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8 min
DESDE LA MIRILLA. Parte 1
Terror |
14.07.15
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Sinopsis

Una pequeña ventana con vistas al miedo.

02.30 a.m.

Moisés deambulaba nervioso por su apartamento, sin saber en realidad qué era lo que quería hacer. Seguramente porque cualquier cosa que hiciera, sería la repetición de lo que ya había hecho durante las cuatro madrugadas anteriores. La sensación de déjá-vu era constante. Encendió el enésimo cigarrillo..., en realidad echaba mano del paquete de tabaco cada diez minutos. Teniendo en cuenta que ésta noche llevaba camino de ser la quinta que no dormía nada, un cigarrillo más o menos le traía sin cuidado.

Cinco noches de insomnio, quinientos abdominale, cinco mil idas y venidas al portátil, cincuenta mil aburridos programas de televisión. Volvió a releer sus libros favoritos, salió alguna noche a correr por el parque, e incluso había malgastado millones de espermatozoides masturbándose sin ninguna apetencia sexual. Todo, en un intento vano y desesperado, dirigido únicamente a caer en los brazos de Morfeo, utilizando para ello el método que fuera necesario. Después de tomarse no sé cuántos somníferos sin éxito, sin ningún tipo de sensación soporífera que le obligara a cerrar los ojos ni durante diez miserables minutos seguidos, aún le quedaba el consuelo de que, al menos, un par de pastillas de Orfidal, conseguían el efecto de mantenerlo medianamente tranquilo, minimizando la desagradable sensación en el pecho de presión y de ahogo, producidas por la ansiedad que le generaba el llevar tanto tiempo sin poder dormir. Sin duda, es una experiencia que no hay ser humano que la pueda soportar durante muchas noches seguidas sin volverse loco. Y él estaba a punto.

Sus pensamientos rondaban tan dispersos y acelerados por su cerebro, que apenas podía concentrarse en ninguno de ellos ni un solo segundo. Sólo deseaba que llegase la mañana siguiente para acudir a la cita de las doce y diez que tenía programada en la Unidad del Sueño del Hospital de Especialidades de la ciudad. A las once vendría a buscarle Noelia, su novia desde hacía tres años. La pobre estaba más preocupada que él, le había propuesto quedarse esa noche en el apartamento, y hacerle compañía si no conseguía conciliar el sueño, pero Moisés pensó, que con uno que no durmiera, ya era suficiente.

Encendió otro cigarro y se sentó en el sillón individual de cuero marrón, situado frente al televisor encendido. Cambió los canales con cierto automatismo, miraba la pantalla pero en realidad no veía lo que en ella se estaba emitiendo. Dejó un programa al azar donde varias personas jugaban una partida de póquer, aunque si en ese mismo canal estuvieran emitiendo un mensaje político del líder de Corea del Norte sin subtitular, le hubiera dado exáctamente la misma importancia, ninguna. Estiró las piernas sobre la mesa baja situada entre él y la televisión, apuró ansioso lo que quedaba por consumir del cigarrillo y lo apagó en el cenicero que reposaba en una mesita redonda de madera tallada con adornos arabescos situada a su izquierda, en la que también había dejado el móvil, junto con las llaves y la cartera.

Reclinó la cabeza hasta apoyarla en el respaldo del sillón, inspiró profundamente y soltó despacio el aire acumulado en sus pulmones, para relajarse. Buscó la imagen de Noelia en su aturullado cerebro, queriendo visualizar escenas agradables y así dejar que pasaran las horas ganando terreno a la noche.

Escuchó ruido fuera del apartamento, en el pasillo, cerca de su puerta. El sonido era muy parecido al que producen los tacones de unos zapatos de mujer, pero con un matiz algo más agudo..., como el "clac" seco que produce la mitad de una castañuela al chocar contra la otra mitad. Miró la hora en el teléfono móvil, las 03.15. Apagó el televisor, se levantó curioso y caminó hacia la puerta intentando no hacer ruido. Acercó el ojo a la mirilla con cierto sentimiento de culpabilidad por andar metiéndose en asuntos ajenos, pero..., ¡tenía tanta noche por delante...!

La luz del pasillo estaba encendida. El extraño sonido se acercaba desde el lado izquierdo, desde la escalera. Por su cadencia, parecían pasos. Justo delante de su puerta vio como se paraba un hombre con una melena larga, ondulada, de color castaño rojizo con mechones ocre. El perfil derecho del rostro, que la posición de esa persona ofrecía a Moisés, dejaba apreciar una ceja cobriza muy poblada, la nariz aguileña y huesuda, y unos maxilares muy marcados adornados por una patilla fina que descendía hasta juntarse con la perilla, larga y de las mismas tonalidades que su cabello.

Desde la mirilla, la retina del ojo de Moisés descendió para seguir escaneando al inesperado visitante. Con la excitación de un voyeur... Con la seguridad que le daba el observar a alguien, que no sabe que está siendo observado.

El tipo llevaba una especie de capa negra. Moisés la recorrió hasta llegar al final de la prenda, que acababa a la altura de sus tobillos... Parpadeó... Volvió a parpadear... Notó un pequeño temblor involuntario en el ojo, un tíc que mandó una especie de corriente al cerebro provocando que un escalofrío le recorriera el espinazo.

¡Pezuñas!... ¡Puta mierda! Ese tío no llevaba zapatos... Lo que Moisés vio eran... ¡Pezuñas... Pezuñas de cabra! En ese instante, el rostro del hombre comenzó a girarse hacia él, como si supiera que le estaban observando desde detrás de la mirilla. Moisés dejó inmediatamente de mirar, y se echó hacia atrás colocándose las manos sobre la cara, incrédulo.

-¡Esto no puede ser..!- Masculló. Se le escapó una risa nerviosa y continuó hablándose a sí mismo entre susurros...

-¡Demasiadas pastillas..., la falta de sueño..! ¡Dios..., creo que acabo de alucinar joder..! ¡Si... eso ha sido..., ha debido de ser sólo eso..! ¡Una... jodida... alucinación!- Pauso las palabras intentando convencerse de que todo era producto de su imaginación.

¡Clac! ¡clac! ¡clac...!

El vello de la nuca de Moisés se erizó al volver a escuchar ese maldito sonido. Sus ojos se abrieron asustados, sin apartar la mirada de esa pequeña ventana en su puerta con vistas al terror. Atemorizado, se acercó de nuevo hacia la entrada, despacio..., muy despacio. Colocó lentamente de nuevo el ojo en la mirilla...

Un ojo ámbar amenazante, estaba esperando justo al otro lado del pequeño círculo acristalado, observándole.

Moisés retrocedió con el corazón desbocado. Se lanzó al interruptor situado junto a la puerta y apagó la luz del salón quedando todo sumido en la penumbra. Corrió aterrado en busca del móvil, tropezó con la mesa baja y su cabeza golpeó contra el duro brazo metálico del sillón de cuero negro.

Quedó unos segundos conmocionado con medio cuerpo en el suelo y una pierna encima de la mesa baja. Le dolía la ceja izquierda donde había recibido el golpe, se tocó despacio para comprobar los daños. En la penumbra notó cómo un fino y caliente hilo de sangre resbalaba por su mejilla. Levantó una mano temblorosa para palpar por encima de la mesita redonda de madera buscando el móvil. Lo encontró y abrió la tapa. La luz del teléfono iluminó su rostro, sudoroso, desdibujado, pálido, con un rastro rojo emanando de la ceja herida.

¡A quién llamar! ¿A la policía?- Pensó -¿Y qué les diría? ¿Que había visto por la mirilla de su apartamento a un hombre con patas de cabra corriendo por los pasillo de su edificio? ¿Que tenía una actitud amenazante? ¿Que por favor vinieran rápido, que estaba acojonado? Si no le colgaban el teléfono en el acto, quizás podría conseguir que le enviaran una ambulancia con dos tipos fornidos vestidos de blanco, llevando una camisa de fuerza de su talla como regalo. Y llamar a Noelia a estas horas, aparte de que se asustaría, tener que contarle una historia como ésta, seguramente la llevaría a pensar que el insomnio le había vuelto loco. Optó por permanecer en silencio y sin moverse. Durante veinte minutos, veinte minutos eternos, esperó sin volver a escuchar el escalofriante "clac" procedente de las pezuñas del hombre al caminar. El hombre, o lo que coño fuera aquello que recorría el pasillo.

Se levantó del suelo dolorido, guardó el móvil en el bolsillo del pantalón corto que llevaba puesto cuando estaba en casa, y cogió las llaves del apartamento de la mesita redonda de adornos arabescos. Caminó de nuevo entre la oscuridad procurando  hacer el mínimo ruido posible hacia la mirilla, con la esperanza de que si aquello era real, el tipo se hubiera largado al infierno, de donde no debería haber salido nunca. Su ojo se pegó de nuevo al pequeño cristal. La luz del pasillo estaba apagada y no se habían vuelto a escuchar las pisadas desde su incidente con la mesa. Observó durante unos minutos más para asegurarse... Nada...

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