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28 min
Dinerocracia
Reflexiones |
18.07.19
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Sinopsis

En este ensayo me propongo analizar en forma breve, cómo es que la democracia, como forma de gobierno, termina siendo una falacia ante el verdadero poder, oculto detrás del velo jurídico y legal, siendo el dinero -y sus poseedores- el auténtico amo del mundo. Se analizan como los procesos emocionales juegan su papel, con la influencia de los medios de comunicación, conduciendo al elector a votar en forma irracional.

Introducción:

                Inicio la escritura de este ensayo un 12 de julio de 2019, luego de haber tomado la decisión, difícil por cierto, de asentar mis ideas generales sobre la marcha del mundo, con la premisa de lograr un texto que sea lo más breve posible pero, sin perjuicio de ello, que no escatime en la profundidad de los argumentos expuestos en cuanto al panorama explicitado.

                Lo comienzo un día viernes, luego de haber completado la jornada laboral semanal, con la idea de que sea un texto escrito por un ciudadano común o “de a pie”, preocupado por la marcha de su país y del mundo, que sea representativo de las necesidades e intereses de las grandes masas poblacionales, en el sentido de ayudarles a pensar sobre su vida cotidiana y social, intentando quitar el velo de lo que no se suele decir, al menos explícitamente, en los medios masivos de comunicación audiovisual, en los cuales incluyo diarios, revistas, noticiarios, televisión, redes sociales, etc.

                No es un ensayo pensado académicamente, sino para que sea accesible, desde el punto de vista lingüístico y comunicacional en general, para cualquier persona con un mínimo de preparación para comprender su texto, lo cual significará todo un reto para mí, acostumbrado como estoy, por mi formación profesional, a los tecnicismos jurídicos.

                No se dirige a la comunidad académica por una sencilla razón: no son los eruditos los que cambiarán al mundo, sino las personas comunes, aquellas que se encuentran agobiadas por interminables jornadas laborales para ganar lo justo y necesario para abastecer las necesidades básicas de su familia. La humanidad no dará un salto de calidad gracias a los académicos, encerrados en un claustro hermético, sino por las personas que, en la gran masa poblacional,  son el verdadero motor de la comunidad. No busco ni quiero la aprobación de la gran academia, de hecho, casi cuento con lo contrario, busco despertar a las masas.

                A ellos, a las personas de a pie, van dirigidas las palabras de este breve texto.

1.- Dinerocracia: ¿qué significa?

                En clara alusión a la palabra “democracia”, que viene a denotar la idea generalizada y trillada de que el “poder” reside en el “pueblo”, ya sea, a grandes rasgos, en las modalidades directa –en desuso por sus problemas de aplicación práctica-  o indirecta –por medio de representantes elegidos por el pueblo-, siendo esta última la que más nos interesa por ser la de mayor vigencia práctica, la “dinerocracia” viene a ser un término que busca poner las cosas en su lugar a los fines diagnósticos, pues parte de la premisa de que todos los discursos políticos, económicos y jurídicos que giran en torno de las funciones de toda institución, sea estatal o no estatal, no importa su finalidad de bien común o privada, siempre enmascaran la realidad de su total y completa dependencia de la tenencia de dinero, como elemento indispensable para su existencia, por mucho que disfracen esta realidad a partir de diferentes contenidos discursivos vinculados con el bienestar general.

                De ello se colige que, de tener que escoger entre el pregonado “bienestar” de la ciudadanía o el preservar la capacidad de generación de divisas, toda entidad buscará siempre lo segundo, aún a costa del sacrificio de la comunidad.

                Como lo ha demostrado reiteradamente la historia argentina, en toda crisis económica siempre son los sectores de menores recursos los cuales pagan sus consecuencias y así, se “ajustan”, básicamente, salarios, jubilaciones y pensiones, claro que la palabra “ajuste” viene a denotar en forma implícita la idea de “reacomodamiento” cuya consecuencia, en rigor de verdad, es que los ingresos de la población se vean disminuidos, en definitiva, que los sueldos rindan mucho menos. Paradójicamente, continuando con el ejemplo del caso argentino, durante la presidencia de Mauricio Macri –período 2015-2019- la banca y los grandes sectores financieros se vieron claramente favorecidos, máxime ante una escalada inflacionaria que el Estado se vio impedido de detener, siempre que se considere dicha imposibilidad como tal y no como una anuencia con los sectores favorecidos. La inflación en Argentina, lógicamente, implicó el incremento de cuotas de préstamos bancarios, su actualización por la depreciación de la moneda nacional frente a las divisas extranjeras, principalmente el dólar estadounidense, con la consecuente pérdida de capacidad de ingreso en la población afectada a dichos créditos, a la vez que los intereses financieros para préstamos nuevos también se incrementaron a niveles récord.

                 Es interesante observar como dicho presidente de la República Argentina llegó al poder, en mi país todos recuerdan el primer debate presidencial televisado en donde Macri prometió no devaluar la moneda nacional, no realizar ningún “tarifazo”, es decir, no incrementar el costo de las tarifas por servicios públicos, no volver al FMI, etc. Una vez en la presidencia, el dólar incrementó exponencialmente su valor con respecto al peso argentino, las tarifas fueron aumentadas, se volvieron a pedir préstamos al FMI, regresando la Argentina al ya tradicional espiral del endeudamiento, en definitiva, se alejó completamente de todo aquello que le había prometido a la ciudadanía.

                No han faltado periodistas que hasta han sugerido la idea de que, en el futuro, los presidentes sean sancionados ante tales circunstancias, pues sólo caben dos hipótesis igualmente nefastas: o bien Mauricio Macri nunca estuvo a la altura del cargo para el cual aspiraba, presentándose sin tener la más mínima idea de a qué se enfrentaba –un país casi en la ruina fiscal, con una inflación despampanante y una economía estancada-, careciendo de un plan serio y realista de gobierno; o bien Macri, lisa y llanamente, le mintió al electorado, estafándolo electoralmente, buscando decirle a la población lo que esta quería escuchar, solamente para cazar votos desprevenidos.

                Toda medida económica, social, jurídica y política que se adopte en cualquier país del mundo siempre tendrá una necesaria base económica para poder realizarse, en definitiva, para cualquier acción de esta naturaleza, que siempre tendrá un carácter político por implicar la afectación, en forma positiva o negativa, de los intereses de la comunidad, siempre se requerirá un presupuesto, esto es, un cálculo concreto de los recursos financieros que se precisan para la realización de tales acciones políticas. Para incrementar los salarios del personal, una empresa debe, primeramente, verificar de dónde saldrá el dinero para abonar esos aumentos, si la venta de los bienes y servicios que produce mensualmente la misma no bastan para afrontar el nuevo nivel de las erogaciones, simplemente, no podrá abonar los aumentos salariales. Otro ejemplo, a mayor escala, son las jubilaciones y pensiones: si el Estado decide su incremento, primeramente deberá contar con la fuente financiera para abonar esos incrementos, especificando la fuente, en su caso, intensificando la presión tributaria, es decir, aumentando los impuestos sobre la masa de la población activa.

                En definitiva, el sistema capitalista hipermoderno, enmarcado en un mundo globalizado e hiperconectado en redes sociales, internet, portales de noticias virtuales, etc, se basa en una lógica que nadie pone en cuestión: la acumulación de divisas o ganancias, lo cual exige, como paso previo, tener acceso al dinero, claro que en diferentes escalas. En fin, sin dinero nada se puede hacer en el mundo de las primeras décadas del siglo XXI, quien no tiene acceso a él estará excluido del sistema y regresará a la edad media, limitándose a sobrevivir sea de limosnas, de restos de alimentos hallados en la basura producida por las viviendas, etc.

                Con ello se busca poner de resalto que la “dinerocracia” es la verdadera razón explicativa de la existencia del sistema de vida en la hipermodernidad, o más bien, es el propio sistema de gobierno: el poder “real” no reside en el pueblo, la democracia es una fábula, una fantasía con la que el grueso de la humanidad se encuentra adormecida y, bajo la creencia de que es capaz de elegir a sus representantes y que ello le da poder al ciudadano, pero el verdadero poder no reside allí, pues se encuentra en el dinero.

                Por mucho que en la República Argentina –o cualquier otro Estado- la población pueda “elegir” a sus gobernantes, de poco servirá si el país vuelve al ultra-conocido espiral del endeudamiento, a través de préstamos brindados por el FMI, el Banco Mundial, etc, debiendo el Estado preocuparse por recaudar mayores impuestos –quitarle más dinero de la población- para ser capaz de afrontar los créditos otorgados por los organismos multilaterales, no quedando en default o cesación de pagos. En definitiva, el gobierno termina imponiendo una agenda para satisfacer a los acreedores internacionales, a costa de la toda comunidad, la cual, una vez más, asume el costo y el sacrificio.

                Como se aprecia, el FMI, el Banco Mundial, el Banco Internacional de Pagos y demás organismos multilaterales, amén de las empresas multinacionales y sus mega-inversores, son quienes tienen el verdadero poder sobre la marcha de las economías de las diferentes naciones del mundo, pues bastaría que, sencillamente, los países colapsen económicamente para presentar planes de salvataje financiero que conllevarán, a la larga, a una deuda impagable para el país en cuestión. Por mucha democracia que rija como forma de gobierno “formal”, en la realidad serán los organismos multilaterales que gozan de la máxima capacidad financiera en el mundo los cuales tendrán el verdadero control de la economía del país.

                Todo plan de gobierno requiere un presupuesto, y si las mejoras educativas, de seguridad, empleo, etc, no pueden realizarse porque en el presupuesto nacional el pago de la cuota anual al FMI tiene prioridad, entonces es evidente que el dinero tiene poder sobre la forma de gobierno de un Estado, en fin, el dinero manda, aún por sobre la voluntad de la población y a pesar de la eventual oposición de la misma a dichas medidas.

                El dinero es la fuente de la dinerocracia y esta, a su vez, tiene la capacidad de aplastar a la democracia formal de cualquier nación. Con ello cae la primer falacia: el poder de gobierno de una nación no reside en el pueblo, sino en el dinero y en quienes lo manejan.

                2.- El dinero: algunas precisiones sobre su simbología y dinámica.

                El dinero, como elemento puramente simbólico en nuestra sociedad actual, es mayormente conceptuado como un medio de cambio, es decir, como un instrumento que posibilita que las personas intercambien bienes y servicios en forma dinámica en el mercado, mayormente por contactos anónimos.

                Vale recalcar un aspecto, que es la mencionada “dinámica” dineraria, la cual se justifica en razón de que, ante la enorme densidad poblacional en la sociedad contemporánea y su complejo entramado, ya no parece posible que las necesidades de las personas se satisfagan directamente a partir del antiguo trueque, la permuta directa de bienes y servicios pues es realmente difícil que las necesidades de dos personas coincidan perfectamente, por ejemplo: que un pintor necesite un determinado servicio jurídico de un abogado, para una cuestión puntual, y que este, a su vez, precise de alguien que pinte el interior de su nueva residencia.

                El dinero, a partir de su simbólico valor, viene a darle un determinado valor estandarizado a las cosas, valor puramente cuantitativo a partir de una determinada equivalencia entre el valor que se le otorga a la cosa o servicio requerido, pero expresado en una determinada suma de dinero y así, decimos que un kilogramo de pan vale ochenta pesos argentinos o, inclusive, en su valor en otra moneda, como dos dólares estadounidenses.

                La excesiva reiteración en el párrafo anterior de la palabra “valor” no es ociosa, ni ha sido un descuido de mi parte, sino una forma de expresar que, justamente, el dinero es valor representado cuantitativamente a fin de posibilitar el intercambio de bienes y servicios.

                El grueso de la actividad económica cotidiana se desarrolla en forma anónima, cuando vamos al almacén del barrio, al paseo de compras o a cualquier negocio de nuestras ciudades, no vamos pensando en qué servicio o bien, de nuestra propiedad, podemos permutar con otras personas, preocupándonos por quiénes pueden realizar un servicio que puedan estar interesados en el trueque, sino que vamos calculando cuánto dinero podemos llegar a necesitar para abonar el valor o precio de venta de los bienes y servicios que requerimos, sin que sea necesario siquiera conocer la identidad del oferente de los mismos. Los contactos son mayormente anónimos, justamente, porque lo esencial pasa a ser el bien o servicio que deseamos obtener, el cual equivale a una determinada suma de dinero.

                A su vez, el dinero que obtiene cualquier comerciante será empleado para una indeterminada cantidad de fines similares, como alimentación, vestimenta, pago de sueldos, cargas sociales, impuestos, etc.

                En definitiva lo real, lo concreto, es que lo deseado, requerido o necesitado son los bienes y servicios que existen y están disponibles en el mercado, siendo el dinero, únicamente, el canal o la vía por la cual los mismos son obtenidos por los integrantes de tal mercado, es decir, por las personas que intercambian en él usando el dinero.

                El dinero es solamente el símbolo que utilizan las personas para darle un valor monetario a las cosas, o, más sencillamente, para traducir el valor de los bienes y servicios a una cantidad.

                Esto que parece tan obvio o de Perogrullo, trae consecuencias que no son tan evidentes al ojo desprevenido.

                En efecto, el dinero tiene una lógica que se basa pura y exclusivamente en la acumulación, fundándose la misma, simplemente en que, a mayor cantidad de dinero, la satisfacción de necesidades estará más cerca de ser garantizada. Se suele decir que “el dinero todo lo puede comprar”, lo cual viene a reflejar que la sociedad contemporánea erige como un valor el ser adinerado, es decir, poseer grandes cantidades de dinero, pues aquél “todo lo puede”.

                El problema es que dicho dinero, si bien es emitido con cierta libertad por los bancos centrales de los diferentes Estados, es acumulado por las personas según capacidades que no dependen tanto de aptitudes personales, sino de circunstancias fácticas o de hecho que, muchas veces, poco tienen que ver con las habilidades que las personas puedan tener. Mucho menos juega la dignidad que cada ser humano posee como tal.

                Que un jugador de fútbol de primera división del club Real Madrid o Barcelona gane millones de euros por año y que un maestro en una escuela pública gane un porcentaje infinitamente inferior no depende, estrictamente, de que dicho jugador de fútbol sea extraordinario y de que el maestro de escuela tenga una capacidad técnica “común”, sino, muy sencillamente, en que el fútbol profesional europeo genera millones de euros por año, sea por publicidad, venta de productos vinculados con el deporte, entradas, etc, mientras que la enseñanza es vista por los Estados como un “costo necesario” que, simplemente, no pueden suprimir, sin que dicha actividad genere algún ingreso concreto.

                Uno realiza una actividad que está destinada, teóricamente, a entretener –o distraer- a las masas, el otro educa a una determinada generación de nuevos seres humanos. Uno gana millones de euros al año, el otro se conforma con migajas.

                En definitiva, el “mercado libre”, tan defendido por los liberales a ultranza, fundado en la “natural capacidad de competencia” de sus intervinientes, no viene sino a justificar un verdadero canibalismo económico y social, en donde el más poderoso y adinerado se comerá, indefectiblemente, al más débil.

                Se suele decir en teoría política que la sociedad está fundada en un “contrato social”, falacia creada en su oportunidad contra el absolutismo monárquico para idear una manera, en los albores de la Revolución Francesa, para limitar el poder absoluto de los reyes. Claramente la idea de un contrato viene a demarcar la noción de límites establecidos en un acuerdo, lo cual dista bastante de la idea de una persona poseedora de un poder sin límites precisos. Viene Montesquieu y su “Espíritu de las leyes” a decirnos que los poderes del Estado deben limitarse mutuamente, que ninguno de ellos lo debe “poder todo”, sino sólo lo que está dentro de su esfera de competencia, sea legislativa, ejecutiva o judicial.

                Viene la sociedad francesa a pregonar a los cuatro vientos los principios de “igualdad, fraternidad y libertad”, a decir que todos somos libres e iguales ante la ley.

                Claramente la idea del contrato social encaja perfectamente con este molde, lástima que sea solamente una dulce mentira, una ficción, una falacia argumental, una metáfora dentro de la prosa discursiva revolucionaria.

                No existió jamás una reunión ni una asamblea general en la cual se haya firmado un “contrato social”, pues el mismo no equivale a las constituciones contemporáneas, sería un error dicha equiparación. Rousseau utilizaba la idea del contrato social como la forma en la cual el hombre abandonaba el “estado de naturaleza”, en donde se tenía que enfrentar, en soledad, a los peligros que la vida le ponía en su camino. Al ingresar en el contrato, el hombre abandona dicho estado de naturaleza, para ingresar a vivir en una comunidad en la cual, en cierta medida, realiza concesiones en favor del “soberano”, otra ficción para crear al Leviatán estatal, al cual le encargan la protección de todas las personas que abandonaron su pretérito estado natural.

                En definitiva, el “contrato social” viene a justificar que las personas se sometan a la autoridad del “soberano”, en buen romance, del Estado, al cual le encargan su protección.

                Ahora bien, esta idea del contrato está presente en el inconsciente colectivo, parafraseando a Carl Gustav Jung, pues las personas suelen entender que, al contratar, todos somos iguales ante la ley, justamente, porque nacimos iguales y merecemos recibir el mismo tratamiento, pues “formamos parte de la sociedad”. Como se aprecia, la idea del contrato social no está solamente en los libros de historia y en las obras de los contractualistas como Rousseau o Locke, sino que se encuentra en la propia psiquis humana, enquistada allí por una idea creada en su oportunidad para limitar al poder absoluto.

            El problema es que seguimos utilizando una idea vetusta, inútil para las dimensiones que ostenta la sociedad actual.

                No nacemos iguales, pues no estamos en iguales circunstancias al venir a este mundo. El hijo de un multimillonario no tendrá las mismas oportunidades que el hijo de una persona que todos los días tiene que trabajar por un salario miserable ni, mucho menos, un niño de la calle tendrá las mismas chances de progreso que los dos primeros.

                La igualdad, si bien es una idea bella y romántica, es una fantasía, y esta triste verdad es de las primeras cosas que el lector debe comprender si es que realmente quiere entender las dimensiones reales del funcionamiento social, lo cual será necesario si es que se quiere modificar las mismas para una sociedad realmente igualitaria.

                De nada sirve la igualdad declamada en una carta constitucional si la misma no tiene implicancia en los hechos. La igualdad no es un derecho o una aspiración, es un dato de la realidad, un boxeador profesional derribaría rápidamente a un simple practicante de boxeo, de la misma manera que un pequeño comerciante no puede competir contra un shopping.

                Las personas no están en igualdad de condiciones en ninguna sociedad del mundo. Un pequeño comerciante no puede competir con una cadena de supermercados, de la misma manera que una hormiga no podría empujar a un elefante.

                El dinero, dentro de esta dinámica, juega un papel fundamental, pues es una herramienta al servicio, entiéndase bien esto, de una dinámica social que implica un verdadero canibalismo sociológico.

                Todos los habitantes de las naciones del mundo se enloquecen por tener dinero y más dinero, sin darse cuenta que el mismo es la herramienta que los esclaviza, los oprime y los obliga a una loca carrera por conseguirlo para asegurar la supervivencia, sin siquiera plantearse que la enorme mayoría de los recursos dinerarios del mundo son manejados por la mínima cantidad de personas. Ya no basta con hablar de la brecha entre ricos y pobres, se hace necesario ahora diferenciar entre los ricos y ultra-ricos, como así también entre pobres e indigentes.

                Esta multiplicación de categorías viene a demarcar que, en realidad, detrás de las mismas se oculta que la mayor cantidad de los recursos económicos son manejados, cada vez, por menos personas en el globo terráqueo, lo cual se justifica por la sencilla razón de que, a mayor acumulación de dinero, mayor capacidad de poder y de monopolizar los bienes y servicios.

                No es difícil notar que la pelea por más dinero es un círculo vicioso que esclaviza a la humanidad, pues termina siendo funcional a una sociedad de adictos a un sistema que justifica la explotación de la gran masa poblacional, ocupada en la producción de bienes y servicios, para lo cual obtienen una minoría del dinero disponible, mientras que una increíble minoría de los habitantes –ricos y ultra-ricos- se quedan con la enorme mayoría del dinero producido por las ventas de dichos bienes y servicios. Unos se contentan con sobrevivir, mientras otros viven a expensas de los demás.

                3.- ¿Qué votamos en democracia?

                Se suele decir que la democracia es el mejor modelo de gobierno en razón de que permite elegir a la población y facilita la administración del país a partir de representantes del pueblo, el cual sería incapaz de gobernar en forma directa en razón de que los países, en el grueso de los casos, cuentan con una densidad de población que haría impracticable la toma de decisiones directamente por el pueblo.

                En todas las constituciones democráticas se legitima esta forma de gobierno en razón de que es el pueblo el cual, a partir de las elecciones, escoge sus representantes, que son los que adoptarán las decisiones en su nombre y cuenta.

                Claro que, con el paso del tiempo, las elecciones se volvieron una maratón en donde los políticos profesionales realizan promesas de campaña, muchas de ellas impracticables, con tal de conseguir votantes. Se los suele ver en fotos y afiches, siempre sonrientes, con una mirada que denota optimismo –o cinismo-, apareciendo en actos públicos, brindando discursos en los cuales siempre repiten los slogans que la ciudadanía desea oír según sean las preocupaciones generales del electorado: seguridad ciudadana, marcha de la economía, educación, salud pública, lucha contra el narcotráfico, etc.

                También la población se terminó acostumbrando a que en la “época de elecciones“, que suelen abarcar períodos de tiempo más o menos extensos –en Argentina duran tediosos meses de interminables spots publicitarios- los políticos profesionales, no solamente reduzcan la agenda dedicada a la gestión pública de sus quehaceres vinculados a sus funciones, sino que se limiten, guiados por los especialistas en marketing que los asesoran, a realizar promesas de campaña, pero sin definir un plan claro de cómo es que realzarán las promesas expuestas. Es decir, jamás se expone un programa claro de gobierno al electorado.

                Una vez más, la campaña electoral de 2015 en Argentina es un buen ejemplo de cómo un candidato –en el caso Mauricio Macri-, prometió una serie de resultados, como lo fue bajar la inflación, no devaluar el peso argentino, más trabajo, no pedir préstamos al FMI, etc, siendo que terminó sucediendo todo lo contrario: la inflación prácticamente se duplicó, el dólar estadounidense llegó a costar cerca de 48 pesos argentinos, el país entró en una recesión y una brutal caída del consumo a raíz de la escasez, con el consiguiente incremento de la desocupación y la sub-ocupación, como así también se volvieron a pedir préstamos al FMI, es decir, exactamente todo lo contrario de lo prometido al electorado.

                Resulta curioso que dicho candidato, conforme a las encuestadoras y a pesar de haber demostrado un rotundo fracaso en su gestión de gobierno, aun así tenga chances, según dichas entidades, de ser reelecto por los argentinos.

                Cabe preguntarse, y no obstante del análisis concreto del caso argentino, que requeriría una mayor amplitud del texto, con el consecuente desvío del tema principal, ¿qué es lo que torna posible que políticos que son cuestionables, ya sea por sus magros resultados en su gestión de gobierno, ya sea por los eventuales actos de corrupción ejecutados, etc, aun así, tengan chances de seguir en el ejercicio del poder?, allí entran en escena los medios masivos de comunicación.

                El grueso de las personas, la gran masa poblacional, producto de su lucha por la supervivencia, carece del tiempo suficiente para efectuar un análisis concienzudo de la realidad en la que vive, las horas de trabajo, algunas dedicadas a la familia y aquellas requeridas por el descanso nocturno le impiden, por agotamiento de sus posibilidades físicas, analizar a cabalidad la realidad en la cual vive, persuadiéndose de que se encuentra en una verdadera trampa social y económica de la cual no puede salir sin la cooperación de sus congéneres, es decir, de otros habitantes que se encuentran en similar situación.

                En este panorama, el votante recibe un constante bombardeo televisivo, en redes sociales, internet, etc, en donde siempre se habla de los mismos candidatos, de las mismas personas, sin que otros, menos conocidos, tengan un espacio lo suficientemente amplio para dar a conocer sus ideas y propuestas de gobierno.

                No importa, en realidad, si la prensa trata bien o mal a los candidatos de siempre, si dan malas o buenas referencias de ellos, basta con que “hablen de ellos” para mantenerlos vigentes, de esa manera se instala subliminalmente que esos son los únicos candidatos potables capaces de gobernar. Como dice el “saber popular” –no muy sabio en estos casos- “mejor malo conocido que bueno por conocer”.

                Así, cuando el votante llega al lugar de votación, fundará su sufragio no en un análisis racional de las propuestas de campaña, sino en vivencias y emociones que haya experimentado a partir de las imágenes y spots publicitarios, sumados a la propaganda en los medios de comunicación radiales y televisivos, en donde escuchó las “opiniones de autoridad” de “periodistas especializados”, politólogos –que responden a determinadas líneas políticas- y un largo etcétera.

                En definitiva, el electorado concurre al lugar de votación, ya manipulado, con una idea fundada en la creencia de tener una “opinión propia formada” que, en realidad, sólo es la conjunción algorítmica o la combinación de la basura radial, virtual y televisiva que ha consumido durante tanto tiempo, eligiendo más de lo mismo, es decir, los candidatos que son presentados por los medios de comunicación.

                Podrá preguntarse, ¿qué papel juega el dinero en esta dinámica?, tan simple que no requiere más de un párrafo de explicación: nada de esto sería posible sin el dinero como soporte financiero, ya sea para abastecer de fondos para las campañas propiamente dichas, para los periodistas para que “opinen conforme a la libertad de prensa”, como así también, es fundamental unas condiciones laborales que impidan al electorado pensar libremente, cuánto más tiempo frente a la televisión, los diarios, al celular y en la fábrica, mejor.

                4.- ¿Qué hacer entonces, con la vida democrática?

                Como es el dinero el que verdaderamente manda en todos los países del mundo, lo primero es tomar conciencia de que, aun con la invocada protección de los derechos de los ciudadanos en cartas internacionales y constitucionales, resulta elemental tomar nota de esta realidad y darse cuenta que, por mucho que la forma de gobierno sea “democrática”, ello es un velo para tapar la realidad de un sistema que, al final de cuentas, protege al poderoso en desmedro del pequeño y débil.

                El poder se mensura, en buena parte, por la tenencia de enormes masas de dinero, fundado en condiciones de desigualdad, en un mercado controlado por monopolios que, en definitiva, son los que fijan las reglas del juego. El Estado tiene la misión de limitar dicho poder, pero como también necesita dinero para funcionar, termina siendo un “aliado inútil” de la población explotada, en el sentido de que terminará sucumbiendo a las demandas monopólicas o, más generalmente, de los grandes lobbies económicos, pues necesita su financiamiento para subsistir.

                Las principales multinacionales del globo tienen el suficiente dinero, si actúan en conjunto, para provocar la caída económica de cualquier nación del planeta Tierra, o de varias de ellas, o de todas ellas, pues el dinero es el medio de cambio, como dijimos al principio, para facilitar el intercambio de bienes y servicios, siendo que el grueso del producto bruto interno mundial va a parar a los bolsillos de estas grandes multinacionales.

                La acumulación capitalista es un sistema enfermo que justifica que pocas personas se hagan de miles de millones de dólares, pesos o de lo que fuera, incrementándose aún más su capacidad acumulativa –el dinero llama al dinero-, mientras que la gran masa de la población se deberá contentar con ganar lo estrictamente necesario para satisfacer las necesidades básicas. Tal parece que la esclavitud fue abolida, al menos formalmente, pero que se reemplazaron los grilletes con los jornales salariales.

                El problema es el sistema, es el dinero y es que la población mundial, sin darse cuenta, legitima un sistema basado en una explotación injusta de los recursos del mundo, en donde el provecho económico enormemente mayoritario va a parar a pocos bolsillos, fundado en reglas de juego “igualitarias”, pero poniendo en el mismo ring a los comerciantes pequeños contra las cadenas de supermercados.

                El paso siguiente es la revolución económica, en donde el ser humano abandone el dinero, al menos como se lo conoce hoy en día, y donde la satisfacción de necesidades no precise estrictamente de una contraprestación, en donde el derecho a vivir dignamente no exija que las personas realicen extensas jornadas laborales para que una gran empresa aproveche esa fuerza de trabajo, sin compartir ganancias con el personal que permite esos dividendos y donde, en todo caso, la actividad económica se apuntale en las capacidades propias de cada persona, en lo que cada quien pueda brindarle al prójimo, en donde el aporte de todos los miembros de la sociedad permita que todos usufructúen el esfuerzo mutuo. Todos desamos una sociedad democrática, nadie podría estar en desacuerdo con esta premisa, pero resulta necesario, a los fines diagnósticos, determinar las causas de un problema, concretizarlo, para abordarlo y lograr su solución.

                Tarea que exige un debate social amplio y que este humilde ensayo propone incentivar.

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  • Es un acertado y detallado ensayo sobre lo que hay, y que ya la mayoría de los mortales sabemos. Y es asimismo cierto que la gente común será la que le de un giro más humanista al estilo de vida que nos rige. Hay también ensayos que hablan de la precariedad en todos los niveles, que también apuestan por la ética del hombre de a pie.
    Excelente. Son una serie de conceptos que uno puede tener, en ocasiones disperso pero vos magníficamente ensamblaste en tu relato. Felicitaciones
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Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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