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15 min
Así somos: Año Nuevo.
Humor |
18.04.19
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Sinopsis

*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia* Segunda parte de "Así somos: Navidad." (RESUBIDO)


Delilah se había levantado aquella mañana, 31 de diciembre, dispuesta a volver al chalet de su tía Mercedes para celebrar Nochevieja.
La última vez que estuvo allí las cosas no acabaron bien; es más, se fue en mitad de la cena con la idea de adelantar su vuelo de vuelta, a Londres, pero decidió quedarse por sus padres.
A lo largo del día Delilah hacía lo posible por alargar las horas, pero esto era como la Ley de Murphy: cuanto más deseas algo, menos posibilidad hay de que suceda. Así que sí, fuel el día más corto de la vida de Delilah.
De camino al chalet, que se ubicaba a las afueras de Madrid, escuchaba a Love of Lesbian mientras pensaba es las posibilidades de sobrevivir si se tiraba de un coche en marcha.
— Mamá, — dijo quitándose un auricular.— a ti que se te dan bien los números: ¿Cuántas posibilidades tengo de sobrevivir si me tiro de un coche en marcha?
— Delilah, no digas gilipolleces. ¿A qué viene eso?
— A qué será mejor que echéis el seguro de las puertas, no vaya a ser que intente hacer lo mismo que en el avión. 
— Sé que no te hace gracia ir a cenar con toda la familia; a mí tampoco, no nos vamos a engañar, pero piensa que esto lo hacemos por tu abuela. Ya es mayor, podría quedarle poco.
— Venga ya, mamá, está más sana que yo. ¡Nos va a enterrar a todos!
— Bueno, casi le operan de la mandíbula este año.
— No me jodas, mamá, que solo se la ha luxado. Otra cosa muy distinta es que crea que vive en una telenovela. Será mejor que le prohibáis ver Nova a partir de las cuatro, no vaya a ser que un día crea que el abuelo se ha reencarnado en Salvador Cerinza y quiera ir a buscarle.
— ¡Delilah! Que ideas tienes. — dijo su madre entre risas.
Delilah volvió a ponerse el auricular. Spotify comenzaba a reproducir “Allí Donde Solíamos Gritar” de Love of Lesbian. "Yo sí que voy a gritar" pensó.
Al llegar todos los chalets de la calle estaban iluminados, las voces resonaban y hacían eco y el fuerte olor a leña se desplazaba con el frío.
— ¡Hombre, Delilah! Que alegría verte, no pensaba que ibas a venir. — le dijo Mercedes.
— Oh, créeme, he intentado no venir. El problema es que han bloqueado las puertas del coche y no he podido tirarme.
Mercedes le dio dos palmaditas en la espalda lo suficientemente fuertes para que a Delilah le picasen.
— Te crees muy graciosa, ¿no?
— No sé, dímelo tú. Créeme graciosa sería algo prepotente por mi parte.
Todos se dirigieron a la cocina donde Carol, Victoria y sus primos estaban.
— Aún tienen que venir Hugo y Julia. Hugo me ha enviado un mensaje diciendo que están de camino, tenía que recoger a Julia del trabajo.
Julia era la novia de Hugo, trabajaba como dependienta en una tienda de ropa de su barrio. 
— ¿La tienda no cerraba? Es un comercio local, cierran como los bares de la zona. — preguntó Delilah.
— Al parecer no, la dueña ha querido aprovechar el tirón de Año Nuevo.
"Y los cerdos también vuelan, no te jode." pensó Delilah.
— Claro, cómo va tanta gente a comprar a las nueve y media de la noche... 
Antes de que su tía pudiese replicar llamaron a la puerta. Era Hugo y Julia.
Delilah se acercó a darles un abrazo. Por el olor que desprendían y que pretendían tapar con perfume habían hecho de todo menos trabajar.
— No sabía que Julia trabajaba ahora en una licorería. O eso, o han atracado una.
Su madre le dio un codazo con los ojos como platos.
— ¿Qué? Si fuesen esponjas y las escurrieses tendrías bebida gratis para un mes.
—¿Quieres hablar más bajo? No quiero que vuelva a pasar como en Navidad.
— No creo que dure tanto a este paso.
Delilah volvió a la cocina donde Hugo y Julia estaban terminando de saludar.
— ¡Cómo me gustan estas fiestas! — dijo Hugo.
— Sí, son las mejores. — dijo Delilah. — La hipocresía es algo que se lleva mucho en Navidad, como los jerséis de punto que son más feos que pegar a un padre pero aún así lo aceptas porque, oye, es Navidad. Pasa igual con la familia: no hablas con nadie durante todo el año pero cuando llegan estas fechas le quitas el polvo a ese grupo de WhatsApp abandonado para decir lo mucho que quieres a todos y lo afortunado que eres. ¿Por qué no, verdad? ¡Es Navidad!
— Delilah, no empieces, por favor. No quiero acabar como en Nochebuena. Hoy también viene Amanda y me gustaría tener una foto de todos con una amplia sonrisa en la cara. — dijo Mercedes.
— ¿Para qué? ¿Para subirla a internet?
— Bueno, — interrumpió Carol.— si querer tener un recuerdo de lo mucho que quiero y adoro a mi familia es ser hipócrita, entonces soy la persona más hipócrita del mundo.
— ¡Al fin tus trescientos amigos de Facebook y yo coincidimos en algo! — dijo Delilah.
— Ya está bien. Vamos a cenar y al olvidar esta conversación, no me apetece empezar el año con enfados. — dijo Mercedes.
Una vez que todos estaban sentados en la mesa y para romper un poco la tensión que había en el ambiente Victoria decidió preguntar a Julia sobre su hijo, Leonardo.
Leonardo era algo peculiar, tenía tres años más que Delilah pero seguía siendo un crío.
No tenía el graduado de la ESO, había tenido que asistir a Diversificación, ni carrera universitaria o trabajo.
Aún vivía con Julia y lo único que hacía era jugar a los videojuegos todo el día y colgarlo en YouTube. 
"Soy “youtuber”, un “gamer”, eso es un trabajo real"
"Claro que sí, guapi" pensaba Delilah cada vez que escuchaba esa historia.
— Oh, Leo está genial. Últimamente tiene muchas visitas en sus vídeos.
— ¡Eso es genial! Yo veo sus vídeos siempre que Hugo me los envía. — respondió Carol.
De pronto la expresión de Lucía, madre de Delilah, cambió por completo.
— Espera, me estás diciendo que ves los vídeos de Leonardo pero de los poemas de Delilah mejor ni hablamos, ¿no?
— ¿No te has parado a pensar que a lo mejor no leo sus poemas por su comportamiento con la familia?
— ¿Y tú no te has parado a pensar que a lo mejor Delilah está cansada y algo quemada con todos vosotros?
— ¿Quemada? ¿Cansada? ¡Pero si apenas nos habla! 
— Puede que sea por vuestro comportamiento, quiero decir, mirad todo esto. — dijo Delilah. — Durante todo el año apenas quedáis o enviáis un triste mensaje y cuando llega Navidad tenemos que jugar a las casitas. No somos críos.
— ¿Cómo quieres que quedemos contigo si vives en Londres? ¿Qué vas a hacer, coger un día libre? 
— Pero hace unos años no vivía allí y aún así no quedábamos.
— No quedabas porque no querías.
— No quedaba porque siempre que os veía acabábamos discutiendo sobre cosas que no tenían que ver conmigo. Y me he cansado, eso no lo hacéis con ninguna otra persona.
— Eso es porque ellos respetan a la familia y no montan un pollo cada vez que nos reunimos.
— ¿Y dónde está Sandra, entonces? Porque yo os estaré faltando el respeto, pero al menos estoy aquí, cumpliendo.
— Sandra se ha ido a Nueva York con sus amigas a celebrar el Año Nuevo. 
— Sí, eso es de ser una persona muy familiar.
— A ti lo que te pasa es que eres como tú madre, tenéis envidia de todo. De nuestras vidas, de nuestras relaciones... Desde pequeñas; de tal palo, tal astilla.
— ¿Perdona? — dijo Lucía.
— ¿Crees que mi madre os tiene envidia? Ella es mucho mejor que todo esto, no va a tener envidia de alguien cuyos zapatos brillan más que su inteligencia... Ah, no, espera, que la inteligencia brilla por su ausencia. ¿Verdad, "meninas"?
— ¿Quieres parar ya con lo de las meninas? Fue una estupidez, deja de ser tan niñata.
— Es tan estúpido como lo que tú estás diciendo.
— Bueno, basta ya. — dijo Hugo. — Es tiempo de celebración, de estar con aquellas personas que os quieren y os conocen, no tiempo de remover el cajón de mierda. La familia es lo primero.
— ¿Ah, sí? — preguntó Delilah. — ¿Cuál es mi color favorito? Sois mi familia, deberíais saber una cosa tan básica.
— Pues ahora mismo no lo recuerdo... — dijo Hugo tragando saliva con dificultad.
— Pero la familia es lo primero, ¿no?
— Lo que quiero decir es que olvidemos todo esto y cenemos en paz. Nos van a dar las uvas a este paso.
La cena continuó con un silencio incómodo, todos miraban a su plato y la voz solo se alzaba si se necesitaba más agua, pan o sal.
Cuando el reloj marcó las doce todos comenzaron a comer las uvas, tan sencillo como comerse un cuenco con dice uvas; tan fácil como intentar no atragantarse con ellas. Así de rápido acababa un año y comenzaba otro.
Minutos después Amanda, la amiga de Mercedes, se presentó en casa.
Rubia, larga melena brillante y ojos azules.
Llevaba puesto un vestido negro ceñido con una chaqueta y un pañuelo enredado al cuello.
De su brazo colgaba un bolso de Louis Vuitton.
Delilah detestaba a ese tipo de gente, la que pretende aparentar más de lo que es, la que cree que llevar un bolso de marca y unos tacones de vértigo la convertían en algo superior. En alguien más rica y poderosa.
Delilah no pudo evitar echar un vistazo al bolso. Amanda lo había dejado encima del sofá, donde Delilah pudo contemplar que el nombre grabado en él no era "Louis Vuitton" sino "Lewis Puitton".
— ¿Y cómo va todo? ¿Qué tal Felipe con la empresa?
— ¡Oh, querida! Todo va estupendamente. Felipe ha conseguido firmar con una de las más importantes empresas de China, Estados Unidos y Alemania para hacer negocios. Además vamos a comprar otro chalet en la Sierra y Melisa está sacando unas notas excelentes. ¿Sabes que el otro día tuvo un recital de violín? Por no decir que es la primera de su clase y toda una cerebro en matemáticas y ciencias.
— Me alegro mucho, Amanda. Melisa es una niña muy inteligente.
— ¡Claro que lo es! Por cierto, ¿has visto lo bien que me queda este vestido? ¿Y el bolso? Es de importación.
— ¿De importación? ¿De dónde? ¿Del mercadillo de la esquina? — dijo Delilah intentado contener la risa.
— Perdona, bonita, pero todo lo que llevo es de marca. Este vestido ha costado su peso en oro, y mejor no hablar del bolso.
— No sabía que gastarse cinco euros fuese caro. Quiero decir, el bolso te habrá costado unos dos euros y el vestido tres. 
— ¡Delilah! Un poco de respeto a nuestra invitada. — dijo Mercedes.
— Déjame darte un consejo: la próxima vez que quieras presumir de ir vestida de marca echa un vistazo a las cosas antes de comprarlas. — dijo Delilah cogiendo el bolso. — O eso o infórmate en internet sobre si Louis Vuitton tenía un hermano llamado "Lewis Puitton". — dijo guiñando un ojo y dándole el bolso a Amanda.
Antes de que ésta pudiese responder el teléfono de Delilah sonó. Era Joseph.
Joseph y Delilah eran amigos desde el instituto. Joseph era americano y había venido de intercambio durante los dos años de Bachillerato para estudiar en España.
Durante esos dos años se hicieron inseparables, se convirtieron en los mejores amigos que cualquiera de los dos podría tener.
Por desgracia, los dos años acabaron. Delilah comenzó a estudiar aquello que le gustaba y Joseph volvió a Estados Unidos para comenzar en la academia de policía de Chicago.
— ¿Sí? — respondió Delilah saliendo al jardín.
— ¡Feliz Año Nuevo! — gritó Joseph desde el otro lado.
— ¿Cómo te has acordado de que aquí son las doce?
— Tenía una alarma en el móvil. Aquí aún quedan un par de horas.
— Lo sé. Mi prima Sandra está allí para celebrar el Año Nuevo.
— ¿En Chicago?
— No, en Nueva York.
— Entonces no creo que pueda conocerla. — dijo riendo.
— ¿Y cómo se te presenta esta noche? ¿Algún plan?
— Bueno, mi padre tiene servicio y mi madre va a trabajar en un caso. Lo más seguro es que me quede en casa con algún videojuego.
Su madre era abogada y su padre Jefe de Policía, algo que a Joseph no le había facilitado la entrada al cuerpo. Su padre no quería ayudarle en nada, quería que él trabajase para llegar a lo más alto.
— ¿Y tus compañeros? ¿No sales con ellos?
— Todos están con la familia, es noche de eso. Hablando de familia, ¿qué tal con la tuya? ¿No te habrás tirado del coche en marcha?
— Pues casi lo intento. Hemos vuelto a discutir y por si fuera poco mi tía ha invitado a una amiga suya que se cree que caga oro.
— Qué divertido, ¿no? Tiene que ser todo un espectáculo.
— Más bien un circo, ni siquiera sé porqué he vuelto. Nochebuena era una señal.
—¿Puedo ser sincero? — preguntó Joseph en un tono más serio. — No voy a decirte que la familia es genial, que debes quererles y estar con ellos todos los días. No voy a decirte que vayas a las reuniones o les sonrías a todos y escondas el daño que te han hecho. La familia es una mierda, eso es un hecho. Pero si lo piensas más detenidamente son lo mejor y lo peor que te van a pasar en la vida.
— ¿A qué te refieres?
— A que siempre van a estar ahí, para lo bueno, para lo malo, para complicarte la vida o hacerla más sencilla. Para ser unos capullos o las personas más cariñosas del mundo. Nunca vas a poder deshacerte de ella por mucho que lo desees ni van a durar para siempre por mucho que lo quieras, así que disfruta todo lo que puedas. Saca lo bueno de lo malo, aunque te resulte imposible.
— Es que no puedo sacar ninguna experiencia positiva ahora mismo. No los soporto.
— Ya me gustaría a mí discutir con mis padres o mis tíos en Navidad. Y sé que vas a decirme que ojalá estuvieses como estoy yo ahora, a punto de empezar a jugar o a la espera de que me llamen de la comisaría si necesitan mis servicios; pero, en serio, disfruta de lo que tienes. Y no seas tan dura con ellos, que conozco muy bien tu carácter y sé que tus contestaciones no tienen desperdicio.
— No sabía que tuvieses que trabajar.
— No exactamente, es mi noche libre, pero "el crimen no descansa". — dijo intentando poner una voz más grave.
Delilah río.
— Haré todo lo posible por portarme bien y ser más amable y disfrutar de lo que queda de noche. Pero si sales de servicio, ten cuidado, ¿vale?
— Sabes que siempre voy tan acolchado por los chalecos antibalas que apenas puedo moverme.
— Pues espero que siga siendo así. — dijo Delilah riendo.
Los dos dejaron de hablar durante un par de segundos. Delilah le echaba mucho de menos, era la única persona en la que realmente confiaba, nunca había sido de tener mejores amigos. Siempre se había llevado bien con todo el mundo pero nunca había conectado con alguien.
"Ojalá estuvieses aquí" pensó Delilah, aunque no dio voz a ese pensamiento. No quería ponerse sentimental.
— Será mejor que entre, estoy en el jardín y empieza a hacer frío. Te felicitaré el Año Nuevo por muy tarde que sea aquí, lo prometo.
— No me cabe duda, estaré esperando el mensaje.
Delilah sonrió y notó como Joseph sonreía al otro lado de la línea.
— Te quiero, J.
— Y yo a ti, D.
Delilah pulsó el botón rojo y colgó el teléfono con una sonrisa triste en la cara.
Se dirigió a la puerta corredera y sujetó el mango. Cerró los ojos y suspiró.
Joseph tenía razón, debía intentar ver el lado bueno de las cosas. Buscar lo bello en lo feo.
Muchas veces las personas especiales en tu vida, las que consideras parte de tu familia son aquellas con las que no compartes lazos de sangre.
Y sí, a veces lo mejor no era volver a casa por Navidad, o simplemente, no volver a casa.
Pero solo a veces.

 

 

 

 

 

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