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4 min
De Paso
Amor |
23.11.09
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Sinopsis

Salman se adentró en Ciudad Iracunda por primera vez. A priori parecía una ciudad como cualquier otra: calles asfaltadas, transeúntes ajetreados, guardias de tráfico en los cruces, vagabundos en los bancos… Optó por hacer un alto en su camino y aprovechar la calurosa hora del día para tomar un aperitivo. Se decantó por una pequeña cafetería americana con una decoración algo pasada de moda, por un par de décadas al menos. Entró en el local y se sentó en uno de los taburetes que había junto a la barra. Las mesas siempre le parecieron un lugar reservado para parejas o amigos. El lugar para la gente solitaria, como él, se encontraba en la barra.
La camarera, una Greta Garbo pasada ya por varias clínicas de desintoxicación, discutía con un orondo cocinero de aspecto mugriento; un Stanley Kowasky sin el glamur de Marlon Brando, que sostenía un voluminoso cuchillo de carnicero. Salman carraspeó anunciando así su presencia. La camarera ladeó la cabeza, y soltando algún que otro exabrupto al cocinero, se acercó violentamente hasta el nuevo cliente. Un “¿quévaatomar?” salió expelido por su boca, pero lo bastante claro para que no la entretuviese ni un segundo más de lo necesario. Café y gofres, le respondió, y la camarera, con un asentimiento desdeñoso regresó a la cocina volviendo así el coro de gritos y golpes.
      Salman pensó detenidamente en soltar unos cuantos dólares sobre la mesa y salir de allí antes de que volviera la camarera. Miró a su alrededor y vio tan sólo unas pocas personas, las que dedujo que serían los parroquianos del local, pues apenas se inmutaban con la disputa de detrás de la cortina. Cuando alguien vive durante largo tiempo en la estación, sabe que el estruendo del tren no le hará daño mientras no se quede sobre las vías.
      El camarero soltó de repente tal injuria sobre la Garbo desgreñada, que los cuatro parroquianos levantaron la cabeza y se miraron unos a otros. Una mala seña, sin duda. Se escuchó un golpe sordo y seguidamente el grito agudo de la mujer. Todos nos levantamos, pero ninguno sabíamos cómo actuar. La camarera en ese momento salió de detrás de la cocina aferrándose al brazo y mostrando el muñón sanguinolento donde antes se encontraba la mano. Un gélido estremecimiento recorrió la espalda de Salman y notó cómo la sangre se ausentaba de su cara. Sin que ninguno hubiese tenido aún tiempo de reaccionar, el cocinero apareció detrás de la camarera con un el cuchillo aún en la mano y asestó terribles golpes sobre la espalda de la infeliz hasta que los gritos, y posteriormente los gemidos, se extinguieron para siempre.
      Todos se quedaron en silencio; inmóviles, sin aparta la vista del asesino, y aún menos del cuchillo. El cocinero levantó la mirada y la posó sobre los testigos. Su semblante estaba contraído por la ira; los ojos parecían querer salírsele de las órbitas, las venas de sus sienes amenazaban con explotarles, y los dientes tan apretados que casi se oían rechinar. En ese momento uno de los parroquianos se lanzó sobre el agresor y comenzó a acertarle terribles golpes. Los demás comensales reaccionaron de repente y todos se lanzaron a la ayuda de su compañero. Salman permanecía inmóvil, sin dar crédito aún a lo que veía. Una algarabía de golpes le llovió al asesino hasta quedar él también silenciado en el suelo.
Los parroquianos guardaron silencio mientras recobraban el aliento. Salman recuperaba poco a poco el control de sus extremidades. No fue mala idea entrar, tenía hambre; el error estaba en quedarse aún allí. Caminó lentamente hacia la puerta e intentó alejarse de Ciudad Iracunda lo más posible antes de que oscureciese. Si sus habitantes se comportaban así durante el día, quién sabe lo que ocurría allí durante la noche. Él siempre supo cuál era su lugar, y allí sólo estaba de paso.
      

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