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4 min
De Regreso a Casa.
Terror |
11.12.14
  • 5
  • 1
  • 1009
Sinopsis

Tras haber pasado varias noches en la casa donde creció, Ivác comienza a notar una serie de sucesos escalofriantes; cada madrugada, a las 3:01, el reloj se detiene por un par de minutos. Esa era la hora en que su hermano Philip había fallecido y dos eran los minutos que había tardado en pasar de la vida a la muerte. Cada noche, el reloj le recordaba a Ivác los detalles trágicos de la muerte de su hermano...

El reloj que se encontraba sobre la mesa del salón principal marcaban las tres en punto. La oscuridad devoraba los muebles de esa mansión antigua y el silencio llenaba cada rincón de aquélla habitación. Ivác se encontraba de pie, observando detenidamente cómo el segundero marcaba su ruta en el antiguo reloj. Si las manecillas marcaban las tres con dos minutos, pronto podría irse a dormir.

En cambio, el reloj se detuvo en el primer minuto, ni si quiera cruzó de las 3:01. El momento había llegado.

Corrió hasta su habitación por el pasillo que tantas veces ya había recorrido, siguió hasta el final y entró en la pequeña alcoba que años atrás le había pertenecido, esperó en silencio a que la caja de música “averiada” cobrara vida, pero en cambio el silencio siguió presente. Entonces se dio cuenta de que no estaba solo. Dio media vuelta sobre sus talones  para encontrarse con la pequeña silueta de un niño flaco y encorvado; sabía que no era real, pero la respiración agitada del niño le hacía dudar de que no estuviera muerto.

-Philip –susurró al que en vida había sido su hermano. Pero no obtuvo respuesta.

El niño seguía de pie, tambaleándose de vez en cuando, con la vista fija sobre sus propios pies o perdida en algún sitio del suelo, respiraba con dificultad y su piel poco a poco recobraba color. De gris a amarillo y después un tenue rosado. Lucía tan real, parecía estar vivo.

Ivác, dudando de sus movimientos, se acuclilló frente al niño y trató de tocar su tierno rostro, pero el niño lo esquivó. Ivác sintió un grueso nudo en la garganta y pensó que si se lo contaba a su madre, lo tomaría como un insulto a la memoria de su pequeño hijo difunto. Pero él, en cambio, pensaba que ésta era una forma de reconectarse con su pequeño hermano y de recobrar un poco del tiempo que había perdido. Quizá, ésta fuera su oportunidad.

Contempló el rostro de ese niño, sus ojos verdes se perdían en la oscuridad y los poros de su pequeña nariz se abrían y cerraban conforme respiraba. Recordó haber visto muchas veces antes ese mismo gesto, cuando el niño después de jugar en el patio volvía a casa con las rodillas raspadas y la frente sudada. Era un gesto tan natural y digno de la inocencia que sólo las almas infantiles conocen. ¿Qué juego habría estado jugando su pequeño hermano para que respirara así? Ivác intentó estrecharlo entre sus brazos para que el niño descansara y pudiera él mismo descansar de su agonía, del vacío que sus brazos sentían desde que no pudo volver a rodear a su pequeño hermano. Pero justo antes de poder hacerlo, el niño desapareció.

Ivác corrió de vuelta al gran salón donde el único reloj en toda la mansión había dejado de funcionar, pero al llegar al sitio encontró que el segundero había continuado su ruta con un leve retraso de dos minutos y seis segundos –Ivác lo sabía, porque de manera metódica se había dedicado a observar y registrar ese fenómeno aparentemente temporal-, fue entonces cuando la pena y la decepción le invadió hasta la médula, un frío tajante le cortó la respiración y con el alma inundada de dolor se dejó caer al suelo sobre sus rodillas donde lloró hasta entrada la mañana, cuando la luz del Sol arrojó pequeños rayos al salón.

Ivác, con la vista borrosa de tanto llorar, pudo percibir un haz pequeño al que su hermano se dirigió corriendo desde el umbral de la puerta donde había aparecido de repente, le vio desvanecerse lentamente hasta desaparecer, aunque algo en su interior le aseguraba que ésta vez desaparecía para no volver. Philip Crane se había ido para siempre, después de cinco años de su muerte.

Ivác lo supo entonces, su hermano por fin volvía a casa., al sitio donde podría descansar… Para siempre.

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  • Me gustó el ambiente que creaste, buen cuento, saludos.
  • Diría adiós, así de simple.

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