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5 min
Desvaríos de un equino
Reales |
31.01.15
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Sinopsis

Desvaríos de un equino

Desvaríos de un equino 

Habitaba un burro en un prado rodeado de montañas, cruzado por un arroyo de generosa agua en primavera y un humilde reguero en verano que justo mojaba la tierra, aunque suficiente para mantener la hierba verde. Unas contadas margaritas escamoteadas y unas cuantas amapolas, distribuidas por caprichos del azar, alegraban la vista con sus colores y un arbolito, no sabría decir ahora mismo si era un chopo o un eucalipto, es igual, al pollino le daba lo mismo siempre y cuando le diera sombra. 

Un buen día, cuando todo era felicidad para nuestro querido equino, mantuvo una discusión acalorada con una felina que, casualmente, también dejaba pasar sus días en aquél mismo lugar, fue una disputa por la sombra del chopo, hacía calor aquél día, sabemos de estos árboles que su sombra es alargada y estrecha, por lo que ambos no cogían. 

Lo cierto es que la felina, una gata montesa, o una lince ibérica, vaya usted a saber qué tipo de felina sería que cuando se enfadaba era de un salvaje espeluznante, se ponía a dar saltos y zarpazos al aire, aullidos y revolcones como si su cuerpo estuviera poseído por un demonio alienado, mientras que el pollino era calmado y tranquilo y por pocas cosas se inmutaba, hasta que se le hinchaban los cojones, momento en que se ponía a rebuznar y no se avenía a razones. 

Un día de calor sofocante y una sola sombra donde cobijarse, causaba cierta tensión de convivencia entre el equino y la felina, ella se apoderó de la parte ancha de la sombra, y al pollino no le quedaba más que la parte estrecha para resguardarse un poco la cabeza, quedando con el culo expuesto a un sol achicharrante, miraba entonces a la felina con cara de burro bueno, con su ralo flequillo que le colgaba de la cabeza y de vez en cuando cerraba y abría los ojos moviendo sus enormes pestañas para que la felina lo viera y se diera cuenta que tenía el culo al sol. 

Pero la gata montesa era voluntariamente ajena a aquella situación, es más, para darle más por culo al pollino, se tumbaba patas arriba derrochando sombra por doquier. Al rocino ya estaba empezando a cabrearle el descaro con que la felina se regocijaba ante esa situación, pero por no ser beligerante le pidió, por favor, si podía cambiarle el sitio, más que nada porque la felina era menuda y ocupaba poco, mientras él era grande, ambos estarían así a la sombra, se lo explicó de la manera más razonable, pero la gatuna se negó, ¿no?, dijo el borrico, ¿no me cambias el sitio?, insistió, la felina otra vez negó, ¿y porqué no?, porque no me sale del papo, contestó. 

El borrico, ante tan escaso argumento perdió los estribos, ¿qué no te sale del papo has dicho?, eso mismo, se puso a cuatro patas y salió corriendo con la boca abierta hacia la felina con la intención de morderla, la gatuna, dado que su agilidad es infinitamente mayor, dio un respingo y visto y no visto le propinó un zarpazo en el culo al equino que le hizo cinco arañazos como surcos de las cinco uñas retráctiles, el borrico dio un alarido que espantó los pájaros de todo el valle. 

El equino se revolvió con la boca abierta para asestarle un bocado a la felina, pero ésta, con su tremenda agilidad, saltó sobre su lomo y se clavó a él con sus veinte uñas, las de las manos y las de los pies. El borrico corría como alma que lleva el diablo, dando saltos y requiebros con la intención de deshacerse de la gatuna que tenía clavada encima, pero cuanto más saltaba, con más fuerza se agarraba, y de vez en cuando le propinaba un bocado al pollino en la cocotera, a lo que el burro rebuznaba y corría desesperado por el prado. 

Cuando la felina pensó que el borrico ya tenía bastante, se tiró de un salto al suelo, y se fue contoneándose como si de un pase de modelos se tratara hasta el lugar más ancho de la sombra del eucalipto. El pollino, como estaba enfadado, se tumbó un poco más lejos al sol, pero al cabo de un rato, se dijo que al menos más valía tener la cabeza a la sombra, así que se fue andando lentamente hacia el chopo y se tumbó, resguardándose la cabeza y quedándose con el culo al sol. 

De vez en cuando miraba enfurruñado a la felina, pero ésta permanecía tan tranquila, enseñándole, de tanto en tanto, las uñas, con el consiguiente escalofrío recorriendo el cuerpo del pollino, quien trató de dormirse, pero como no se fiaba, cada poco rato abría un ojo, mientras la felina dormía a sus anchas.

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