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6 min
Cuento sin trama
Varios |
24.08.15
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Sinopsis

Siguiendo los relatos de mi memoria, salí de la escuela con el aura del sol por sobre mi cabeza. Había un tumulto de gente con el bullicio propio del mismo. Sin embargo no parezco notarla en lo más mínimo y con todo mi atuendo que me daba mi uniforme seguí de largo hasta la esquina, donde todos se concentraban en una juntada muy concurrida. Fue en ese momento que la vi, no creo que yo estuviese buscando a nadie,  solo caminé hasta ahí con la intención de cruzar, pero me se me apareció antes ella saliendo de entre las caras familiares. No la conocía, siendo un poco más baja que yo, se me apareció encapuchada, yo la mire primero como a cualquiera en la calle y en el rato que pasó por delante mió, alzó también ella la vista hacía mi persona. Dando origen a esta imagen confusa como su carácter indeciso entre sueño y realidad, incongruente, porque para verla así, tendría que haber avanzado mucho más, ella me hubiera pasado por atrás y yo haberme volteado, todas cosas que por lo que estoy contando no hice, además de que también la veo mucho más cerca de lo que me permite el resto de mi recuerdo. Y a la vez clara en impresiones sentidas, pero borrosa en la nitidez de sus detalles, porque dejando atrás el impacto inicial de la superficie, hundiéndome en su mirada puedo entender que ella me conoce, además de que me insinúa algo que yo sé, aunque no sé qué exactamente, o tan solo no en ese momento ni en este. Y sin picardía, ni gracia, se mantiene seria, como la sombra que ennegrece un rostro o una responsabilidad obligada por mi existencia. Es por esto que tengo esta imagen tan bien guardada y me entrego a su capricho errante. Pero ahora, siguiendo el orden de interés, esta la siguiente imagen, devuelta dentro del carácter de lo normal, en la misma se muestra a ella en la otra esquina, dándome la espalda, yéndose. Me acuerdo lo que hice, me quedé ahí, no cruce, pero aprovechando que esto no es una memoria, sino un relato, voy a ver qué pasa si me apuro para evitar el semáforo y mantenido una distancia de discreción, sigo su dirección, con ella como destino indeterminado. Porque el tema no es inventar lugares y situaciones para que me vallan pasando, sino seguir el recuerdo, uno que no pasó, pero que sí puedo contar, a través de la infinidad de posibilidades de un relato. Es por esto que la sigo por la cuadra tan familiar para mi, pasa por la esquina al lado de una verdulería, yo paso también, pero cuando la veo cruzar la calle el contexto se empieza a desvirtuar. Yo la sigo, ya estamos en la otra cuadra, aunque solo crucé con una imagen, sé que en la otra esquina hay un café grande ya dando a la avenida, pero a pesar de continuar caminando no llegué ahí, trató de volver al rastro sobre mí y sobre ella. La vuelvo a ver, yo me mantengo tras sus pasos, pero en otro contexto, no comprendo muy bien cual y para no confundir mucho la historia podríamos seguir por una calle, otra cualquiera, solo que no hay nadie más, nadie más que nuestras dos presencias solitaria, aunque la otra sabe lo que estoy haciendo, pero no dobla el cuello para que todo esto tenga un propósito. Lo que siguen son más imagen que solo dejan suponer que la persecución entonada en paciencia continúa su rumbo desenfocado por ese lugar inexistente. Justamente la idea es hacerme perderla de vista, para que deje de escribir y quede sin rumbo, a la deriva de las ideas inconclusas.

 Ahora vuelvo al teclado pero no la veo, aunque sé donde va a aparecer, el problema es que se trata solo un posición, no un lugar y por lo tanto no sé cual es el camino, por ende mis teclas confundidas se dictan a sí mismas, me hacen pagar el preció mi osadía que con toda su ingenuidad subestimó trasfondo de las imágenes. No hay imaginación, no hay creatividad, no hay nada más que un vacío circunstancial, espacial, temporal, mis recuerdos no me pueden salvar porque nunca estuve acá, no sé nada, no me sé ni a mi mismo en mi propio capricho existencial que detrás del monitor me da todo lo que acá no tengo, pero me priva de cualquier significado, sin más remedio que justificarme continuamente, sabiendo que cada excusa solo dura hasta que no me asome mucho por afuera. Aun así lo hago y caigo de nuevo, porque no me importa mi vida, me importa la historia, porque en esta se encuentra en la nada misma de las mil abstracciones consecutivas en círculos y si logro retoma el camino entonces sabre que no soy un cuento sin final. Fue en ese momento que me voltee y la vi. No la conocía, siendo un poco más baja que yo se me apareció encapuchada, yo la mire primero como a cualquiera en la calle y en el rato que pasó por delante mió alzó también ella la vista hacía mi persona, detuvo su marcha y se quedó ahí, invitándome a que me acercara y sin contacto nuestras miradas se entrelazaron en una muestra de agradable congenie. Mentiría si digo que no me impactó la perfección de las facciones de su rostro, cuyos defectos parecían ser aciertos olvidados por la mayoría, como las pocas pecas que enternecían la frialdad de sus ojos, la palidez de su tez, el gesto endurecido de sus labios, solo de acuerdo con los destellos de mechones lacios cobrizos, escapándose de la tela grisácea, como la luz que despide al sol en el anochecer. Y dejando atrás el impacto inicial de la superficie, hundiéndome en su mirada puedo entender que ella me conoce, además de que me insinúa algo que yo sé, aunque no sé qué exactamente, o tan solo no en ese momento. Y sin picardía, ni gracia, se mantiene seria, como la sombra que ennegrece un rostro o una responsabilidad obligada por mi existencia. Aunque ahora me doy cuenta que sería lo primero, porque la próxima imagen es ella en la esquina de enfrente, de espaldas, yéndose. Me acuerdo lo que hice, me quedé ahí, no cruce, pero aprovechando que esto no es una memoria, sino un relato, me doy la vuelta, tengo todo el camino hasta el final de la historia para averiguarlo.

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