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9 min
Daisy
Terror |
21.04.15
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Sinopsis

Sobre una muñeca.

Crecí en una pequeña casa de campo, al sur del condado de MountainDrew; En una pequeña área rural un tanto alejada de la ciudad. Recuerdo mis días de infancia, como un rayo de sol en mi conciencia, luminosos; con el viejo columpio del patio resplandeciente, la casi permanente pero inocente lluvia. Un tanto absurdo, ya que en mi pueblo los días siempre eran grises, pero afortunadamente, mi cándida percepción de niña me permitió ver un sol donde nunca lo hubo.

Recuerdo a mi padre con dificultad, con la bruma del abandonó flotando sobre su espectro. Recuerdo su tacto, siempre cálido, su barba rasposa: el peor arma de cosquillas jamás creado, Recuerdo a mi muñeca, mi única muñeca. La única que podía permitirse el humilde sueldo de mi padre: la pequeña Daisy.  -Vieja y andrajosa serían buenas descripciones para ella, pero claro, en ese  momento, para mis inocentes ojos, tal hecho paso desapercibido.                                                                                   

La escuela…  ¡como disfrutábamos Daisy y yo en la escuela! En mi tierra no eran muchos los niños, quizá dos docenas, y sería exagerar.  Niños ruidosos y agresivos, de la clase de niños que no tolerábamos; a excepción de las gemelas Rodd, que parecían ser simpáticas. A veces coincidíamos en la elección de cuentos en el área infantil de  la legendaria biblioteca. Con sus cabellos de fuego danzando con el viento con una sincronía alucinante, pero nunca nadie se atrevió a hablar con ellas, parecían estar en una dimensión exclusiva, solo para ellas.

 Eran justo como Daisy y yo, solo que... me hubiese gustado poder caminar con Daisy de la mano, y no llevarla en mis brazos.  Tener una hermana, eso siempre enfurecía a la pequeña rubia de trapo: que deseará a otra amiga, otra que no fuese ella.

Eventualmente, como es común, mi madre quedó encinta.

Recuerdo el día que recibí la noticia. No cabía en mi júbilo, estaba tan distraída en mi emoción, que no lo note. No noté los ojos nerviosos de mi madre, y la sonrisa tensa de mi padre; una que no llegaba a sus ojos. Esa noche hubo gritos, que lógicamente atribuí a la emoción y felicidad de mis padres.  Dormí como un ángel, sin la usual compañía de una Daisy enfurecida que yacía desde el mediodía tirada en el suelo de la cocina.

Los meses pasaron. Dos piecitas de leche decidieron escapar de mí, y  reunirse con el hada de los dientes. El día de nuestros cumpleaños, Daisy y yo recibimos bonitos regalos. Ella -que había decidido olvidar el incidente de la cocina- recibió un lindo vestidito rosa, confeccionado con las manos pálidas y regordetas de mi mami. Igualmente me obsequiaron una bonita blusa del mismo color, con un aplique de una margarita tejida.

 Creo recordar que ese fue mi último feliz cumpleaños,

 Dos días después, nació Anna. Ese día es uno de los recuerdos más vívidos que tengo: en el hospital, junto a mi familia, el ceño fruncido de mi padre, la expresión agotada de mi madre y la carita nívea y angelical de la pequeña Anna.  Fue un crudo invierno, pero yo me sentía cálida, querida; claro que no podíamos decir lo mismo de Daisy, abandonada nuevamente en el suelo frio de la solitaria cocina.

Como por obra divina, siempre florecieron pequeñas margaritas en mi ventana, invitándome a apreciarlas, conocerla. Las veía  florecer, morir, crecer... en un círculo vicioso del que disfrutaba ser testigo cada mañana.

Estábamos en las vísperas de la primavera, Anna cumpliría en poco tiempo el año y 5 meses de nacida.  Aunque mi mirada curiosa la viera como la bebe más bonita alguna vez creada, los rostros de mis padres no lucían igual. Ante la mirada ambarina de la bebe, se reflejaba el aura afligido de mi madre. A mi padre lo encontraba realmente aterrador, sus ojos me recordaban a  dos lagunas tristes con aires de tragedia y rabia. Esas perlas grises derramaban desesperación. 

Esa tarde soleada –relativamente-  Anna estaba sentada en la hierba frente a el columpio, distraída con un pequeño saltamontes que buscaba reposo en la fría calma de la hierba; mientras yo peinaba distraídamente las hebras inexistentes del cabello de Daisy, a la vez que me mecía suavemente en mi trono. Y sucedió, impredecible como una tormenta en la época.  Mi padre salió de casa a paso apresurado, gritando una sarta de incoherencias, furioso. Y mi madre, la pobre parecía a punto de desfallecer;  solo basto mirarla a los ojos para saber que todo andaba mal.                 

 El silencio del momento fue interrumpido por la risa burbujeante de Anna.

Esa fue la última vez que vi a mi padre.

¿Recuerdan las margaritas de las que les hable?

Esas que volvían a florecer al año siguiente, ese año no florecieron, ni al siguiente. Y por primera vez sentí que había muerto como ellas.

Con ellas, directo al olvido.

Comprendí que Anna no era normal, no era como yo, o como Daisy. Ella era un monstruo que acaparaba a todo y a todos.

El columpio, permanentemente bañado en rocío, ya no era mi columpio; era el columpio de Anna Pasó a ser su propiedad. Se adueñó por completo de mi perfecta calma y la hizo trizas.

Daisy no pensaba menos de aquel engendro ruidoso y violento. Y mi madre, aquella mujer despechada y sola, vivía bajo la sombra de Anna.

Eventualmente hui de casa. Dejé a mi madre, a Anna, todo.

Solo una muy dichosa Daisy, y yo.

Con tan solo quince años, el camino no fue fácil. Algunas noches, con mi estómago ardiendo por la falta de alimento que me impedía conciliar el sueño, divague entre los rincones de mi mente, ¡Como había deseado yo una amiga!... otra amiga. Recordé mis días antes de Anna, era feliz, con Daisy. Ella fue siempre la única amiga que necesite.

Contra todo pronóstico, Daisy y yo logramos llegar a la gran ciudad, con nada más que mi triste corazón y un pequeño bolso con provisiones. Ahí fue cuando conocí a Charles; con sus ojos nublados y su barba insípida me recordó un tanto a mi padre, y por un momento, solo por un momento, creí sentir esa luminosidad, creí ver el sol.

Por esa y otras razones, dos años después me casé con él.

 Fie una boda sencilla en la capilla de la ciudad en el barrio donde vivamos. La diferencia de edad se hacía evidente; yo con mis recién cumplidos 17 años, y él en la flor de su adultez, éramos una pareja poco común. Pero necesitaba un techo donde vivir, y él alguien para hacerle compañía. Daisy no estuvo nada de acuerdo con mi decisión, pasados unos años descubrí el tortuoso por qué.

Los primeros años de mi nueva vida fueron exquisitos,

Charles era un hombre considerado y dulce. Nuestra relación era casi fraternal, un tanto disfuncional pero yo le quería. Algunas noches la parte más oscura de mi mente  -con una voz que extrañamente llegaba a sonar como la de Daisy-  me acuchillaba con reproches. Yo no buscaba un padre en Charles. No era así.

Luego llego el alcohol, como un arma mortífera; una especie de espíritu demoniaco que consumía la bondad de mi esposo y la transformaba en un efluvio de ira y odio.

Mis primeros años con el fueron como la calma previa a una tormenta, un sopor que no me hacía del todo feliz, un sol apagado, como resignado a su partida, que sin embargo mantenía mi alma en falsa calma. Pero más tarde que pronto, el sol se fue. Otra vez.

Ya angustiada por la impotencia, decidí dejar todo atrás y volver a mis inicios; con un pensamiento irracional de que cuando llegara a el que alguna vez fue mi hogar, me recibirían mis padres, juntos de la mano, expectantes a la reunión de nuestro querido hogar.

A mi regreso, me encontré con el rostro demacrado de mi madre.  Toda ella era como un cascaron ajeno a todo sentimiento, solo una obsesión demencial con mi hermana.

Tres meses después llegó la más que esperada muerte: mi madre ascendió.

Y quedamos ella y yo, como en los viejos tiempos, mi vieja amiga Daisy. Además del estorbo constante de mi hermana, incomodo, irritante, pero a pesar de todo soportable, por ahora.

Por primera vez estábamos en calma,  juntas en perfecta armonía, claro que por algún sacrificio.

 El cuerpo destrozado de Daisy a mi alrededor los retazos de tela esparcidos por toda la sala y cocina. Mi pobre amiga Daisy, había perdido tanto, pero aun así permanecía con esa sonrisa en su rostro.

Lo hiciste bien- repetía sin cesar.

Claro que había hecho lo mejor, lo que debí haber hecho hace mucho,

Una lástima… era el sacrificio de mi compañera caer en las garras del engendro irritante,

Pero ya estaba hecho, Daisy había sido vengada.

En la habitación, colgada del cuello, los ojos de Anna veían, sin ver, a la ventana que daba a la sombría tarde. Y a unos pequeños retoños de Margaritas.

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