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8 min
DEBAJO DE SU BLANCA PIEL
Fantasía |
08.10.08
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Sinopsis

DEBAJO DE SU BLANCA PIEL

Hasta que un día se me ocurrió que todo era mentira, que aquellos seres confabulaban para ahogarme con su asfixiante tiranía. Un sensación profunda y persistente creció en mí. Era más que rebeldía. Era un grito de libertad.
      Al gigante lo esperé en el camino, justo allí donde dos altas paredes de arenisca se elevan, formando una acechadera ideal. Esperé con paciencia, seguro de que él pasaría por allí, con sus botas de muchas leguas y su alforja repleta de diamantes, botín de su asalto en las minas de los enanos. Lo vi de lejos, acercándose con sus pasos de terremoto, haciendo vibrar la tierra cada vez que apoyaba un pie. Cuando estuvo en el lugar deseado, dejé caer la enorme piedra. El golpe sonó como un cañonazo y su cabeza de melón, o sandía madura, se partió en dos, liberando un líquido amarillento que, no sé por que, me pareció muy dulce.
      Salté al camino y me apoderé de los diamantes. Las piedras preciosas, en fascinante metamorfosis, comenzaron a licuarse, permaneciendo sólidos apenas sus centros, en forma de huevos. Me quedé asombrado, sosteniendo lo que quedaba de mi botín, sin entender lo que pasaba. Cuando intenté reaccionar, sentí que los huevos se movían y oí el suave crujido de las cáscaras al romperse. Asomaron sus picos, a la luz del mundo, pequeños pájaros transparentes, que desplegaron sus alas, ensayaron un vuelo corto, otro más largo, subiendo, girando allá arriba como si estuvieran orientándose. Después de girar en círculos lentos, despidiendo chiribitas azuladas, sin perder la formación, rompieron el círculo y se alejaron rumbo a la mina de los enanos. En mis manos se derritieron los cascarones, dejando en mi piel un calor irritante.
      El gigante, con la barba descuidada y la camisa idéntica a la de Robin Hood, se esfumó, sin dejar rastros en el camino de arena.
      Mi intuición me alertó que, a pesar de prestarles un valioso servicio, ultimando a su más encarnizado rival, los saltarínes hombrecitos se enfurecerían conmigo, por haber roto el delicado e imprescindible equilibrio del universo. Me dirigí hacia donde fueron los pájaros. Sucedió lo que temía. Informados por las aves de cristal, los enanos quedaron furiosos. Abandonaron las minas, atravesaron el puentecito colgante que oscilaba sobre un abismo, tomaron por el camino de la Tortuga y llegaron a su pequeña casa. Allí se armaron con extraños trabucos y partieron veloces hacia mi vivienda.
      Dudé un instante. Por un lado me atraían las blancas carnes, las delicadas curvas, la boca roja y el angelical rostro de la muchacha que vivía con ellos. Por otro lado sentía la ineludible necesidad de vender lo mío y enfrentar mi destino fuera cual fuera. Partí tras ellos, tomando mi decisión. Fui por un atajo.
      Llegué antes que ellos. Revisé las trampas para lobos y monstruos, y las alarmas que me advertían sobre la presencia de intrusos o fantasmas Estaba todo en orden. Me subí al árbol más alto, el mismo que me llenaba de miedo en las noches de tormentas, subí hasta lo más alto y esperé.
      Llegaron silenciosos, casi pegados al suelo. Se detuvieron para organizar el ataque. Unos instantes después se desplegaron y rodearon mi rancho, con sus trabucos prontos para disparar.
      Casi no pude evitar la risa de satisfacción viéndolos caminar hacia mis defensas. De pronto, y al mismo tiempo, se oyeron gritos de asombro y terror, cuando cayeron en las profundas zanjas disimuladas, que rodeaban mi refugio.
      Bajé del árbol y comprobé que habían caído todos. Estaba seguro que difícilmente saldrían de allí por sus propios medios.
      Me dirigí a la casa de los enanos. Iba muy excitado, no sólo por lo que pensaba hacer con la muchachita, sino porque, repentinamente, me sentía dueño del mundo.
      Golpeé en la diminuta puerta y la muchacha asomó su delicado rostro. Con dificultad salió de la casita. Cuando me preguntaba lo que quería la tomé entre mis brazos y la besé con furia y deseo. Retrocedió, asustada, tal vez asqueada porque añoraba las bocas perfumadas de los príncipes, que nunca llegaban. Sé bien que los besos que la atraían eran otros. Suaves , sin lengua, apenas un toque delicado de labios y el roce cándido de las mejillas.
      Llena de sorpresa en los ojos, giró y empezó a correr rumbo al bosque. La seguí de cerca. Ella lloraba y gritaba, pero yo, perseguidor implacable, no le daba tregua. Tropezó en un barranco que llevaba al río, cayó y rodó. La alcancé cuando ya estaba casi llegando a la orilla. Suplicó, pidió, amenazó, gritó y maldijo. No le prestaba atención. Con el peso de mi cuerpo la dominé y rasgué sus ropas, una a una, con una paciencia infinita. Ella ya no lloraba ni hablaba, me miraba a los ojos como suplicando pero, al mismo tiempo, sabiendo que era inevitable, que su carne blanca y pura sería herida por mi cuerpo hambriento y sucio. Poco a poco dejó de resistir, sólo gemía, mientras besaba su cuerpo desnudo, deteniéndome en sus pezones rosados, en su ombligo delicado, en su sexo que comenzaba a quedar húmedo y receptivo. Volvía a su barriga blanca, pasaba por sus senos, la miraba profundamente en los ojos y la besaba buscando su lengua. Ella negaba y no quería entregarse al placer. Mis labios y mi lengua comenzaron a dibujar locuras en el cuerpo juvenil y ella, sin querer, dejó escapar un gemido de puro placer. Estaba pronta. Separé sus piernas, su nívea carne, y ella me esperó como agazapada, adivinando cada instante que vendría. La penetré despacio, pero sin detenerme, disfrutando cada milímetro que avanzaba, percibiendo como ella se abría por entero, gimiendo y murmurando algo que yo no lograba entender. Su cuerpo fue abandonando la tensión inicial y adaptándose a la invasión, esperando cada uno de mis movimientos. Entonces la miré nuevamente a los ojos y ella no resistió a mi mirada hambrienta, bajó los párpados y entreabrió la boca emitiendo un gemido que invitaba al beso. La besé y su lengua ya no huyó de la mía. Empecé a moverme dentro de ella y la sentí abrirse cada vez más como si ya supiera desde siempre lo que debía hacer y lo que podía esperar. Su cabello le caía sobre el rostro y ella sacudía la cabeza sin parar, como si estuviera negando el placer que nacía entre sus piernas e invadía cada una de sus células. De pronto la blanca doncella se transformó en una fiera mujer, exigiendo cada vez más caricias, inclusive las más sucias y lujuriosas. Aumenté la fuerza y el ritmo de mis movimientos, jugué mi peso sobre ella dejándola totalmente a mi merced y, con un vaivén enloquecedor, me derramé dentro de ella en el preciso instante en que ella comenzaba a emitir un gemido, casi un grito, que asustó todos los animales y pájaros del bosque.
      Sudados y satisfechos, cansados y felices, dejamos que el atardecer resbalara sus luces sobre nuestros cuerpos desnudos. Cuando las sombras comenzaron a subir desde todos los rincones, principalmente del río, ella me empujó, se levantó, vistió la ropa toda rota, me llamó de animal y se alejó con una sonrisa enigmática en los labios.
      Me quedé sólo con la dulce sensación del deseo satisfecho y con la clara certeza de que había quebrado el mágico orden del universo, hasta traspasar la frágil frontera del bien y del mal. Posiblemente los ángeles y las hadas, los semidioses y los héroes, los caballeros defensores del bien, vendrían para castigarme, no tanto por matar la gigante y aprisionar a los enanos, sino por acabar con la pureza y descubrir que detrás de aquel rostro angelical, Blancanieves era una mujer carnal y lujuriosa, deseando que arrancaran de su cuerpo las notas maravillosas que sólo el placer pueden descubrir.
      Y así adormecí.
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