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16 min
Difícil Decisión
Humor |
19.11.14
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Sinopsis

No estoy segura en que categoría va. Los invito a leerlo, aunque sea hasta la mitad.

Son las diez de la mañana, Antonia y Dolores por fin están listas para salir.

            —¡Qué barbaridad, Antonia!, mira qué tarde se nos ha hecho.

            —Así es, Dolores, esperemos que no haya mucho tráfico, además recuerda que tenemos que poner gasolina. ¡Te has dado cuenta qué rápido se acaba la gasolina!  

            —No te quejes, Antonia, la última vez que pusimos gasolina fue hace siete días

.           Empezaron por ir a la zapatería. Luego pasarían por la tintorería. Ya para cuando eran las tres de la tarde salían de la peluquería, por último comprarían dos botellas de ese espectacular vino; y listo, ahora rumbo a la casa a prepararse para esa reunión de ensueño.

             Tomaron la ruta de siempre y avanzaron sin dificultad. Fue sólo faltando unos diez minutos para llegar,  que empezó un atolladero, muy inusual a esa hora. Pronto supieron que era motivado por un accidente que había ocurrido más adelante. Tuvieron la esperanza de poder desviarse para tomar otra vía. El tiempo pasó y cuando se dieron cuenta eran las cinco con veinte minutos.

            —Esto se está complicando —dijo Antonia—. Tendré que ver cómo salimos de aquí, aunque eso solo será después del puente. ¡Mira ese individuo!, el del carro amarillo, me quiere rebasar por la derecha, ¡pero qué abusador!, ¿qué se creerá, que solo él tiene prisa? ¡Ahora le voy a demostrar a ese mequetrefe quién es Antonia de la Concepción Acuña y Toledo!

            —¡Así se habla, amiga, no te dejes!, ¡eso sí, ten mucho cuidado! —dijo Dolores.

            Y así, Antonia se preparó para no dejarse rebasar por ese abusador. Por su parte, el conductor impaciente se disponía a salirse con las suyas; en ese momento, ese simple acto se convertía en un reto a vencer. Antonia no permitió que el hombre se pusiera delante de ella y, al ver que se acercaban a unos policías que estaban dirigiendo el tráfico, creyó que el abusador iba a desistir de su intento, pero no fue así. De todas maneras ella se sintió aliviada al ver que la autoridad estaba presente en la vía.  Cuando nuevamente el conductor impaciente hizo el intento de pasarla, ella le cerró el paso y, viendo que un carro iba a cruzar, pensó que también podía hacerlo. Con eso dejaría atrás a este perturbador de la vía. Aceleró, sin darse cuenta de que por la otra calle que habían habilitado venía un camión a considerable velocidad procurando salir de ese atasco. Dolores solo atinó a gritar:

             —¡¡Cuidado, Antonia!! —y enseguida aquel estruendo dejó paralizados a los presentes.         

            Con el atolladero que existía en el lugar y vino a ocurrir este accidente, pero ¡qué barbaridad!  Enseguida los curiosos y aquellos que en verdad querían ayudar se acercaron con la intención de auxiliar a las dos mujeres.

            Los policías dieron indicaciones de que nadie las tocara, porque la ambulancia ya venía en camino. ¡Total!, era muy poco lo que los presentes podían hacer,  las dos amigas yacían tiradas en el pavimento. Dentro de todo este drama una nota curiosa llamó la atención a los presentes, y es que Dolores estaba abrazada de las dos botellas de vino, las cuales parecían  estar  intactas.

            Mientras tanto, en otro lugar, llegaban dos mujeres, muy aturdidas, miraban para todos lados. No sabían identificar el lugar donde se encontraban. —Dolores  dijo:

            —Antonia, ¿reconoces este lugar?  No recuerdo haber estado antes aquí.

            —Ni yo, Dolores. Lo único que recuerdo es que al parecer chocamos con ese camión.  ¡Y eso que maniobré para esquivarlo!

            —¿Crees que estamos en la estación de policía?

            —No lo creo, Dolores, no veo a ningún policía. Más bien, mira, allá está ese señor con ese vestuario tan raro.

            —Sí, más parece un monje. ¡Ay, Antonia!,  tengo un horrible presentimiento, no será que estamos…

            —Estamos qué, chica… ¡Oh, no!,  será que estamos…

            Se miraron y estaban a punto de echar a correr y gritar cuando un ser de los que ellas decían que parecían monjes se les acercó y, con voz amable, les dijo:

            —¡Bienvenidas, hermanas, al Reino de Dios!

            Las mujeres se abrazaron y empezaron a llorar, a la vez que decían:

            —¡¡Estamos muertas, estamos muertas!!

            —Tranquilícense, hermanas, no hay nada qué temer, estamos como les dije en el Reino de Dios, aquí todo es paz y tranquilidad. Atrás quedaron las preocupaciones y mortificaciones. Yo soy el hermano Lucas y estos ángeles mis ayudantes.

            —¡No, su santidad!, es que usted no nos entiende, nosotras en este momento tenemos que estar en nuestra casa, tenemos una reunión muy, pero muy importante, ¡por favor, háganos volver de inmediato! Además, no queremos morir todavía —dijo Dolores.

            —Hermanas, eso no es posible, hoy es el día en el que ustedes estaban predestinadas a subir a este santo lugar, de lo cual deben sentirse muy agradecidas y complacidas. Imagínense si en vez del cielo les hubiese tocado ir al infierno.

            —¡¡Por Dios, su santidad!! Ni de broma diga eso. —Además —dijo Antonia—, nosotras no hemos sido malas personas. Pero no queríamos venir ahora, seguro nuestras amigas nos estarán esperando. Pero si usted no puede hacer nada, es mejor estar aquí que en otro lugar; por favor, compréndanos, es que no estábamos preparadas para esta transición.

            —Por el momento serán llevadas a sus aposentos, hasta cumplir con todos los pasos para que ustedes definitivamente ingresen a disfrutar de las bondades de nuestro divino lugar.

            Fueron conducidas a unas habitaciones muy espaciosas, blancas y con unos pisos y paredes que brillaban. Como si todo fuera de mármol pulido y donde siguieron reflexionando. 

            —Sabes, Antonia, no me hubiese gustado morir todavía, pero ya que sucedió me alegra que estemos en el cielo. No me imagino estar en el infierno  —dijo con resignación Dolores.

            —¿Cómo que en el infierno, Dolores?, pero si nosotras fuimos personas buenas. Uno que otro pecadillo, pero nada para ir al infierno, claro que nos merecemos el cielo.

            El hermano Lucas se acercó, se lo veía muy contrariado, lo que hizo inquietar a las damas.

            —¡Hermanas, les tengo malas noticias!  —las mujeres, imaginando quién sabe qué cosa, no se atrevían ni a preguntar de qué se trataba. Él prosiguió—. La verdad es que ustedes no deberían estar aquí.

            —¡¡Qué dice, hermano Lucas, no nos diga que tenemos que ir para el infierno!!

            —¡No, no! No se trata de eso. Déjenme terminar —les dijo, y prosiguió—, a lo que me refiero es que ha habido una terrible equivocación.

            La cara de angustia que tenían las dos amigas era tan evidente que el hermano Lucas para tranquilizarlas se apresuró a preguntarles:

            —¿Recuerdan al hombre que iba en el auto que pretendía rebasarles?

            —¡Sí!, el abusador del auto compacto, que pretendía rebasar por la derecha.  

            —Pues él era la persona que debería haber venido hoy aquí, pero ustedes tomaron su lugar al no dejarlo pasar.

            Las dos mujeres se quedaron calladas. Ahora les parecía estúpido lo que habían hecho. En definitiva no interesaba que ese individuo quisiera pasar, eso no era importante. Estaban avergonzadas.

            —Pero, ¿por qué hay problemas? ¿Qué va a pasar con nosotras? —preguntó Antonia.

            —La verdad, hermanas, es que aquí no pueden seguir, ya que aún no les toca,  y también porque ustedes  están ocupando el puesto de una sola persona. Las normas indican que las almas que no han completado su ciclo en la tierra tienen que reencarnar, como es el caso de ustedes. Este es el motivo por el cual no pueden pasar al Reino de los Cielos, tampoco pueden reencarnar rápidamente porque hay un tiempo de espera, que en ocasiones suele ser largo,  y por otra parte no está permitido que alguien que llegue hasta aquí regrese a la tierra, eso solo sucede en contadas excepciones —les explicó el hermano Lucas.

            —¿Entonces, hermano Lucas, qué pasará ahora con nosotras? —volvieron a preguntar muy intrigadas las aturdidas mujeres.

            —Pues verán, no podemos regresarlas a la tierra, ya que si lo hiciéramos tendrían que pasar cincuenta años en el cuerpo que tenían hasta ahora. Eso es por la regla de prolongación que se aplica, ¡bueno, no viene al caso!   Lo cierto es que  tampoco pueden ir al Reino de Dios. Lo único que les queda es reencarnar. Considerando que la equivocación también es nuestra, estamos dispuestos a enviarlas inmediatamente. Como consideración a ustedes y tratando de enmendar en algo nuestro error.

            Dolores enseguida empezó a sacar cuentas ayudándose con los dedos, y Antonia dijo:

            —Hermano Lucas, la verdad que no nos importaría volver a nuestros cuerpos en la tierra. No puede ser tan malo ser longevas.

            Dolores, que para ese momento ya había terminado de contar, enseguida le expresa:

            —¿Ya te diste cuenta de hasta qué edad viviríamos? Serían más de ciento veinte, y a decir verdad, ¿quién nos cuidaría?, recuerda que somos solas.

            —No importa, Dolores, hace algún tiempo leí que en algún lugar la gente vive hasta más de cien años y siguen trabajando.

            —Bueno —dijo Dolores—, con que podamos valernos por nosotras mismas bastaría, porque si ahora no trabajamos, no veo cómo lo vamos a hacer con más edad.

            Dolores, que era más soñadora, de inmediato dejó volar su imaginación.

            —Antonia, y si volviéramos reencarnadas en unas hermosas princesas, o mejor, en reinas.

            —No sueñes, Dolores, ya cada vez hay menos princesas y reinas. A no ser que volvamos como reinas de belleza, que no estaría nada mal. O como esas estrellas de Hollywood, ¿te imaginas viviendo en esas mansiones y llenas de lujos? Y por supuesto juntas.

            —Siento decirles, hermanas, que no es así como funcionan las cosas. Además, recuerden que ustedes no irían con sus mismas mentes, es solo el alma que reencarna.

            El hermano Lucas quería salir lo más rápido posible de ese embrollo. Iba a plantear a sus superiores un trato justo para estas dos almas que no deberían estar allí. Por más que quería estar sereno, no pudo evitar un pensamiento de enojo. “¡Qué absurdas, ahora quieren ir juntas y escoger!”.

            Al poco rato regresó con una propuesta que él consideraba era razonable y equitativa para estas dos almas que, sin ser su día, estaban en la antesala del cielo.  Ellas podían escoger el lugar, “solo el lugar”, de los que se les mostrarían, aunque no era seguro que fueran juntas. Para ello se les ofrecería varias opciones mediante videos. Luego de la primera imagen:

            —Mira, Antonia, que casa tan pequeña y tanta gente alrededor, me parece incómoda.

            —Así es, Dolores. No me gusta, no sólo es pequeña, sino que también un tanto modesta. Además imposible que quepan allí todos nuestros enseres.

            El hermano Lucas se quedó asombrado frente al comentario de las mujeres, lo que lo llevó a pensar que quizás él no había sido lo suficientemente explícito al hablarles sobre su eventual regreso a la tierra.

            —Creo que ustedes no me han entendido, hermanas, esto no es una mudanza. Recuerden que solo su alma será lo que vuelva a la tierra.  Por lo tanto no se van a llevar sus bienes materiales, ni sus cuerpos, ni sus sentimientos actuales —les aclaró amigablemente.

            —Pero aun así, hermano Lucas, queremos ver las otras opciones.

            La máquina empezó a proyectar unas imágenes que al parecer tenían relación con zonas desérticas.

            —¡No, ni pensarlo!, esto es el medio oriente, nunca, hermano Lucas, eso no puede ser     —Opino Dolores. A lo que Antonia, añadió:

            —¡Es imposible, nosotras no podríamos vivir en ese lugar! ¿Se imagina? Allí esas pobres mujeres sufren muchísimo, tienen un montón de hijos, ellas valen menos que un camello viejo. Sus derechos son pisoteados, hay muchas guerras y para colmo tienen que compartir el marido.

            Fueron tan contundentes que el hermano Lucas inmediatamente prefirió seguir a la próxima secuencia. No quería entrar en polémica con ellas.

            Si en la anterior habían protestado de inmediato, aquí ocurrió lo contrario, prácticamente habían enmudecido. Solo se miraban, hasta que Antonia rompió el silencio.

            —¡Pero esta es peor que la anterior, hermano Lucas!, esto sin duda es África, ¡ay, no!, mire esos pobre seres. Allí se pasa mucha necesidad. Igual que en la anterior, la mujer no vale nada y son obligadas a casarse muy jóvenes, no asisten a las escuelas y las hambrunas son terribles.

            —La verdad  —dijo Dolores—, que por nada del mundo iríamos allí; recuerde, hemos vivido siempre en Europa, sería muy difícil adaptarse a ese lugar.

            El hermano Lucas estaba empezando a entender que la idea que estas mujeres tenían de reencarnar era totalmente diferente de la que él había intentado explicarles. Las imágenes siguientes eran distantes y distintas de las otras; aquí aparecía un lugar de muchas montañas.

            —Lo lamento, hermano Lucas —dijo Dolores—. Lo que sucede es que somos muy friolentas, no podríamos vivir en el Polo Norte.

            —¡Pero si solo es Alaska! —les dijo él—, aquí viven muchas personas.

            —Bueno, aun así, hermano Lucas, lo que sucede es que yo le tengo mucho miedo a los renos, ni siquiera soporto a los que andan con Santa Claus —dijo Antonia.

            El cuchicheo empezó en cuanto vieron las siguientes imágenes.

            —¡Pero qué barbaridad! —dijo Dolores—. ¿Cómo será que la gente puede vivir así?

            —No, y lo peor —dijo Antonia—, es que aquí la realidad no es mejor que en las anteriores. Imagínate que son las pobres mujeres las que tienen que trabajar en el campo porque los hombres salen a cazar, y ves qué tristeza, con esos niños colgados de su cuerpo, y lo que es peor casi desnudas. Al parecer eso es la selva amazónica. ¡Imposible!.  Allí jamás iríamos por nuestra propia voluntad.

            El hermano Lucas, muy desconcertado, les advirtió que solo quedaba el último destino por ver. Les pidió que tuviesen la mente abierta a las diversas experiencias, y sobre todo les recalcó que los grandes cambios en estas sociedades serían logrados por seres que estaban por nacer.

            Las últimas imágenes recreaban a grandes grupos de personas que parecía  que caminaban dobladas tocando el suelo. Las mujeres miraron por varios minutos sin entender lo que se les mostraba. Fue al cabo de un rato que pudieron ver los rostros de estos seres y lograron identificar el lugar y la actividad que estaban realizando. De inmediato, no vacilaron en poner objeción a esta posibilidad.

            —Dolores, ¡ya te diste cuenta de dónde son estas personas y lo que están haciendo!

            —Sí, Antonia, es terrible. Esto es un sembradío de arroz y están en algún lugar de Asia. Te juro que no me imagino vivir una vida haciendo ese trabajo.

            —¡Ay, Dolores, y lo peor es que ya no tenemos más opciones! —susurró Antonia—, quien con gran frustración le dijo al hermano Lucas:

            —Es terrible, hermano Lucas, como usted nos ha propuesto solo lugares paupérrimos. ¿No nos puede enviar a nuestra ciudad? Allí ya conocemos a todos y sabemos que es un buen lugar.

            ¡De pronto!, como por arte de magia, las mujeres ya no estaban presentes. Desde el fondo del lugar se oyó una voz que sonaba entre impaciente e irritada.

            —¡Lo siento, hermano Lucas!, ¡no pude contenerme!, ya estas mujeres me sacaron de quicio. Sé que no debí hacer lo que hice, pero comprendí que jamás iban a estar conformes con ningún lugar que usted les propusiera.

            —Sí, tiene razón, san Pedro, están muy ligadas a su ciudad. Ahora tenemos que ayudarlas para que esa prolongada vejez no les resulte muy dolorosa.

            —¡Ay, hermano Lucas!, sobre todo a los pobres que tendrán que cuidarlas.

             —Así es, san Pedro.

            —Ja ja ja ja ja —rieron ambos, al igual que los ángeles que les acompañaban.

            Entre tanto, en el hospital, dos mujeres que habían sido llevadas allí después de un accidente de tránsito empezaban a salir de su largo estado de inconsciencia.

            —¡¡Ay, Antonia!! —decía Dolores—, ¡qué dolor tan grande!

            —¡¡Ay ay ay!! ¡Por favor, doctor, quíteme este dolor! —gritaba Antonia.

            Luego que les pusieron un calmante las mujeres dejaron de gritar, aunque los quejidos proseguían. Ahora podían coordinar mejor sus ideas, aunque para el personal de salud ellas estaban delirando. A pesar de que no se podían ver, ya que cada una estaba en su cama con diferentes aparatos, sí podían comunicarse hablando. Una de las primeras cosas que comentó Dolores era que le parecía raro que cuando estaba con el hermano Lucas no le dolía nada.  Antonia estuvo de acuerdo, pero enseguida expresó su asombro de cómo era que ambas recordaban al hermano Lucas.

            —Dolores, entonces sí estuvimos en la antesala del cielo, porque de lo contrario cómo es que ambas íbamos a recordar ese incidente. ¡Qué felicidad!, ya sabemos que cuando nos toque estaremos en ese lugar.

            —¿Pero ya te diste cuenta de cuánto tiempo estaremos en la tierra? ¡Por Dios, Antonia, serán muchísimos años, más de cien! —dijo Dolores.

            —No te preocupes, Dolores, si total estaremos juntas. Todo estará bien.  ¡¡Amigas para siempre!!

 

 

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  • Igual de cariñoso, un abrazo para ti. Esa es la idea Isabel, poder tener las críticas sanas y constructivas de alguien que con conocimiento nos da una sugerencia. Tienes razón, y te confieso que tuve dudas de publicar este escrito, porque es un resumen de uno mucho más largo, pero si eso valió para aprender, que bueno que fue así. Siempre agradecida por tu tiempo y buenas sugerencias. Hasta pronto.
  • Este relato no tiene valoraciones
  • No estoy segura en que categoría va. Los invito a leerlo, aunque sea hasta la mitad.

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    Hay momentos en la vida en que se nos presentan dificultades que no está en nuestras manos resolver. Cuando reconocemos nuestras limitaciones nos damos cuenta que necesitamos aferrarnos a un sueño para poder sobrevivir y tener una fe inquebrantable para saber esperar.

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A temprana edad me apasioné por la lectura, y más tarde descubrí mi afición por escribir. Al publicar lo hago con la esperanza de llegar a quienes les gusta leer y conocer nuevas historias. Agradeciéndoles desde ya, por su tiempo.

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