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7 min
DELANTE DE UN CADÁVER
Reflexiones |
25.01.12
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Sinopsis

...Cuando alguien es capaz de leer el pensamiento de quien razona...

Su mirada mostró pena, más que sobresalto; el talante reservado dejaba entrever una pasión oculta a quien osara el disgusto de conocer su realidad, pero su pensamiento, abstracto y oscuro, enigmático desde que enfocó sus ojos apesadumbrados con los míos por primera vez, enseño en mi cuerpo helado y moribundo que se sintió culpable al rozar tembloroso aquel cadáver hinchado que despreciado por el valor de la vida, reposaba queriendo vivir. Mi incapacidad  para la comunicación esta manifestada por la incapacidad de vuestra comprensión, aún así, el entendimiento es capaz de mostrar la culpabilidad del criminal observando el temblor de su mente y la repentina ceguedad de la disculpa. Miraba absorto el estomago de la victima, también del capricho humano, del que bien mi insensible ser podría haber sido hechizado si por la soledad no hubiera estado acompañado, y por la oscuridad guiado. Esperaba ver con algún poder del que ignoraba poseía como reflotaba de nuevo, cruel milagro, sus diminutos pulmones a pesar de que incluso días habían dejado de vivir. Pero insistía en lo que deseaba ver, porque sentíase culpable de lo que inocente era, pero inocente decía por lo que culpable fue. Mucho que callar mostraban sus pupilas, y la boca cerrada descubría el camino. La victima, similar a mi vida excepto por que no la poseía, había decolorado lo que en existencia consiguió, aparentado tonos marrones, grisáceos, sucios y sombríos, acaso la putrefacción tiene color y no sentimientos. El rabo, largo y espinoso, como la vida, caía lentamente cuando levantaban al bicho, ayudado por el peso, dignificando las leyes de la gravedad. Trozos de tierra se adherían a la tiesa figura del horror y la incapacidad humana, dando aspecto de sufrimiento, incluso más que aquel ojo que medio abierto o medio cerrado contemplaba desde la nada ( ¿y sí fuera capaz de elegir la última visión en vida para recordarla eternamente en la muerte? ),  el olvido del poder que los grandes dioses poseían cuando de entre los tres que habían venido, dos se preguntaban el por que de aquella tiesa apariencia. Él mostraba piedad ante mí, pués cuando uno de ellos, culpable siempre será, orientó dramáticamente al insensible encima de un tronco para aparentar a los verdaderos dioses nuestros, jueces y verdugos de nuestra existencia, que realmente no había muerto en serio, y si realmente les había abandonado el motivo estuviera lejos de cualquier entendimiento inteligente, como una embolia, por el colesterol o un suicidio y que todo lo acontecido las horas anteriores, repito días, no era algo a tener en cuenta por que al fin y al cabo, que bicho repleto de muerte era capaz de levantarse sobre sus extremidades y subir por un tronco para acurrucarse junto al calor que nos da la vida. Nadie muerto era capaz de algo así... y quien este libre de pecado que tire la primera piedra.
Encendieron la dichosa vida, pués, aleluya la arrogancia que la inteligencia abre paso, y podré contar que en ese momento volví a la vida, otros en cambio no podrán decirlo, acaso de sus pulmones un último aliento diga que días antes habrá muerto pero por desgracia sus palabras se confundan con un último aliento. La visita centrada estaba en las penurias de un cadáver, que la vista, el morbo y el espíritu tanto echan en falta mientras hay vida para poder echarlo en falta; así mis andanzas quedaron sólo para mí y para sus ojos. Al reposar el muerto encima de aquel mustio tronco, alicaído por que quien lo pone piensa que algo como yo no va a pensar en lo alicaído que esta porque él es evidente y yo soy pues eso... no lo ves, mi única visión sobre la vida representaba un aumento de temperatura corporal que comprometiera a mi espíritu lo suficiente como para esforzarme, moribundo reptil, y subir por donde fuese y sobre lo que fuese a cambio de unos pocos grados, cualquiera, centígrados u otros me eran indiferentes en ese momento. Absortos quedaron, sorprendidos quede por cómo quedaron cuando repose placidamente encima de aquella cosa fea, estirada, decolorada, fría y sobre todo muerta que una vez en vida llego a ser semejante en todo, incluso en vida a mi misma. Sé, por experiencia propia y por que su parte más profunda del corazón lo detonaba, hirviendo penosidad que sobresalía por su cuerpo al comprobar que ningún tipo de escrúpulo, ni un mínimo de arrepentimiento aparecían en mis lentamente dilatados ojos. Siquiera acertó al pensar que simplemente me coloque encima del cadáver que me representaba en esta obligación que por vida tiene nombre, simplemente para protegerlo, simplemente para darle calor de mi propio cuerpo, simplemente que lo echaba de menos y me sentía mal por no haberlo visto morir a pesar de escucharle sufrir en su agonía. No, simplemente coloque mi espíritu encima del desgraciado para que poco a poco recobrara temperatura y volviera a sentir la vida como algún odioso Dios quiso que la viviéramos. En la mente de esta penosa criatura que fundía gestos de admiración con pesadumbre que ensombrecían su inteligencia, quiso en concreto momento otorgarme el derecho a la duda, rechazando en su interior que sólo fuese para coger calor en mi propio cuerpo, que realmente me dolía la perdida de mi semejante, que lo iba a echar de menos en este juego de la vida, y que incluso esperaba ver derramar a través de mis oblongos ojos las lagrimas de piedad y dolor que por cobardía era incapaz en ese momento de dejar escapar. Pero no puedo ejemplificar lo que no existe ni otorgarme el don de la duda cuando reposo placidamente encima de un cadáver. No quise en ningún momento que se pensara, o se inventara toda falacia existencial sobre mis actos, demostrado esta cuando alguien es capaz de leer el pensamiento de quien razona. Después de la penosa imagen que mi agonizante espíritu había mostrado decidieron no sin antes discutir que es lo que yo hubiera preferido por estar vivo, y curiosamente no recaer en la sentencia del que había agonizado hace días, recogieron el cadáver apresurando el cuerpo escondido en la misma caja que nos había acercado al frío infierno, el mismo que acabo con él, el mismo capaz de dejar en evidencia a algo como yo, ofreciéndome la soledad como única compañera y la satisfacción que masajeaban sus caras cuando dejaron encendidas ya no una, si no dos fuentes de vida para que no me faltara lo que no debe, así deshacer una conjetura si yo pereciera de aquí a unos días.

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