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10 min
Delilah vuelve a casa por Navidad.
Humor |
22.12.18
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Sinopsis

*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia*

Delilah se había levantado aquella mañana, 24 de diciembre, dispuesta a coger su avión de vuelta a Madrid.
Actualmente vivía en Londres, pero debía volver para celebrar la Navidad con su familia.
A Delilah le encantaba la Navidad, era su época favorita del año; las luces, el frío, el espíritu navideño en las calles, los regalos (porque, admitámoslo, a todos nos gustan los regalos.)
Sus Navidades siempre habían sido muy tranquilas, apenas se juntaban más de tres personas en las cenas: sus padres y ella. Nunca había sido una persona muy familiar, y tenía sus motivos.
Cuando quedaba poco para aterrizar decidió enviar un mensaje a sus padres, quiénes les estaba esperando en el aeropuerto.
"Ya queda poco para aterrizar." escribió. Después de cinco minutos con "escribiendo" como estado su madre respondió.
"¡Genial! Qué ganas tenemos de verte... Por cierto, han venido todos a darte la bienvenida."
"¿Qué quieres decir con “todos”?"
"Verás... Todos tus tíos y primos están aquí, incluso la abuela. Vamos a cenar juntos."
"¿Estás de broma, verdad?"
"No. Lo siento, cariño."
Delilah tragó saliva y pestañeó un par de veces, impasiva. Una fina línea definía su rostro.
Guardó el móvil, se levantó de su asiento y se dirigió a una de las puertas de entrada del avión, intentando abrirla.
Rápidamente dos azafatas se acercaron a ella para calmarla y pedirle amablemente que volviese a su asiento, todos los pasajeros del avión se levantaron al ver el escándalo que Delilah estaba montando.
Muchos pensaron que era por el miedo a las alturas, a mucha gente le sobrepasa montar en avión.
Las azafatas intentaron apartarla de la puerta pero ella siempre volvía o se agarraba con más fuerza.
— ¡Prefiero tirarme de este avión antes de encontrarme con toda mi familia en el aeropuerto! — gritaba mientras agarraba con más fuerza la puerta, intentado tirar de ella.
Cuando aterrizaron una de las azafatas decidió acompañar a Delilah hasta donde se encontraba su familia, al final consiguieron darle un tranquilizante para que estuviese más tranquila lo que quedaba de viaje.
—¿Qué ha ocurrido? — preguntó su madre.
— Ha sufrido un ataque de pánico. Se levantó de su asiento e intentó abrir la puerta del avión, decía que prefería tirarse del avión antes que encontrarse con su familia en el aeropuerto.
— Oh, ¡que graciosa! — dijo una de sus tías.
— Oh, no, no es broma. De verdad quería tirarme del avión. — dijo Delilah arrastrando las palabras con una sonrisa tonta en la cara.
La Navidad iba a celebrarse en casa de su tía Mercedes, la hermana mayor. En la familia de su madre eran cinco hermanos: cuatro chicas (Mercedes, Victoria, Carol y su madre) y un chico (Hugo), cada cual peor que el anterior.
Además tenía nueve primos con los que no mantenía relación y una abuela la cual parecía sacada de una telenovela. En resumen, su familia era peculiar (vamos, un desastre).
Al llegar a casa de su tía Delilah se encontraba mejor, al menos ya no estaba bajo el efecto del calmante.
Fue al baño, se lavó la cara y respiró hondo. "Que empiece el espectáculo" pensó.
El chalet estaba lleno de luces, había un árbol de Navidad enorme y una sonrisa en la cara de todos... No, el espectáculo ya había empezado.
— Ha sido muy gracioso cuando la azafata ha dicho que ibas a tirarte del avión. — le dice su tía Carol, la tercera de las hermanas.
— Ya os he dicho que no era broma, realmente quería tirarme.
— ¿De verdad preferías tirarte de un avión en vez de pasar la Navidad con nosotros? Vaya, eso es una señal muy clara. — le respondió Merecedes.
A lo mejor eso les había servido para abrir los ojos, para darse cuenta de lo deteriorada que estaba su relación.
— Necesitas ayuda Delilah, ¿has pensado en ir a un psicólogo? — prosiguió Mercedes. — Siempre puedes ir a la consulta de tu prima, o si quieres puede recomendarte a alguno de sus colegas. Incluso podrían ayudarte a escribir mejor, ya sabes, eres muy joven para escribir cosas tan tristes. 
Delilah puso los ojos en blanco, escribir era una de sus mayores pasiones. Escribía poemas desde los trece años, le gustaba evocar sentimientos y que todas las líneas de sus historias fueran reales y palpables. Quería ser poética y no había nada más poético y típico que la tristeza y los corazones rotos.
Delilah no tenía ningún problema, solo era una poetisa muy comprometida con su obra.
— Tenéis suerte de que no suba al segundo piso y no me tire desde la ventana. — dijo Delilah sonriendo.
Mercedes rió tímidamente.
— Bueno, piénsatelo.
Delilah resopló y se sentó a la mesa.
— Por cierto, quería darle las gracias Valeria por hacerle la tarta de cumpleaños a Sandra, estaba deliciosa. — dijo Carol.
— ¿Le hizo una tarta a Sandra? — preguntó Delilah.
— Claro, por su veinticuatro cumpleaños. ¿No te enviamos las fotos de la tarta y de la fiesta? — respondió Valeria.
Valeria era la hija mayor de Mercedes junto a Aurora y Joel.
— No recibí nada.
— Vaya, se nos habrá pasado.
El rostro se Delilah se endureció. No estaba molesta por el hecho de no haber ido a la fiesta, al fin y al cabo vivía en Londres. Tenía trabajo y no iba a pedir un día libre para ir, estaba molesta porque nunca se interesaron en hacer algo así por ella.
Y cada vez que intentaba organizar algo similar los planes acababan siendo cancelados.
Siempre quemaban el puente y luego preguntaban porque Delilah no les visitaba.
— Por cierto Lucía, ¿ha cobrado Miguel la paga extra ya? A lo mejor podéis echar una mano a mamá con ella. — preguntó Carol.
Lucía y Miguel eran los padres de Delilah. En el pasado habían recibido ayuda financiera de la abuela de Delilah y cada vez que surgía la oportunidad alguna de sus tías se lo echaban en cara.
— Venga ya, tía. — intervino Delilah. — ¡Es Navidad! ¿No es época de estar con los tuyos, con la familia y olvidarte de todos los problemas? Es decir, ni que cuando murieses tuvieses que enterrarte con dos monedas de oro en los ojos para que Caronte te dejase entrar. Relájate y prepara una tarta para endulzarte la vida.
— ¿A qué viene lo de la tarta? — preguntó Carol.
— Bueno, la tarta es el postre más dulce que ahí, todo el mundo adora la tarta. Así que comer un trozo podría endulzarte un poco el día, ¿no?
— No tiene sentido lo que has dicho, Delilah. No mezcles las churras con las "meninas".
—¿Perdona? ¿No querrás decir "merinas"?
— Es lo que he dicho, "merinas".
Delilah asintió con las cejas arqueadas.
— Claro. Por cierto, mi madre me contó que la abuela tuvo que ir a una clínica a hacerse una radiografía. ¿Está todo bien, le ha valido mucho hacérsela?
— No le pasa nada, todo está bien. Se había luxado un poco la mandíbula. — dijo Carol. — Y por cierto Delilah, se dice "costar" y no "valer". No son intercambiables, a tu abuela le ha "costado" hacerse la radiografía, esta no tiene ningún "valor". Deberías saberlo, eres escritora.
— Lo siento, "meninas", intentaré estudiarme un diccionario la próxima vez que hablemos. — dijo Delilah con una amplia sonrisa.
Le empezaba a doler la cara de tanto sonreír pero prefería eso a quemar la mesa.
— Venga, no os enfadéis. — dijo su tía Victoria, la segunda hermana. — No debemos preocuparnos tanto por lo material, el dinero no vale nada, todos acabamos en el mismo lugar. Hay que disfrutar de la vida y ser felices, todo lo que importa está aquí dentro. — dijo dándose un par de golpecitos en la parte izquierda del pecho.
— Tienes razón tía, además, si comes un poco más y te rapas la cabeza podrías ser el Buda de la familia... Ah, no, espera, que tus hijos son ateos. — dijo Delilah haciendo una mueca.
— Bueno, basta ya. Disfrutemos de la cena y de estar en familia. Tendremos que hacernos alguna foto después, ¿no? — dijo Mercedes.
— Claro, así podrás aceptarme las cinco solicitudes de amistad que te he enviado y has ignorado. ¡Puede que hasta Valeria las acepte!
— Delilah, cariño, no uso internet mucho. Además, ¿qué tiene de malo que quiera recordar estos maravillosos momentos?
— Entonces deberías revisar tu cuenta de Facebook, porque para no usar internet le das "me gusta" a muchas publicaciones de la tía Carol. A lo mejor te la han "hackeado".
Y no hay nada de malo en querer recordar estos momentos, aunque ten cuidado: asegúrate de que todos sonreímos y de que la vajilla esté simétrica, no vaya a ser que algo no esté perfecto y no puedas mostrar al mundo lo bien que te van las cosas.
— Bueno, chicas, ya está bien. Cambiemos de tema. — propuso Hugo.
El corazón de Delilah latía a mil por hora, las caras de sus tías estaban rojas. Parecía que iban a estallar en algún momento.
— Y dime, Delilah, ¿tienes novio? ¿O novia? Quiero decir, que me parece bien, tengo amigos gays. Aunque no lo comprenda del todo no voy a juzgarte.
— Dios mío... — resopló Delilah. — Tía, dile a la prima que me dé cita en su consulta o me recomiende a algún colega porque voy a acabar en un psiquiátrico a este paso.
De pronto comenzaron a escucharse sollozos. Su abuela estaba comenzando a llorar, no era la primera ni la última vez que la veía hacerlo. 
— Solo quiero que mis hijos se lleven bien porque les quiero a todos por igual, como a mis nietos. Ay... Casi no lo cuento con ese dolor de mandíbula. Ay...
El llanto se hizo más extravagante, más sonoro. Cómo las mentiras.
El amor no era equitativo y Delilah lo sabía, tal y como si todo hubiese salido de una telenovela. Tan exagerado e innecesario. Tan dramático. ¿Qué sería del drama sin ellos?
— Bueno, será mejor que me vaya. — dijo Delilah.
— Pero si todavía no hemos terminado de cenar y aún tenemos que hacernos las fotos. Mi amiga Amanda va a venir luego, no puedes irte. — dijo Mercedes.
— Ya, pero es que acabo de acordarme de que he decidido que mi avión salga tres semanas antes. 
Delilah cogió las maletas que había dejado en la entrada al llegar y se despidió.
— Feliz Navidad, ya nos veremos... Si eso. O si nunca. Saluda a Amanda de mi parte y dale dos besos si consigue bajar un poco la cabeza, debe dolerle el cuello de ir tan estirada.
Sonrió por una última vez y salió por la puerta.
El frío, las luces del resto de chalets, las risas y las voces por el vecindario.
El espíritu navideño.
Sí, a Delilah le encantaba todo aquello...
Pero es que, a veces, era mejor no volver a casa por Navidad. O simplemente, no volver.

 

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