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25 min
Desajuste en el tiempo
Ciencia Ficción |
12.10.21
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Sinopsis

¿Y si aquello no hubiese sucedido tal y como nos lo contaron?

DESAJUSTE EN EL TIEMPO 

         El laboratorio habilitado en el garaje se encontraba repleto de cachivaches que, en su conjunto, componían un heteróclito batiburrillo. Sobre la mesa metálica que ocupaba toda una pared del recinto se acumulaban papeles, cables, redomas, restos de pizza y varios ordenadores personales, todo ello dispuesto de forma bastante anárquica. La máquina, con su forma de huevo gigante sostenido sobre un trípode metálico, se hallaba en el centro de la estancia, como un hierático vigía o un abotargado guardia urbano.

          Elí Siegel comprobaba en uno de los ordenadores la secuencia de algoritmos en los que había estado trabajando durante los últimos tres años. Una y otra vez repasaba ecuaciones y fórmulas para cerciorarse de no haber cometido error alguno en los cálculos, sabedor de que el éxito o el fracaso que coronaría todo ese trabajo iba a depender en definitiva de la validez de estos. Miró a la máquina, en cuyo interior trabajaba su socio y amigo Daniel Ross, y se preguntó si todo saldría bien. Se dijo que sí, que nada podía fallar, ya que todo el proceso había sido calculado en detalle, y volvió a enfrascarse en la tarea.

          A Elí y Daniel les complacía sobremanera que el desarrollo de su investigación hubiese tenido lugar dentro de aquel garaje. Veían en ello un paralelismo muy sugestivo, habida cuenta que también otros grandes descubrimientos en el sector de las telecomunicaciones vinieron al mundo precisamente en un escenario semejante. Pero este, de tener éxito, iba a ser mucho más grande que todos los precedentes, no en vano permitiría por primera vez al ser humano moverse a través del tiempo.

          La prueba definitiva tendría lugar esa misma tarde, una vez finalizados los últimos ajustes. Tras haber analizado al detalle las previsiones sismológicas, ambos coincidieron que aquel era el día más apropiado, ya que, en principio, no se anunciaban perturbaciones que pudieran alterar el buen curso del experimento. La estabilidad era importante, puesto que cualquier turbulencia externa podría dar lugar a una especie de efecto mariposa que acabase generando un resultado muy distinto al esperado. Había en ese sentido que reducir la posibilidad de imprevistos a prácticamente cero, siendo en principio ese día el más propicio para ello, el momento ideal para poner al fin la máquina a prueba y comprobar si, en efecto, la realidad daba su beneplácito a las complejas teorías que ambos desarrollaran durante esos tres años de investigación.

          Hubiese sido deseable realizar cuando menos un ensayo previo con animales de laboratorio, lo que de antemano habría permitido evaluar sobre estos el nivel de riesgo; pero no era posible, ya que el instrumental de la máquina exigía un ser humano para su manipulación. Era necesario accionar de un modo preciso el circuito interno que abría el campo temporal, maniobra que solo podía llevar a cabo el propio pasajero, al menos en el viaje de ida. Tampoco, por otro lado, servía cualquier persona, sino únicamente alguien que conociese a la perfección el funcionamiento de todo el sistema, requisito que reducía el elenco de candidatos a tan solo dos personas en todo el mundo: Elí Siegel y Daniel Ross. Tras discutirlo durante muchos días, ambos convinieron que fuese Ross el primer pasajero de la máquina, el primer peregrino del tiempo. El motivo que inclinó finalmente la balanza en dicho sentido fue que, en caso de emergencia o si algo salía mal, Siegel estaba más capacitado para llevar a cabo las complejas maniobras que permitieran traer de vuelta al viajero. 

          Pero nada tenía por qué salir mal. Además, el viaje sería corto, apenas un siglo atrás, prácticamente el salto mínimo posible. Las ecuaciones demostraban que era inviable viajar a otro punto del tiempo por donde el pasajero ya hubiese antes transitado; dicho de otro modo: un mismo ser no podía estar simultáneamente vivo bajo dos cuerpos. Esta era una de las paradojas del viaje en el tiempo que no podían soslayarse en modo alguno. Otra era la imposibilidad de viajar hacia el futuro, solo se podía ir hacia atrás y regresar luego al presente; al menos esa era la conclusión a la que sus investigaciones les habían llevado por el momento. Tampoco era posible alterar el pasado, ya que ello supondría alterar igualmente el futuro. Pero ¿y si el viajero interactuaba con alguien del pasado?, ¿no podría eso implicar, por insignificante que fuese dicha interacción, una sucesión incontenible de cambios en el devenir futuro? Aquella contingencia era aterradora de por sí, sin que ninguna explicación al respecto se les antojara satisfactoria. Ross creía que lo más probable era que en tal caso se estableciesen líneas de tiempo paralelas, pero manteniendo siempre incólume la que había dado lugar al presente actual. Quizá existiesen ya miles de esas líneas temporales. Elí, en cambio, no estaba demasiado de acuerdo con esa teoría, por más que tampoco encontrase sólidos argumentos para refutarla. Él sostenía que debía existir algún tipo de fuerza que por sí misma impidiese a todo ser vivo intervenir de manera activa fuera de su tiempo, de tal modo que el viajero solo podría gozar de la experiencia sensorial proporcionada por vista, oído y, si acaso, olfato, pero nunca injerir en la época pretérita en la que aterrizara, como si estuviese encerrado dentro de una burbuja transparente pero hermética e infranqueable. Fuera como fuese, desconocían todo lo relativo a este particular, desconocimiento que venía a ser una de sus máximas preocupaciones a la hora de afrontar el experimento, de ahí que hubiesen establecido como norma inquebrantable abstenerse de llevar a cabo cualquier tipo de contacto, por mínimo que fuese, con el entorno: el objetivo de ese primer viaje se limitaría a observar desde lejos y retornar en menos de veinticuatro horas.

          Pero ¿y después?, ¿qué sucedería si, tal y como confiaban, el éxito les sonreía y hacían público su descubrimiento?, ¿cómo sería en tal caso utilizado?, ¿qué podrían llegar a hacer el Ejército o el Mossad con una herramienta tan prodigiosa en sus manos? Si la teoría de Siegel era correcta, cualquier intromisión en el pasado resultaría inocua, contingencia esta que, sin duda alguna, aliviaba sus conciencias de cara a un posible mal uso de su invento. Pero ¿y si no era así? Cualquiera podría entonces modificar la historia a su capricho o, de ser cierta la hipótesis de Ross, crear miles de líneas temporales diferentes. Estas perversas posibilidades habían inquietado desde un principio a los dos investigadores, revoloteando dentro de sus cabezas como siniestras aves de pesadilla. Al final, sin embargo, concluyeron en que nada podían hacer al respecto, ellos eran científicos y, como tales, iban a proporcionar al mundo un invento asombroso; el modo en que los hombres lo emplearan después, para el bien o para el mal, no era ya cosa suya.

          —Llegó entonces el momento –observó Ross tras dar por concluido su trabajo en el interior de la máquina.

          —Así es –convino su socio, poniéndose en pie para dirigirse a su lado–.  Aunque todavía estás a tiempo de dar marcha atrás.

          Mal que le pesara, Elí Siegel no podía quitarse de la cabeza el riesgo que, aun de forma voluntaria, su amigo iba a correr. Utilizar a un ser humano para esa primera prueba constituía, desde cualquier punto de vista, una actitud temeraria. Pero lo cierto era que no había otra posibilidad, Daniel debía establecer las coordenadas temporales directamente desde el interior de la máquina, no podía hacerse desde el ordenador central, de manera que o asumían el riesgo, o no había experimento, esa era la disyuntiva, y ambos de consuno habían decidido lo primero.

          —Venga, Elí, ya hemos tenido esta conversación infinidad de veces. Ambos sabemos que hay que hacerlo… Y también sabemos que todo va a salir bien.

          —Sí, no puede fallar nada –convino Siegel, secundando el guiño de complicidad que acababa de hacerle su socio, por más que no pudiera evitar que una invisible sombra de duda envolviera sus palabras.

          —Y si algo fallase, tú me traerás de vuelta sin mayor problema. Sé que mi amigo Elí jamás me abandonará.

          Al menos esto último sí podía llevarse a efecto desde el ordenador central, revertir el salto temporal de modo que el pasajero pudiese regresar justo al presente desde donde saltó.

          —Eso tenlo por seguro. Vas a ser más famoso que Neil Armstrong cuando se convirtió en el primer ser humano en pisar la luna.

          —Ahora que lo dices, el mío será también un pequeño paso para el hombre, pero enorme para la humanidad. Lástima que esa frase ya esté patentada y no pueda hacerla mía –bromeó Daniel.

          —Aunque tu viaje será más corto que el de Armstrong. Apenas notarás que ha pasado un par de segundos de tiempo real y, de repente, voila, te encontrarás ubicado a mediados del siglo XX… Una época convulsa aquí en Jerusalén. Tendrás que andarte con cuidado.

          —Lo sé, solo observar, nada de interactuar.

         —Ni siquiera sabemos si eso último sería posible. Cualquier interacción originaría un cambio en la línea temporal, por sutil que fuese, y, lo que es peor, podría dar lugar a paradojas. Pero, bueno, qué te voy a decir yo que ya no sepas sobre mi hipótesis contraria a dicha posibilidad.

          —Si todo va bien, saldremos de dudas en breve.

          —En cualquier caso, deberás regresar nada más comprobar que el experimento fue exitoso. Ya habrá luego oportunidad de planificar estancias más largas. Si en un margen de doce horas no has vuelto, te traeré de regreso. ¿De acuerdo?

          —En eso habíamos quedado, sí.

          Los dos hombres se fundieron en un prolongado abrazo y, tras desearse suerte por última vez, Daniel Ross se introdujo en el interior de la máquina, donde se ajustó el localizador y accionó los mandos que, en perfecta sincronía con los ajustes llevados a cabo por Siegel en el ordenador central, deberían llevarle cien años atrás en el tiempo. Tras comprobar que el localizador mandaba satisfactoriamente su señal a la computadora, Elí levantó el dedo pulgar en dirección hacia su socio. La cuenta atrás se inició entonces. El primer viaje en el tiempo de la humanidad estaba a punto de producirse.

          Fue justo tras desaparecer Ross en los dédalos del tiempo, cuando comenzaron las sacudidas. La primera fue lábil, casi imperceptible, Elí apenas si notó un ligerísimo vaivén de la silla donde estaba sentado. Tan solo un par de segundos después, sin embargo, el temblor se hizo más potente, el laboratorio entero comenzó a agitarse, los objetos vibraban, el suelo parecía moverse. La última convulsión, la más violenta, vino precedida de un bramido estridente, como si las entrañas mismas de la tierra crujieran de dolor. Elí Siegel salió despedido de su asiento y cayó al suelo. Algunos de los aparatos que componían el laboratorio chispearon durante breves instantes, aunque, por fortuna, ningún fuego llegó a prender en ellos. Luego las sacudidas cesaron de repente, volviendo el silencio y la calma a ocupar el lugar del que fueran desplazados momentos antes por ruido y caos. Siegel sabía que abandonar el garaje era lo más sensato que podía hacer en aquellos momentos, ya que nada aseguraba que los temblores no volvieran a sucederse, incluso con mayor intensidad. Pero no lo hizo. Se dijo que aquel edificio estaba construido para resistir cualquier sacudida sin venirse abajo, como venía a corroborar el hecho de que ninguna alarmante grieta hubiese surgido en las paredes. Aquello era en parte un sofisma, él mismo lo sabía, pero necesitaba convencerse de algún modo para continuar al pie del cañón, aunque fuese mediante el autoengaño. El trabajo le reclamaba. Era mucho lo que tenía que hacer, desde comprobar el alcance de los daños hasta, lo más importante, verificar si su amigo había conseguido arribar a su destino, máxima prioridad en aquellos momentos.

          Los desperfectos eran, por fortuna, ligeros, de modo que prácticamente todos los equipos continuaban en funcionamiento. Pese a que lo sucedido no admitía duda alguna, Siegel se lanzó sobre el sismógrafo para obtener una evidencia empírica. Los datos recibidos despejaron cualquier duda: acababa de tener lugar un terremoto de magnitud 5,5 en la escala de Richter. Le pareció inaudito, ya que se suponía que aquel día no iban a tener lugar movimientos sísmicos significativos. Al instante pensó en Daniel y, presa de una creciente inquietud, se preguntó si el seísmo habría alterado de algún modo el curso de su viaje en el tiempo. Buscó en la computadora la señal del localizador y, horrorizado, comprobó que no funcionaba, no había señal alguna. El temor se agigantó ante la sospecha de que el terremoto hubiese llevado a su socio a un lugar diferente al previsto, ya fuera en el tiempo o también en el espacio.

          Elí estaba completamente aturdido, superado por las circunstancias, sin saber a ciencia cierta qué hacer. Maniobraba de forma alocada sobre el ordenador central, reproduciendo algoritmos y buscando soluciones que hicieran revivir la señal de localización. Fue entonces cuando un golpe sordo procedente del interior de la máquina llamó su atención. Tras un par de segundos de desconcierto, se lanzó corriendo hacia allí, el corazón le latía a toda velocidad, un tambor desquiciado que amenazaba romper de un momento a otro la cavidad torácica que lo contenía. ¡Daniel estaba de regreso! ¿Dónde habría estado exactamente? ¿Por qué no funcionó el localizador? ¿Cuánto tiempo habría pasado fuera? ¿Qué había visto? ¿Qué síntomas había percibido? ¡Tantas eran las preguntas que se agolpaban en su mente, que no sabía muy bien cómo iba a empezar a formularlas! Aunque lo primero era abrazar a su amigo y comprobar que todo estaba bien, que había vuelto sano y salvo.

          Un violento alarido escapó de su garganta tras abrir la puerta del cubículo. El hombre que halló en su interior estaba semidesnudo, prácticamente inconsciente y cubierta gran parte de su anatomía de sangre y espeluznantes heridas. Ahora bien, pese a su desfiguración, supo nada más verlo que no se trataba de su socio. Por más que hubiese un innegable parecido físico, la persona que la máquina había traído de vuelta no era, desde luego, Daniel Ross.

          Aquel insólito hecho descolocó por completo a Elí, en cuyo rostro se reflejaba por partes iguales el desconcierto y el horror. El tiempo, no obstante, apremiaba y exigía obrar con diligencia, sin vacilaciones, de modo que, con sumo esfuerzo, sacó del habitáculo al herido y lo acomodó como buenamente pudo sobre una vieja poltrona que se hallaba arrumbada en uno de los rincones del garaje. Con los pertrechos del botiquín consiguió aplicarle unos perentorios primeros auxilios, los mínimos imprescindibles para cortar la hemorragia y cerrar en parte las heridas mediante vendas hemostáticas; pero quizá eso no fuera suficiente para salvar su vida, habida cuenta el mal estado que el forastero mostraba. Debía verlo un médico con urgencia. Llevarlo a un hospital vendría a ser, a ese respecto, lo más sensato, pues no en vano allí contarían con los medios materiales y humanos necesarios para atenderle como era debido. Pero ¿qué diría cuando le preguntasen? No, no podía arriesgarse, ninguna explicación resultaría convincente y al final no tendría más remedio que desvelar la naturaleza de sus investigaciones, algo para lo que aún no estaba preparado. Por fortuna, su esposa Hannah era médico y estaba al tanto de la naturaleza de su trabajo, de manera que la telefoneó para, a grandes rasgos, explicarle cuanto acababa de suceder; ella se ocuparía del herido.

          Desde el centro médico donde ejercía como doctora, Hannah Siegel tardó menos de una hora en llegar al laboratorio de su marido. Trajo consigo los medicamentos y el material sanitario que creyó oportuno, a tenor de la naturaleza de las heridas que Elí le refiriera por teléfono. Examinó al enfermo y dictaminó que, pese a la gravedad de algunas de sus lesiones, su vida no corría peligro. Tenía profundas erosiones en manos, pies y costado, así como abundantes excoriaciones y verdugones cubriendo toda su espalda, producto a buen seguro de haber recibido una ingente cantidad de latigazos, y todo el cuerpo, en general, salpicado de equimosis. Sin embargo, era un hombre joven, Hannah calculó que de poco más de treinta años, y gozaba de una constitución fuerte, de modo que, con los debidos cuidados, se restablecería en unos días, tres a lo sumo, aunque le iban a quedar profundas cicatrices como secuela.

          Mientras ella atendía al herido, tratando de restañar los desgarros de su lacerado cuerpo, Elí especulaba sobre las causas que habían podido originar aquel inesperado despropósito. Dedujo que en un momento crítico debió producirse alguna alteración en el funcionamiento de la máquina que tuvo como consecuencia un catastrófico reemplazo en la persona del viajero, de tal manera que Daniel fue de algún modo confundido con y sustituido por este otro hombre malherido, quien resultó facturado a este tiempo en su lugar. Aun siendo esto, a priori, inverosímil, Elí concluyó que no había otra explicación posible. Pero ¿por qué?, ¿qué provocó este fallo de la máquina? Por más que se estrujaba los sesos, no se le ocurría nada coherente que pudiese desvelar este último interrogante. La explicación podía en todo caso esperar. Lo perentorio era traer de regreso a Daniel, fuera como fuese, maniobra que, a su vez, entroncaba con el retorno a su propio tiempo de aquel hombre llegado en su lugar, como si de un intercambio de rehenes se tratase. Ambos, de hecho, estaban secuestrados en unas coordenadas temporales que no eran las suyas. 

          La máquina, no obstante, se hallaba inoperativa a consecuencia del terremoto. Tras comprobar por segunda vez los desperfectos, Elí concluyó que, afortunadamente, no existía ningún daño irreparable, tan solo pequeños desajustes que podía volver a componer por sí solo. Lo malo era que esa tarea le llevaría algunos días, no menos de tres trabajando a marchas forzadas, los mismos que, según su esposa, tardaría el herido en estar medianamente restablecido para regresar a su tiempo. Hannah le aseguró que, salvo complicaciones, no había que temer por la vida de aquel hombre, lo cual venía a ser una excelente noticia entre tanta sucesión de calamidades.

          Y entretanto, mientras en el aquí y ahora de Elí Siegel tenía lugar este caótico maremágnum, su socio Daniel Ross experimentaba la fascinación del viaje en el tiempo. Al principio no sintió nada especial, salvo un ligero mareo al que no concedió importancia alguna. De pronto, sin embargo, notó una presencia cercana, un ente volátil que, surgiendo de la nada, atravesaba su cuerpo como si fuese un espectro. Fue tan rápido que no tuvo oportunidad alguna de entender la naturaleza de aquella aparición, acertando apenas a discernir un aspecto relativamente antropomórfico y un intenso olor acre. Luego, casi de inmediato, vino el dolor, un dolor penetrante cuya procedencia no acertaba a calibrar. Daniel sentía que su carne se desgarraba, se le quebraban las extremidades y afilados cuchillos le atravesaban manos y pies. El escenario había cambiado, se encontraba fuera de la máquina, desnudo y a la intemperie, suspendido en el aire. Quiso moverse, pero no pudo, algo le sujetaba brazos y piernas, dilacerando su carne al menor movimiento. Aquel sufrimiento era de todo punto insoportable. Sentía, además, que se asfixiaba, el aire llegaba viciado a sus pulmones y generaba agudos estridores al inspirar, como si tuviese obstruidas todas las vías aéreas. También la cabeza se le había convertido en un hervidero de dolor, horadadas su frente y su nuca por lo que parecían ser cientos de alfileres. El dolor más agudo provenía, en todo caso, de las manos y los pies, clavados que estaban sobre algún tipo de soporte que mantenía todo su cuerpo en vilo.

          Daniel no comprendía qué estaba pasando, sus ojos estaban empañados por una película lacrimosa que sumergía su visión bajo una calígine apenas traspasable; todo a su alrededor aparecía borroso, formas sin definir, imágenes difusas. Lo único nítido era el dolor, un dolor tan lancinante como nunca había experimentado en toda su vida. Levantó los ojos y, pese a la película que los velaba, contempló un cielo oscuro que parecía sacado de alguna novela gótica, un cielo en el que la luna flotaba como un espectro. ¿Dónde se hallaba? ¿Qué estaban haciéndole? ¿Y quiénes? ¿Y por qué? Hizo un nuevo intento por mover los brazos, extendidos que estaban en posición horizontal, pero dicha tentativa, lejos de rendir fruto, se tradujo en un fuerte desgarro que acrecentó todavía más la sensación de dolor. El pánico se apoderó de él, impidiéndole razonamiento alguno; quiso gritar pidiendo ayuda, pero los sonidos quedaban amortiguados dentro de su garganta, obstruida por una espesa bola hecha de saliva, sangre y miedo. Además, ¿quién iba a ayudarle? Por debajo de donde se encontraba, a algunos metros de distancia, parecía haber gente, pero nadie movía un dedo para socorrerle, como si no le viesen o, peor aún, como si les diese igual su pesadumbre; algunos reían y proferían voces en un idioma que, curiosamente, no le resultaba extraño, ya que lo había estudiado como autodidacta en su juventud, por más que hacía siglos que se extinguiera como lengua viva; otros, en cambio, daban la impresión de llorar; de hecho, el sonido que llegaba con mayor nitidez a sus oídos era el llanto de una mujer, un llanto que, pese a su lejanía, le resultaba conmovedor, aunque no menguase en nada su terrible sufrimiento. Sacudido por un acceso de rabia que, durante un instante efímero, se superpuso incluso al dolor, Daniel se preguntó por qué Elí no lo hacía regresar de una puñetera vez, por qué se demoraba tanto, por qué con su inacción estaba permitiendo que se alargara aquella cruel tortura. El localizador tuvo que avisarle del error de destino, en cuyo caso lo convenido era anular la operación y traerle de vuelta de inmediato. ¿Por qué entonces no lo hacía?

          En tanto estas preguntas cruzaban por su cabeza como relámpagos, la sangre, formando regatos sobre sus mejillas, llegaba hasta sus cuarteados labios y se escurría entre ellos; su sabor dulzón se le antojó repulsivo, provocándole una serie de incontrolables arcadas. ¡Agua! Necesitaba beber agua con urgencia, saciar su sed y quitarse al propio tiempo ese nauseabundo sabor de la boca.

          —Tengo sed –consiguió a duras penas balbucear en la lengua muerta de los desconocidos, sometiendo para ello a sus cuerdas vocales a un ímprobo esfuerzo.

          Alguien debió apiadarse y aproximó hasta sus labios una esponja mojada. Pero dicho gesto, lejos de aplacarle la sed, vino a intensificar todavía más la sensación de náusea, ya que el líquido vertido en la esponja no era agua, sino vinagre. No podía más. Daniel sentía que aquel trance tocaba a su fin, la sofocada respiración daba fe de que sus pulmones estaban agotando las últimas reservas de aire; por más que luchase, su corazón no tardaría en apagarse y sucumbir. El velo del definitivo crepúsculo se cernía sobre él, de modo que, impotente ante la funesta ventura que el destino le había deparado, estalló en un póstumo bramido cargado de frustración y reproche:

          —Elí, Elí, ¿por qué me has abandonado?

          Fueron las postreras palabras que, en medio de la agonía, acertó a pronunciar Daniel Ross antes de, sin siquiera saber el porqué de aquel inicuo calvario, proferir un desgarrador grito con el que escapó asimismo su último aliento de vida.

          Y entonces la tierra comenzó a temblar. Y el temblor de la tierra se propagó también por la línea del tiempo que había sido abierta.

          Veintiún siglos más tarde, en el garaje propiedad de Elí y Hannah Siegel, la primera máquina del tiempo construida por el hombre volvía a estar operativa. El localizador daba de nuevo señales, lo que les permitió verificar que el salto de Daniel había sido mucho mayor que el inicialmente previsto. Resultaba inexplicable que un fallo así hubiese tenido lugar. Tendrían que revisarlo todo a conciencia para que no volviese a suceder semejante anomalía. Pero lo importante ahora era traer de regreso a su socio y, al propio tiempo, devolver a su lugar de origen al inesperado pasajero que, desde el pasado, había venido en la máquina. Elí confiaba en poder conseguir ambos objetivos. El desconocido apenas si había estado consciente durante los tres días que tardara Hannah en restañar sus heridas, acertando tan solo a pronunciar, entre febriles delirios, alguna que otra frase aislada en un idioma ignoto, seguramente de origen semítico, aunque muy diferente del hebreo actual. Elí habría querido hablar con él y despejar siquiera alguna de las numerosas dudas que rondaban por su cabeza, saber al menos por qué estaba tan malherido. Paradójicamente, Daniel sí podría haber comunicado con él, ya que tenía importantes nociones de hebreo antiguo y otras lenguas semíticas; pero, por desgracia, estaba perdido en los meandros del tiempo. De todas formas, mejor así, pensaba Siegel, convencido de que, venida abajo su teoría sobre la imposibilidad de interactuación entre seres de diferentes tiempos, seguía siendo preferible reducir al mínimo todo intercambio, ya que un contacto excesivo podría acarrear alteraciones temporales irreversibles, contingencia esta que le causaba auténtico pavor.

          Dispuesto de nuevo todo, Elí introdujo al desconocido en la máquina, tecleó después en el ordenador central las correspondientes fórmulas que debían revertir el salto que tres días antes llevara a cabo Daniel y, conteniendo el aliento, inició una nueva cuenta atrás.

 

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  • Cuando sea grande, quiero escribir como vos Marito querido, abrazo de gol !!!
    ¿Qué mas decir? Siempre disfruto leyéndote, lo clavas... Un super abrazo.
    Una fasinante historia en la que entra en juego la Ciencia Ficción y la Historiareal. Se ha barajado mucho la hipótesis de que el Jesús histórico fuese un ser de otro planeta, o de otro tiempo futuro, a tenor de que realmente no sabemos casi nada de él. Si no fuee por la propaganda que hizo San Pablo, hoy no habría Navidad. El viaje en el tiempo a mí me interesa mucho. Para que se pueda realizar los viajeros tienen que cruzar el agujero de gusano que es un túnel que conecta dos flechas del tiempo. Dicen los físicos que es más factible viajar al futuro que en el pasado; y que éste sería como ver una vieja película muda y borrosa.
    Excelente, Mario! Una extraordinaria fusión del futuro y los viajes en el tiempo con la historia que conocemos, ajustada al milímetro. Siempre quedo sorprendida por tu imaginación. Un beso!
    Genial cuento. Saludos.
    "Desajuste en el tiempo".. El autor, nos narra magistralmente un relato ficcional, con hechos sobre unas coordenadas -temporales, que no tuvieron el resultado esperado, sino la extrapolación de acontecimientos, que involucran dos cuerpos: uno de historia bíblica , la otra, se supone, de experimental en un plano real... Estimado Mario, dicen que la inventiva humana, no tiene límites...La de Usted, es prodigiosa! Excepcional!! Saludos afectuosos!!
  • Un neurólogo conocido mío me habló en cierta ocasión de una extraña patología que se conoce como "síndrome de la parálisis del sueño". Sus palabras me causaron un profundo sobrecogimiento e inspiraron este angustioso relato que espero resulte de vuestro agrado.

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