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3 min
Delirium
Reales |
08.10.12
  • 4
  • 7
  • 1972
Sinopsis

Una amistad para los siglos de los siglos.

Borges me dijo una vez que las personas se parecen a los agujeros negros. Me dijo que se quedan con todo, y que luego no lo dejan escapar.

 

No sé, pero aquellas charlas con el ciego me divertían. Mejor: me relajaban.

 

A la tertulia se apuntaba de vez en cuando un fantasma, un demonio, un general, todo un pueblo, un presidente, la puta, Dios (que apenas hablaba).

 

Cuando en la cueva se congregaba mucha gente, Borges me protegía. Me pedía que me sentara a su lado.  “Apoya la cabeza, rebenque”.

 

Ahora recuerdo que cierto día, anocheciendo, el escritor se puso a pelear con un huracán. Dios no movía un dedo, como casi siempre. El general se divertía ordenando los golpes, posicionando las piernas, siempre en la confortabilidad de la retaguardia. La puta guiñaba el ojo cuando uno de los dos combatientes desfallecía y se retorcía de dolor en el suelo. El demonio se chupaba los dedos.

 

También recuerdo que el pueblo (miles y miles de personas) se desgañitaba animando al huracán. “¡Crucifícale!”.

 

Borges recuperaba diez años al terminar la reunión. Yo quería dormir, pero él que ni hablar, que lo de dormir era para los muertos, para los topos, para los ciegos (ignorante). Así que, a los pocos minutos de la despedida, nos encontrábamos en la calle, sin rumbo, sedientos, excitados. “Busquemos una batalla legendaria”.

 

En mitad de un viaje promocional, me llamó desde Tokio. “Quiero morirme”. Repetía lo mismo una y otra vez. “Quiero morirme, muchacho. Ya. Deja que me muera”. El bajón le duraba unas dos horas. De repente recuperaba la ilusión, las ganas. Comenzaba a dar saltos por la habitación y se ponía a bailar. Incluso cantaba.

 

Los periodistas le preguntaban por Cervantes, por Shakespeare. Por Joyce. Un italiano le preguntó en una ocasión: “Oiga, Borges, maestro, ¿qué fue del hombre?”.

 

Aquí la respuesta: “Le espero. Todavía le espero. No pierdo la esperanza. Ya sé que han pasado muchos años. ¿Cuántos? Muchos, una eternidad. Dígamelo a mí. Mire aquí dentro y entenderá lo que le digo”.

 

Borges me llamó treinta y tres segundos antes de morir. “Hola. Que me muero ya, ¿sabes? Yo creo que sí, casi estoy convencido de que el hombre era yo, y que esperaba tontamente. Y que tú no debes hacer lo mismo. No te quedes quieto. Muévete. Conquista. Arrasa. Tengo la corazonada de que nos volveremos  ver. A lo mejor en una novela tuya. Uy, qué dolor. Ya se pasa”.

 

Nadie hasta hoy sabía de la amistad de Borges conmigo. Te pido por favor que no airees esta historia. 

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  • Eres muy buena, nunca te había leído, hoy corro con la oportunidad de hacerlo. Saludos.
    Escribe tus comentarios...
    Genial
    Escribe tus comentarios...Pisando fuerte, y nada menos que de la mano de Borges. Muy bueno lo de los agujeros negros.
    Interesante texto. Si Señor.
    De nuevo, has vuelto. Reconquistando cada rincón de nuestro atareado fracaso. Bravo.
  • El escritor muere y un segundo antes de morir se pone a hablar. ¡Será hijoputa!

    Es que somos maravillosos.

    En la madrugada todo es posible. Pasar del amor al deambular indiferente moviendo la colita.

    El muerto volvió a la vida. No fue una resurrección. No fue un milagro. La ciencia y el japonés o el chino quisieron a Franz de nuevo escribiendo, pero sobre todo descubriendo que no habían cumplido su deseo. ¿Qué deseo?

    Matilde Aguirre escribió libre. Todos los escritores son violados, asesinados, descuartizados. Los pájaros vuelan libres cuando se pierden en las nubes y la tierra, abajo, ni es negra ni es blanca, no tienen color.

    Hijos de la gran puta hay en todas partes. Y los que tienen que nacer. Primero mueren los padres y el pueblo se caga de miedo. Llega la fea y a follar y a tener un hijo para sufrir también. Cabrón. El infarto coge por sorpresa. Y para que nada falte, llega la lapidaria sentencia a las puertas del cielo. ¿Infierno? Se lleva en el hígado.

    Una jefa que ordena matar a personas buenas nunca puede fiarse de un asesino a sueldo, aunque los dedos del monstruo quepan en su coño y ella tenga la segruidad de que nunca dirá nada.

    Me lo metieron en el culo y me dolió, pero era ncesario para vivir cómodamente en Júpiter.

    El negro se pone a temblar y eso no me lo esperaba. Y luego Bonifacio me pide que mate a todos los ciegos. Y antes, el puto negro desayuna conmigo con los agujeros de las balas en el cuerpo.

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