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6 min
Devoured
Drama |
01.09.20
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Sinopsis

Distopía y realidad se entremezclan en esta historia cruda, pero cercana

El estrépito lo despertó del ensimismamiento. El autobús engulló literalmente al coche que tenía delante y provocó una colisión en cadena digna de una película hollywoodense. Dentro de los coches, los cuerpos se veían zarandeados y aplastados por los amasijos de acero y acuchillados por los millones de partículas de vidrio. El espectáculo duró alrededor de un minuto.

O miró a su alrededor sin moverse del sitio, como si alguna de las personas que deambulaban por allí le fueran a decir cuál tenía que ser su próximo movimiento. Coger ese autobús ya no iba a ser uno de ellos. Entre la humareda, O alcanzó a ver una máquina expendedora al otro lado de la calle. Dos personas habían estado discutiendo acaloradamente por algo que debía salir y no salía de aquella máquina y habían interrumpido durante el instante del accidente su riña, pero ahora volvían a la carga. Uno de ellos agarró la cabeza del otro y la estampó contra la máquina, dejándolo semi inconsciente, tirado en la acera. Acto seguido la máquina expidió su producto.

De entre los escombros, empezaban a salir algunas personas con un aspecto horrible. Los viandantes levantaban un segundo la mirada de su teléfono para observar tan curiosa escena; algunos sonreían levemente, otros escupían. Uno de ellos pisoteó una mano anónima que le había agarrado del pantalón.

O decidió que ya era suficiente y se puso a buscar un Taxi para que le llevara a… ¿a dónde se dirigía exactamente? ¿Qué había estado haciendo allí sentado en aquel banco? ¿Y durante cuánto tiempo? ¿Realmente iba a coger ese autobús, o se le cruzó esa idea absurda al verlo delante de sus narices? Volvió a echar una vista a su alrededor. Ninguna respuesta de ninguna parte. Comenzó a andar en dirección opuesta al accidente, para ver si se le aclaraban las ideas. El ruido de las bocinas y los gritos eran infernales y no le dejaban pensar.

Un poco más adelante, en un callejón apestado de meados y cosas probablemente peores, tres hombres violaban a una chica de corta edad, mientras un cuarto lo grababa todo, jaleando a sus compadres como si de los jugadores de su equipo de fútbol se tratara. O pasó de largo, pero la escena le dio unas ganas irresistibles de fumarse un cigarro. Buscó en sus pantalones y lo único que encontró fue dos monedas roídas y pegajosas. Tendría que aguantarse las ganas, pensar en otra cosa.

Siguió caminando sin rumbo fijo y giró en la diagonal de manera automática. Aquella era otra de las principales avenidas que cruzaban la ciudad. Pero toda ella estaba plagada de las mismas ratas degeneradas, da igual por qué calle pasaras. Acto seguido escuchó un derrape a sus espaldas y al instante sintió una ráfaga de viento que casi lo tira al suelo. Un coche estuvo apunto de atropellarlo. Más concretamente un Taxi, su Taxi, que iba con una puerta trasera abierta, como invitándolo a entrar. Pero nada mas lejos de la realidad, la historia que se cocía allí dentro era para pasar de largo. El vehículo se estrelló un poco más adelante contra una farola y el conductor salió malherido pero consciente, para alejarse del mismo. Cuando O llegó a su altura, observó como en el asiento trasero un hombre estaba teniendo un ataque epiléptico brutal, con unos espasmos que hacían que se golpeara una y otra vez la cabeza contra la ventana, en la que se veía un manchurrón de sangre y grasa. <<Creo que no es día para usar el transporte público>>, se dijo y se quedó mirando un poco más la escena. El hombre, que no tendría más de 30 años, estrelló su boca contra la tapicería y un diente salió volando por los aires. Después, nada.

Y entonces, O recordó por qué había permanecido sentado allí en aquel banco. La clave estaba en aquella máquina expendedora. La había estado mirando bastante tiempo antes de que aquellos dos gilipollas se enzarzaran en su absurda disputa. Desanduvo sus pasos hasta llegar de nuevo a la altura del accidente, pero cruzó la acera. Antes de llegar a la máquina, pasó por delante de una tienda de comida preparada desde donde se escuchaba al hombre de las noticias hablando a través de la pantalla de una tele desvencijada que emitía en blanco y negro. O no se paró ni un segundo, pero hasta sus oídos le llegó su desagradable voz monótona, hablando de nuevo del jodido virus. Tres años escuchando todos los días lo mismo, nada nuevo, nada bueno.

O por fin tuvo la máquina delante. Entonces recordó que había salido por la mañana de casa en su busca y que, en algún momento, había preferido observar primero desde la acera de enfrente. La noche anterior había vuelto a discutir con su mujer, una discusión que se había alargado toda la mañana. Todo terminó cuando ella salió disparada de la casa, gritando que se iba con su madre.

Ella terminó su parte, pero ahora le quedaba a él la suya. Cogió las dos monedas que tenía en los bolsillos, las introdujo por la ranura y pulsó uno de los botones al azar. Todos los compartimentos te ofrecían lo mismo. Pastillas. Pastillas para dormir.

O recogió la cajita, la abrió y sacó la pastilla. Era roja, tenía una textura rugosa y desprendía un olor dulzón, que le recordó por un instante a las palomitas de colores que comía de pequeño en los cines. Una película. Eso es lo que le había parecido al principio de todo. Una película de terror, donde la gente se devora la una a la otra y la humanidad desaparece a excepción del héroe, que empezó siendo un idiota, y la tía repelente que odiaba al idiota pero que acababa tirándoselo.

O echó un último vistazo al autobús. De entre los escombros, le pareció vislumbrar una cabellera rubia ondulada que le resultó familiar, aunque estaba algo chamuscada. Se metió la pastilla en la boca y la saboreó con curiosidad. No se parecía en nada al sabor de las palomitas. Tomó una última inspiración con los ojos cerrados y se la tragó.

 

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