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6 min
DESDE LO MÁS PROFUNDO : LUCHA SOLIDARIA CONTRA EL SIDA
Reales |
11.02.14
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Sinopsis

Un relato sobre una enfermedad que todo lo arrasa, pero sobretodo un relato de vida y esperanza.

La noche en la que falleció mi hermano sentí que una parte muy profunda de mi ser se marchaba con el. Yo fui la única a la que dejo estar junto a el sus últimos minutos. Fui la única a la que le susurró al oído sus últimas palabras. Fui la única a la que cogió de la mano suavemente, miró a los ojos durante largo rato y a la que sonrió por última vez. Fui la única que vio como se apagaban sus ojos, esos ojos cargados de ilusión de alegría y de luz. Esa noche nadie lloró tanto como yo lo hice. Mientras las lagrimas corrían por mis mejillas y me quemaban los pómulos un dolor insoportable y muy intenso encogía mi corazón. Quería irme con el, acompañar a su espíritu hacía donde quiera que cantasen los ángeles, pero no podía. Cuando al amanecer las fuerzas me abandonaron, cansada de lamentarme, me encerré en mi casa. Durante una semana apenas comí y bebí, no hable por teléfono con nadie y no salí para nada . Siempre que intentaba dormir la imagen de mi hermano me perseguía en sueños y despertaba bañada en sudor y con los ojos húmedos. El día de su funeral no me sentí con fuerzas para asistir aunque si recé para que no se sintiera solo y para que no olvidara a ninguno de sus seres queridos. Pasaron unas cuantas semanas más y empecé a asimilar la perdida, no sin esfuerzo. Con el transcurso de los días logré centrarme de nuevo y poco a poco todo volvió a la normalidad. El único cambio fue la aparición de una idea que se adentró en mi cabeza, una idea que quizás cambiaría mi vida para siempre.

 

Mi madre fue la primera persona a la que mi hermano dijo que estaba enfermo. Al principio no quiso concretar nada más y mis padres me llamaban a todas horas para que hablara con el y le convenciera que nos contara que le ocurría. Estaban tan preocupados que después de dos semanas de ruegos y de llamadas por teléfono hice un hueco en mi agenda y le llame para ir a comer al centro. Accedió a regañadientes y al día siguiente nos encontramos en uno de esos restaurantes con las mejores vistas, en una plaza de la ciudad.

Durante la comida no me atreví a contarle que sabía lo de su enfermedad y estuvimos hablando tranquilamente sobre trabajo. Al terminar de comer le acompañé hasta su oficina aunque había decidido no preguntarle nada. Pero una voz interior me dijo que tuviera valor, que tenía que preguntárselo por el bien de todos. No se como lo logré pero antes de despedirnos tomando aire y expulsándolo después ,le pregunte- no ,sin cierto pánico- cual era su enfermedad. La pregunta quedó suspendida en el aire y la atmósfera a nuestro alrededor pareció ralentizarse. Luego mi hermano me miró a los ojos fijamente durante unos segundos interminables para ambos. Unas lagrimas rodaron por sus mejillas antes de acercarse a mi lado y susurrarme algo al oído. El tiempo se detuvo cuando mi hermano movió los labios y sus palabras quedaron grabadas a fuego en mi corazón. Después se alejó corriendo como si temiera que yo fuera a detenerle. Apenas me di cuenta de que ya no estaba a mi lado. Una voz en mi interior me susurraba cuatro letras , que no olvidaría nunca, las cuales retumbaban en mi cabeza dolorosamente: SIDA

 

Aquel día fue el último en el que mi hermano y yo nos vimos fuera del hospital en el que estuvo encerrado hasta morir. Nunca quise saber nada acerca de cómo se había podido contagiar y dudo que el se lo contara a nadie. Quise aprovechar de aquel tiempo con el lo máximo posible pero era demasiado duro y yo no era tan fuerte. Quizás ahora lo sea un poco más. Si no, jamás hubiera pensado en viajar a Africa, un continente tan extenso como pobre y desgraciado. Si no, jamás hubiera viajado hasta tan lejos a adoptar a Pepile y salvarlo de las garras de la terrible enfermedad que asolaba aquel continente. La terrible y desgarradora enfermedad que se había llevado a mi hermano y que tantos estragos estaba causando en aquel lugar. Por eso se que si no me hubiera vuelto más fuerte, que si no hubiera tomado la suficiente determinación y frialdad jamás podría haberme enfrentado en cuerpo y alma a ello , al SIDA.

 

El día en el que llegué a Africa hacia una preciosa tarde en la que el sol brillaba con fuerza. No me esperaba nada parecido a lo que veía a mi alrededor. Era sencillamente distinto. A los pocos minutos de llegar una camioneta vino a recoger a todos los viajeros dispuesta a guiarnos a un pueblo cercano. Mientras montados en el vehículo nos dirigíamos hacia nuestro destino, estuve observando la escasa vegetación de aquella zona, las impureza del ambiente y los miles de animales que se sometían al calor. Aquella misma situación vivían todos los africanos infectados de VIH: intentaban escapar de aquel virus   pero más de 23 millones de personas los sufrían y la desnutrición y la falta de médicos y fármacos lo convertían en una lucha constante e imposible para aquella pobre gente que apenas aspiraba a poder sobrevivir. Y necesitaban ayuda y nosotros no les ofrecíamos lo suficiente. Por que aunque yo fuera a adoptar a aquel muchacho tan joven miles y miles de personas no tenían escapatoria ni elección. El sol ya se había puesto en el momento en el que llegamos a la aldea.

 

Meses más tarde Pepeli se marchaba conmigo de vuelta a mi país. Después de vivir tanto tiempo en aquel continente me había dado cuenta de lo inmensamente hermosas que eran las gentes y tradiciones y lo cruel que era todo lo demás. Había aprendido a sentirme feliz con tan poco durante aquel periodo que la vuelta se me haría extraña. En ese tiempo había aprendido a ver como lo más bello lo más sencillo y simple y había empezado a querer al niño que me seguía a todas partes. Me sentía radiante de felicidad, plena. Sabía que mi hermano estaría observando y sonriendo desde lo alto y en aquel momento de alegría la palabra SIDA no me daba ningún miedo. Ya no la temería. Agarrando suavemente de la mano a Pepeli sentí como el dolor y la tristeza desaparecían y como dejaban sitio a lo más importante. Volvíamos a casa.

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A mis 18 años llevo toda mi vida escribiendo. Amante de la escritura, de la lectura, de la música y de la natación. Estudiante de derecho e ingenuo y soñador por naturaleza. También clarinestista, pianista y guitarrista.

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