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3 min
De los de lanza en astillero. Memorias de un niño que creíase hidalgo (I)
Varios |
07.08.17
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Sinopsis

Capítulo I: De cómo fui ofendido sin motivo alguno y vencido por una astuta fulana

Abandoné el libro en la mesa. Era una edición antigua, en rústica y oro, del quijote de Cervantes que había leído con voracidad y creciente interés. Me levanté con parsimonia, pues no me son fáciles este tipo de movimientos después de haber inflado el mondongo con una olla de macarrones y una jarra de gaseosa, y me encaminé a la pieza contigua, donde enfundé daga y toledana y calé sombrero de ala ancha con recién estrenada pluma. Bien comido y armado me disponía a salir cuando la posadera me detuvo en el umbral.

-Niño, ¿has merendado?

A lo cual respondí yo que no sabía a qué niño se refería, que llegado el momento mi espada me proveería de vituallas y que guardase su insolencia para otro si no quería ver su cara marcada por mi guante. Al tiempo en que yo me daba la vuelta para proseguir mi camino replicome ella que lo que iba a guardar eran mis huevos en un tarro como siguiera hablándole a mi madre de esa forma, a la par que acompañaba su amenaza con una patada, que pillándome de improviso, alcanzome en la espalda haciéndome caer de hocico.

Ante tal vil ataque por la retaguardia y haciendo acopio de coraje, pues nunca faltaron arrestos a los de mi casta, relamí el hilillo, mezcla de sangre y mucosa, que me resbalaba desde la nariz hasta el labio superior y le reproché su desfachatez haciéndole saber que mi madre murió mientras yo derramaba mi sangre por España en los tercios de Flandes y que ninguna ramera utilizaría el nombre de tan insigne mujer en mi presencia. La infame aprovechó una leve distracción para arrearme otro puntapié en el pecho, que vino seguido de una serie de puñetazos que me volvieron a tumbar, tras lo cual cogiome de una pierna y arrastrome escalera arriba a la vez que decía que qué Flandes ni qué mierda, que ella no había pasado por setenta y cinco horas de parto para que un mocoso como yo le calentase la cabeza con sus gilipolleces y que no me dejaría salir porque no le salía a ela del coño, para después encerrarme en una habitación, en la que, sintiendo el escarnio sobre mi cabeza por tan humillante derrota, perdí el conocimiento.

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