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11 min
Después de un atropello
Varios |
09.11.14
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Sinopsis

Un joven es atropellado por un autobús. Nadie sabe quién es.

El accidente sólo mereció una pequeña reseña en la sección de sucesos de un periódico local: “Un autobús atropella a un hombre en la calle Mayor cuando el vehículo iba a hacer un adelantamiento. El joven peatón ha resultado muerto por el impacto. Según el conductor del autobús, no lo vio salir de la calle del Bosque hasta que no lo tuvo encima, cuando ya no pudo hacer nada por esquivarlo. Al cierre de la edición del periódico, se desconoce la identidad del joven”

 

La noticia era muy escueta, pero la policía tampoco sabía mucho más. El joven atropellado no llevaba documentación alguna que permitiese identificarlo. Sólo encontraron, en uno de los bolsillos de su cazadora, una fotografía en la que se le veía sonriendo mientras una chica, de espaldas a la cámara, intentaba quitarle la gorra. De la joven, se apreciaba únicamente su largo cabello rubio y su vestimenta: unos pantalones vaqueros y una blusa blanca. El examen de las huellas dactilares indicó que quien quiera que fuese el peatón no tenía antecedentes penales, pero se no se pudo averiguar más. Ante la falta de datos, la policía entregó una copia de la fotografía a los dos periódicos locales para, así, poder recabar información entre los lectores que condujese a alguna pista.

 

Durante tres días, no se consiguió ningún dato consistente que arrojara luz sobre la identidad del peatón atropellado. Hubo varias llamadas de personas que decían conocerlo pero, al citarlas en comisaría y someterlas a varias preguntas, perdían la seguridad y acababan diciendo que lo habían confundido con otro joven. El comisario encargado del caso ya se estaba preparando para un trabajo de meses o de años, de esos que acaban cerrándose por puro aburrimiento, cuando Paula se presentó en la comisaría. Dijo ser la novia de Daniel, que así, afirmó, se llamaba el joven. Ofreció todo lujo de detalles sobre su novio: dónde trabajaba, de dónde venía, cómo se habían conocido... Y, con todos los datos que dio, el comisario pudo cerrar el caso.

 

Al día siguiente, se abrió otro caso: el que tuvo a los habitantes de aquella cuidad pendientes de los periódicos en busca de un capítulo más de la vida de Paula y Daniel.

 

Paula se ganó la simpatía de la ciudad con su dulce palabra. No tenía la joven un atractivo físico especial. Era de baja estatura, con algunos quilos de más; pero sus grandes ojos azules con un destello dorado inspiraban confianza en quien posara su mirada en ellos. Contó en los periódicos y la radio locales cómo Dani y ella habían llegado a la ciudad dos días antes del accidente para pasar una semana de vacaciones; las últimas antes de contraer matrimonio en el siguiente mes de mayo. Paula ofrecía a la prensa todo tipo de pormenores que los habitantes de aquella aburrida ciudad de provincias, ávida de novedades emocionantes, devoraban casi sin escuchar. La famosa novia sólo era tajante en un punto: se negaba a mostrar fotografías con su prometido.

 

Según sus propias palabras, Daniel era un técnico de informática al que había conocido una primavera, hacía tres años. Paula, entonces, tenía por costumbre sentarse en las terrazas de las cafeterías, siempre que hacía buen tiempo, a leer un libro mientras degustaba té frío. El día en que conoció a su novio, la novela que llevaba consigo no le acababa de gustar. Levantaba una y otra vez la vista de sus páginas, distrayéndose con la gente que paseaba por la alameda: niños con sus balones que se dirigían a los campos de deporte; adolescentes que esquivaban a los caminantes con sus bicicletas o patines; enamorados que andaban ajenos al resto del mundo; paseantes por el camino de la vejez que buscaban el último sol de la tarde...

 

Mientras Paula inventaba historias para los paseantes, Daniel no le quitaba ojo desde otra mesa de la terraza. Estaba citado con un cliente que, tras hacerle esperar casi media hora, le había puesto un SMS para disculparse por no poder acudir al encuentro. Paula sorprendió una de las miradas de Daniel cuando una ráfaga de viento quiso jugar con su melena y le hizo volver la cabeza, mientras hacía recobrar el orden a sus cabellos. Los ojos verdes de Daniel hicieron que su corazón saltase como si quisiera salirse del pecho; sus mejillas ardieron de rubor. Empezó, entre ellos, el juego del escondite entre sus miradas, que se buscaban, para huir cuando se encontraban. Finalmente, Daniel se atrevió a sentarse en su mesa. Estuvieron hablando toda la noche y no se despidieron hasta el amanecer.

 

Los oyentes de la radio local derramaban copiosas lágrimas cuando Paula contaba su romántico noviazgo: ¡Cuántas ilusiones truncó el accidente! Lo que en otra persona hubiera sonado a trasnochado, en ella era una historia emocionante y llena de sentimientos. Corrían de boca en boca las descripciones de los paseos a la luz de la luna mientras él le recitaba poemas de Becker; el fin de semana en Venecia, en el que no durmieron en toda la noche por ver cómo se dibujaba la silueta de la Basílica de San Marcos en el firmamento; los cientos de pequeños obsequios con los que la agasajaba cuando la iba a recoger a su casa...

 

Ante el interés que despertaba en el público, un diario nacional se hizo eco de la historia. Su director quería aprovechar su tirón para aumentar las ventas del periódico. Y entonces...

 

 

II

 

Y entonces, el periódico llegó a mis manos. En su interior un reportaje que ocupaba dos páginas contaba toda la historia. Al principio, no entendía las líneas que explicaban lo ocurrido. ¿Qué hacía Jorge mezclado en aquella absurda comedia? Tras tantos días de angustia, mi capacidad de comprensión estaba muy mermada. Tuve que leer varias veces el reportaje para hacerme una ligera idea de lo que había pasado. La ira no dejó lugar a la tristeza en mi corazón. Llamé a la redacción del periódico, que me puso con el periodista que firmaba el reportaje. Después de una larga conversación, comprendí la magnitud del fraude. Sí, porque, en ningún momento, dudé de la inocencia de Jorge: Mi marido podía echar una canita al aire de vez en cuando, pero no llevar una doble vida.

 

Conduje durante toda la noche y, a las nueve de la mañana, estaba entrando por la puerta de la comisaría.

 

—Mi nombre es Cristina y soy la mujer, de Jorge, el peatón atropellado —así me presenté al comisario del caso, mientras detrás de mí dos agentes intentaban cortarme el paso.

 

Se lo conté todo de un tirón. Las palabras me salían a borbotones debido al nerviosismo. Cuando terminé, tuve que volver a empezar algo más calmada. El comisario no pudo disimular una mueca de incredulidad y no dio crédito a mis palabras hasta que no dejé sobre su mesa el pasaporte de Jorge, nuestro libro de familia y un álbum de fotos, entre las que se encontraba una copia de la que llevaba encima mi marido el día del accidente.

 

—Mi marido es representante en una casa de cortadoras de césped y se llama Jorge, no Daniel —le dije cuando se recuperó de la sorpresa —. Por su trabajo tiene que hacer largos viajes en busca de clientes. Puede permanecer fuera de casa varios meses. En este último viaje, iba a visitar unas cuantas ciudades de la región; pero en ésta sólo estaba de paso. Cuando viajaba, no solía llamarme con la frecuencia que me hubiese gustado. Me decía que las reuniones con los clientes se alargaban hasta bien entrada la noche y no tenía tiempo para distracciones. Yo sabía en qué consistían esas reuniones nocturnas, que podían terminar al amanecer en locales de no muy buena reputación —no pude evitar decir con ironía —. Nunca me quejé, porque, a su regreso, me compensaba de la larga espera.

 

Hice una pausa para encenderme un cigarrillo, sin darle tiempo a que me ofreciera fuego. Seguía nerviosa, pero había recuperado mi tono de voz habitual. Logré camuflar la ira que todavía me embargaba y, tras unas cuantas caladas, continué hablando:

 

—Llevo muchos días sin saber de mi marido y, eso, tampoco es normal en él, pese a lo reacio que es para coger un teléfono. Cuando vi que pasaban los días sin una llamada suya, intenté ponerme en contacto con él. Su móvil daba la señal, pero no me lo cogía. Angustiada por su silencio, puse una denuncia en la comisaría de nuestra ciudad pero no supieron dar con él. ¿Cómo iban a hacerlo si ustedes habían dado por buena la historia delirante de una loca? Así que no supe nada de mi marido hasta ayer, cuando leí la noticia en el periódico y vi nuestra fotografía.

 

El comisario aprovechó otra de mis pausas para preguntarme cómo era Jorge: Tras recuperarse de la sorpresa, le sobrevino una curiosidad no sin cierto morbo. Quería saber si había algún parecido entre el romántico Daniel y mi marido.

 

—Nadie más opuesto al fantoche que pasea por la prensa esa mujer —le dije, ofendida de que supusiera alguna semejanza entre mi marido y aquella caricatura inventada por una oportunista —. Jorge no tenía nada de romántico; se aburría hasta dormirse las pocas veces que vio alguna película de ese género. Se hubiera reído de mí si le hubiese propuesto un paseo a la luz de la luna. A él le iban otras cosas: el deporte, las juergas con amigos hasta bien entrada la noche... No era detallista. Ni siquiera recordaba un cumpleaños o nuestro aniversario sino se lo decía yo. Y dudo mucho que supiera quién era Becker.

 

Tras mi testimonio, el comisario citó a Paula al día siguiente con la débil esperanza de que Jorge/Daniel la hubiera conocido en uno de sus viajes de negocios y se hubiese aprovechado de su ingenuidad para engañarla. Ella se mantuvo firme en su historia no más de media hora; después, se vino abajo y confesó su fraude.

 

Al día siguiente de prestar declaración, Paula desapareció. Los medios de comunicación se enzarzaron en una carrera frenética por dar con ella. Ofrecieron cifras millonarias a quien pudiera dar una pista sobre su paradero. Las cadenas de televisión se llenaron de personas que decían conocerla o haberla visto, pero ninguna resultó convincente para el público. Hasta hace dos meses.

 

Una cadena de televisión entrevistó en su programa de máxima audiencia a un joven que presentó como el prometido de Paula. Se llamaba Francisco y contó cómo la muerte de su padre había sumido a su novia en un mar de tristeza, mientras que él, pese a su amor, no había sabido darle su consuelo. Los televidentes derramaron abundantes lágrimas cuando él contó lo sola que le hizo sentirse su falta de comprensión. Paula, dijo, era una joven llena de sensibilidad que huyó de él, buscando cariño en otra parte…

 

Al día siguiente de la entrevista, todas las cadenas de radio y televisión, la prensa escrita, la digital, las redes sociales… no hablaban de nada más. Era casi imposible disfrutar de un programa en el que no apareciese Francisco contando sus andanzas con Paula, mientras los periodistas le azuzaban con preguntas indiscretas.

 

Había nacido una nueva estrella mediática.

 

 

 

 

 

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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