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12 min
De vuelta a la Tierra
Infantiles |
01.10.15
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Sinopsis

Héctor Baronelli V aparcó la nave espacial detrás de la casucha vieja, posándola con mucha delicadeza junto al columpio roto que colgaba del gran árbol pelado. Del suelo se levantó una espesa nube de fina arena molida que envolvió al vehículo hasta hacerlo casi desaparecer. La nave, antes de apagarse por completo, emitió dos destellos de luz que pintaron de naranja aquel paisaje que ya iba oscureciéndose. Poco después, el silencio volvió a reinar como lo había hecho durante más de un siglo.  

Una vez evaporado el polvo, y con la nave reposando como un elefante dormido, asomó por una estrecha puerta la silueta de un ser extraño. Presentaba la figura de un astronauta antiguo, pero con un acabado final mucho más hortera. Héctor comenzó a bajar de la nave sin quitarse el enorme casco que llevaba. Parecía una pecera al revés y su cabeza un besugo gordo que apenas cabía en aquel recipiente acristalado. El hinchado traje plateado que llevaba, reluciente y cegador,  tampoco ayudaba mucho a mejorar su imagen. Aquel grotesco personaje descendió de manera tímida por la escalerilla que se había desplegado tras abrirse la puerta.

Tras acomodar sus pies a la tierra firme, Héctor se desperezó de manera ostensible. Al hacerlo, le crujieron todos los huesos de la espalda como si fueran ramitas secas de almendro.  Los viajes intergalácticos lo dejan a uno hecho una piltrafa, sobre todo cuando ya se peinan canas. Un par de profundos bostezos empañaron de vaho el frontal del casco y dificultaron la visión de Héctor durante unos cuantos segundos. 

Una vez hubo estirado bien sus extremidades, el extraterrestre que antaño fue terrestre comenzó a rodear la casa. Se dirigió a la entrada principal por aquel camino sucio de barro que muchos años atrás fue un hermoso sendero de baldosas amarillas. Todo el entorno estaba apagado y triste. No había ni un soplo de vida a su alrededor. El astronauta plateado se movía con cierta dificultad, como si aquel traje de papel de aluminio pesara una tonelada. Era lo que tenía haber cumplido ya ciento noventa y siete años. Probadlo vosotros cuando lleguéis a esa edad, a ver si pegáis saltos. No obstante, Héctor se sentía bastante bien para la edad que tenía. Además, aún le quedaba algún año más antes de la encapsulación.

Era la primera vez que pisaba la Tierra desde hacía ciento ochenta y siete años, desde el día del Apagón Final. Aquel día que la Tierra dijo basta, dos días después de que Héctor celebrara su décimo cumpleaños, la humanidad huyó hacia la Galaxia Caliopea en busca de otro mundo que extinguir. La tarde del Apagón Final, surgieron desde la superficie terrícola un sinfín de naves de todos los tamaños, encabezada por los Grandes Líderes. Era una caravana infinita de pueblos en desplazamiento, un camino de hormigas interminable que, zigzagueando por la galaxia, se perdía en el difuso horizonte espacial. En una de aquellas naves, una de las chiquitas de paseo, Héctor se marchó junto con sus padres y un loro parlanchín que tenían. ¡Menudo viaje les dio el loro! No paró de hablar durante todos los años luz que duró el traslado. Claro, no lo tiraron por la escotilla por el tema del oxigeno y tal, pero ganas no faltaron. ¡Qué pesado!  

Los Grandes Líderes, que todos sabemos que son muy sabios y guían a la humanidad con gran dedicación, decidieron que la humanidad tendría su nuevo hogar en el planeta Kaluma. Era el único planeta que encontraron por la zona que tenía agua, oxígeno y una especie de animales que parecían vacas y que daban una leche muy rica. Luego resultó que ni eran vacas ni aquello era leche, pero esa es una historia que ya os contaré otro día. Desde lejos, Kaluma parecía una pelota verde algo apepinada y no es que fuera muy grande, pero con las prisas es lo único que pudieron encontrar que quedara a mano. Allí se instaló la humanidad de nuevo como un parásito en un intestino y allí continúa de momento haciéndole la vida imposible al resto de criaturas que allí habitan.

 

Antes os mencioné la encapsulación. No sabéis lo que es, ¿verdad? No os preocupéis, que yo os lo cuento mientras Héctor  llega a la entrada de la casa. Diríamos que se trata de una especie de descanso eterno espacial. La persona que ve próximo el final de su vida, invitada por los Grandes Líderes, se introduce casi voluntariamente en una capsula metalizada. Una vez la persona se pone cómoda en su interior, la cápsula es disparada al espacio por un enorme cañón de factura gubernamental. El cañonazo se oye prácticamente en todo Kaluma. Una vez en el espacio, tras unos días de plácido viaje galáctico, uno empieza a sentir como que le vence el sueñecito. Podríamos decir que la persona se va durmiendo poco a poco, casi sin darse cuenta, de manera muy dulce, hasta que lo hace para siempre. Es curioso ver cómo estas personas se duermen con una hermosa sonrisa dibujada en sus caras. Los grandes líderes son muy humanitarios, ya que ayudan a las personas de escasa producción a llevar una vida más relajada, mucho más relajada.

En noches claras, Héctor todavía podía ver a sus padres surcado el espacio con armonía en sus capsulas. Había un montón de esos receptáculos metalizados flotando, pero Héctor tenía siempre la paciencia suficiente para encontrar los de sus padres. Además, el telescopio de Héctor era tan potente que incluso llegaba a ver sus sonrisas encapsuladas. Eso le reconfortaba mucho. Sus padres, felices en vida, parecía que seguían siéndolo durante el sueño final. 

Los grandes líderes ya habían enviado a Héctor Baronelli V un escueto telegrama electrónico anunciándole su retiro:

 

 Querido señor Baronelli V, nos es grato anunciarle que en un plazo máximo de tres años recibirá usted el plácido descanso que tanto merece. La capsula, como bien sabe, corre por su cuenta.

 

Los Grandes Líderes  

 

En un plazo máximo de tres años, sería encapsulado. Por eso Héctor había vuelto a la Tierra. Quería volver, aunque tan solo fuera por un momento, a la etapa más feliz de su prolongada vida.

 

Frente a la entrada de la vieja casa, Héctor solo fue recibido por un marco podrido donde debía haber una puerta. De la puerta, ni rastro. Nada más introducirse unos metros en lo que fue su casa, comprobó con tristeza que todo lo que allí hubo estaba tan envejecido que apenas recordaba aquel espacio como suyo. El tiempo y el clima se habían aliado durante más de un centenar de años para romper las ventanas y devastar toda la planta baja. El comedor, que en su tiempo fue amplio y luminoso, era una cueva ennegrecida en el que solo se distinguía el esqueleto abandonado de un enorme sofá. Las paredes del pasillo eran un continuo de manchas ocres allí donde en su tiempo hubieron cuadros. La cocina y los baños estaban repletos de los cientos de azulejos que se habían desprendido de las paredes, formando una gran manta de pequeñas piedras azuladas que cubría todo el suelo. Las tuberías descolgadas sobresalían de los desconchados del techo como escuálidos brazos de espantapájaros. Total, que estaba todo hecho un auténtico desastre. El ánimo de Héctor estaba por los suelos. Aquello ya no parecía, de ninguna manera, su casa.   

Héctor se dirigió al desván que coronaba la parte superior de la casa, el verdadero objetivo final de este regreso a la infancia. Pese a todo lo que había visto, aun tenía la necia esperanza de que en la planta superior todo fuera distinto. Allí arriba, si su mente no le engañaba después de tantísimos años, debía estar todavía lo que él andaba buscando. En la penumbra de aquella estancia, con el alma rota, Héctor escondió sus tesoros el día que su padre le dijo que todo aquello no cabía en la nave. Aquel recuerdo permanecía fresco en su memoria y le había atormentado durante toda su vida. Mientras subía, los escalones crujían tanto que parecían quejarse de las huellas de barro que Héctor les grababa con sus pisadas. Una vez estuvo en el piso superior, Héctor tuvo que encender la luz de su casco. Estaba todo tan oscuro que no veía un palmo más allá de sus narices. Ahora, con la facha que calzaba y aquella luz,  parecía un minero gordo y torpón. Enseguida encontró ante él la puerta del desván. Solo con apoyar la mano, esta cayó hacia adelante, y un ruido sordo precedió a una polvareda que se levantó ante él. Al disiparse la nube, presidiendo el centro del desván, Héctor pudo ver aquella caja roja de latón que tenía grabada en sus pensamientos desde el día de su partida. El desván, aun teniendo la misma suciedad que el resto de la casa, parecía levemente en mejor estado. Allí no había ventanas y tan solo las motas de polvo habían conseguido entrar bajo la rendija que dejaba la puerta.

 

Héctor apretó el botón verde que llevaba el traje en la zona del pecho que recaía sobre el corazón. Inmediatamente, el traje comenzó a deshincharse como un neumático pinchado, silbando agudas notas en el aire mientras lo hacía. Una vez deshinchado, el visitante tuvo la movilidad suficiente para arrodillarse emocionado ante aquella caja misteriosa. Estaba impaciente por abrirla. Retiró la tapa, no sin dificultades, ya que esta había quedado encajada por el paso de las décadas. Un último tirón venció su resistencia y salió disparada contra la pared, armando un gran estruendo al caer al suelo. 

Lo primero que vio Héctor fue los tebeos de los gemelos. El papel casi se deshacía al tocarlo y Héctor los sacó con mucho cuidado, depositándolos junto a la caja. En la portada se veía aquellos niños corriendo calle abajo mientras un señor orondo los perseguía con un espolsador de sábanas. ¡Aquellos gemelos tan traviesos! ¡Menudas risas se había echado con ellos! Bajo los tebeos había una vieja máquina electrónica, una de aquellas con un solo juego en la que un mono tiraba barriles por una rampa con la intención de impedir que subiera un fontanero con bigote. ¡Fueron miles las partidas, ya lo creo! Había también peonzas de todos los colores, un yoyó sin cuerda, cientos de cromos de muñecos japoneses, un tirachinas fabricado con un globo y el cuello de una botella, un cubo con piezas de varios colores y hasta un disfraz arrugado de superhéroe. Héctor, profundamente conmovido, fue depositando todos aquellos tesoros a su alrededor, convirtiendo el desván en una especie de mercado mágico.    

En el fondo de la caja, bajo aquella montaña de recuerdos, estaba la fotografía. Tras el rozado cristal del marco, aquella foto de colores indefinidos había aguantado a duras penas el paso de los años. Allí se veía la que entonces fue, antes del cambio de nombre interplanetario, la familia Pérez. Estaba Héctor repeinado y vestido con el traje de los domingos, más hermoso que un San Luis. Sentada junto a él, su madre miraba al frente con la nerviosa incomodidad que siempre muestran las madres al retratarse. Junto a ellos, su padre, con un loro de hermoso pelaje verde descansando sobre su calvorota, posaba con solemnidad.  Piquito, que así se llamaba el loro, era muy de plantarse sobre las cabezas. Aquella estampa familiar volvió a emocionar a Héctor. 

Héctor, arriesgándose a una descompresión corporal, bajó la cremallera de su traje metalizado y guardó la fotografía en un amplio bolsillo que llevaba en el pecho. Cerró de nuevo el traje y apretó muy fuerte cruzando los brazos sobre ella. Quería sentirla con él. Volvió a guardar uno a uno todos aquellos juguetes en la caja y cerró de nuevo la tapa, encajándola con mucho cuidado. La cogió con sus guantes estelares y salió del desván mientras su traje recuperaba todo el aire que había expulsado.

Sabía que se estaba saltando un buen puñado de leyes intergalácticas. Estaba terminantemente prohibido introducir elementos de mundos ajenos en mundos propios y de mundos propios en mundos ajenos, por el tema de la contaminación espacial y demás. Sabía que aquel acto iba a conllevarle la encapsulación inmediata. Le importaba todo un bledo. Los Grandes Lideres le iban a encapsular de todas maneras por haberle robado la nave a la vecina. Quería tener todos aquellos recuerdos con él y se los iba a llevar. Quería llevar algo con él en su cápsula el día que el gran cañón le disparara al espacio.

 

Héctor salió de la casa cargado con sus juguetes y con dos lagrimones resbalando suavemente por el tobogán de sus mejillas. Mientras volvía a la nave, manejándose torpemente y lanzando pesadas pisadas sobre el camino, el niño que fue le acompañaba a su lado. Una triste sonrisa cruzaba el rostro del viajero cósmico. Héctor sabía, y ahora más que nunca, que jamás había vuelto a ser tan feliz como cuando tuvo diez años.

 

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