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3 min
Culpa tuya, mujer
Reales |
12.02.17
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Sinopsis

Le debían dinero al banco. Había un descubierto en su cuenta y apenas les quedaba dinero en efectivo. Leía, con expresión marchita, la carta certificada que acababa de recibir cuando él entró en la cocina. Se miraron, con la complicidad carente de palabras de quienes se conocen bien, y la rodeó con sus brazos, la barba hirsuta sobre su cuello. Por un momento creyó que todo estaba bien, que había huido de la pesadilla que la atormentaba noche y día, que había escapado de sí misma. Estaría despierta, por fin.

Cerró los ojos y lo vio, sonriente, la nariz arrugada de las puestas de sol acompañando a los ojos achinados, los estores caídos, protegiendo de la luz  a la niña de vestido azul. Se acercó y lo besó, fundidos en un abrazo en que se perdían las manos. Sabía casi a primer beso, agridulce, húmedo, salado, a deseo de más. Entonces la barba canela se convirtió en alambre y ella apretó aún más los párpados y se encogió sobre la mesa, dándole la espalda al mar y al sol de estío, y la voz de su conciencia la reprendió: “Culpa tuya”. “Culpa tuya”.  Y se unió a ella el aliado oportunista y juntos, al unísono, coreaban “Culpa tuya, culpa tuya”. Y se imaginó en la calle, desamparada, rota, mientras un susurro áspero se escurría hacia su tímpano y lo zarandeaba sin pedir permiso. “Culpa tuya”. Y por supuesto que era su culpa, ¿de quién si no? Perderían la casa, de igual forma que se había esfumado el coche y su trabajo. Vivirían en la calle, de la caridad, con el rostro arrebolado en las noches frías y los dedos helados escapando de los mitones. Y era culpa suya. “Culpa tuya”, por comprar un mantel nuevo para la cocina. Ay. Por freír patatas con la ventana cerrada. Ay. Por sonreír, por elegir ese pintalabios que tan bien le queda. Ay. Por llegar a casa de madrugada. Ay. Por querer ser feliz y persona. Ay, ay, ay. “Culpa tuya”. Culpa suya en el suelo, aovillada con la carta del banco entre los nudillos blancos. Culpa suya con la palma extendida sobre la frente, muralla de papel frente a un misil. Culpa suya en el costado amoratado, en las disculpas, en los ruegos. Apenas penetra el sol en su recuerdo, se difumina la luz y el mar suena lejos; el abrazo se rompe y los estores se recogen: la niña de vestido azul arde.

Y entonces una mujer muere al clavársele el cuchillo que sostenía el hombre. Aquello también fue culpa suya.

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