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6 min
Desapariciones inexplicables
Ciencia Ficción |
30.09.15
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Sinopsis

Durante la batalla de Waterloo se producen unas desapariciones que tienen desconcertados a los mandos militares

                                    DESAPARICIONES INEXPLICABLES 

 

 

                                                       El valeroso y bizarro teniente de infantería  Françoise DuPont no podía volver la vista atrás, aunque no le hacía falta para conocer el estado de la tropa antes de entrar en batalla. Los soldados permanecían impertérritos, perfectamente alineados, y dispuestos, una vez más, al combate. El pelotón, organizado en forma de cuadrado perfecto, guardaba la estructura hasta el mismo instante de iniciar la ofensiva.  Todos los semblantes semejaban el mismo. Nadie hablaba ni nadie se movía. En el grupo no existía  el menor gesto que delatara nerviosismo o ansiedad. Los militares lucían el impecable  uniforme de gala en el que podía ser el último día de sus vidas. DuPont se sintió orgulloso. A una señal suya se lanzarían con fiereza a luchar, sin temer por la muerte casi segura que les esperaba. Como en las otras ocasiones no le iban a defraudar.  Nunca lo habían hecho en las innumerables campañas que pelearon a su lado. Jamás sirvió bajo su mando un desertor o un cobarde.  Avanzarían hasta que alguna onza de plomo les partiera en dos. Hacia la victoria o la muerte. Aquellos hombres, forjados en el valor por las muchas guerras en las que habían participado,  no conocían  el miedo.  El sentido del honor y el patriotismo lo llevaban hasta las últimas consecuencias y si el precio era la vida, pagarían gustosos con ella.

Enfrente, a tan solo unos centenares de metros, una veterana compañía de fusileros ingleses  les esperaba pertrechada con toda clase de armamento y munición. También mantenían una marcialidad admirable. Las casacas rojas que vestían,  tan elegantes y llamativas en los desfiles, se antojaban ahora funestos presagios de muerte y destrucción.  DuPont sólo podía distinguir la primera fila que ocultaba otras muchas, aunque resultaba imposible cuantificarlas.  Extendió el catalejo, miró, y pudo confirmar que los británicos estaban en magníficas condiciones para rechazar el ataque. No era el momento de pensar en las desastrosas consecuencias que conllevaría una derrota. Una insignificante muestra de desánimo en ese preciso momento era sinónimo de flaqueza, algo que no le estaba permitido. DuPont quedó unos instantes pensativo. Se preguntaba por qué sus recuerdos nunca alcanzaban más allá de la guerra.  Era consciente que existían períodos de paz, que quizás tuviera una familia, un pasado y una vida fuera de la batalla, pero su mente se negaba a aportarle otra cosa que no fuera conflicto bélico. Por un breve instante se asombró de no recordar siquiera lo que había hecho la noche anterior. Los recuerdos enlazaban siempre una campaña con la siguiente, saltando de la lucha con los rusos a otra con los prusianos y luego a la siguiente con los españoles, con los austríacos…

La pequeña escaramuza que les correspondía protagonizar podría inclinar el signo de la batalla de Waterloo en un sentido u otro, así que precisaría de sus hombres el máximo sacrificio en la contienda.  Consideró conveniente  exaltarles los ánimos con una arenga. Esa estrategia le dio magníficos resultados en multitud de refriegas.  No conocía mejor método para envalentonar a la soldadesca que incitarla hablándole de mujeres, de botines y de la madre Francia. No importaba el orden, ni el razonamiento de la diatriba, funcionaba y funcionaba muy bien. Cuando faltaba un segundo para iniciar el discurso  un detalle aterrador le detuvo.

-¡Por Júpiter!- exclamó colérico. No veo por ningún lugar a la artillería. ¿Qué traidor ha situado los cañones detrás de la infantería? ¡Quiero a ese espía aquí delante! Cuando abran fuego destrozarán nuestro propio ejército. Sargento Pierre, venga aquí de inmediato y explique semejante desatino.

Entre dos inmutables soldados apareció la figura de Pierre a las espaldas de DuPont. Un veterano héroe que no se dejaba impresionar por el número ni la potencia de fuego de las fuerzas contrarias.  Hablaba con una agitación impropia de  un hombre que jamás cedió un paso ante el enemigo.

-Capitán, no debe preocuparle ahora la posición de la artillería. Algo extraordinario y terrorífico está ocurriendo- dijo jadeando

-¿De qué se trata sargento?- la voz de DuPont rebosaba autoridad.

-Los soldados están desapareciendo señor.

-¿Desapareciendo? Desertando querrá decir. Mandaré fusilar aquí mismo a los que muestren ese comportamiento deshonroso.

-Mucho peor que eso señor. Desaparecen en la nada. Tan deprisa que ni siquiera exclaman un grito. Como siempre, me he situado detrás del pelotón y estoy presenciando este espectáculo diabólico. Usted no puede verlo señor porque se encuentra en vanguardia,  pero tiene que creerme. Estoy sobrio, desde hace dos días no he probado siquiera un sorbo de vino.  Primero fue la artillería y después la tropa se está diezmando. Es como si se volatilizaran. Los ingleses cuentan, sin duda, con un arma secreta y poderosa contra la que no podemos combatir. O han formado una alianza con el demonio que debe estar de su parte en esta contienda decisiva.

El teniente quedó estupefacto. Durante unos segundos no dijo nada. Intentó convencerse de que el sargento había perdido por completo el juicio. Iba a ordenar que se le arrestara de inmediato cuando percibió que las palabras de su ayudante eran ciertas.  Uno a uno sus hombres dejaban de existir. El propio sargento Pierre que unos momentos antes se hallaba muy próximo a él, se esfumó sin una causa aparente que explicara un fenómeno tan misterioso. El asombro le hizo olvidar la inminente batalla. Antes de que pudiera aclarar sus ideas sobre un hecho tan notable él mismo se vio arrastrado al limbo.

 

 

-Miguelín, te he dicho un montón de veces que retires ya esos soldaditos de papel de la mesa que es hora de comer.

-Ya voy mamá- refunfuñó Miguelin- acabo de quitar a los franceses, solo me  falta recoger a los ingreses- dijo,  mientras con sus manitas de niño de siete años, levantaba una a una aquellas figuras bidimensionales de la mesa para depositarlas en la caja de cartón donde las guardaba.

 

                                                      FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

          

 

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