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6 min
D´Annunzio
Reflexiones |
18.01.15
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Sinopsis

Vindicación "amoral" del olvidado Gabriele D´Annunzio

Una vez tuve una novia italiana. Hace ya diez años, podría decirse que Cuando era feliz e indocumentado –como reza el título de la deliciosa recopilación de crónicas y reportajes del sin embargo, y a mi juicio, sobrevalorado Gabriel García Márquez-. Admirable arquetipo de belleza transalpina, su aristocrático porte y refinados gustos mal casaban con el velloso anarcosindicalista que pretendía componer yo por entonces; pero de todos es sabido que la beca Erasmus, lo mismo que la política, hace extraños compañeros de cama.

En el transcurso de la única visita que alcancé a hacerle antes de que entrase en razón y tomase la sapientísima resolución de mandarme a paseo, fuimos de excursión al pintoresco lago de Garda junto a su hermana y el novio de ésta- sobrecogedor ejemplo, por su parte, del conductor temerario tan común por aquellos lares-. Allí, alguien -supongo que mi novia, dado el nivel intelectual que se intuía en nuestros acompañantes- me señaló el Vittoriale degli italiani, que fuera hogar postrero de Il Vate D´Annunzio, Gabriel (Gabriele) también él, para más señas. O, al menos, eso fue lo que creí entender –mi italiano era tan precario diez años atrás como lo es ahora; aunque, supongo, no fue mi inoperancia lingüística el motivo principal del rechazo al que me vi abocado pocos meses más tarde-. En cualquier caso, recuerdo haber asentido como si anidase en mí un hondo connaisseur de la obra del antiguo inquilino de aquella villa magnífica, para, inmediatamente después, tratar de salir del aprieto entablando conversación con el cenutrio de mi efímero cuñado, a quien el apellido D´Annunzio no resultaba en absoluto familiar, en tanto en cuanto no militaba en las filas del Brescia ningún futbolista así llamado.

Pasó el tiempo y aquella relación quedó como un recuerdo cosmopolita y sofisticado. Ni que decir tiene que D´Annunzio siquiera eso. De hecho no volví a reparar en él hasta varios años más tarde y en circunstancias no por diferentes menos deleitosas. Escarbaba en el polvoriento género de una librería de lance cuando topé con un volumen, hermosamente encuadernado en lo que todavía parece verosímil imitación de piel, que contenía tres novelas de aquél, a saber: El fuego, El inocente, y El placer. Más picado por el precio, irrisorio, que por una curiosidad, ciertamente, muy relativa, me lo llevé a casa. Su distinguido lomo estuvo por unos meses dando lustre a una de mis abigarradas estanterías, hasta que un primero de enero, concretamente el de 2011, y aquejado de la consabida resaca, me decidí a abrirlo.

Tras hojearlo con cierta suspicacia, acabé zambulléndome en El fuego –conste que no buscaba la paradoja fácil-. Por cierto, resulta curioso que las tres novelas aparezcan en orden cronológico inverso, caprichos –cuando no arcanos- del oficio editorial. Con ampulosa retórica, característica del decadentismo finisecular del que el propio D´Annunzio constituye ilustrativo paradigma, plasma el autor la tormentosa relación que le uniera a la actriz Eleonora Duse.

Esa misma prosodia engolada la volví a encontrar tiempo después, cierto que no por año nuevo, en la lectura de El inocente, llevada a la pantalla en 1976 –caso de que a alguien interese- por otro esteta irredento como Luchino Visconti.

Y he recién inaugurado este 2015 con la última de las obras contenidas en el bello volumen, la de título más sugerente: El placer. Publicada en 1889, cuando su autor contaba 26 años, se recrea en la descripción minuciosa de las gestas galanas de su joven protagonista, dandi que no cuesta imaginar trasunto del propio D´Annunzio.

Escritor y aventurero, soldado y poeta, decadente y postmoderno, la contradicción se encarna en todas las facetas de la vida y obra de este hombre hiperbólico. Celebrado en su día como una gloria máxima de las letras italianas y europeas, igual que muchos otros cayó en un olvido inmisericorde a causa de sus –cierto que discutibilísimas- afinidades políticas. No en vano, la alucinada república que, junto a unos cuantos “valientes” como él, instauró por las bravas en la ciudad de Fiume –actual Rijeka, en Croacia- sirvió de inspiración, nada lejana, al régimen fascista de Benito Mussolini.

A D´Annunzio le ha sucedido lo que, por poner algún ejemplo entre tantos, a Céline en Francia, a Jünger en Alemania y, salvando las distancias, a Cela aquí, en España. La valía literaria de todos ellos ha sido objeto de juicio sumarísimo y falaz, tamizado por el prisma de la ideología. Me explico; quizá D´Annunzio fuera un iluminado, Céline un filonazi y Cela un delator. Y es poco probable que la democracia liberal –aún menos el socialismo- constituyese plato del áspero gusto castrense de Jünger, o de cualquiera de los otros tres. ¿Los convierte ello en peores escritores? En absoluto. Basta con leerlos, apenas unas líneas, para darse cuenta de lo obvio. Eso sí, habiéndonos previamente despojado de los prejuicios con que la corrección política ofusca demasiados entendimientos.

Porque, aunque sería lo deseable, pocas veces la brillantez en el desempeño profesional propio conlleva una excelencia ética equivalente. No se me ocurren, de hecho, demasiados oficios en que dicha correlación sea exigible –el de sacerdote católico, si acaso; pese a que la aberrante actualidad, por si la historia no hubiese resultado ya lo bastante elocuente al respecto, ha demostrado lo poco realista de dicha demanda.

Tal vez suene un tanto cínico, cuando no totalmente fuera de lugar, pero del delantero centro de mi equipo espero que meta goles, no que sea buena persona –lo cual podría legítimamente exigir su familia, pero no muchos más.

En fin, valgan la tosca analogía y un refrán –no le pidamos peras al olmo-, para no reclamar del escritor más que buena literatura. Les aseguro que en D´Annunzio la encontrarán, y en abundancia. Háganme caso, yo fui el primer sorprendido.  

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