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2 min
Deseo disfrazado de desierto
Amor |
29.09.07
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Sinopsis

Había un disfraz de desierto entre tú y yo. Uno que ardía en llamas, uno que quemaba por la imposibilidad de ser fértil, y que sin embargo debía ser regado. Dentro, a poca profundidad, latía el deseo... un lecho donde habría de explotar una bomba de simientes, un lugar donde tendrían que crecer todas la hierbas, las flores, todos los árboles, la vida. Era un desierto inmenso, (sólo un disfraz, lo sabía... ) quise bordearlo, había sido tomado por unos días. No pude verlo. Luego quedó solo, así que no hubo contienda, no pudo haberla. Planeamos abrir un camino de agua, y allí pudimos nadar a gusto. En la vereda húmeda de tu cuerpo me cobijé bajo la sombra de todas las palmeras datileras que encontré en los oasis de tus sonrisas, e intenté hacer zumo con ellos... quería miel, la miel de tus labios. Y los espejismos aparecían. Pero los espejismos también saben dulces... sobre todo cuando aún sabiendo que son quimeras, deseas que no lo sean. Entonces me arranqué mis huracanes... “¡que se lleven toda la aridez, los huracanes que desnuden a este desierto en llamas y nos muestren la arcilla del deseo!”... los llamé y vinieron. Pero tarde. Al tiempo no se le exprime, el tiempo fustigado nos castiga... y las palabras que utilizamos de martillos y cinceles ya podían estrellarse contra los tímpanos como tubos de vidrio contra la roca... Podríamos cortarnos la piel con las palabras. La estatua del deseo ya no se podía moldear más. Nuestra estatua quedó rígida... a medio hacer... con un rictus desfigurado por intentar acabar de definirla a tiempo... Pero lloverá. Una lluvia torrencial encima de esa estatua de arcilla, que suavice sus aristas, para poder moldearla de nuevo con la forma que deseemos, usando sólo las manos, nuestras manos.
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