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7 min
Desde la ventana
Varios |
07.11.13
  • 4
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  • 1853
Sinopsis

Al pasar por la calle, miré hacia arriba, allí estaba otra vez, la luz encendida, la persiana arriba, y ella sentada en una silla mirando hacia el exterior. Se pasaba los días, las horas mirando por la ventana, resultaba inquietante, qué hacía esa mujer tantas horas allí…

Al pasar por la calle, miré hacia arriba, allí estaba otra vez, la luz encendida, la persiana arriba, y ella sentada en una silla mirando hacia el exterior.

Se pasaba los días, las horas mirando por la ventana, resultaba inquietante, qué hacía esa mujer tantas horas allí…

Isabel solo tenía 45 años, pero aparentaba muchos más.

Los chicos del barrio se mofaban de ella comparándola con la madre de Norman Bates en psicosis. Alguna que otra vez se ponían frente a la ventana de la joven vieja y simulando que esgrimían un cuchillo, hacían el gesto de apuñalar de arriba abajo, al aire, para acto seguido reírse con una estridente carcajada, y salir corriendo, sabedores de haber hecho una gamberrada de un gusto deplorable.

Yo, que solía sentarme en un banco de la plaza a leer, de vez en cuando levantaba la vista de mi libro y los veía ahí en el callejón repitiendo de nuevo su desafortunada gracia. Me lamentaba para mis adentros, convenciéndome a la fuerza de que no eran conscientes del daño que podían causarle a la mujer, que por otra parte, ni se inmutaba , seguía con la mirada en el horizonte como si nada hubiera pasado, realmente parecía que no los veía, y en realidad eso esperaba yo.

Nadie sabía por qué estaba allí, en el último piso de un pequeño bloque de tres plantas, asomada a la ventana inexorablemente. No importaba la época del año, o a la hora del día o de la noche que fuera, que allí estaba.

Todo el mundo conocía a Isabel, era muy querida en el pueblo, descendiente de una larga generación de inmigrantes andaluces a Cataluña.

La gente rumoreaba que con los años había perdido la memoria y que tal vez, sufría algún tipo de enfermedad mental, porque su comportamiento había ido degenerando con el paso del tiempo.

Su marido, Sebastián, era el joyero del pueblo, antes trabajaban juntos en el negocio, pero hacía años que a Isabel no se la veía por allí.

El solía salir a pasear al perro, un caniche descuidado y con mal carácter que ladraba a todo el que osaba pasear cerca de su dueño.

Sebastián era un hombre de mediana edad, con una dura barba grisácea, unas gafas que le daban un aspecto serio y  padecía sobrepeso. Era una persona hermética, apenas hablaba, solo se le veía esbozar una sonrisa, con algún cliente de la joyería y únicamente por obligación.

No se le conocía vicio alguno más que el que se le presumía, la buena mesa.Atrás quedaban las largas sobremesas que solían disfrutar en un restaurante conocido de la zona.

Isabel era una mujer de constitución ancha, tenía el mismo cuerpo a penas sin formas hacía años, creo que nadie la había conocido delgada.

Cuando iba al médico, una vez por semana salía con el medio delantal puesto que dibujaba un vientre hinchado delator de un postparto  mal llevado

Las vecinas, en la reunión diaria que tenía lugar en la plaza de la iglesia después de realizar las tareas domésticas, murmuraban que tantas visitas al médico y de tan corta duración, eran para ir a recoger recetas para su enfermedad.

-Pues hoy le he visto peor cara-decía Marieta.

-Que pena, con lo que había sido la Isabel-replicaba Antonia.

-Y el Sebastián, tampoco levanta cabeza el hombre. Yo creo que no sabe qué hacer con ella-apostillaba Marieta.

-Seguro que se plancha él las camisas, porque el otro día… ¿eh, Rosalía?-preguntaba Antonia.

-si, si, es que ya no es lo que era, con lo guapo que iba ese hombre siempre.-aseguraba Rosalía.

-La Isabel siempre lo ha llevado como un pincel.-afirmaba Antonia.

-Que pena, que pena….-se lamentaba Marieta.

- Y la Isabel…, de ella mejor no hablamos porque ha perdido la cabeza, pobrecita...-continuaba Rosalía.

-Suerte que tienen a Pepe, que les ha salido tan bueno, y con tanto futuro, y tan guapo. Me parece que no tiene novia otra vez, a este no hay quien lo pille, ¿a que no?- dijo Marieta echándole una mirada divertida a Rosalía-

-Calla, calla, que lo suyo le ha costado olvidarlo, pobre hijita mía, ay lo mal que lo pasó...-Rosalía se puso la mano en la frente y la deslizó hasta el ojo.

Casi siempre me hacía sentir incómoda tan liviana conversación, falsa preocupación y   palabrería sin sentido.

Cambiaban de conversación, en cuanto de repente, pasaba alguna otra señora de su casa que como consecuencia de  dejar de tomar café con ellas y ser cómplice de tanto desvarío,  pasó automáticamente a convertirse en víctima de sus afiladas lenguas.

Ya habían cambiado de tema. Respiré aliviada y confusa.

A Pepito se le veía poco por el pueblo, estaba muy ocupado con su trabajo, solía llegar tarde, trabajaba en la ciudad y había veces que le tocaba trasnochar allí, venía a cambiarse de ropa y se volvía a ir con prisa.

Pepito era un chico alto, moreno, delgado, con una cara graciosa que cuando sonreía hacía las delicias de cualquiera que tuviera delante.

Ya de pequeño al hacer travesuras, y cuando alguna vecina le regañaba, acababa siendo presa de la zalamería de Pepito, y acababa riéndole las gracias.

Siempre iba muy bien arreglado, limpio y perfumado, no había una chica en el pueblo que no se hubiera fijado en el.

Últimamente ya no se le veía tanto por el pueblo, las vecinas creían que era porque no quería ver a su madre así, que lo evitaba porque lo pasaba mal.

Se le veía con su mejor amigo de la infancia, Javier que también era un chico muy bien posicionado que se relacionaba muy bien con todo el mundo, de todas las clases sociales, lo mismo lo veías hablando con algún chico sin recursos,que con las famílias más adineradas, era muy buena persona, decían todos.

Antes solía visitar a Pepito a su casa, pero desde que Isabel había enfermado ya a penas subía a su casa, se encontraban en cualquier sitio del pueblo y siempre que se veían se saludaban  y hablaban varios minutos. No mucho, porque los dos estaban muy ocupados y solían tener prisa.

Isabel ya no lo saludaba.

 -Seguramente ya no lo conocía- decía Marieta.-Con lo amigos que son sus hijos…- se lamentaba esta…

Una mañana fría de invierno, encontraron a Pepito sin vida, tirado en el suelo con una aguja inyectada en el brazo, en una calle del pueblo.

Pasados varios días, Javier fue encontrado muerto en su casa, ajuste de cuentas -dijo la policía.

En el pueblo fue un escándalo, pero nadie, ni siquiera Marieta y compañía se atrevieron a comentar nada.

Sebastián cerró la joyería definitivamente y fue interrogado por el suceso siendo absuelto finalmente. Al parecer se le vio salir ese día, de madrugada en busca de Pepito.

 Durante unos días Isabel no volvió asomarse a la ventana, ya no tenía  a quien esperar.

No volvió al médico en busca de recetas, al descubrirse el trágico final, alguien comentó que iba semanalmente a recoger la medicación  para Pepito, con la esperanza de que algún día sanara.

Al poco tiempo, Isabel siguió viendo pasar los días inexorablemente, otra vez  desde la ventana.

 

 

 

 

 

 

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Comentarios
Valoraciones
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  • Hermoso relato. Te deja un cierto sabor entre amargo y dulzón. Me parece una historia bien lograda. Felicitaciones
    En otro relato retratabas a dos por el precio de uno, en este es todo un pueblo, su idiosincrasia y sus problemas, podemos deducir su tamaño y población (todos conocen a Isabel, única joyería, chicos populares, menudeo de drogas y crímenes violentos) y tiene su imprescindible corro de cotorras; a cambio el misterio que Isabel y Sebastián están demostrando saber guarda tan bien y que les ha costado la amargura y el fin de los buenos tiempos. En este relato la narradora es una vecina del pueblo, un testigo, ¿pero quién?, nada podemos deducir de ella sino que le gusta leer en el parque y que, de alguna manera no explicada las viejas del corro la toleran a su lado, o quizá es una de ellas aunque las critica. Saludos.
    Gracias,dicho y hecho.
    A mi juicio muy bien escrito, con un estilo pulcro., claro y fluido que facilita la lectura. El relato en sí es terorífico. La soledad, el esperar a asquellos que ya no volverán. Opino que has elaborado un buen trabajo y, a pesar, de la congoja que me produce tan trágicos sucesos familiares, me has logrado entretener. Al fin y al cabo, la labor de todo escritor.
    Si lo pensamos realmente, hoy en dia hay millones de personas viendo pasar la vida a traves de la ventana, solo que en esta epoca, las ventanas se llaman televisores
    Muchas Gracias. Tomo nota.
    Realismo que sólo puede acabar en tragedia y una madre, que como todas las madres, siempre espera. Bonito relato que al final encoge el alma.
    Gracias Nora. Me parecen muy bien logrados varios elementos de tu cuento. La figura melancólica de Isabel, esa soledad y esas espera que conducen su vida hacia la nada. La tensión de la historia que nos conduce de la mano hasta el final. La conversación de las señoras en el parque, esa "falsa preocupación", como tan bien lo defines. Sin embargo, también creo que la historia puede mejorarse porque tiene mucho potencial. La frase "Se decía que Isabel había tenido más de un hijo, pero que murió en el parto por algún problema", se presta a confusión argumental, pues parece que nunca hubiera tenido hijos, pero resulta que tiene dos que resultan fundamentalesenel desenlace de la historia
    Hola Duncan, me alegro que te haya gustado.Un saludo.
    Que relato más duro y realista, me ha hecho gracia el retrato de las comadres y sus cotilleos, felicidades
  • Si tuviera alas volaría, volaría tan lejos que me perdería, me perdería y no podría volver nunca más.

    La tristeza que me invade es tan grande que me asusta.

    No vuelvas porque me desordenas la vida, y es curioso porque eres con diferencia, la persona más ordenada que conozco.

    Abrázame fuerte, déjame llorar sin consuelo en tus brazos, no ser nadie por un rato, que el tiempo se pare y sienta la quietud de mi alma.

    Siento muchísimo haberte hecho daño, siento las lágrimas, los temblores, el desasosiego que te causé. Las ilusiones rotas, los esfuerzos en vano, las dudas, las noches sin dormir, los cigarrillos de más, las charlas infructuosas, mi mirada perdida, mis pocas ganas de seguir, mi melancolía, mi tristeza, los dolores de cabeza.

    El sueño, parece no querer abandonarme, ha vuelto el letargo a apoderarse de mí. Es la sensación de estar en un receso momentáneo de los días, de las horas, de la vida…

    Por fin ha llegado el día, por fin me encuentro conmigo misma y con mis palabras de nuevo...

    He pensado tantas veces en que sería de mi presente si hubiera elegido otros caminos que la sola idea de volver a intentar valorarlo me aburre.

    Los pájaros que cada día visitaban mi soleada terraza aún no habían venido, todos los días hacía lo mismo, sacaba al perro a la misma hora y la misma pregunta a horas distintas.

    Cada día huele más a verano y todavía es invierno, un invierno que se ríe del frio. Un invierno que no quiere serlo, un invierno que quiere ser primavera, como cuando una mujer siendo morena decide que es rubia.

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