierno. Uno de esos días en que la maestra ya no sabía en qué entretenernos nos pidió escribir un cuento de navidad, tarea que me entusiasmó tanto como cualquier otra, o sea mucho, pues era una niña de lo más ñoña que enloquecía con las tareas creativas; y no exagero al decir que enloquecía. Obsesionada por la idea de presentar algo original buscaba la asesoría de mis papás, pero sus propuestas siempre me defraudaban y no tenía más remedio que rechazarlas tan pronto las externaban. Ante mi frenética insistencia de que hicieran un mejor esfuerzo terminaban por hartarse de mí, y se negaban a darme más sugerencias; invariablemente la lluvia de ideas se convertía en tormenta y por el bien de la convivencia en casa, con el tiempo dejé de consultar a mi familia, excepto cuando deliberadamente buscara ideas qué descartar.  

El día del cuento de navidad llegué a casa con la urgencia de empezar a escribir pero, por orden de mi mamá, tuve que esperar hasta después de la comida, que probablemente consistió en ensalada de lechuga y carne asada o algún otro platillo de fácil preparación en los que mi mamá era experta. Al terminar de comer corrí hacia la computadora y me escapé de lavar los trastes con el mismo argumento que usé toda la infancia: “Tengo mucha tarea, ma”. Supongo que mi mamá toleraba mi falta de iniciativa porque, aunque nunca lo admitiese, a ella también le fastidiaban las labores domésticas, de no ser así no hubiéramos comido pasta recalentada cuatro veces por semana.  

Empecé a escribir mi cuento y no paré de teclear ni siquiera cuando la voz de mi mamá se le atravesaba al tren de mis pensamientos:        

 -Voy a mi clase. Por favor, te portas bien...- Esto último  lo dijo a manera de trámite, pues estaba segura de que no haría algo diferente que terminar mi tarea.            

-Sí, ma.- Le dije con fastidio y le habría dicho que sí a cualquier cosa con tal de que no interrumpiera mi proceso creativo.   Mi mamá se fue y en algún momento de su ausencia terminé mi cuento.  Después de horas de trabajo, conseguí la cuartilla más perfecta que, yo-niña, podía lograr; casi alcanzaba a escuchar las felicitaciones de la maestra y los comentarios envidiosos de mis lerdos compañeros. Ellos seguro llevarían un cuentito medio escrito por sus mamás que, hartas de exigirles el esfuerzo extra que ellas no estaban dispuestas a dar, tomarían por buena cualquier cosa con tal de dar por terminada la hora de la tarea.

A mi cuento sólo le hacía falta un detallito que le diera un plus a la presentación...  quería, o mejor dicho, necesitaba agregar uno de esos margenes decorados que había visto en los trabajos de Christian, el único alumno que la maestra elogiaba casi tanto, y a veces, más que a mí.   Piqué y piqué botones, insertar, formato, herramientas etc. pero no encontré la opción que buscaba. Ya estaba bastante frustrada cuando escuché la puerta de la entrada abrirse; por primera vez en toda la tarde sentí la necesidad de tener a mi mamá cerca. En un acto desesperado corrí a recibirla y no pude evitar el tono amañado que usaba siempre que le iba a pedir algo.              

 -Hola mami, ¿Cómo te fue en tu clase? ¿Que te enseñaron hoy?-            

  -Seguimos viendo Word, ¿Por qué? ¿Necesitas ayuda con la tarea?-

Tenía mucho que no la buscaba para esos fines, de hecho, en temas de computación por lo regular ocurría a la inversa, así que de cierto modo la noté satisfecha de verme acudir a su auxilio.   La instrucción era simple, “ayúdame a ponerle un margen al cuento”. En seguida puso cara de concentración y tomó acción en aquel programa que ya le era medianamente familiar. La vi picar botones de manera desordenada y pronto me percaté de que sus intentos eran aun más torpes que los míos. Sospeché que en realidad no tenía idea de lo que estaba haciendo, temí por mi trabajo y le pedí que se detuviera pero ella estaba aferrada a ayudarme. Su obstinación por demostrar que todavía tenía control, e incluso cierto mérito sobre mi desempeño escolar, la hizo insistir. Todo pasó muy rápido. Antes de poder detenerla mi mamá presionó el atractivo y siempre fatal botón rojo. En la pantalla apareció la fastidiosa pregunta de Windows “¿Desea guardar los cambios?”, yo grité que sí, pero fui más lenta que el obstinado clickeo de mi mamá y el programa se cerró llevándose para siempre mi cuento de navidad.                          

 -¿Pero qué hiciste?- Pregunté a penas pude reaccionar. Mi mamá, asustada y confundida, sólo repetía para sí :                  

 -No sé, no sé...-  

Me desdoblé en reclamos y vi a mi mamá empequeñecerse de vergüenza al reafirmar que ya no estaba en posición de ayudarme con las tareas. Sin embargo, tan pronto como aumentó la intensidad de mi berrinche su vulnerabilidad se desvaneció, y de golpe, como si fuera un pez globo, recuperó su figura autoritaria:                  

 -¿Por qué no guardaste cambios?-Preguntó con la misma empatía que  una secretaria de la procu. -   En la clase    de computación eso fue de lo primero que nos enseñaron ...-  

Para ella el caso estaba cerrado y usó en mi contra el mismo recurso del que se vale el sistema judicial: culpar a la víctima, y yo, como toda víctima sin ánimo de lucha me resigné ante la ineptitud del sistema: ¡Maldito Windows!- me dije. Si tanto desconfía del juicio del usuario, debió haber preguntado por segunda, tercera, cuarta vez, si deseaba cerrar el programa.    

“En verdad ¿Está seguro que desea cerrar este documento en el que aún NO ha guardado  cambios?”

“Si cierra sin guardar cambios  perderá todo el trabajo de la tarde, piénselo bien ¿Está seguro que desea cerrarlo?”

“Recapacite. Si cierra este documento traumatizará a su hija y ésta crecerá como una persona pesimista y desconfiada ¿Está completamente seguro que desea cerrarlo?”

“Por amor de dios, ¡deténgase!. Es el primer cuento escrito por su hija ¿Qué no ve que escribir es la única cosa para la que la niña podría tener vocación?”  

Y así, ventana tras ventana hasta que alguna pudiese frenar la necia, pero bien intencionada, voluntad de mi mamá. 

- See more at: http://cronicasdemisantropia.blogspot.mx

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    La madrugada es un lugar en el que cualquier cosa puede pasar, pero las cosas que sobreviven a la madrugada son las que nos gustaría que se quedaran para siempre...

    La bici verde y yo estuvimos saliendo un par de años. Íbamos juntas a la papelería y la tienda y nada más, porque mi mamá no me dejaba ir más lejos. Un día de aquellos, andaba por el parque dando vueltas cuando de repente un pedal de la bicicleta se venció y caí en un arbusto frente al niño que me gustaba (...) Ese mismo día la arrumbé en el patio de servicio y dejé que el óxido y las telarañas cobraran mi venganza...

Escribir aún no me da para vivir, pero sí evita que me mate, o mate a alguien >:)

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