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4 min
Día de las Madres
Reales |
21.12.14
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Sinopsis

La costumbre estaba en su contra. La regla tácita familiar transmitida de generación a generación era cocinar sopa de caraotas con arroz los martes, era domingo. Sus ancestros estarían revolcándose en las pailas del infierno.  

 

El aroma de café se impregnó en el lugar, de cuarto en cuarto iba despertando a los miembros de la familia, a diario esto ocurría. Solo su hija se levantó, al asomarse a la habitación del varón notó que éste no había llegado. Improperios salieron de su boca mientras buscando la escoba comenzaba su faena diaria, que no respetaba siquiera que ese día era el día de las madres.  

 

“Las malas noticias son las primeras en llegar, ese seguro anda de parranda” decía la madre a su hija, a quien el disgusto no le cambiaba la cara. “No respeta ni siquiera que hoy es día de descanso” pensaba, comenzó a limpiar la casa para recibir a sus familiares más cercanos. Ese día la familia se reuniría para celebrar en unión un momento emotivo que debe celebrarse todo el año, pero que por motivos de mercadeo quedó regalado al segundo domingo de mayo.  

 

Tomó una ducha, borró la cara de rabia y sonrió cuando recordó los tropiezos que tuvo que llevar cuando anunció a su familia que estaba embarazada. Era madre soltera, la carga fue doble; sin embargo supo llevarlo con el mayor silencio sin mostrarse como una heroína ante la sociedad. “Si usted fue madura para acostarse con un hombre mija, hágase cargo de esa barriga” le dijo su madre una tarde para asegurar que a la tercera hija de su matrimonio no se le ocurriera la idea de abortar. Nueve meses después tenía su primer hijo. Hace 23 abriles ocurrió ese milagro de la vida. Recordó que el su hijo mayor no llegaba y pensó en buscarlo por el barrio, tarde o temprano lo encontraría. Al terminar de bañarse buscó un palo de madera, se hizo una cola templada. Un hombre la frenó con cara fúnebre para darle una noticia que no esperaba como regalo de día de las madres “Comadre le mataron al muchacho”.  

 

Esa cosa de la inseguridad ella pensaba que no le pasaría jamás. En ocasiones había sido objeto del hampa, despojada de algunas pertenecías, pero sólo eso, ya estaba acostumbrada. Perder a un hijo en un día tan emotivo y por unos antisociales comenzaba a poner su cabeza como una montaña rusa. Los gritos, el desespero, la impotencia y el dolor se apoderaron de ella. “Quiero verlo… ¿Dónde está?” su compadre solo se limitó a guardar silencio y llevarla. Tres cuadras más arriba de su hogar yacía tirado en un pozo de sangre su primogénito.  

 

Toda llena de sangre recordaba la niñez de su hijo, su primera fiebre, el cambio de pañales, su primera sopa de caraotas, su bautizo y primer cumpleaños. Vivían en una casa humilde donde nunca faltaba la comida, el amor llegaba en ocasiones y otras se marchaba. Ella no sabía que ocurría y por qué lo habían matado. Luego de saber la historia se negó a creerla. Su “bebé” era inocente y nadie le sacaría esa idea de la cabeza. Al llegar a su hogar todo estaba preparado para el velorio, las sillas plásticas, el café, las galletas y algunos cigarrillos serían el aperitivo para los asistentes. Tres mujeres con velo negro se ofrecieron a rezar, ella no opuso resistencia.  


 

Preguntó a su hermana por las caraotas y está le contestó que se habían quemado, luego pidió disculpas al cielo por haber hecho caraotas un día que no debía, más nunca lo volvería a hacer. “Las tradiciones se den cumplir a cabalidad en mi hogar”. Decía esto antes de ser sedada y dormir por un largo rato. Mientras cerraba los ojos observó a su hija menor quien la abrazó envuelta en un mar de lágrimas y con los ojos rojos le dijo muy despacito al oído “Mamá: ¡Feliz día de las madres!” Palabras que bastaron para que esa mujer despertara algo calmada al otro día a enterrar a su hijo en el cementerio municipal. Y llevarlo a las estadísticas no oficiales, donde él era el 21.350 de 25.000 homicidios que ese año ocurrieron en su país, Venezuela.

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