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17 min
De lujuria y otros demonios
Humor |
17.02.15
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Sinopsis

Eventos acaecidos en convento de Francia del siglo XVIII.( Fe de erratas: me fue imposible utilizar la letra itálica, de modo que se va tal cual.)

  Allá para  la segunda mitad del siglo XVIII, en lo profundo de la campiña francesa de la provincia de Combrailles, se elevaba majestuoso el antiquísimo convento de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, o como bien se le conocía la Orden de Monjas Carmelitas. En el periodo que nos atañe, vivían conjuntamente tras sus muros seis monjas contemplativas, tres de la Segunda Orden, dos de la Tercera y cuatro novicias núbiles junto a la madre superiora, de nombre Micaela y quien llevaba la disciplina del claustro con puño de fierro. 
  Era Micaela una mujer prejuiciosa en extremo y tan temerosa de Dios que aun en las cosas más naturales de la vida creía ver algún indicio de intervención satánica; así, el constante temor de pecar irremediablemente la mantenía siempre vigilante, con el fin de evitar desviaciones que pudieran hacer que el Enemigo encontrase alguna brecha por donde colarse entre los sagrados muros de aquella institución. Fue por esta razón que comenzó a ver con cierta suspicacia a la novicia Adèle, una hermosa joven pelirroja de diecisiete años que recientemente había sorprendido a toda la comarca con la decisión de ignorar cualquier avance de su ingente lista de pretendientes y de buenas a primeras acogerse a la vida monástica, con la firme intención de tomar los votos. Desconfiaba Micaela de la vocación de Adèle y de la turbadora sensualidad que irradiaba su cuerpo de pantera joven además de la elasticidad de sus muslos y la turgencia de sus pechos, que ni siquiera el más sobrio de los hábitos lograba contener.
  El tiempo le dió la razón a la madre superiora, y una fría madrugada de octubre los hechos que se narran a continuación acabaron por confirmar que sus sospechas eran muy bien fundadas y que, en efecto, había el Enemigo utilizado la más antigua de las argucias para meterse de lleno en el seno de la sacrosanta Orden.
  Esa madrugada, una de las monjas más ancianas, cuyo nombre no viene a cuento, despertó sobresaltada por lo que parecían ser unos gemidos apagados provenientes del jardín. Se desperezó la monja de su sueño tan ligero y fue con sumo sigilo a asomarse a la ventana que daba al patio, con el fin de encontrarle explicación a aquellos lamentos como de animal a medio morir.
  Tras la penumbra del lugar pudo distinguir con cierta dificultad la abundante cabellera rojiza de Adèle moviéndose con ímpetu bajo la brisa otoñal; y con cada oleada dejaba escapar gemidos cada vez más apagados, pues cuanto más gemía, más mordía la pieza de dormir que llevaba abozalada, intentando amordazar en algo los aullidos de gata en celo que soltaba a la noche. Tras ella había un área donde la luz de la luna no lograba penetrar, pero a contraluz se lograba adivinar los contornos de una sombra alta y delgada, la cual se abalanzaba con repetida saña sobre su frágil figura; los gemidos continuaron in crescendo con cada embestida de la sombra, hasta que llegó al punto máximo, donde la pobre de Adèle, sin poder aguantar más las poderosas acometidas que estaba sufriendo, exhaló un grito tan potente que alborotó a todos los perros de la comarca, al igual que a madre Micaela y a todo su séquito de vírgenes.
  La monja que presenció aquello, al no saber a qué atribuir los rítmicos movimientos de la sombra, los gemidos de Adèle y su eventual clímax apoteósico, armó tremendo barullo de gritos, y bajando rauda la escalera y dando grandes voces como loca, alertó a todo el mundo, que: “allá en el patio alguna sombra maligna y fuera de este mundo estaba intentando matar a la novicia” y que quizá ya lo había logrado, pues aquél último grito de Adèle no podía haber sido de otra cosa que no fuera de muerte.
  Encontraron a Adèle desvanecida sobre el banquito de mimbre que madre Micaela utilizaba por las tardes para zurcir los hábitos viejos. Llevaba el camisón de dormir enrollado sobre el cuello, dando más aspecto de babero que de pijama, los pezones rosados y grandes, seguramente erectos por el frío endiablado y la piel tan blanca como marfíl, haciendo lindo contraste con el fuego rojo de la pelambre por donde había sido vulnerada. 
  Casi segura ya de la profanación del convento y de su silloncito de bordar, madre Micaela ordenó que se cubriera la pudicia de Adèle, se le cargara en hombros hasta las habitaciones y se le diera a tomar una tisana de sábila con miel y limón, cosa de que no fuera a morírseles en pleno convento y encima en ayunas, debido al frío o en todo caso, a la calentura, y comenzó a buscar en vano por todos los recovecos del patio, al que sufriría del castigo divino, del fuego abrasador, por haberse atrevido a mancillar aquél recinto sagrado con sacrilegio y mundanas suciedades. Al poco rato, convencida de lo inútil de la búsqueda, o porque ya tenía la reuma muy brava, desistió y se fue a las habitaciones, seguida muy de cerca por Berta, la boba del convento, quien por haber nacido bizca y medio atarantada, su padre se la había encargado a Micaela, teniéndole tan elevada estima que casi le servía de lazarillo, sin perderle pie ni pisada a la madre superiora.
  Por orden de madre Micaela pusieron a Adèle en un cuartito separado del resto, pues cabía la duda de que aquellos síntomas pudieran ser algo contagioso, y también existía el miedo a la perdición eterna, en caso de llegarse a dispersar aquella conducta entre las novicias del convento. Allí estuvo Adèle por tres días y tres noches, ardiendo en fiebre y sudando a mares, mientras se pensaba que en cada segundo se le iba la vida. En su delirio, Adèle balbuceaba incesantemente, mas de vez en cuando lograba hilvanar palabras inteligibles que en el convento lograron entretejer  y solo así se pudo conocer de la magnitud del peso que cargaba sobre su alma.
  Deliraba Adèle, sobre como al alcanzar la pubertad fue presa inmediata de un ente maligno,  engendro diabólico, que, si bien era aborrecido por ella y sus creencias, por otro lado comenzó a granjearse su deleite, debido al fuego y la pasión arrebatadora que despertó en su cuerpo vírgen. Gracias a este, comenzó a conocer su propio cuerpo, cosa vista con malos ojos por aquella época; y de como y con que vara se medían las jovenes de su calibre, y como lograr la mayor satisfacción posible, en una edad de prohibiciones carnales.
  Despertó la curiosidad en el convento Adèle, pues ni las novicias ni las envejecidas monjas habían conocido con que cuerno y potencia embestían los hombres, y luego de tres días de convalecimiento y estando la joven ya fuera de peligro, procedieron las novicias a inquirirla sobre los hechos que relató durante su delirio. Lo cierto es que la madre superiora, vigilante ante todo, mandó a buscar inmediatamente al párroco de la capilla provincial, el padre Donato, para que confesara, no solo a Adèle por faltar a la moral de la institución y la fe, sino también a todas bajo su techo, por la posibilidad de haberse contaminado con pensamientos pecaminosos tras oír las atrocidades que narró la novicia durante y después de su delirio.
  Hiciéronle a Adèle a modo de un juicio eclesiástico; padre Donato presidiendo la sala, madre Micaela a su derecha y todo el grueso de la matrícula del convento, incluyendo a Berta la boba, haciendo las veces de jurado inquisitivo. Adèle en el centro del salón, miraba al párroco y a la madre superiora con pavor genuino, pues creía firmemente que aquel gordito de carnes blandas y cutis delicado muy bien era capaz de hacer que el obispo la excomulgara o aun de hacerla arder en la hoguera si con ello pudiera limpiar cualquier afrenta espiritual; y también estaba segura que madre Micaela lo apoyaría en esta y cualquier otra decisión, por brutal que fuere, con tal de que salvaguardara la moral y el buen nombre del convento.
  A preguntas del sacerdote, Adèle aceptó lo que antes había manifestado: haber sido presa de alguna entidad impura que le había llevado de la mano por terrenos carnales hasta entonces desconocidos por ella. ¿Había Adèle disfrutado de las acciones de este íncubo?, preguntó  con desdén la madre superiora. Sin duda, respondió humilde Adèle, y mucho; quizá más de lo que hubiera preferido. No recordaba haber tenido momentos tan placenteros como los que le había hecho sentir aquel ser. Por tal razón y ante el temor real de arder en el infierno por aquellas acciones, decidió entrar al convento, con la idea de que, sirviéndole de catarsis, podría librarse del pecado mortal y de aquella bestia lujuriosa. No funcionó; y aun al mismo convento le había seguido Germain...
  Sí..., así...  Germain.
  En un principio, por su propia disposición de jovenzuela fantasiosa y romántica, pensó que podía llamarle Alexandre; luego de rendirse a sus encantos y atributos sexuales le pareció más bien André; y más tarde, su piel de ébano le indujo a llamarle Bruno. Sin embargo, bastó la razón y sentido común para que el íncubo cobrizo que había inflamado su cuerpo y sus noches de lujuria y de pasión, quedara completamente resumido y descrito con aquel simple nombre; pues al verlo de cuerpo entero, no cabía duda alguna: era Germain.
  Su primer encuentro fue terrible; aun la aparente destreza del íncubo no la eximió de un acto sangriento. Seguía fresco en su memoria, aquella noche en que Germain se abrió una senda tras el umbral de su virginidad; aun de madrugada ardía en deseo evocando aquel suceso, haciendo uso de recursos manuales que había descubierto durante su formación para calmar su propio fuego, mientras mordía las sábanas para acallar la tempestad que llevaba adentro. Y aun ella se estremecía al confesar que, con gusto se hubiera dejado arder en el infierno por toda una eternidad, si solo pudiese volver a disfrutar de aquel dolor sublime y exquisito.
  Más tarde, Germain le enseñó a cabalgar su potente animal encabritado sin lastimarse; y también aprendió con el tiempo a encontrarle el gusto a todo el caudal de su semilla ardiente. También la instruyó en el arte milenario de la felación; cuando Adèle, aún incrédula pero firme en su educación, logró, con gran ingenio eso sí, encontrarle cabida dentro de su boca caliente. En adelante, esta se convirtió en su forma favorita de disfrutar de Germain, de beber de la savia de su pasión, de retregarse con la sal de su cuerpo; de deleitarse con el olor a animal salvaje que dejaba en su lecho de madrugada.
  Comenzó la temperatura a subir en la sala del convento; cosa rara, pues aún hacía frío afuera. Durante el relato de Adèle algo en el ambiente interno comenzó a transformarse en efluvios insospechados y la atmósfera se llenó de susurros imperceptibles y con el sentimiento de expectación que siempre precede a los eventos mayores. Madre Micaela y sin duda todos los allí reunidos, sintieron el súbito trastoque del mundo; pero ella más que nadie comenzó a  sentir temor real por la salvación de su alma.
  Adèle siguió por vericuetos imprevistos, llenos de sensualidad y ardor ignorados por todas.  Hubo, entre las más osadas, quienes comenzaron a rozar sus cuerpos, compartiendo su calor mutuo, mientras las más tímidas se limitaban a sonrojarse y una que otra que intentaban contener lo que se les venía encima con tembloroso rezo. Incluso las monjitas más venerables y menos sensibles a emociones mundanas, sentían que aun en el más devoto y casto de los corazones podíase encender una leve llamita que desatara tamaño incendio y arrasase con posturas moralistas ridículas y adoraciones a dioses muertos...
  El apoteósis de la velada se logró, cuando padre Donato ordenó que Adèle invocase aquel íncubo lascivo, para que él le exorcizase y le desterrara del recinto sagrado y la librara de impurezas aprendidas. Así le ayudara Dios...
  Se hizo un silencio de sepulcro en el excitado convento, luego de que Adèle, con voz débil musitó muy quedamente, casi un susurro, el nombre maldito...
  Germain...Germain...
  Las ruedas del mundo se congelaron en sus ejes y por un minuto infinito el tránsito de los astros ya no fue más. En una esquina del salón, y ante la mirada atónita de todos, pareció materializarse Germain hasta quedar allí, de cuerpo entero y con el arma enhiesta. Plantó sus poderosas piernas en medio de la sala, con sus manos en la cintura escudriñando a todos con gesto altanero y mirada sardónica, exhibiendo orgulloso su respetable bestia erguida.
  El primero en rendirse fue padre Donato. Saltó cual mono en medio de la sala y sin más, se subió la sotana y mansamente se dejó montar con gran fruición y deleite. Nunca se supo el porqué, pero demostró una dexteridad inusitada, al lograr acomodarse toda la longitud palpitante del íncubo, mientras gemía de gozo ante cada una de sus embestidas.
  La madre superiora, huyó escandalizada, mientras estremecíase el convento con el ardor de la orgía. Cuando terminó con Donato, Germain siguió con Adèle, instruyó a dos novicias a consolarse mutuamente, bebió de la miel de todas ellas y finalmente copó la velada con el estreno nunca esperado de Berta la boba, quien por falta de experiencia no pudo calcular bien la envergadura de su aguijón y a la primera acometida se le destorcieron las pupilas; mas, la verdad sea dicha, se puede decir que lloró de dolor, pero también de felicidad.
  Las consecuencias de tan gozoso festín fueron fatales.
  El padre Donato fue removido de su puesto y durante un receso de su juicio de excomulgación, y tras afirmar que su único pecado había sido contra sí mismo y fue el de no haber llevado una vida totalmente libre, se subió al campanario y se dejó caer con los brazos en cruz delante de toda la multitud atónita.
  A la pobre de Adèle le fue aun peor. Juzgada como la semilla del mal y portadora del gérmen que llevó la perdición al convento, Adèle fue condenada a arder en la hoguera. En el justo momento de encender la pira, escrutó a todos y descargó su furia sobre aquellos que la habían juzgado y contra la hipocresía de la Iglesia y de todos sus elementos. Las llamas acallaron sus imprecaciones, pero sus palabras quedaron en las mentes de los muchos allí reunidos, escociéndoles como una piedrecilla en el zapato; casi como la conciencia colectiva de una muchedumbre ciega.
  Pero, también el tiempo le dió la razón a Adèle. Por lo menos en parte.
  Sucedió, que tres meses después de los hechos antes narrados, y en medio de una aclamada visita obispal, se revolcó toda la comarca ante la noticia de la escena dantesca con la que se toparon algunos fieles, cuando una noche tempestuosa buscaron asilo en el sagrado convento de Nuestra  Señora del Monte Carmelo.
  Se dice que casi infartan, al ver con estupor en medio de la sala, a madre Micaela desnuda y acaballada sobre la cara del venerable obispo, quien degustaba sus jugos con avidez y  a golpes de lengua; era cierto que el obispo no conocía casi nada de la práctica, aunque sí sabía algo de la teoría; además tenía muy fértil la imaginación y muchas ganas de aprender, que era lo que realmente importaba. Más abajo, su moderada pieza, pálida y rugosa pero útil aún, era consentida en toda la extensión de su tronco por la buena de Berta, quien de boba no quedábale ya ni un pelo; y como ya le había encontrado el gusto a todo aquello, tras de sí tenía en posición a Germain, quien con suma delicadeza, (que de sutilidad también aprendió) procedía a embestirla en reversa, o más bien en sentido contrario.
  Finalmente y tras la agria controversia que generó semejante sacrilegio, el convento de Nuestra Señora del Monte Carmelo fue clausurado definitivamente. Sus ocupantes fueron deperdigadas por el mundo y hasta hubo una que otra que, prefiriendo la vida secular, terminó casada y con hijos; incluso la monja más anciana perteneciente a la segunda Orden, encontró un viejecito pícaro que, si bien estaba ya fuera de circulación, también llevaba la chispa por dentro y la voluntad de hacerse sentir. Este le acompañó hasta el día de su muerte y pudo afirmar que sentíase mucho más protegida y feliz, que si hubiera tenido todo un ejército de arcángeles a su vera.
  De madre Micaela no se supo más, aunque se comentaba por lo bajo, que había terminado casada con un tendero manco de la ciudad y que aún por las noches permitíale la entrada a su dormitorio a algún jovenzuelo descarriado y procedía a enseñarle toda la gama de artilugios que había logrado perfeccionar durante su estadía feliz en el convento.
 El caso del íncubo fue distinto.
 Después de sacarlo del sótano del convento y exponerlo en pleno día, se descubrió que Germain no era en realidad ningún ser sobrenatural ni cosa que se le pareciese; tan solo era un simple negro del Sudán, de nombre Moga, que había escapado de sus captores franceses mientras iba en ruta a las colonias y había buscado refugio en el pueblo y luego en el convento. De más está decir que le habría ido mejor a un ser puramente diabólico que a un pobre negro cimarrón y encima luego de haber comprometido la honra de mujeres blancas y cristianas. Después de ciento cincuenta latigazos, lo metieron desnudo en una cuba de agua de mar, lo secaron al sol, lo remojaron en queroseno y lo quemaron vivo en plena plaza pública y a la vista de todos.
  Pero de su influjo demoníaco y de los eventos acaecidos en el convento se habló largo tiempo. Incluso, vale la pena notar que, después de la revolución francesa, cuando la organización por provinciados se abolió, aquel lugar pasó a ser llamado St. Germain du Combrailles, seguramente no en honor al llamado “Padre de los pobres”, sino a aquel otro y al triste final que le deparó el destino a un pobre esclavo escapado cuando se encontró perdido en medio de la “civilización”...
  
  
  
  

  
  

 

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Joel Ayala Alicea. Lector empedernido; ocasionalmente me atrevo a escribir algo de lo que creo haber aprendido de mis lecturas...

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