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4 min
Desorden
Drama |
25.08.15
  • 4
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Sinopsis

Aún puedo traer a mi pensamiento nuestra historia.

Reentrada:

Hemos respirado los años pasar, deteniéndose en esa oscuridad que me vence e inicia el desorden de nuestras miradas y el sabor a perdida. Desde esta calma puedo decir: no repitamos ese sinsentido de las distancias que tanto duele y distorsiona la voluntad de ambos. ¿Por qué consentirlo?...y dame un minuto más.

Aún puedo traer a mi pensamiento aquella tarde limitada por un horizonte que se desdibujó por momentos, unas nubes que tornaron a un color cobrizo y la ausencia de intensidad del sol, que escapó a mi mirada y fue incapaz de mitigar el malestar que no encontraba en mí. El temblor que  me empapaba daba a entender la urgencia del espíritu por no ahogarse dentro de un cuerpo que lo cerca.

Bajé con dificultad las escaleras que conducían al aparcamiento. Aún así, recorrí en mi interior palabras muy cercanas en el tiempo, emociones fallidas. Por qué justo en aquel instante eché de menos esas manos que velaban mi descanso, las de ella: mi madre. Este fogonazo en la memoria, me hizo ser consciente de que mi coche invadió el arcén, como si todo, fuera del automóvil, esperase esas lágrimas, que no terminaban de inundar mis mejillas. Mis manos buscaron un atajo imposible en una tarde de color rojo, en una carretera que parecía ralentizar los ritmos.

Desde mi adolescencia perdí la comunicación con ella, mil veces sentí como un desapego de su parte hacia mis sueños, mis amistades. No entendí la situación, ni nuestro silencio. Y pasadas unas horas, me encerré en esas murallas donde el dolor queda bloqueado, lejos en la distancia, como hueco, sin serlo. Desordenado, me pregunté a mí mismo por qué no supe valorar; cada mirada; cada mañana en su mundo; cada momento de complicidad; el tacto de su cariño.

No supe hacia donde me dirigía, la carretera se extendía como mis pensamientos, sin perfilar destino alguno. Y sin saber qué me llevó hasta allí, mis pies descalzos pisaron la orilla de aquella playa, testigo de tantos ratos de mi niñez, recuerdos e impresiones de una felicidad remota pero imborrable. Ella siempre estuvo allí, detrás de cada instante, al final del día, con su abrazo y su beso en la frente. Y cómo pude encajar el golpe, sus ausencias, silencios que siempre tocaban algo en mi interior, enredándose cada vez más en mis porqués, en ese desencanto diario. Cómo explicar los dictados del corazón.

Ni un minuto más pasó en esas ruedas para que presenciara el horizonte la cadencia de mis lágrimas abriéndose paso tímidamente tras el cristal parabrisas. Todos los caminos posibles me llevaron hacia el pasado junto a ella, y a entender entonces sus formas de prever ese momento sin palabras, las mismas que yo había eclipsado sin apenas torcer el gesto. El testimonio de unos labios quedos.

Fue irremediable buscar los puentes entre nosotros, y acelerar para llegar a ese punto que pudo alejar el amor más grande en espacio, aquel que besó la hora en que sentí por primera vez la vida. Quiero desterrar esta melancolía que me cambia los días y las noches, trepando para cuestionarme y desvelar mi propia voz. Y desenredar el anhelo de volver a ti, contar con tu complicidad. Parece que llueva en mi corazón, como un pellizco que no termina de desaparecer. Sé que da pena pensarlo, cuántas veces llegamos a olvidar esta falla en el día a día, en eso que llamamos vivir. Algo se nos quema acá dentro, sin apenas poder frenarlo.

Estuve a sólo seis metros a pie para recobrar la cordura, tan cerca de tu voz, madre.

Quédate.

 

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