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11 min
De batracios, pingüinos y otros seres de dios
Humor |
01.07.19
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Sinopsis

Para aquellos que ya lo habían leído, he retocado y modificado ligeramente su final. Espero que disfrutéis su lectura como yo he disfrutado mientras lo escribía. Un abrazo desde un rincón de Madrid... :)

Siempre he tenido más o menos claro que ser ecologista no puede reducirse a ser socio de alguna organización prodefensa de la naturaleza. Delegar nuestra cuota de responsabilidad puede acallar conciencias, pero sirve de bien poco si este gesto no va acompañado de un compromiso mayor. Hay que seguir avanzando, creerse que podemos jugar un papel importante, y que las pequeñas medidas cuando suman en la misma dirección se transforman en grandes cambios.

En mi caso mi compromiso me llevó a vestirme de verde con muchos escuditos, y a jurar ante la administración defender con mi vida desde las huellas del lince de Aldea del Fresno - porque del animalito en sí es lo único que nos queda- hasta el más humilde de los pingüinos patagónicos. Y desde entonces, en fin, se hace lo que se puede. Por los pingüinos y otros seres marinos mi aportación es escasa porque soy muy de interior y el mar me produce sofocos, pero indirectamente -gracias a que el ecosistema es ahora global y todo está hilvanado- hago mucho más.

Así para empezar te contaré que de bien chiquito ya tenía muy despierta está inquietud por ayudar a la madre tierra, y siempre estaba maquinando nuevas ideas con los que contribuir a la causa. Mi primer proyecto, creo recordar, iba en la línea del ahorro hídrico, y se lo debo a un programa de divulgación científica del que era ferviente seguidor. En él, un investigador que lo sabía todo sobre los difíciles equilibrios del planeta, planteaba retos caseros al alcance de cualquiera:

"Esta semana os propongo ahorrar agua. Os propongo dar vida. Os propongo cambiar el mundo desde cada una de vuestras casas, y solo pido que introduzcáis una pequeña botella en el inodoro. No dudéis mis queridos radioescuchas, con este sencillo gesto cada vez que pulséis la cisterna estaréis salvando dos ranas pequeñas o una gorda. Pensar en ello, y como os digo siempre: si se puede hacer, hacerlo, cada minuto cuenta...”.

Sus palabras, como siempre, eran una lluvia fina que calaba hondo y que te animaban a poner tu granito de arena. Así que no esperé a que otros tomaran la iniciativa, y esa misma tarde decidí poner en funcionamiento tan eficaz medida, y la verdad no me costó mucho. Primero me hice con una de las botellas de lambrusco que tanto alegraban las comidas de la abuela. Después me fui con ella al baño, levanté la tapa del váter y la coloqué ahí mismo, con su morro estrecho apuntando hacia arriba. Instalado el dispositivo empleé la siguiente media hora en tirar dieciocho veces seguidas de la cadena, lo que significaba, si mis cálculos eran correctos, que sin moverme de casa había salvado treinta y seis ranitas de una muerte segura. ¡Joder!, ese investigador sin duda era la leche.

No obstante, y visto desde la distancia, quizá le faltó algo de planificación a la medida. Toda acción requiere de una campaña informativa para dar a conocer sus objetivos y líneas de actuación, y en ese punto, producto de mi ansia por empezar a ver resultados, me quedé algo corto. Únicamente me dio tiempo a pegar un pequeño cartel en la puerta del aseo antes de que papá, en uno de sus episodios de explosión intestinal, hiciera uso de él. Entonces no tuve en cuenta que cuando alguien va con prisas lee poco, y menos un “Post-it” mal colocado en el que puse un lacónico "Cuidado con el lambrusco". Estas circunstancias cogieron desprevenido al bueno de papá, que al sentarse deprisa y corriendo no se percató de la botella, ni hizo por evitarla, por lo que la parte superior de ésta, que sobresalía unos diez centímetros por encima del nivel del asiento, se le insertó del tirón, y para su sorpresa, en el mismísimo recto.

Siendo mi padre un avanzado del ecologismo sabía que el disgusto se le pasaría pronto, una vez le explicara que aquello no era una broma de mal gusto sino un acto por el bien de los batracios del mundo.  Sólo debía dejar que finalizara su letanía de exabruptos y tacos varios, y esperar a que retornara la calma. Aunque creo no dejé transcurrir el tiempo necesario para que las aguas volvieran a su cauce, porque antes de pronunciar mi primera palabra me soltó dos hostias como dos panes que no vi venir y que me hicieron dudar de mis firmes convicciones. Pero como no hay mal que cien años dure, esa misma noche papá, ya sereno y sin botella, quiso compensar su brote de ira con una estructurada disertación acerca de las acciones y sus consecuencias, que resumió tras una brillante exposición en un “hijo, no se puede hacer el bien a unos a base de dar por culo a otros”.  Cuánta razón tenía ese hombre.

Pues sí, todos estos recuerdos de juventud, y otros que no citaré, le contaba aquella cálida mañana a mi amigo Martín, un agricultor ripense al que había conocido unas horas antes durante una de mis rutas de vigilancia. Desde luego Martín era un tipo singular, portador de esa extraña habilidad de estar pendiente de todo sin parecerlo. Podía cosechar, correr detrás de los conejos, o contemplar las nubes pasar, y al tiempo escucharme sin perder el hilo de lo que le iba diciendo. La verdad es que hablar me habló poco, pero con la mirada lo decía todo. Qué buen rato pasamos y hubiéramos seguido pasando si no me hubieran avisado desde la Central acerca de una columna de humo que se cernía sobre la vega del río Jarama.

Con pena me despedí del bueno de Martín. “El deber siempre es lo primero”, le dije, con la promesa de que volvería para narrarle algún que otro episodio de mi infancia. De camino al coche me pareció escucharle soltar una retahíla de improperios e insultos varios, producto seguramente de mi repentina marcha. ¡Qué carácter tienen estos labriegos!, ya le compensaría en mi siguiente visita.

Al volante de mi pequeña montura, un Suzuki Samurái de setenta y cinco caballos, no tardé en avistar la columna. Allí estaba, densa, oscura, siniestra, amenazando con devorarlo todo si no hacíamos algo por detenerla. ¡LA LECHE!, daba un poco de miedo. Mientras me acercaba no pude evitar un sudor frío al recordar los miles de hectáreas que habían desaparecido consumidas por el fuego en unos de esos parques americanos llenos de osos, setas de cardo y senderistas en sandalias. Y todo por culpa de un cigarrillo postcoital...

Según recogió en aquellas fechas el “Scranton Time News”, el incendio se inició en una tienda de campaña, concretamente en unas bragas de lycra de talle alto. A dos columnas explicaba el citado rotativo cómo una pareja de octogenarios, en un intento de emular sus años mozos, había acampado en el parque nacional de “Little Big Turnip”. Caída la noche y poseídos por una lujuria desconocida lo dieron todo hasta caer exhaustos. Durante tres maravillosos minutos la artrosis dejó de ser un problema, y sus respectivas prótesis de cadera y rodilla -propensas a encasquetarse- se adaptaron a cada nueva posición con especial entusiasmo…, eran sólo ellos en perfecta armonía con la naturaleza que les envolvía. 

Continuaba el diario con una prosa ciertamente exquisita, que estando los ancianos tendidos y en un estado próximo al nirvana, decidieron echarse el cigarrillo de después aderezado con unas briznas de maría. En la primera calada, o tal vez antes, el sueño les pudo, escapando el cigarrillo de sus manos con tan mala fortuna que fue a aterrizar sobre la fina y combustible lencería que yacía junto a ellos. Cuando los dormitantes amantes se percataron del humo y quisieron reducir las llamas empleando como batefuegos un sujetador y un par de calcetines, la cosa se desparramó definitivamente:   "Osos, cardos y sandalias ardían bajo el estrellado cielo americano". 

Estaba claro, el tiempo empleado en el primer ataque y el uso de herramientas profesionales era fundamental para el éxito de la misión. Así que aceleré, todo lo que se puede acelerar con un Suzuki Samurái, en busca de la gloria o tal vez de la muerte. Pasados diez minutos me desvié de la carreta comarcal M-503, para coger un camino que sabía me llevaba prácticamente al río. Los baches y las viejas cárcavas que atravesaban el trazado dificultaron el avance hasta hacerlo imposible. Aparqué a unos doscientos metros de la base de la columna de humo, el resto de la distancia tendría que cubrirla a pie. Pero no importaba, disponía de todo lo necesario para una actuación rápida de pronto ataque.

Antes de iniciar la marcha cogí el batefuegos, y pertreché mi lindo cinturón forestal con el material estrictamente necesario, esto es, trunking, emisora de antena larga, kit de baterías, cantimplora de camuflaje, navaja multiusos, un par de barritas luminosas y el botiquín de emergencias, nada más, dado el impedimento de mi estrecha cintura. Tras los primeros pasos el cinturón, y por ende los pantalones, empezaron a deslizarse hacia cotas inferiores. La ley de la gravedad hacía su trabajo de forma incansable. Con medio culo al aire, me detuve unos instantes para reajustarme los calzones y desprenderme de algo de lastre. Demasiado peso para una situación de emergencia, con la navaja multiusos tenía suficiente; a por el resto ya volvería más tarde. Si quería que la noche no me sorprendiera debía darme prisa.

Según me acercaba el temor iba desapareciendo, y su lugar lo ocupaba una estúpida sonrisa de la que empezaba a ser consciente.  Ese olor embriagador, esas bocanadas de humo, me llenaban de felicidad. Tenía ganas de volar, de cantar, de bailar, bailar, ... ¡Ay!, si estuviera aquí mi querida Macarena, con sus caderas, y el resto de su cuerpo diseñado para el reggaetón, la lambada, y otros bailes regionales. Era una diosa entre las diosas, y para mi fortuna vecina de portal. En algún momento tendría que declararle mi amor, aunque estaba complicado. Desde que su marido había perdido el trabajo no había forma de pillarla sola, y creo se estaba escamando. Tendría que buscar otra excusa para llamar a su puerta. Lo de pedirles prestada la freidora todas las noches, podía resultar sospechoso, por mucho que me gustasen las croquetas.

No sé si como consecuencia del karma, o del humo que estaba tragando, contemplé con asombro como el cielo se abría en dos, y descendiendo de él, con unos leggins monísimos y un top ajustado, apareció Macarena. Mi vecina no se perdía una fiesta, así que según aterrizo se puso a bailar como una posesa. Aprovechando el momento, y dado que venía sin marido, le declaré mi amor, a lo que respondió con un beso chupón, del que aún guardo el recuerdo. El universo era maravilloso, y yo formaba parte de él.

Durante nuestro bailecito surgieron de la nada otras formas que se unieron a la danza con especial entusiasmo. Los primeros en aparecer fueron una pareja de guardias civiles y, tras ellos, haciendo el trenecito indio, unos jóvenes en pelota picada que resultaron ser los dueños de la plantación que estaba ardiendo. La curiosa procesión la cerraba un unicornio al que le faltaba el cuerno y rebuznaba como un burro. Fueron unos momentos preciosos, todos unidos en perfecta comunión, pegando brincos y cantando temas ingleses.

Al alba nos encontró una dotación de bomberos que a la postre resultó ser la mar de aburrida. No se marcaron ni unos acordes, solo pendientes en rematar aquellas llamitas que no molestaban a nadie. Los sanitarios parecían más simpáticos, estaban dispuestos a unirse a nuestro coro de aullidos, si les acompañábamos primero a su unidad móvil. Querían que echáramos una cabezadita antes de proseguir la fiesta, y a decir verdad nos hacía falta. De repente me sentía agotado. Allí tumbado, mientras me vencía el sueño, no pude evitar recordar a mi amigo Martín. Tendría que hacerle una visita en breve, una experiencia así era digna de ser contada a alguien que supiera escuchar, y él, mi querido Martín escuchaba como nadie… :) 

Chus Luvi, 2019

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