cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

18 min
Desde Arriba
Reales |
01.04.15
  • 0
  • 0
  • 1033
Sinopsis

Un momento dice el resto.

–Por mí como si te lanzas ahora mismo. Déjame dormir.

 

Esas fueron las frases, ¿tan erróneas parecen? Nada es erróneo hasta que se demuestre lo contrario.

 

–Miles, ¿dónde está Son?

Se despertó como si acaso no lo hubiera estado. Miles observó a Leo como si le acabara de gastar una broma de mal gusto. Miró alrededor y comprobó que en la otra cama no estaba su compañero de piso, Son. Allí eran tres viviendo, siendo Leo el casero con privilegios de tener su propia habitación.

Miles se levantó con calma y bostezó. Se acercó a la otra cama y examinó la sábana arrugada formando olas estáticas. Volvió a bostezar.

–¿Te ha dicho algo?

–No me suena. Estaría durmiendo.

–Seguro.

Se miraron. Sin decir nada más, salieron del cuarto. Miles cayó en la cuenta de preguntar:

–¿Qué hacías en la habitación?

–Quería despertar a Son para decirle que su madre había llamado, que era urgente. Sería para otra de esas noches de charla.

–Su madre está loca.

–¿Y qué madre no lo está?

Fueron a la cocina separada por una barra americana con respecto al comedor. Se hicieron buenos cafés en tazas con inscripciones borrosas. Cada trago fue revitalizador.

–En serio, ¿dónde está? No quiero que su madre me maree conque le estoy mintiendo y que no se quiere poner.

–Temes que entonces te de a ti la tabarra.

–Joder, claro. ¿Por qué no eres tú Son por una vez?

Miles resopló y dio un trago a la taza. Las sirenas sonaron lejanas. Tardaron en reaccionar, mirando al mismo tiempo en dirección a la puerta acristalada de la terraza.

Se acercaron y abrieron la puerta corredera, sucia por falta de tiempo y ganas. Al abrir, las sirenas se escurrieron y les golpearon sin reacción.

Salieron y vieron la taza que faltaba del conjunto situada sobre la mesa redonda, de un mármol agrietado. Dieron unos pasos y se colocaron frente a la barandilla. Ambos tuvieron cierto respeto antes de asomar, así se lo intuyeron el uno al otro.

Abajo, en la calle iluminada hasta parecer un mar invisible lleno de coral luminoso, las sirenas de la ambulancia y la policía golpeaban sin resultado las paredes; rápidas y mareantes. El centro de atención radicaba en el cuerpo sobre la acera, delator de su condición por el circulo rojo, casi negro, a su alrededor.

–Se ha lanzado.

Ninguno recordaría quién de los dos lo dijo. El caso que quedó claro:

–¿Es Son?

–Por –titubeó–, por... Pues sí.

–No.

Dejaron las tazas sobre la mesa. Las tres formaron el conjunto. No hubo lágrimas.

–¿Por qué lo ha hecho?

Tampoco ésta pregunta se supo de dónde nació. Mucho menos hubo respuesta.

 

 

Al día siguiente estaban reunidos en el comedor repasando el suceso. La policía acaba de irse y se fueron más confusos que estaban ellos. Las tazas estaban llenas de café, incluida la de Son, llenada por despiste de costumbre. Seguían puestos con las batas del día anterior.

–¿Padecía depresión?

–No digas tonterías. Sencillamente –cortó y lo pensó mejor–. Se ha lanzado. Esas cosas pasan.

–Tonterías.

No se sentían resignados el uno por el otro. Era su forma de hablar de normal, pero sin Son sonaba violento. Después de todo se apreciaban aunque no pareciera tener sentido tal sentimiento.

–¿Entonces...?

–Entonces –dijo Leo sin entonación. Su mirada siguió fija, centrada toda su energía en beber café a cada minuto exacto.

–¿Va a venir Karen ahora?

El aire se enrareció. Claro que iba a venir Karen, la novia de Son.

–No quiero darle explicaciones –dijo Miles sin pensarlo mucho.

–¿Qué explicaciones vas a dar? En todo caso es ella la que tiene que darlas.

–¿Por qué?

–Miles, tío, quizás ella sepa qué sufría. O algo así.

–Ya.

De mientras, decidieron encender y jugar a la consola. Jugaron por inercia, casi sin sentido. De algún modo fue de las mejores partidas que habían hecho nunca. No le dieron importancia al récord superado que sería difícil de batir desde entonces.

Sonó el timbre de la puerta y ambos se miraron con culpabilidad. Estuvieron así unos segundos y miraron entonces a la pantalla de la televisión, parpadeante y a la espera. Volvió a sonar el timbre y fue Miles el que se animó a levantarse para abrir. La ausencia de la música del videojuego se remarcó.

Miles abrió y miró a los ojos de Karen, negros y distantes, atractivos a su modo, decorados por la pasta de sus gafas de tono claro.

–Hola –dijo Karen sin más y se adentró ignorando a Miles.

Los tres quedaron sentados en el sofá, absortos por el videojuego, con ella en medio como si necesitara de protección sin pedirlo. No hablaban, y en sus ojos apenas se podía distinguir algo.

Leo se animó y propuso otra tanda de cafés. Karen se quejó porque no se le hubiera ofrecido antes.

Los dos en el sofá, Miles y Karen, se formó un aura que el chico no pudo soportar, por lo que se levantó para parar la consola sin dar explicaciones.

De nuevo los tres sentados, con la diferencia de las tazas. Observaron la pantalla en negro como si allí se estuviese emitiendo el típico programa del montón.

–Venga, va –inició Leo–. ¿Qué le pasaba a Son?

–No lo sé.

La respuesta de Karen cayó como una bomba silenciosa, desanimando a todos por igual.

–Era raro, vamos a ser sinceros –aventuró Miles.

–Como todos –dijo Leo.

–No digas que no, Leo.

–Sí, pero no hacía daño a nadie. Al contrario.

Llevaban un par de años viviendo juntos y era la primera vez que Leo se mostraba sincero de esa forma con respecto a Son.

–Yo le quería, joder –dijo Karen, aunque las palabras parecieron caer en un vacío que nadie había creado.

–Me caía bien. Pero era raro –insistió Miles.

–Cállate, anda.

Se sucedió otro silencio. Al rato decidieron pedir comida china para ahorrarse cocinar. Comieron antes de partir al velatorio.

 

 

–Creo que siempre le has gustado, Miles.

Pero Miles no respondió, centrado en mirar a la gente alrededor, toda una marea negra desconocida. Las olas familiares eran Leo y Stan a su lado, los tres amigos eran desde que tenían conciencia.

–¿No vas a responder?

La pregunta de Leo sonó lejana, absorbido aún Miles por la de caras nuevas e impasibles que podía conocer en un momento. De verdad que toda una marea negra, muy oscura según los rostros crispados.

–¿Le gusto a alguien?

Stan rió por lo bajo, conteniéndose con sumo respeto.

–Qué imbécil.

–Tú padre –eso hizo reaccionar al orondo Stan. Si no se conociesen de sobra, Miles se habría metido en un lío–. No sé a que te refieres. Y un poco de respeto, ¿no?

–Es tu ignorancia la que falta al respeto –dijo Stan con una sonrisa. Leo estaba en medio y se le notó cohibido sin importancia–. Digo que siempre le has gustado a Karen, tío.

–Venga, va –añadió Leo.

Pero Miles no le dio importancia. Los ignoró, hipnotizado por las chicas que tuvo Son como familiares.

–Miles, eso no me lo esperaba.

El chico miró a Leo como si nada en el mundo importara.

–¿No te esperabas que le gustara a alguien?

–Que le gustaras a Karen –sonrió cómplice con intención de broma.

Miles siguió callado y bajó la mirada. Los silencios que iban creando ya resultaban incómodos.

–Tío, ¿qué pasa? Valóralo como lo que es –dijo Stan de forma cordial. Se rascó un momento la barriga bajo la camisa de botones ajustada–. Si pasas de las tías –su voz bajó y se le notó bromista–, ¿cómo vas a dejar de ser virgen? –terminó con una pequeña sacudida y risa inaudible.

–Yo no soy virgen.

Aquello impactó, y no sólo porque no viniera al caso. Resultaba chocante porque lo sabían todo los unos de los otros.

–No seas orgulloso –inició Leo al saber que Miles lo había dicho en serio por ridículo que resultase–. Da igual ser virgen.

–Eso es... –Stan se iba a contener, pero cedió–. Eso es discutible –se impuso como lo había hecho la confesión de Miles–. ¿Con quién fue, Miles?

–Con una prima.

–¡Qué...! –Stan se contuvo a tiempo–. Qué máquina de tío –dijo Stan con un tono bajo y conciliador al estilo de un padre.

–¿Qué prima? –aunque fuese mentira, Leo quiso caer de lleno.

–Roberta.

–Joder, esa nos gustaba a todos –confesó Leo con esa frase más propia de Stan.

–¿Y cómo fue? –preguntó Stan mirando de reojo alrededor–. Yo habría matado por meterle mano a un par de mis primas. ¿Cómo lo hiciste, máquina?

Y el propio Miles se sorprendió a sí mismo contándolo. A pesar de las horas juntos, nunca había visto necesario contarlo, y al hacerlo se sintió un poco mejor. Los tres estaban casi inmóviles, apenas unos movimientos para acomodarse. Miles se sorprendió al ver que sus amigos no trataban aquello de incestuoso, descubriendo detalles de sus amigos que no esperaba. Todo sonaba tan natural que el ambiente del tanatorio resultó de guardería.

–Tío, Miles, creía que pasabas un poco del tema –dijo Leo–. Te veía como el eterno soltero.

–Nadie es de piedra.

–Pero a nosotros nos has dejado así –dijo Stan y sonrió–. Y, ey, ¿ahora no vas detrás de ninguna? Ahora que sabes que...

–Me gusta la señora Smith.

La carga y disparo de aquellas palabras fue tan inesperada que sus amigos se quedaron paralizados. Fue Leo el primero en revivir:

–¿Te mola la vecina? Joder, y a mí.

–Va más allá de la atracción.

–Espera, espera –Stan quiso situarse–. ¿Es la “MILF” del piso de arriba? –lo miró serio a los ojos, enfadado como un padre–. Ese es mi chico –dejó escapar y contuvo con maestría una risa.

–¿Y nunca le has tirado? –preguntó Leo.

–Pues no.

–Venga, si todos lo hemos hecho...

–¿A qué te refieres?

–A tirarle los trastos –alargó–. Qué idiota.

–Calma.

–Digo que es raro no soltarle piropos, y más si está divorciada. No pasa nada si por una vez muestras tus emociones. Nadie es feliz siendo un autómata, joder.

–No...

En eso apareció la tía de Son reclamando pésame. Los tres fueron educados como bien habían aprendido. Se conmovieron un mínimo por las lágrimas de la señora y por los nuevos pensamientos que se les iban creando.

 

 

De nuevo en casa, los tres habían decidido tomar una copa como despedida para Son antes del entierro de la mañana. Era el último día de una etapa y no podían dejar las cosas así. Después, todo volvería a su cauce, sin percatarse el río de haber perdido una de sus gotas.

De los tres, era Stan el que más se excedía con el alcohol. Al principio resultaba divertido, pero conforme a los demás se les pasaba la cogorza, se vislumbraba la pesada realidad que en Stan aún residía. Por costumbre uno se hace fuerte, y sabían reír cuando tocaba.

Fue entonces que sonó el timbre. Miles fue a abrir y se le consumió toda la bebida del cuerpo al descubrir a la señora Smith en el rellano.

–Hola.

Sin decir nada más, pasó dentro y comenzó a gritar de alegría hacia Leo y Stan. Enseguida captó la onda que llevaban los borrachines, sin terminar de entender las expresiones de sorpresa como si ella fuese una intrusa. Miles se animó a cerrar la puerta y unirse a ellos, más distante que antes.

A mitad de la noche, en la hora que llegan las charlas íntimas y las confesiones, se sentaron los tres en el sofá y la señora Smith en una silla, a un lado, ladeada y casi expuesta hacia ellos.

La mujer siguió mostrándose natural y amable. Llevaba todo el día queriendo bajar para dar el pésame a Leo y Miles, tan unida que estaba a los tres compañeros de verlos en la terraza tendiendo la ropa. Conocía bien sus caras, y ellos sus nalgas cuando agachaba para coger las pinzas.

–¿Y no se sabe por qué lo hizo?

La pregunta rompió el momento. Todos se lo habían preguntado, claro, pero nadie se había parado de verdad a pensarlo.

–Tendría depresión.

Fue una respuesta vaga e inexacta, los cuatro lo sabían, pero fue la mejor posible.

–Pobre muchacho.

–Pues sí.

–Me voy a servir otra, ¿os importa?

–Como en tu casa –dijo Leo exagerando una sonrisa.

–No digas eso que te arrepientes –dijo la vecina aumentando un tono agudo. Todos rieron dejándose llevar.

El que mejor se lo pasaba era Stan, como siempre, riendo por chistes interiores, mirando de reojo sin parar a Miles. Éste estaba nervioso, aunque no decía nada por temor a cualquier mínimo error.

–Señora Smith, le gustas a Miles.

Error como ese.

La señora rió junto a Stan como con otra broma de tantas, aunque la mirada no acorde hacia Miles, achinada de tanta felicidad, decía otra cosa:

–¿Y eso que te gusto, Miles? –se calmó e incorporó. Bebió de su vaso y los tres pensaron que era una diosa.

–Tonterías de Stan...

–Venga, gilipollas, si se nota –dijo Stan entre risas, apenas distinguible lo que decía.

–Por dios, Stan...

–Cariño, si no me invistas a cenar, ¿cómo voy a saber lo que sientes? El no ya lo tienes de serie –la mujer rió como una bruja–. Tú prueba.

Los amigos de Miles parecieron divertirse, chocando las palmas de sus manos como logro para recordar. El chico se mantuvo callado, delator de lo poco que le quedaba dentro.

–¿Me lo vas a pedir o no?

–¿Qué?

La señora Smith alzó las cejas y afiló la comisura, abultando la mejilla. Su mirada era de otro mundo, así lo juraría por siempre.

–Prueba.

–Ah.

–Venga.

Miles se concienció ante otra broma de mujer fatal, las más inolvidables por las cicatrices que nos forman.

–¿Te gustaría cenar conmigo alguna vez? –preguntó Miles sin convencimiento, un hilillo de voz que fue audible gracias a lo callado de todos.

–Claro.

Los tres se quedaron boquiabiertos a su modo, una escala aumentando en magnitud desde Miles a Stan, con Leo siempre en medio. Los amigos gritaron de júbilo, empujando de broma a la estatua de carne que representaba Miles.

Sonó el timbre.

Sin dejar las risas, Leo se levantó con gran iniciativa, con la responsabilidad por delante al saber que sería algún vecino para clamar por un poco de respeto. Nunca les había pasado...

Era Karen.

Entró con la confianza que siempre se le otorgó y creó un ambiente innecesario. La cosa pareció calmarse conforme se le ofreció una copa.

Miles la miró desde el primer segundo, embelesado por la cara roja de llorar, las ojeras delatoras de fatiga y lo poco que podía ocultarlo, vestida de negro por el lugar de donde huía.

–Hola –dijo al fin una vez se sentó en la silla, enfrente de la señora Smith.

Presentaron a las chicas y poco a poco la fiesta fue animándose otra vez, esta vez más calmada con diálogos entrecruzados provocados por todos menos por Karen y Miles.

La noche llegó a ese punto antes de decidir comenzar a morir. Aún quedaría oscuridad, pero era ya benigna comparada con la sucedida.

–Quiero saber eso –expresó de golpe la vecina–. Que porqué se mató Son.

Miraba a Karen, delatora de una reacción. A los chicos se les fulminó los restos del alcohol transformado en juerga. Todos quedaron serios.

–No lo sé –respondió Karen.

–No me lo creo. Eras su novia, ¿no?

–No tiene nada que ver –dijo Karen. Sus cejas estaban inquietas.

–¿Es porque no te acostaste con él?

Karen retrocedió la cabeza de una sacudida. La vecina parecía haber acertado.

–Perdone que le diga –la voz de Karen sonó agrietada–, es usted un poco impertinente, ¿no?

–¿No? –imitó la señora a pesar de no sentirse ofendida–. Venga, algo sabrás. Creo que nos lo debemos en honor al pobre Son.

Esos días estarían marcados por muchos silencios breves, pero ninguno fue como aquel.

–No lo sé.

Karen se afianzó en su postura terca, lejana.

–Perdona lo que voy a decir. Si duele es verdad.

Todos la miraron con sorpresa.

–No le querías, ¿verdad?

Y la chica se delató apartando la mirada, dolida como humana que era, reacción que resultó extraña para quienes la conocían. Dijo algo por lo bajo.

–Lo he notado –prosiguió la señora– porque no has llorado como con alguien a quien amas. Le querías, pero no lo amabas.

El ambiente se tensó más si eso era posible. Los chicos se iban ofendiendo a cada instante, confusos por esa faceta de la señora, que hasta el momento tanto respetaban.

–¿Por qué le hiciste daño accediendo a ser su pareja?

–¿Qué te contó Son? –Karen se decidió a mirar.

–Poco –la señora siguió en su postura, como si nada sucediese–. Pero una lleva ya mucho tiempo por aquí, y esa cosas –apuró y terminó su vaso–. Con solo verlo se le notaba. No era tonto.

–Nunca diría lo contrario.

–Pero él sí te amaba –dijo Smith de forma conciliadora–. Por eso te acuso ahora que te he conocido. ¿Qué lleva a una mujer a hacer daño de ese modo?

Karen no dijo nada. Mostró la intención de levantarse para marcharse, pero a último momento se sentó de nuevo. Dejó pasar los segundos, pesados y esclarecedores.

–Salí con él por pena.

Pero no sonó convincente. Son no era alguien que diera pena, se valoraba mucho, por eso todos los presentes querían la verdad con todas las consecuencias que alegaba la señora Smith.

–Fue para acercarte a mí.

La frase desorientó. Miles la había pronunciado tan convencido que incluso le sorprendió a él. Un instante después, sus amigos miraron cada uno a un lado.

–No sabías cómo acercarte a mí. Siempre has pensado que te diría que no.

La señora se levantó e invitó con la mirada a Stan y Leo a marcharse de allí. Los tres se fueron y dejaron a solas a Karen y Miles. La puerta sonó como una sentencia.

Ella siguió en la silla, agarrándose los codos, gacha la cabeza. Miles era lo contrario, apoyándose en el sofá, resoplando con angustia.

–¿Y qué si me gustas? Ahora da igual.

–Nunca es tarde.

La chica lo miró. Sus ojos comenzaron a expulsar enormes gotas.

–De verdad que quería a Son. Si supo lo que sentía por ti, no era modo de expresarlo.

–Cuando se quiere a alguien de verdad, se hacen locuras.

–¿Sin importar nada? –miró al suelo y lo manchó con dos puntos–. ¿Siquiera nosotros mismos? –el mundo volvió a emborronarse.

–Ni siquiera.

–Deja de hacerte el interesante, pareces un imbécil –lo miró con rabia. Miles volvió a la realidad con el ego hecho añicos.

–Perdona, nunca he... esto es nuevo. Me siento abrumado.

–Lo siento. Las cosas son como son –tragó saliva y tartamudeó antes de volver a hablar, con la mirada fija en él como si le estuviese viendo el interior del pecho–. ¿Me quieres?

Miles miró donde las dos manchas sobre el suelo.

 

Decidieron poner un vinilo y charlaron en la terraza. Jazz sofisticado, apenas romántico. Dos tazas mancharon la mesa al son de cómo lo hacían las estrellas con el cielo.

Él se percató de la mirada de ella, ausente en los momentos en que miraba abajo, a la calle, hacia el vacío que era el pasado que sucedió ayer. Le pasó un brazo por encima y pareció agradecerlo. La mirada insistía en el abajo, y él no pudo evitar imitarla, casi entendiendo qué pasaba por su cabeza.

No supo cuánto tiempo estuvieron besándose, con ella sentada contra la barandilla y él ejerciendo todo su peso para no dejarla escapar. Poco a poco los besos fueron adentrándose, limpiando las lenguas de todas las malas palabras que se hubieran dicho. Él tuvo un recuerdo fugaz en un granero, y eso le condujo a apretar su entrepierna contra la de ella. La chica se quejó, pero no se detuvo en su pasión. Al final cedió y sus piernas se aflojaron, sin importar que nueva decadencia le aconteciera:

–Vamos a hacerlo aquí mismo. Será romántico.

No se supo quién lo dijo de los dos, pero sucedió. Entonces fueron uno, salvo por él, que fue cómplice con el vacío al frente, tan lejano como lo puede estar un día tras otro. Ella abrazada, ambos callados; él abrazado, las emociones invisibles; ellos arriba, nada debajo.

El vinilo llegó al final y emitió ruido blanco entrecortado, imitando y llenando el hueco donde deberían haber gemidos.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 395
  • 4.66
  • 55

Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta