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4 min
De paternidad y dípteros.
Reflexiones |
17.10.17
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Sinopsis

En una tarde a principios de otoño entró una mosca, refugiándose del frío, ultimando sus últimas horas en la Tierra. Soñando con ser humana. Aquí os va, no le prestéis mucha atención.

Revoloteando por la habitación una mosca sacudía sus alitas, vibrando su cuerpo mientras chocaba contra todo. Una. Y otra vez. Botaba ante todas las superficies posibles de la habitación. Aunque de vez en cuando reposaba para tomar aire entre estampidas.

Yo estaba solo en mi austero pero desordenado cuarto. Acompañado de instrumentos musicales: a la izquierda mis dos guitarras clásicas, a mi derecha un piano de pared blanco y justo en la esquina, tirado por el suelo, un bonito ukelele de caoba. La mosca seguía chocando, estrellándose sin parar, hasta que se topó con una de las guitarras provocando con su choque un breve resonar en el aire, quedando un Mi vibrando por toda la habitación.

Me aburría, iba buscando vídeos en internet. Tras tres vídeos espantosos sobre mascotas haciendo payasadas encontré un vídeo bastante penoso, de estos que se hacen virales rápidamente: un tipo barbudo con gafas ligando en un programa. Era un breve fragmento en el que aquel tipo exponía sus sentimientos sin percatarse de que a posteriori el susodicho programa se burlaría de él. Primer plano, él sentado, de fondo un corazón con algo escrito: “Fantasioso y dudoso”. Faltaron risas enlatadas para terminar de ridiculizar a este pobre tipo –pensé-. Y me quedé así, extrañado, pensando.

¿No somos todos como la mosca? Nos chocamos, nos chocamos, nos volvemos a chocar, chocamos mil veces y nos volveremos a estampar. Sentimos placer haciéndolo, un extraño deleite masoquista. Veo a este tipo, el barbudo fantasioso, abriendo su corazón en diferido, y me pregunto: ¿Será una metáfora sobre el amor?

Llamadme derrotista, amorosamente pesimista, pero me deleito creyendo que la vida no me otorgará un amor pleno. No a mí. Yo no lo puedo sentir. He nacido maldito, con una piedra en mi interior, fría y llena de esquirlas de metal. Una madeja atada y mil veces atada, repleta de sangre, bombeando por sí misma, queriendo ser un órgano vital. Manteniéndome con vida pero muerto. Mi corazón hace tiempo que quedó congelado, atado, enfrascado en mis miedos más atroces. Tiemblo al pensar en todos aquellos que se dignan a enfrentarse ante este sentimiento. Aquellos embravecidos desquiciados a quienes profundamente –y en secreto- admiro.

Quizá la mosca fuese una amante mía en una vida pasada. Me necesita, quiere volver a mí y está reclamando mi atención. Se empieza a posar en mis piernas, está cada vez más claro, estuvimos conectados. Yo y la mosca. Fuimos uno. Quizá fuera alguien a quien maté en una vida pasada, en el siglo XII, lanzándolo tras un forcejeo desde el campanario de la catedral de Reims –intenta acabar conmigo, se intenta vengar, pero tiene un cuerpo diminuto-. Esta es la incertidumbre de la reencarnación.

Seguí a lo mío, medio atontado, buscando nuevas canciones y vídeos estúpidos hasta quedarme dormido. Serían las seis de la mañana, tenía ya los ojos enrojecidos y cansados. Apagué el portátil y me metí en la cama. No abrí la ventana, esa mosca se quedó conmigo.

Al levantarme encuentro a una niñita a los pies de mi cama. De seis años, a lo sumo siete. Tenía una trenza sujetando su pelo. De ojos marrones  Parecía estar llena de heridas, moratones, como si hubiera sido golpeada, como si se hubiera caído mil veces, como si se hubiera chocado queriendo contra algo. Me levanté y me abrazó sin mediar palabra, con los ojos inundados en lágrimas, temblando, sollozando parecía que quería decir algo:

-Papá –decía entre lágrimas-, ya he vuelto. 

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