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8 min
DEL DICHO AL HECHO
Reales |
21.10.18
  • 4
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  • 1183
Sinopsis

Un hombre que vive en contradicción consigo mismo.

Aquel soleado día de otoño del año 2.005 Tomás Fábregas que era un hombre de cincuenta años, que se ganaba la vida en una inmoviliaria se hallaba enla terraza de un bar en una calle céntrica de Barcelona saboreando una cerveza, en compañía de un viejo amigo de la empresa hablando del sexo femenino, y él le dijo con muna convicción:

-... Sí Domingo sí. Tienes que admitir que las mujeres son superiores a los hombres en muchas cosas. Por ejemplo ellas son más prácticas que nosotros, y tienen una perspectiva del entorno más amplia y certera que la nuestra. Y si en las empresas las féminas pudieran ostentar cargos de más responsabilidad con sueldos iguales al de los hombres, te aseguro yo que todo iría  mucho mejor.

- Así que tú eres feminista... - quiso puntualizar su amigo Domingo.

- ¡Por supuesto! ¿Tú no?

- Bueno. Yo pienso que la justicia social debe de abarcar a todo el mundo sin distinciones de ninguna clase. - respondió Domingo.

-¡Claro! Y a esos tipos que tiranizan a las mujeres habría que darles un escarmiento- expresó Tomás con suficiencia llevado por un ancestral sentido de caballero andante-. ¿Sabes lo que pasa? Que hay mucho cretino que tiene un ego muy subido, y se cree que puede dominar al más vulnerable. Y esa especie de sujetos en razón de su endiosamiento, no tienen ni una pizca de empatía. No saben ni escuchar, ni comprender a nadie. ¿Estamos?

- Sí.

Aquel atardecer cuando Tomás Fábregas salió de su oficina y regresó a su casa vio que su cónyuge llamada Inés que era una mujer morena, de cabello corto; y muy vital estaba ausente, por lo que el hombre debido a una exagerada dependencia sexual, afectiva hacia ella no tardó en sentirse solo, desamparado; y le dió la sensación de que Inés huía de su influencia.

Al cabo de un rato de espera que a él se le antojó una eternidad vino su mujer cargada con dos paquetes algo grandes, la cual cuando se percató de la presencia de su marido no pudo evitar de sentir un vacío en el estómago que era una señal de ansiedad.

-¡Oye! ¿Sabes qué hora es? - le dijo Tomás en un tono irritado señalándole el reloj que había colgado en la pared.

- Bueno. Es que me he encontrado en la calle con Josefina, y me ha entretenido con su charla. Ya sabes cuánto le gusta hablar - se justificó Inés.

- Sí. Pero es que yo estoy acostumbrado a cenar a las nueve en punto, y son casi las diez y cuarto.

- Ay, hombre. Pues haberte preparado algo tú que ya eres mayorcito. - replicó ella.

-¡Ah, no! Eso te toca a tí que para eso eres la señora de la casa. Mira. Aunque tú creas que yo soy un despistado que no me entero de nada, veo con claridad el fondo de las cosas. A tí te conozco como si te hubiese parido.

- ¿Qué quieres decir? - inquirió la mujer suspicaz.

- Que tú a pesar de hacerte la mujer fuerte, la inconformista, sé que en esencia eres un ser débil. Te falta seguridad en tí misma, y te dejas influir por el rancio feminismo de Josefina sobre todo cuando critica a su marido. ¡No lo niegues! Cuando tu obligación es hacerme sólo caso a mí, que para eso nos hemos casado.

- ¡Bah, bah! No tengas tanto miedo de los demás, y no digas más sandeces. A mí Josefina me distrae y ya está. Al fin y al cabo no he llegado tan tarde a casa, y ahora cenaremos. Pero concienciate que tú no eres el "rey sol" para que los demás sólo giren a su alrededor - dijo Inés airada, y a la vez confusa por aquel infundado sentimiento de culpabilidad en la que su marido la quería envolver.

-¡Te he dicho una y mil veces que yo soy un señor de su castillo, y no admito que me trates como a un bobo! - gritó él bajo el influjo de una idealización de los señores feudales y patriarcales de la Edad Media-. Si pasas de mí, cualquier día de estos descubrirás mi cadáver porque me habré suicidado -amenazó Tomás al borde del histerismo.

-¡Deja de dramatizar! Escucha Tomás. Tienes que aprender a ser más razonable. ¿Es que tú no te has retrasado nunca en alguna cita? Yo no soy tu madre que siempre estaba a tu disposición. Soy tu mujer, tu compañera, y yo como todo el mundo necesito tener mi espacio de libertad. ¿Entienes? Y para eso es preciso que nos tengamos confianza. Si no hay confianza entre los dos, mal, muy mal andamos - atinó a decir Inés cada vez más angustiada. Pues se preguntaba que cómo podía aguantar a alguien tan cerril, con una mentalidad tan infantil y tan egocéntrica como la de su marido.

-¿Y esos paquetes que has traído qué son? - indagó Tomás.

- Son un televisor portátil para la habitación, y un microondas que he comprado, porque los que tenemos casi que ya no funcionan.

- Seguro que te habrán costado un dineral. Claro, como eres una manirota, te habrás quedado con los más caros - dijo él-. Y encima habrás cogido un taxi para venir aqui, con lo que roban los taxistas.

- Naturalmente. ¿Qué iba a hacer?

-Y has hecho estas compras sin consultarme a mí. Muy bonito, mujer, muy bonito- expresó Tomás con gran consternación ya que en su infancia apenas recibió afecto de sus allegados, y se aferró a lo material, al dinero-. Se me han ido las ganas de cenar, y me voy a acostar. Cena tú, o haz lo que te dé la gana - dijo con desdén dando media vuelta.

Al día siguiente en el trabajo, a la hora del café el amigo de Tomás le confió a éste un problema que le tenía inquieto.

- Mira Tomás. Resulta que yo vivo en una magnífica torre en las afueras de la ciudad, heredada de mis padres en la que además pasé mi infancia, y en la que se han criado mis hijos. Pero ahora que los chicos son algo mayores, presionan a mi mujer para que la vendamos, cobrar una buena suma de dinero, y vayamos a vivir a un piso más pequeño. Lo malo es que la están convenciendo, y a mí me da mucha pena dejar esta torre, que para mí tiene un valor sentimental.

- ¡Bah! Tonterías. La pasta es la pasta, oye. ¿Y sabes lo que te digo? Que eres un papanatas y así no se va por la vida. ¡Tienes que ser más práctico hombre! - le respondió Tomás con insolencia; como si le molestara tener que escuchar y comprender a su amigo.

En consecuencia Domingo muy contrariado y ofendido se alejó de él.

Sucedía que Tomás Fábregas de cara a la galería, para caer bien a la gente de un modo atractivo se hacía el liberal. Igual era capaz de mostrarse un convencido feminista, o un crítico al señalar el narcisismo de la sociedad, pero que en realidad no dejaba de ser una moda popular, un estereotipado cliché emanado de la política dominante.Mas dicha abierta y humanista actitud sólo era sobre el papel, y jamás la ejercía en la práctica. De hecho a Tomás le resultaba un trabajo muy costoso tener que darle un giro más positivo a su vida, porque de ese modo había sido educado.

Si bien la razón le indicaba lo que tenía que hacer para ser más feliz, y hacer felices a los demás, él a un nivel emocional no había asumido las buenas recomendaciones éticas, sino que sus erroneas sensaciones de un modo inchorente consigo mismo le exigían practicar la intolerancia, y el egoísmo irracional.

Por eso su mujer Inés se separó de este sujeto, y él acabó hablando solo en su casa mientras veía la televisión.

 

 

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